Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 7
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Capítulo 7

CONOR

​ Dos años antes…

Me movía de un lado a otro por aquella sala de espera.

Me levantaba, me sentaba, me apoyaba de espaldas contra la ventana y volvía hasta la máquina de café sin llegar a tocarla.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero se me estaba haciendo eterno desde que los sanitarios se habían hecho cargo de él.

La había cagado.

Y no un poco.

Una cagada de proporciones épicas.

Tan grande que le había abierto la cabeza a un pobre chaval.

Mis manos todavía temblaban cada vez que regresaba a ese momento.

Después de la discusión con Liam, perdí completamente la cabeza.

Entré en casa de los Prescott para recoger las llaves del coche, que estaban en mi chaqueta, y por el camino no se me ocurrió otra cosa que beber unos tragos rápidos de whisky .

Cuando arranqué no estaba borracho, pero era evidente que no tenía los cinco sentidos donde debía.

Solo pensaba en Liam, en nosotros, en Caleb y en cómo todo se había ido a la mierda.

Estaba tan fuera de mí que no lo vi hasta que ya era tarde.

Se cruzó delante del coche y lo siguiente que recuerdo es el impacto y verlo salir despedido.

Cuando llegué hasta él estaba en el suelo, medio incorporado, con una brecha en la cabeza que no paraba de sangrar.

Esa sangre era la misma que todavía tenía en las manos y en la ropa.

El muy cabezota intentaba levantarse una y otra vez, repitiendo algo sobre su hermano y sobre su madre, aunque casi no se tenía en pie.

Debería haber llamado a una ambulancia. Lo sé.

Pero no lo hice.

En lugar de eso, tomé la peor decisión posible y lo metí en el coche.

Durante todo el trayecto hasta el hospital no dejé que cerrara los ojos.

Decía cosas incoherentes, se le iba la voz por momentos y yo estaba muerto de miedo.

No tenía ni idea del daño que podía haberle causado, pero verlo sangrar sin parar y apenas capaz de mantener abiertos aquellos ojos azules me asustaba.

Cuando la puerta se abrió y salió una mujer preguntando por la familia de Kieran Price, la alcancé en dos zancadas.

—¿Cómo está? —fui directo a lo único que importaba.

—Está estable.

—Quiero verlo. Luego me explica lo que sea, pero, por favor, lléveme con él —la interrumpí antes de que terminara. «Estable» no era suficiente.

Sonrió con cierta comprensión, como si estuviera acostumbrada a ese tipo de reacciones.

Me indicó que la siguiera y avanzamos por un pasillo que se me hizo interminable. Abrió una puerta y me dejó pasar primero.

Estaba tumbado en la cama, con la cabeza vendada, el torso también cubierto a la altura de las costillas y el hombro, conectado a una máquina y con un gotero.

Me acerqué despacio. Tenía los ojos entrecerrados. Arrastré una silla hasta su lado y me senté, sin saber muy bien si podía hacerlo, aunque en ese momento me daba igual. La doctora nos dio privacidad y se limitó a esperar fuera, con la puerta abierta.

Se movió levemente en una mueca y sus párpados empezaron a abrirse poco a poco hasta que fijó la vista en mí.

Sinceramente, incluso así, vendado, magullado y hecho polvo en una cama de hospital, seguía teniendo algo llamativo. Casi perfecto.

Cualquiera en su lugar sería un desastre.

«¿Pero qué coño…?», me reprendí mentalmente.

Volví a centrarme en él.

Me estaba mirando con desconcierto. Con confusión.

¿Y si el golpe le había dejado secuelas?

—Kieran, ¿sabes quién soy? —indagué con cautela.

Asintió.

—Conor Flanagan —respondió con voz rasposa.

Joder. Nunca el sonido de mi nombre en boca de nadie me había resultado tan jodidamente tranquilizador.

Solté el aire que estaba reteniendo.

—Oye, no sé si recuerdas lo que sucedió.

—Me acuerdo de sentir un impacto muy fuerte. Después todo estaba borroso y, en medio del caos, te vi a ti. Supongo que fue cuando me salvaste.

—No creo que «salvador» sea la palabra adecuada; más bien soy el responsable de que estés aquí. Te embestí con el coche, te juro que no te vi. Me siento fatal.

Él estiró el brazo en el que llevaba la vía y detuvo mis manos. Las observó con calma, recorriendo las manchas de sangre con los dedos.

—Estoy bien, no te preocupes. Además, no ha sido solo culpa tuya. Yo también iba distraído, hablando con mi…

Se detuvo en seco.

El cambio fue inmediato. El miedo se reflejó en su cara. Intentó incorporarse, buscando a su alrededor, pero el movimiento le hizo llevarse la mano a las costillas y después a la cabeza, soltando un leve quejido.

Me puse en pie y le sujeté las muñecas, obligándolo a quedarse quieto.

—Eh, para. ¿Qué crees que estás haciendo?

—Dame mi teléfono —alzó la voz, desesperado.

—No lo tengo —me acerqué a su ropa, aunque no había nada—. No está aquí.

Arrancó la pinza de su dedo, desconectándose de la máquina, e intentó levantarse otra vez, pero lo sujeté por el hombro que no tenía vendado para impedir que se pusiera en pie.

—Suéltame. Necesito encontrar mi teléfono. Tengo que hablar con mi hermano. No lo entiendes.

Lo liberé un momento y saqué mi móvil del bolsillo.

—Usa el mío si te sabes su número.

