Capítulo 6
KIERAN
Estábamos a punto de empezar la liga regular y, poco a poco, me iba adaptando a mi nueva vida en Seattle.
En general, el balance era positivo. Vivir con los Prescott me ayudaba a no sentirme tan solo.
Era agradable formar parte de un hogar de verdad, con esa calidez que no había sentido en mucho tiempo y, aun así, seguir contando con mi espacio, algo que agradecía.
En cuanto al grupo, aunque ya los conocía de haber pasado un par de veranos con ellos, la relación se afianzó mucho más, tanto dentro como fuera del hielo. Kels tuvo bastante culpa de eso, empeñada en sacarme de mi zona de confort hasta que lo consiguió.
Después estaba su novio, Novák. Contra todo pronóstico, y tal como anticipó Nathan, había que conocerlo. Era buen tipo. Su actitud conmigo cambió en cuanto vio que lo mío con Kelsey era solo amistad, y desde entonces todo fue más sencillo.
Pero si había algo bueno que me había traído mi nuevo hogar era haber recuperado una parte de mí que había dejado olvidada en Chicago. El surf.
Siempre que tenía un rato libre y no surgía ningún plan de última hora, me escapaba. A veces quedaba con Cory y su grupo; otras iba por mi cuenta, pero casi siempre acababa en el mismo sitio, en The Corner. Ya era como mi segunda casa.
Todo podría haber sido casi perfecto.
Y lo habría sido, si no fuera por ese «casi» que lo jodía todo.
Mi hermano seguía ignorándome. Con mi madre apenas podía hablar; la mayor parte del tiempo estaba dormida. Y en el hielo iba de mal en peor.
Ni siquiera habíamos empezado la liga y ya se veía por dónde iban los tiros.
El entrenador apenas me daba minutos en los entrenamientos, me rotaba lo justo y, en muchas ocasiones, ni siquiera entraba en las jugadas importantes.
Tocaba el puck menos que nadie, como si no terminara de confiar en mí o, directamente, como si yo no contara.
Mi padre estaría encantado.
Siempre había dicho que no llegaría a nada, que no tenía lo necesario, que acabaría siendo un fracaso. Y aquello empezaba a parecerse demasiado a sus predicciones.
Al principio, Conor me machacaba en cada entrenamiento. No me daba ni un respiro. Cuanto más lo hacía, más me bloqueaba. Era como vivir en un bucle constante.
Ese gilipollas me odiaba y no se molestaba en disimularlo.
Recuerdo un día que Juraj se acercó a mí y me confesó que él también había pasado por algo parecido, que Conor apretaba así para sacar el máximo potencial de un jugador. Puede que en su caso fuera así, pero lo mío estaba muy lejos de parecerse a lo del eslovaco.
Yo salía de cada entrenamiento derrotado, pero no por el cansancio físico, sino por cómo me dejaba la cabeza.
No era idiota. Sabía que los demás se daban cuenta. Nathan también.
Una noche en casa me preguntó cómo me sentía, si estaba cómodo en los entrenamientos. Le dije que sí.
Mentí.
Fue evidente que no me creyó, porque desde la ventana de mi habitación lo vi discutir con Conor en el jardín. No escuché lo que decían, pero en un momento señalaron hacia la casa, hacia donde estaba yo.
¿Aquella discusión sirvió de algo?
Sí.
Pero no para bien. Los gritos y las broncas desaparecieron, y en su lugar llegó algo mucho peor.
El silencio.
Conor pasó a ignorarme por completo. En los entrenamientos ni me corregía, ni me exigía, ni siquiera me miraba. Las indicaciones me las daba el asistente o Hughes, como capitán, con quien compartía línea en defensa. Para él, simplemente dejé de existir.
Aun así, tenía que cruzármelo todos los días. Entrenar con él, vivir prácticamente bajo el mismo techo, tenérmelo delante a cada rato… y aguantar según qué cosas.
Como verlo cada mañana acompañando a la puerta de su casa a la reportera con la que se acostaba, día sí y día también.
El muy idiota salía al jardín como si nada, despeinado, con ese pelo oscuro siempre a medio arreglar.
A veces llevaba camiseta, otras aparecía sin ella y con unos pantalones deportivos, pero daba exactamente igual.
Seguía teniendo esa cara de pocos amigos y ese aire de tipo permanentemente cabreado, como si todo le molestara.
Y sí, hablar de él se había convertido en una costumbre.
Pero solo con Kels.
Con ella las palabras simplemente fluían. Quizá porque nos conocíamos de antes o porque nunca intentaba decirme lo que tenía que pensar. Fuera por lo que fuera, acababa contándole cosas que no le habría contado a nadie más.
Sentí una palmada en la espalda. Kai me devolvió al presente.
Estábamos en el gimnasio. Día de trabajo físico. Circuitos de fuerza, cambios de ritmo, todos concentrados en lo suyo. El entrenador se movía entre nosotros corrigiendo posturas, marcando tiempos, apretando cuando alguien aflojaba.
Se acercó a nuestra zona, corrigió a un par de compañeros y siguió avanzando entre los jugadores como si yo no estuviera allí.
A mí ni me miró.
Continuó con el ejercicio, exigiéndonos cada vez más, mientras la frustración se me iba acumulando en el pecho. Empezaba a cansarme, no solo de que me ignorara, sino de que aquello me afectara tanto.
