Capítulo 5
KIERAN
Dos años antes…
Eché un último vistazo hacia la zona del jardín donde Kels discutía con su nuevo novio. Estaba claro que yo tenía algo que ver. Al idiota le había dado un ataque de celos y se había plantado entre los dos para besarla. Ridículo.
Seguí caminando hacia el interior, donde se celebraba el cumpleaños de la pequeña Rachel. Tenía claro que ya no disfrutaría mucho más de la compañía de mi amiga. Mejor cambiar de plan.
Aún no había puesto un pie en el primer escalón cuando Nathan me vio y bajó las escaleras que nos separaban.
—Tío, ¿dónde te has metido? —me apretó el hombro.
—Estaba con Kelsey, ayudándola con unos vídeos para redes y poniéndonos al día. Hasta que apareció su encantador novio a marcar territorio.
Nate soltó una carcajada.
—Pues cuéntame el chiste, porque yo no le veo la gracia. No sé qué hace Kels con un tío así, no pega nada con ella.
—Mejor no preguntes. Es una larga historia —meneó la cabeza—. Y, aunque no lo parezca, Novák es un buen tipo.
—Pues diría que sabe disimularlo bastante bien. Solo espero que no le haga daño.
Nathan iba a responder, pero uno de los invitados —creo que el padre de Hughes— lo llamó. Intercambiaron unas palabras y se disculpó antes de desaparecer dentro de la casa.
Volví a mirar hacia donde había estado con Kels, pero ya se había ido. Recorrí con la vista el impresionante jardín de los Prescott hasta que, al fondo, cerca de la fuente de piedra, vi a alguien moverse de un lado a otro.
No tardé en reconocerlo.
Liam MacAllister.
Se pasaba las manos por el pelo, por la cara, caminaba sin rumbo, como si no supiera qué hacer consigo mismo. Había algo en la forma en la que se movía, rígida y demasiado mecánica.
Algo no iba bien, pero no era asunto mío. Subí otro escalón hasta que lo vi agacharse junto a la fuente y dejar caer la cabeza hacia delante. Maldición.
Antes de darme cuenta, ya estaba caminando hacia él.
Cuanto más me acercaba, más claro tenía que era una pésima idea.
¿Qué se suponía que iba a decirle? Joder, ni siquiera éramos cercanos, apenas habíamos cruzado unas palabras y, para colmo, las pocas veces que lo hicimos fueron en situaciones bastante bochornosas, al menos para mí.
«Vale, hasta aquí».
Era el momento perfecto para dar media vuelta, pero justo en ese instante levantó la cabeza y sus ojos se clavaron en mí.
Demasiado tarde.
Genial.
«¿Y ahora qué?»
Lo vi sentarse en el borde de la fuente y, como si mis piernas no fueran mías, terminé yendo hacia él. Cuando quise darme cuenta, ya estaba sentado a su lado.
Literal.
Tras un silencio incómodo, al final conseguí decir algo. O, más bien, soltar un «¿estás bien?», una pregunta absurda teniendo en cuenta que era evidente que no lo estaba. No respondió.
No tenía claro en qué momento plantarme a su lado me había parecido una buena idea. Pensándolo mejor, en ninguno. Y aun así, lo hice.
—Lo siento, no quería incomodarte —me froté las manos en el pantalón y, antes de levantarme para largarme, añadí en voz baja—. Mejor me voy.
Ya me estaba incorporando cuando habló, sin mirarme, y eso bastó para que me echara atrás de nuevo.
—Me siento como una mierda. Voy a romperle el corazón a alguien muy importante para mí, alguien que me mira como si yo lo fuera todo. ¿Sabes lo que es eso?
Sus ojos, apagados y vidriosos, se desviaron hacia mí.
Negué. No, no lo sabía. Nadie me había mirado nunca así. Más bien al contrario. Pero no dije nada. Tampoco parecía esperar una respuesta.
—Esto ya no da para más —continuó, con la mirada perdida en otro punto—. Lo he alargado todo lo que he podido, pero era inevitable. Tenía que haberlo dejado hace tiempo, pero me repetía que debía encontrar la forma de hacerle el menor daño posible, y al final ha sido peor.
