Capítulo 4
CONOR
Dos años antes…
Me tumbé boca arriba, todavía con la respiración agitada y esa sonrisa tonta que siempre me salía después de echar un polvo con Liam. Él se dejó caer a mi lado en la misma posición, pero apoyando la cabeza en mi abdomen.
Mi mano descendió hasta su pelo y empecé a jugar con él, un gesto que siempre conseguía relajarme, sobre todo porque era el contrapunto a la intensidad del momento anterior, algo muy nuestro. Últimamente, sin embargo, nuestra actividad sexual había bajado bastante.
Y me chocaba. Éramos muy activos, siempre lo habíamos sido. Aunque, pensándolo mejor, quizá era lo normal después de tantos años juntos. Aun así, yo no me cansaba de él. Lo seguía deseando igual que el primer día, quizá incluso desde antes, cuando solo éramos compañeros de piso.
Por aquella época yo creía que solo me gustaban las mujeres, y seguramente habría seguido siendo así si Liam MacAllister no se hubiera cruzado en mi vida. Desde entonces no es que el resto desapareciera, es que directamente dejó de existir. Solo tenía ojos para él, y eso no iba a cambiar.
—Te has quedado pensativo, amor —dijo el impresionante defensa que tenía metido en mi cama con una gran sonrisa.
Se deslizó hacia arriba, dejando un rastro de besos por mi torso mientras su mano acompañaba el recorrido. Apoyó la cabeza en mi hombro, buscó mi boca y me dio un beso lento y caliente, capaz de resucitar mi flácida polla.
—Me estaba acordando de nuestros inicios en Toronto.
Éramos dos niñatos incapaces de confesar lo que sentíamos —tiré de él y rocé sus labios—.
Todavía me acuerdo de los idiotas con los que te enrollabas y de aquel que era fanático de Nathan.
Le pusiste la camiseta del equipo con el nombre Prescott en la espalda.
Joder, menudo revuelo se montó. Eras un puñetero liante.
—Oye —me dio un manotazo en el pecho—, que tú no eras ningún santo. Me acuerdo perfectamente de las fiestecitas que te montabas en casa.
Solté una risa y él me acompañó.
—Joder, quién nos iba a decir entonces que acabaríamos en Seattle, juntos, viviendo en una casa-iglesia, formando una familia increíble con nuestros amigos y, seguramente, dentro de poco, con algún niño correteando por aquí.
La sonrisa de Liam desapareció y percibí cómo su cuerpo se tensaba. Algo no iba bien.
Últimamente evitaba el tema de la adopción.
Después de todo lo que nos había costado llegar hasta ahí, no tenía sentido.
Siempre había sido el primero en ilusionarse con la idea de tener un hijo.
Lo veía con los niños de nuestros amigos, cómo se le iluminaba la cara, y ahora, en cambio, era distinto.
Le levanté el mentón para que me mirara.
—Liam, cariño, ¿qué sucede? ¿Por qué cada vez que menciono lo de la adopción te pones así?
—Son cosas tuyas —desvió la mirada.
Volví a sujetarle la barbilla, esta vez sin soltarla.
—No lo son. Te conozco demasiado como para no darme cuenta de que algo pasa.
—Es solo...
—Liam, habla.
—Creo que tenías razón.
—¿En qué?
—Me he obsesionado con esto. Tal vez nos precipitamos. Así como estamos, estamos bien.
Me incorporé y apoyé la espalda en el cabecero, completamente descolocado.
—¿Me estás tomando el pelo?
Su cara me dejó claro que no.
—Liam, ¿qué cojones dices? Adoptar a un niño es una decisión seria, no es algo que un día quieres y al siguiente no.
—Lo sé... No me hagas caso.
—¿Cómo que no te haga caso? Esto nos cambia la vida. Va a haber una persona que dependa de nosotros. Así que aclárate de una vez, porque esto ya no va solo de ti y de mí.
—Tienes razón.
Se acercó para besarme, pero retiré la cara. Sus labios acabaron en mi mejilla.
—Es solo miedo, a no estar a la altura. Nada más. Así que olvídalo, ¿vale? No hay nada en este mundo que quiera más que formar una familia contigo.
Pero su mirada no acompañaba a sus palabras.
Se apartó de mí y se levantó.
—Voy a darme una ducha.
Antes de irse, cogió el teléfono de la mesilla y se lo llevó con él. Lo seguí con la mirada, notando cómo algo se removía dentro de mí, una incomodidad difícil de ignorar.
Había detalles que antes no estaban, cosas pequeñas que por separado no significaban nada, pero que juntas empezaban a llamar demasiado la atención.
El hecho de que se encerrara en el baño, bajara la voz al hablar por teléfono, se alejara para contestar ciertas llamadas y, sobre todo, los viajes a Canadá.
Intentaba convencerme de que lo conocía, de que jamás me haría algo así, pero había momentos en los que la duda se abría paso sin que pudiera evitarlo. ¿Y si había alguien más? ¿Y si se había enamorado de otro y no sabía cómo decírmelo?
Ese pensamiento, por breve que fuera, me destrozaba.
Intenté apartarlo, sacarlo de mi cabeza y me puse en pie. Caminé hasta el baño y deslicé la puerta corredera, pero estaba cerrada. Otra vez.