Al terminar, fui el primero en salir hacia los vestuarios. Me quité la ropa casi sin pensar y me metí en la ducha sin prestar atención a nadie. No tenía ganas de cruzarme con miradas de comprensión ni de escuchar palabras de ánimo que no había pedido.
Me quedé más tiempo de lo necesario bajo el agua, esperando a que aquello se vaciara. Cuando el ruido desapareció, di por hecho que ya estaba solo.
Pero no.
Antes de salir hacia los casilleros, escuché voces. Kai y Caden. Y, cómo no, hablaban de mí.
Me quedé donde estaba, en silencio, sin hacer el más mínimo ruido.
—Esto no puede seguir así —gruñó Caden—. En dos días empieza la liga y seguimos cojeando en defensa.
No me gustó hacia dónde iba aquella conversación.
—No estamos aprovechando el potencial de Price. Al contrario, cada vez va a menos. Y eso es culpa de Conor. ¿Qué coño le pasa?
—No te falta razón —admitió Kai—. El chaval es rápido, interpreta bien el juego, pero está más pendiente de no fallar que de jugar.
Va siempre a remolque, esperando su aprobación, y así se le van las jugadas.
Más de una vez he estado a punto de gritarle que se olvide de todo y juegue como le salga de las pelotas.
—Pues menos mal que no lo hiciste —replicó Caden con una risa breve—, porque le habrías puesto una diana aún más grande en el trasero.
Se hizo un breve silencio antes de que volviera a hablar.
—Tenemos que hacer algo.
—Ya, pero ¿qué? —Kai dudó un instante—. Hemos hablado todos con él. Incluso Prescott se enfrentó a él, y mira cómo ha acabado. Ahora directamente ignora al chaval. No sé qué es peor, si cuando lo machacaba o esto. A veces da hasta pena.
Apreté los puños. Pena, no. Eso era justo lo que no necesitaba. No iba a repetir lo de Chicago, con los del equipo mirándome con lástima por mi padre o por lo de mi ex. Aquello ya lo había vivido y no pensaba volver ahí.
—Tiene que entrar en razón —insistió Kai, acercándose a la salida—. Está creando mal ambiente en el equipo.
—Lo que tiene que hacer es aceptar lo que ya se ha decidido en la junta —agregó Caden—. Apostamos por Price. Le guste o no, va a tener que lidiar con eso.
Me quedé quieto porque, en el fondo, siempre había sabido que nunca me había querido en el club, pero apreté la mandíbula de rabia.
—A veces me da la impresión de que lo suyo con Price es algo más personal —comentó Caden.
Me tensé al instante.
—Yo también lo pensaría si no supiera que casi no han coincidido —señaló Kai—. Solo aquel verano, y ya sabes cómo estaba Conor entonces, iba a su aire y no se acercaba a nadie. No creo que venga de ahí.
—Tiene que haber algo más —murmuró Caden—. Ya sabes… Liam. Juega en su puesto y…
—Y no piensa bajar el listón con quien venga detrás —remató Kai.
Escuché cómo se marchaban y, cuando la puerta se cerró, el vestuario quedó en silencio.
Me apoyé contra la pared y solté el aire despacio.
Yo no era Liam MacAllister y nunca lo sería. Tampoco quería que me comparara con él.
Estaba harto de todo aquello.
Me vestí rápido y terminé de tomar una decisión que llevaba días rondándome la cabeza. Se le había acabado ignorarme.
Cogí la bolsa y fui hacia su despacho. Al llegar, me crucé con Jasper saliendo por la puerta. Parecía un buen tipo, aunque tampoco había hablado con él lo suficiente como para asegurarlo.
—¿Está el entrenador ahí dentro? —pregunté, sin molestarme en suavizar el tono.
Jasper alzó la vista.
—Price, no es buen momento. Está revisando jugadas y preparando la estrategia para el partido.
—Nunca lo es con él cuando se trata de mí —solté.
Jasper me observó durante unos instantes, como si estuviera valorando qué decir. Al final se limitó a apretarme el hombro.
—Dale tiempo, todo mejorará —aseguró.
Era mentira, y ambos lo sabíamos.
—Lo dudo, pero ya no lo voy a aguantar más —afirmé antes de golpear la puerta.
—Adelante —llegó desde dentro su voz, seca, grave e inconfundible.
—Suerte. La vas a necesitar. —Me dio un golpecito en el pecho antes de marcharse.
Tomé aire antes de entrar, intentando rebajar el cabreo.
Lo vi sentado tras el escritorio. Imponente incluso así. Hombros enormes, mandíbula cuadrada, rasgos duros y el pelo oscuro perfectamente colocado. Levantó la vista y sus ojos verdes se clavaron en los míos. Primero, asombro. Después, un rastro claro de molestia.
—Estoy ocupado, Price. Cualquier problema, consúltalo con Jasper.
Volvió la vista a lo que estaba haciendo, ignorándome por completo.
Entrecerré los ojos.
Llevé la mano a la puerta y la cerré de un golpe seco.
El sonido lo obligó a alzar la cabeza. Por un instante juraría que se sorprendió. Probablemente pensó que me había largado.
No.
No iba a callarme. Ni a salir con la cabeza baja por culpa de ese imbécil.
Apretó la mandíbula. Apoyó las manos sobre la mesa y se puso en pie despacio. Y entonces volvió a pasar. Esa sensación de que, de pronto, llenaba todo el espacio.
Caminó hacia mí sin prisa.
Yo no me moví.
Se detuvo a mi altura. Sus ojos, más oscuros, se clavaron en los míos. Su rostro, rígido, intimidante.