Vale. Estaba claro que hablaba de su pareja.
—¿No vas a decir nada? —indagó, mirándome esta vez.
—No soy bueno dando consejos —reconocí—, ni siquiera los tengo para mí. Lo siento, pero creo que alguien cercano a ti te podría ayudar mejor.
Esbozó una sonrisa triste.
Me llamó la atención. Siempre lo había visto riendo, bromeando y metido en todo, tanto dentro como fuera del hielo.
Era de esos tipos que siempre consiguen contagiar su buen humor al resto.
Pero el que tenía delante parecía otro. Estaba más apagado, más cansado, como si llevara días dándole vueltas a algo que lo estaba consumiendo por dentro.
—A ellos tampoco puedo contárselo.
Me dio una palmada en el muslo y se puso en pie.
—Aunque no lo creas, chaval, me has ayudado. Necesitaba decir esto en voz alta. Ahora pesa un poco menos, aunque me siento más cobarde.
Dio un paso y yo me levanté también.
—No creo que seas un cobarde —dije, alzando un poco la voz.
Se giró.
—Te has plantado ante todo el mundo en este deporte, ante tu equipo, la liga, y has sido tú mismo. Has defendido quién eres y a quién quieres, y eso no lo hace cualquiera.
Tomé aire antes de seguir.
—Y no te lo digo solo porque te admire, que también. Desde los Toronto Wolves siempre seguí tu carrera. Tu lectura del juego, cómo anticipas las jugadas, cómo cierras espacios y sacas el puck ... eres un referente para muchos de nosotros.
Sonrió, con los ojos más brillantes.
Se acercó y me apretó el hombro.
—Gracias, chaval. Me has recordado cosas que tenía olvidadas.
—Solo digo lo que veo —me encogí de hombros—. Para mí sigues siendo de los mejores.
—Tú tampoco eres malo, pero creo que aún no eres consciente de hasta dónde puedes llegar.
Me quedé mirándolo, sin saber muy bien qué decir.
—¿En serio?
—Te he visto jugar.
—¿A mí? —no pude ocultar la cara de sorpresa.
—Uno de mis amigos jugó contigo, así que sí. He visto más partidos de Chicago de los que me gustaría. Confía más en ti. Hay algo que te está frenando y no creo que esté sobre el hielo.
Fruncí el ceño.
—No te sigo.
—Deja de intentar ser lo que otros esperan. Empieza a escucharte a ti mismo.
—¿Y eso cómo se hace?
—Siendo honesto contigo, aunque te incomode y te obligue a enfrentarte a cosas que llevas tiempo evitando.
Lo miré sin apartar la vista, notando cómo sus palabras me tocaban más de lo que me gustaría.
—¿Por qué me dices esto?
—Porque yo estuve en tu lugar —manifestó sin rodeos—. Y mirar hacia otro lado no hace que desaparezca.
No supe qué contestar.
Se dio la vuelta y se marchó sin añadir nada más.
Me quedé allí, inmóvil, dándole vueltas a todo aquello. No tenía sentido. O eso quería pensar. Era más fácil creer que estaba proyectando sus propios problemas que plantearme que podía haber algo de verdad en lo que decía.
Saqué el teléfono casi por inercia cuando empezó a sonar. En la pantalla apareció el nombre de mi madre y solté un suspiro al descolgar. Aquello solo podía significar una cosa. Problemas en casa.
—Mamá —murmuré.
No respondió. Solo se escuchaba su respiración entrecortada, como si estuviera llorando, y eso bastó para que el pulso se me disparara.
—Mamá —insistí, avanzando unos pasos sin darme cuenta.
—Hijo… —hipó al otro lado.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Ni siquiera tenía sentido preguntar eso. En mi casa «bien» nunca significaba nada.
—Kieran, tu padre me engaña.
Cerré los ojos y respiré hondo.
Mi padre llevaba años haciendo lo que le daba la gana y manteniendo ese matrimonio por interés, y nosotros llevábamos el mismo tiempo sosteniendo la mentira para que ella no se rompiera del todo. Porque cuando lo hacía, no había forma de sacarla de ahí.
