Capítulo 3
KIERAN
Metí las bolsas en los asientos traseros y luego cogí la tabla de surf. Me subí al estribo de la pickup para colocarla sobre las barras del techo, pero una de las correas se soltó por el otro lado. Cuando iba a bajar para rodear el vehículo, alguien apareció frente a mí y la sujetó.
Era el chico al que había visto el día anterior en el agua, surfeando con un grupo de amigos.
Me había fijado en él porque destacaba. No hacía nada exagerado.
Simplemente, todo le salía limpio. Durante un rato coincidimos en las mismas olas, metiéndonos en las mismas series, sin apartarnos.
No fue un pique claro, pero tampoco una casualidad.
Al final, después de una bajada perfecta, salió del agua y, desde la orilla, me hizo un gesto antes de irse con los suyos.
—Nunca te he visto por aquí —dijo, tendiéndome el extremo de la cuerda.
—No. Me acabo de mudar a Seattle. Había oído que Westport, y en concreto The Corner, es un buen sitio para surfear y, estando a un par de horas, quería venir a probar.
Terminé de ajustarla, salté al suelo y él hizo lo mismo. Se acercó.
—A unas cuatro horas tienes La Push. Es más salvaje y menos accesible, pero merece mucho la pena —comentó mientras se recogía el pelo rubio en un moño.
—La tendré en cuenta.
—¿De dónde vienes?
—De Chicago.
—Vaya, allí las olas están a otro nivel —ironizó—. El mejor sitio para surfear… entre la gente.
Sonreí.
—Viví allí los últimos años, pero aprendí en California, en Santa Cruz. Y ahora que tengo el mar cerca me apetecía retomarlo. Aunque estoy bastante verde y no puedo practicar tanto como me gustaría.
—Entonces olvídate de La Push por ahora. Empieza por Hobuck Beach. Ya volverás a las olas grandes cuando recuperes la confianza.
—Se agradece que no me mandes a una piscina de olas.
—No estaría de más —me dio una palmada en el hombro—. Es broma. Tienes buena base.
—Pero no como tú.
—Eso espero. Si me supera alguien que no entrena, mejor me retiro de las competiciones.
Abrí los ojos, sorprendido. Por un momento lo envidié.
Esa era la vida que a mí me habría gustado tener.
—¿Te alojas en Marina Cottages? —señaló las cabañas.
Asentí.
—Nosotros solemos quedarnos en LOGE. Es más barato y hay muy buen ambiente. Y, con este tiempo, mejor que dormir en la furgo, aunque algunos lo prefieren. Si vuelves, pásate. No es tan exclusivo como esto, pero merece la pena.
—Lo tendré en cuenta. Seguramente lo haga cuando el trabajo me lo permita.
—Me llamo Cory.
—Kieran.
Y qué bien sonaba decirlo así, sin más. Sin el apellido.
—En serio, si regresas, ven a buscarnos. Pregunta por mí. Y, si no estoy, da igual, quédate. La gente es de puta madre. Surfear solo está bien, pero con peña es mejor.
Chocamos los puños a modo de despedida. Antes de alejarse, señaló el logo de su camiseta y elevó un poco la voz mientras caminaba hacia atrás:
—Síguenos en redes, Kieran.
No pude evitar sonreír mientras desviaba la vista al mar. A lo mejor mudarme a Seattle no había sido tan mala idea.
Me subí al coche con otra energía y puse música. Toqué el volante con los dedos, siguiendo el ritmo. Ojalá hubiera tenido más tiempo para quedarme allí, pero esa tarde cogíamos un vuelo para un partido amistoso de pretemporada. Solo con pensar en el hielo, mi alegría se esfumó.
Y no era porque no me hubieran acogido bien en el club. Cuando todos decían que el Seattle Rift era como una gran familia, no exageraban. El ambiente era cercano, distendido, casi toda la plantilla parecía estar contenta.
