Capítulo 6 #2
Sin apartar la mirada, abrió la puerta a mi espalda.
—He dicho que estoy ocupado. Así que lárgate.
Alcé un poco la cabeza, acercándome para dejar claro que no iba a ceder.
Llevé la mano a la puerta y la empujé para cerrarla de nuevo.
—No me voy a ir a ningún lado hasta que hablemos.
Esta vez fue él quien redujo la distancia. Su aliento rozó mis labios. Demasiado cerca. Demasiado real.
—Eso no va a ocurrir. Ni ahora ni nunca. No me interesa lo que tengas que decir, Price.
Giró sobre sí mismo, dándome la espalda, dando el tema por zanjado.
Ahí algo dentro de mí explotó.
Tiré de su brazo con fuerza, lo frené en seco y, antes de que reaccionara, lo estampé contra la puerta.
Sus ojos se abrieron por la sorpresa.
Apreté la mandíbula y le subí el antebrazo al cuello, dejándolo inmóvil.
—Ya me he cansado —mascullé entre dientes—. De lo que quieres, de lo que ordenas y de lo que te da la gana de hacer conmigo. No voy a aguantar ni un día más que me trates como un trozo de mierda.
Mi respiración era irregular.
—Así que vete haciéndote a la idea. Formo parte de los Rift. Te guste o no. Acostúmbrate a esta cara, porque la vas a tener delante todos los malditos días.
Su pecho subía y bajaba con fuerza. La mandíbula tensa. El cuerpo rígido bajo el mío.
No solo lo estaba reteniendo; lo tenía completamente inmovilizado.
Yo no era así, nunca lo había sido. No perdía el control, aguantaba siempre, porque había crecido escuchando críticas, desprecios y toda clase de comentarios hasta aprender a guardármelo todo.
Pero con él...
Cuando estaba a punto de aflojar, incómodo conmigo mismo, lo vi sonreír.
No fue una sonrisa amable, sino dura y cruel.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? —murmuró, como si le importara una mierda estar así. No había perdido ni un ápice de esa crudeza suya.
Intentó acercarse un poco más, provocando. Apreté el antebrazo contra su cuello.
—Espera… —añadió, como si lo pensara—. Nada.
Hizo un leve chasquido con la lengua que me revolvió el estómago.
—Porque aquí mando yo. Más te vale tenerlo claro. Esto no es tu casa. Aquí no está tu padre ni todo lo que lleva tu apellido para protegerte. —Clavó los ojos en los míos—. Si no vales, no juegas.
Un golpe bajo.
Sucio.
Apreté con demasiada fuerza, sin ser consciente de la intensidad que estaba empleando.
—No vas a poder conmigo, Flanagan —advertí y, acto seguido, golpeé la puerta a su lado con el puño libre, sin lograr intimidarlo en lo más mínimo.
—¿Qué pretendes viniendo a este puñetero equipo sabiendo que no solo soy el entrenador, sino también uno de los inversores? —escupió, fuera de sí.
Hizo un gesto de desaprobación y, de golpe, todo cambió.
En un movimiento rápido me giró y, en un segundo, perdí toda la ventaja.
Mi cuerpo quedó aplastado contra la puerta, la mejilla pegada a la madera, el brazo que antes lo sujetaba ahora retorcido a mi espalda, completamente inmovilizado, mientras su peso se imponía sobre mi espalda, firme, sin dejarme espacio.
Su boca quedó cerca de mi oído.
Estaba excesivamente cerca, con su aliento rozándome la piel, y perder el control no fue lo peor; lo peor fue mi cuerpo, la forma en que reaccionó mi polla, ese calor que empezó a subir y que no tenía nada que ver únicamente con la rabia.
Lo odié.
Odié que volviera a pasar, como aquella noche en Hawái. Esta vez no había alcohol ni excusas. Solo él.
—¿Te crees que a mí me hace especial ilusión estar aquí? —gruñí.
Intenté moverme, echar la cabeza hacia atrás, pero en ese gesto sus labios rozaron mi mejilla.
Joder.