—No, mamá —negué, apretando el teléfono—. Está trabajando, ya lo sabes. Cuando termine volverá a casa.
Siempre lo mismo. Siempre la misma mentira.
—Kieran, está con otra mujer —su voz se quebró y escuché un golpe seco.
Mierda.
—Mamá, escúchame. Llama a Charlotte, ¿vale? Y tómate la medicación.
—No…, no quiero tomar nada —otro golpe, algo arrastrándose—. Lo vi. Fui al hangar… salió del coche con ella, era más joven, la cogió en brazos, se reía, la besó y subieron al avión. Corrí, pero ya se había ido.
No podía ser. Mi madre casi no salía de casa y, cuando lo hacía, nunca iba sola.
—Eso no ha pasado, mamá. Ha sido un sueño. Necesito que me escuches. Pásame con Charlotte.
—No puedo…, está dormida.
Un mal presentimiento me recorrió el cuerpo.
—¿Cómo que está dormida?
—Le di mi medicación esta mañana, para que no pudiera detenerme cuando decidí seguir a tu padre después de oír cómo hablaba con su amante al venir a casa a por ropa.
Se me heló la sangre.
—Mamá, tienes que despertarla ahora mismo. Ve con Charlotte, haz que reaccione. ¿Dónde está mi hermano?
Silencio.
—¿Mamá?
Nada.
—¡Mamá! —La voz me salió más alta de lo que esperaba, y varias personas se giraron.
Eché a andar sin pensar, alejándome, con la sensación de que si me quedaba quieto algo iba a romperse del todo.
—Respóndeme.
Entonces lo escuché.
Agua.
Un sonido cercano.
—¿Qué estás haciendo? —se me quebró la voz—. Mamá, dime dónde estás.
—Hijo…, te quiero mucho… a ti y a tu hermano…, pero no puedo vivir si él no está a mi lado.
El corazón me dio un vuelco.
—No. Mamá, no. Escúchame. No hagas eso.
Un golpe.
Algo cayendo.
Después, silencio.
—¡Mamá!
Seguí llamándola, una y otra vez, aunque no respondió. Marqué a emergencias con las manos temblando, dando la dirección como pude, atropellando las palabras.
Joder.
Mi hermano.
Yo estaba demasiado lejos.
Seguí caminando, pasándome la mano por el pelo, intentando no perder el control mientras llamaba. Uno, dos, tres tonos.
«Vamos».
«Vamos, joder».
Al cuarto, descolgó.
—Kier, ¿qué tal por Seattle? —dijo mi hermano al otro lado, animado, con música de fondo.
—Dray, tienes que volver a casa ya —lo corté—. Mamá ha visto a papá con su amante y se ha descontrolado. Creo que va a inten… —me frené antes de decirlo—. Necesita ayuda.
—¿Y Charlotte no está con ella?
—No, joder. La dejó fuera de juego con sus pastillas. No sé ni cómo se encuentra. Para de hacer preguntas y muévete, esto es serio.
—Kier, lo que pasa es que estoy en Detroit.
—¿Qué cojones haces allí?
—Unos amigos necesitaban un guitarrista para un concierto y me pidieron el favor.
—¿Por qué no me has dicho nada, Dray? No habría venido a Seattle.
—Por eso mismo. No quería fastidiarte los planes y, además, he sido muy cuidadoso. Papá no se enterará.
—¡Joder! Me da igual papá —solté, perdiendo la paciencia—. La que me preocupa es mamá. Creo que se va a hacer daño. He llamado a…
No terminé la frase.
Un golpe brutal me alcanzó por el costado y me quitó el aire de los pulmones. Todo ocurrió en un segundo. Mi cuerpo salió despedido, como si me hubieran arrancado del suelo, y caí sin control. El impacto contra el asfalto fue seco: primero el hombro, luego la cabeza.
Un chasquido.
El mundo se tambaleó.
El dolor llegó de golpe, intenso, atravesándome entero, mientras todo comenzaba a mezclarse en algo lejano y confuso.
El teléfono se me escapó de la mano.
Intenté moverme.
No pude.
Y todo se volvió borroso.