No es que el equipo de Chicago fuera malo, pero allí todo tenía otro nivel de exigencia y competitividad. Además, estaba mi padre, que conseguía que cualquier lugar se convirtiera en una pesadilla.
Aunque, en los Rift, no todo el mundo me había recibido con los brazos abiertos.
Conor Flanagan, nuestro entrenador y uno de los socios, no ocultaba que mi presencia no le agradaba.
En cada entrenamiento desde que llegué no hacía más que dejar en evidencia mis carencias.
Y cada vez que eso pasaba, las palabras de mi padre volvían a mi cabeza: «mediocre», «inútil», «fracasado», «no sirves para nada», «patético, como tu madre».
Esos recuerdos me llevaron a mi familia.
Mi mano fue directa al teléfono. Marqué el número de Dray. Un tono. Dos. Llamada cortada.
Mi hermano pequeño, desde que me fui, me había dejado de hablar sin darme ninguna explicación.
Lo intenté con mi madre. A veces, si estaba lo bastante lúcida y mi padre no estaba en casa, contestaba.
Él le había prohibido cualquier contacto conmigo.
Aun así, esas pequeñas conversaciones me hacían sentir un poco más cerca de ellos…
hasta que colgaba. Al volver a la realidad, la distancia dolía todavía más.
Me sentía fatal por haberlos dejado atrás.
Pero no me quedó otra opción si quería escapar de mi padre. Por eso, cuando Nathan me tendió la mano, me aferré a ella como si fuera mi única salida. Intenté convencer a Dray para que viniera conmigo, pero en el último momento cambió de idea. Dijo que no iba a abandonar a nuestra madre.
No podía salvarla. Nadie podía.
Su mundo era mi padre. Se había vuelto completamente dependiente de él, perdida en algo que ya ni siquiera parecía amor.
Las pastillas para dormir y el alcohol eran lo único que la mantenía en pie.
No seguía pautas médicas, no escuchaba a nadie.
Y a mi padre le convenía. Cuanto peor estaba, más fácil le resultaba controlarlo todo.
La llamada se cortó. Probablemente estaría dormida.
Seguí conduciendo en silencio, con una densa sensación de pesadumbre. La ligereza que había sentido frente al mar se desvanecía a medida que me alejaba de las olas y me acercaba al ruido de la ciudad.
Desde el móvil abrí la puerta de la mansión de los Prescott. Pasé por la casa de invitados, donde vivía Conor, y conduje hasta la caseta del jardín donde guardaba el equipo de surf. Saqué la tabla y el traje y los enjuagué con la manguera para quitarles la sal antes de dejarlos secar.
Mientras estaba en ello, vi salir a una mujer de la casa de Conor. Era la tercera vez que me la cruzaba.
Él apareció detrás, colocándose una sudadera sobre el torso desnudo, con el pelo ligeramente despeinado.
Me quedé observándolos más de la cuenta. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, algo pasó. No supe muy bien qué, pero hubo tensión en esa mirada. Dura. Incómoda. Como si no le hiciera ninguna gracia verme allí.
Aparté la vista y entré en la casa principal por la puerta de la cocina.
Puse la cafetera y me quedé quieto, mirando por la ventana. Desde allí podía observar a Conor acompañando a la mujer hasta el coche, abriéndole la puerta e inclinándose ligeramente hacia ella antes de despedirse.
Estaba tan absorto que no me di cuenta de que Nathan había entrado hasta que lo vi colocarse a mi lado, dejando otra taza junto a la mía.
—Es raro de cojones verlo con otra persona que no sea Liam —confesó en voz alta, más para él que para mí—. Todavía no me acostumbro. Creo que ninguno lo hace. Aunque supongo que es más fácil verlo con una mujer que con otro hombre. Por suerte, a él no le interesa el sexo masculino..., solo Liam.
Lo miré, desconcertado, frunciendo el ceño. No tenía tan claro aquello, pero no hice ningún comentario al respecto.