Me lo arrebató de las manos y marcó a toda prisa, soltando un quejido al moverse. Sin darse cuenta, activó el manos libres.

—¿Sí?

—Dray, soy Kieran. ¿Sabes algo de mamá?

—Kier, acabo de llegar al hospital.

Price apartó el teléfono un instante y miró la hora en la pantalla.

—¿Cuánto tiempo he estado aquí? —murmuró.

Su hermano siguió hablando.

—Mamá está… bien. Bueno, no, esa no es la palabra. Está viva. No consiguió quitarse la vida.

Su voz tamborileaba.

Los ojos de Kieran también se humedecieron y dejó caer la cabeza de lado.

—No solo tomó pastillas y alcohol. También usó un cuchillo para cortarse las muñecas. Está decidida a morir, Kier. Por él. Si no llegas a llamar al 911, estaría muerta.

Lo vi derrumbarse por dentro de un momento a otro, aunque por fuera ni se movió.

—Lo importante es que esta vez llegaron a tiempo —murmuró.

Ese «esta vez» no me pasó desapercibido.

—¿Y Charlotte? ¿Cómo está?

—Bien. Sigue bastante aturdida por lo que le dio mamá, pero no corre peligro. La tengo conmigo en el hospital. Oye, Kier, ¿avisamos a papá?

—No. No le digas nada. Mamá necesita estar tranquila. Verlo solo la alteraría más.

—Vale, mejor, porque como me lo encuentre, no me voy a poder contener. Por cierto, ¿tú dónde estás? ¿Ya has llegado a Chicago?

—No. Ni siquiera salí de Seattle. Tuve un pequeño accidente, nada importante. Le pido a Nathan su avión privado y me voy para allá ahora mismo.

—Kier, ¿seguro que estás bien?

—Sí. Tú céntrate en mamá.

—No me voy a mover de aquí. Esto es culpa mía. Nunca debí irme a Detroit.

—No digas gilipolleces. Te aviso cuando salga. Te quiero.

—Yo también, Kier.

Me devolvió el teléfono.

—Gracias —susurró.

Había algo en su expresión, pero no supe decir qué era. Vergüenza, quizá. O puede que todavía estuviera asimilando todo lo que acababa de pasar.

No tuve tiempo de pensar más en ello, porque al segundo siguiente se arrancó la vía y se incorporó en la cama.

Iba a intervenir cuando la doctora entró.

—¿Se puede saber qué está haciendo, señor Price?

—Tengo que irme. Necesito coger un vuelo.

La doctora lo miró con incredulidad y paciencia.

—No está en condiciones de ir a ningún sitio.

Ha sufrido un traumatismo craneoencefálico leve, con pérdida de consciencia, y aunque el TAC no muestra lesiones graves, necesita vigilancia.

Además, tiene varias contusiones costales y una lesión en el hombro.

Puede moverse, sí, pero con dolor, y desde luego no debería hacerlo.

—Lo siento, pero no me voy a quedar aquí. Quiero el alta.

No iba a ceder.

Se le notaba en la forma en que sostenía la mirada, en la tensión de la mandíbula. Y, aunque fuera una locura, podía comprenderlo.

Suspiré.

—Doctora —me fijé en su placa un segundo—, Davies. Podemos conseguir un avión privado. Podrá viajar cómodo, sin esfuerzo. Solo necesitamos saber qué indicaciones debemos seguir. Se lo prometo, las cumpliremos.

Nos miró a los dos, claramente poco convencida.

—Esto es una irresponsabilidad —dijo, sin alzar la voz— y una muy mala idea.

Aun así, se acercó a Kieran y volvió a examinarlo con atención.

—Señor Price, necesito que sea sincero conmigo. ¿Siente mareos?

Negó sin dudar.

No me tranquilizó en absoluto.

—De acuerdo —concedió tras unos segundos—. Procederé a firmar el alta bajo su responsabilidad.

Se giró hacia mí.

—Tiene que vigilarlo de cerca. Durante el día será más sencillo, pero por la noche no puede quedarse dormido sin control. Tendrá que despertarlo cada dos horas para comprobar que responde con normalidad.

Asentí.

—Y nada de esfuerzos. Necesita reposo. Las costillas y el hombro no van a mejorar si sigue forzando.

—Lo entiendo —reconocí.

Nos dedicó una última mirada, aún con cierta desaprobación, y salió de la habitación.

Me volví hacia Kieran.

Parecía más tranquilo. El azul de sus ojos empezaba a recuperar algo de brillo.

—Voy a llamar a Nathan para que nos deje el avión y organice la salida. No te muevas de aquí —le advertí—. No tardo. Conseguiré algo de ropa limpia, porque la tuya está destrozada y la mía llena de sangre.

—Conor —me agarró de la muñeca cuando estaba a punto de salir—, por favor, no le comentes a Nate lo que ha pasado.

Dile solo que he perdido el teléfono y que tengo que volar de urgencia a casa, que mi madre no está bien.

No quiero estropearle el primer cumpleaños de su hija.

Además, sabes igual que yo que, si se entera de que estoy en un hospital, no nos va a prestar el avión.

Tenía razón. Nathan era el tipo más prudente y protector que conocía, y nosotros dos no éramos precisamente un ejemplo de sensatez. No me hacía ninguna gracia, pero aquello se lo debía.

—Yo me encargo. Tú ahora intenta relajarte un poco hasta que vuelva.

Asintió, y entonces me di cuenta de que seguía sujetándome la muñeca, como si no fuera consciente.

—Conor, no es necesario que me acompañes. Estoy bien.