Apoyé la frente contra el marco, intentando calmarme, y afiné el oído. No solo se escuchaba el agua, también su voz, baja, contenida. Me obligué a concentrarme, a dejar la mente en blanco para no perder nada.
—No puedo más con esta situación...
El resto se disipó en un murmullo, pero me quedé completamente quieto, aguantando la respiración.
—Le estoy mintiendo a la cara, Caleb. A la puta cara.
Se hizo un breve silencio al otro lado.
—Vale, me calmo. Hablamos luego. Tengo miedo de que me escuche.
Se me heló la sangre y retrocedí sin darme cuenta hasta caer sentado en la cama.
Me estaba engañando, lo había oído. Caleb.
¿Quién coño era Caleb?
No era la primera vez que escuchaba ese nombre. La otra vez se hizo el loco, dijo que había entendido mal y después salió diciendo que era un nuevo gestor del banco. Lo dejé pasar, pero aquello no tenía sentido. Nadie se encierra en un baño en plena noche para hablar con un gestor.
Cuanto más lo pensaba, más ridículo me sentía. Trabajábamos con las mismas sucursales, con los mismos gestores, y no había ningún Caleb.
Necesitaba comprobarlo antes de decir nada, así que cogí el móvil y escribí un correo a los dos gestores de mis bancos.
Les pedí que me pusieran en contacto con un tal Caleb que trabajaba con ellos y me había hablado de unas inversiones de capital que me interesaban y que quería algo más de información antes de poner en riesgo esa cantidad de dinero.
Era un anzuelo y, al enviarlo, me sentí una mierda por lo bajo que estaba cayendo.
El agua dejó de correr y me tumbé, me cubrí y le di la espalda, cerrando los ojos y fingiendo dormir porque no podía mirarlo. No sabía quién estaba fallando a quién, pero aquello lo estaba contaminando todo.
Salió del baño y se metió en la cama. Escuché cómo colocaba el teléfono en la mesilla y tuve que apretar el colchón para no reaccionar, agradeciendo en silencio cuando apagó la luz.
Se pegó a mí, me rodeó la cintura con el brazo y besó mi espalda.
—Te quiero —murmuró.
Fue entonces cuando algo dentro de mí se rompió, porque sonó real, como siempre. Quizá todo estaba en mi cabeza. Quizá me estaba equivocando. Pero antes de poder darle más vueltas, busqué su mano y la llevé hasta mi pecho.
—Yo también te quiero. Y siempre lo haré.
Se estremeció y se pegó un poco más a mí.
***
Me alejé de Juraj, dejándolo en el porche de la casa de invitados de Nathan, muerto de celos al ver a Kieran Price cerca de Kels. Por mucho que lo negara, era otro idiota más que acababa de caer en las redes del amor. Negué con la cabeza mientras avanzaba y mis ojos se desviaron hacia ellos.
Kieran estaba con Kelsey, grabando algo con el teléfono.
Sonreí al verlos. La verdad es que juntos quedaban muy bien y no era de extrañar el nerviosismo de mi amigo.
Ella tenía una belleza poco común, llamativa sin resultar exagerada, y él era jodidamente perfecto.
Cabello muy rubio, con ese aire despeinado, ojos azules muy claros y brillantes, mandíbula marcada, labios bien definidos y una sonrisa que llamaba la atención.
El cuerpo trabajado, la piel dorada por el sol.
Lo único que no me terminaba de convencer era ese estilo surfero o skater , con los pantalones bajos, el jersey ajustado, que a veces dejaba ver el elástico del calzoncillo, y las zapatillas.
Quería dar un aire despreocupado, pero toda su ropa era cara. Un snob con aires de rebelde.
Cuando aparté la mirada, ya era tarde. Nuestros ojos se cruzaron y me di cuenta de que me había quedado mirando demasiado tiempo.
Desvió la vista rápido y juraría que se ruborizó.
Sonreí al recordar lo del baño. Llevé la mano al corte; al final no había sido más que un rasguño mal cuidado, pero ahí seguía la cicatriz como recordatorio.
Todavía podía verlo de rodillas, asustado, tartamudeando.
No sé si fue gracioso, porque en aquella época Liam y yo no estábamos en nuestro mejor momento por todo el tema de la adopción, pero sí fue… peculiar.
Seguí caminando hacia la casa, donde la fiesta continuaba por el primer cumpleaños de la pequeña Rachel. Nate y JoJo no podían estar más pendientes de ella. Iba a subir el primer escalón cuando vi a Liam a lo lejos y cambié de idea para ir hacia él.
Después de desahogarme con Juraj estaba más tranquilo.
Quizá tenía razón y estaba interpretando todo mal.
Algo dentro de mí seguía diciéndome que él me quería, que no podía estar tan equivocado, pero, en cuanto lo vi mejor, apartado hablando por teléfono otra vez, dudé.
Joder, me iba a volver loco. Tenía una guerra constante en la cabeza por su forma de actuar, siempre tan contradictoria.
El teléfono vibró en mi mano. Era Sinéad, mi hermana.
No contesté. Seguramente en casa habrían vuelto a enzarzarse; mi padre y su marido no necesitaban mucho, y si salía el tema de la política, peor.
Nunca le hizo ninguna gracia que se casara con alguien de Irlanda del Norte ni que se fuera a vivir a Belfast.