—No te muevas —advirtió, más bajo—. Y responde. Porque para no gustarte, te veo muy cómodo. En este equipo, viviendo al lado de mi casa y rodeado de mis amigos.
Su mano subió hasta mi cabeza y se enredó en mi pelo, sujetándome sin esfuerzo.
—Que te jodan —mascullé.
Intenté soltarme, aunque ya ni yo sabía cuánto empeño estaba poniendo.
—No me quedó otra opción. Lo único que tenía era la propuesta de Nathan. Créeme, si hubiera tenido cualquier otra alternativa, no estaría aquí. No estaría compartiendo ni el aire contigo.
Mi respiración era irregular.
—Pero es lo que hay. Así que más vale que te adaptes a esta nueva realidad.
Soltó una risa cínica.
—Mira, mierdecilla. La guerra que tengas entre la polla y la cabeza me da igual. No es asunto mío. Con cargar con el error de aquella noche ya voy servido.
Error.
Esa palabra me dolió más de lo que esperaba.
Me revolví, perdiendo la poca calma que me quedaba. Forcejeé contra él, intentando liberarme, y en ese movimiento mi trasero chocó contra la única parte de su cuerpo que no me había estado rozando.
Ahí lo sentí, no era el único jodidamente excitado.
Un segundo.
Dos.
Entonces me soltó de golpe.
Se apartó, pasándose la mano por el pelo, dándome la espalda.
Me giré despacio, apoyándome contra la puerta, intentando recomponerme.
Mierda. Aquello no tenía que haber pasado.
Levanté la vista. Él también me miraba.
Se acercó de nuevo. Sin tocarme esta vez.
—No puedo impedir que juegues aquí —dijo, más frío—. Ni que vivas con los Prescott. Ni que te relaciones con mis amigos.
Su mirada se endureció.
—Pero no esperes de mí nada distinto a lo que has obtenido hasta ahora. No me gustas. Ni como jugador, ni como persona.
Se apartó.
—Ahora lárgate de mi oficina. Aquí no eres bienvenido.
Se dio la vuelta.
Abrí la puerta porque no tenía otra opción. Todo se había ido a la mierda.
Salí y solté el aire que llevaba contenido.
¿Qué iba a hacer? Él no iba a ceder.
Y yo tampoco estaba dispuesto a convertirme en el chico al que todos consuelan mientras fracasa.
No después de todo lo que había tenido que dejar atrás.
No después de mi familia.
Y desde luego, no para darle la razón a mi padre.
Eso sí que no.
***
El primer partido de la temporada llegó antes de que me diera tiempo a acostumbrarme a nada.
Jugábamos en casa contra Los Ángeles. El pabellón estaba lleno, palpitando desde el primer minuto, con un ruido constante que se te metía en la cabeza por mucho que intentaras ignorarlo.
Pero para mí todo aquello quedaba en segundo plano.
Desde el incidente con Conor en su despacho, todo seguía igual, o incluso peor.
Continuaba sin dirigirme la palabra, sin corregirme, sin mirarme siquiera, y aquel partido no hizo más que confirmarlo.
No jugué ni un solo minuto en los dos primeros periodos. Me dejó fuera, sin más.
El marcador seguía empatado y el partido se iba calentando poco a poco, cada choque más duro que el anterior, cada jugada más al límite, hasta que acabó pasando lo inevitable.
Un empujón, otro más, y de repente todo estalló.
Guantes al hielo, jugadores agarrándose, golpes, el público exaltado como si lo estuviera esperando.
Cuando por fin lograron separarlos, uno de nuestros defensas tuvo que abandonar el hielo y, entonces sí, no le quedó otra.
—Price.
Me levanté casi sin pensarlo y, al cruzar la puerta hacia la pista, el miedo me invadió de lleno.
El ruido volvió de golpe, más intenso, y todo parecía ir más rápido.
Fue entonces cuando lo miré. Conor estaba en el banquillo, sin la chaqueta, con la camisa remangada, sin corbata, sudado.
Nuestros ojos se cruzaron, pero no hubo nada, ni un gesto, ni una señal.
Salí.
Y fallé.