—No me hagas caso —añadió—. Es solo que siempre creímos que ellos eran un «para siempre». Que los veríamos ancianos, con sus absurdas peleas y queriéndose como el primer día.
Se me encogió el corazón al escucharlo hablar con esa tristeza. No comprendía del todo la magnitud de sus palabras ni de ese «para siempre». Ese sentimiento me resultaba demasiado ajeno.
—Ojalá algún día vuelva a encontrar el amor, pero está claro que esa reportera no va a ser.
No comprendo por qué ha vuelto con ella de repente, si eso ya estaba más que acabado.
Me gustaría poder entenderlo para ayudarlo, pero es imposible.
No sé qué le pasa por la cabeza; se ha vuelto muy hermético.
Mis ojos volvieron hacia la ventana. Conor entraba en la casa tras despedirse con un gesto de la mujer, que ya se alejaba en coche.
Durante un instante, tuve la sensación de que miraba hacia nosotros.
Como si supiera que lo estábamos observando.
Pero era imposible, desde fuera no se veía el interior.
—Venga, dejemos de hablar de Conor —propuso Nate, dándole un sorbo al café—. Cuéntame tú. ¿Qué tal tu día de descanso en Westport? Has llegado muy temprano, ¿no? Pensé que aprovecharías la mañana y regresarías al mediodía.
—La verdad es que muy bien. Fue genial. No sabía cuánto lo había echado de menos —esbocé una sonrisa amplia.
Nate sirvió más café para los dos. Me pasó una taza y la chocó suavemente con la mía.
—Aproveché para surfear un poco antes de venir, aunque con el tiempo que hacía casi no me meto.
—A ver, chaval, hace un frío de la hostia. Cualquier día te van a encontrar congelado en el agua. Eso no puede ser sano. ¿Quién hace surf con este tiempo? Solo un loco.
Solté una carcajada.
—No tienes ni idea, Nathan. Las mejores olas se dan en esta época. El verano es para principiantes.
—Ohhh, qué sobrado —resopló—. Allá tú, pero más te vale volver de una pieza al hielo. Es lo único que me importa.
Nos miramos sonriendo, disfrutando del café.
***
El filo del patín raspó el hielo al frenar en seco. Giré sobre mí mismo y busqué línea de pase, pero ya lo tenía encima.
—¡Price! ¿Qué coño haces? —la voz de Conor retumbó en toda la pista secundaria—. ¡Ese gap es un puto desastre!
Apreté la mandíbula y retrocedí, manteniendo la distancia con Juraj, intentando cerrar el centro y empujarlo hacia la banda.
—¡Cierra el maldito ángulo! ¡No le regales el carril interior!
Lo forcé hacia la banda y metí el stick para interceptar el pase, pero no llegué a tiempo.
—¡Otra vez tarde, joder! —golpeó el hielo con el palo—. ¡Anticípate, Price! ¡No llegas a nada!
El sudor me corría por la frente. Respiraba más rápido de lo normal. Recuperé la posición, pedí el puck y lo saqué por la tabla, intentando un pase limpio al centro.
—¿Eso qué es? —ni siquiera me miraba—. ¡Ese pase es una mierda! ¡Firme el stick , Price! ¡Más rápido! ¡Decide antes! ¡Estás siempre un segundo tarde!
Mis dedos se tensaron alrededor del palo. No levanté la vista; no hacía falta. Sabía perfectamente dónde estaba.
—¡Otra vez! —ordenó.
La jugada se repitió. Presión, giro, contacto, salida. Y, de nuevo, su voz:
—¡Te pasan por encima! ¡Así no defiendes a nadie!
No era la primera vez que alguien me gritaba así ni que me hacía sentir pequeño. Me resultaba demasiado familiar: mi padre, mi abuelo, ese mismo tono y esa sensación de no ser suficiente.
—¡Price! ¡Despierta de una vez!
El puck se me escapó por un momento y Juraj me rompió la posición.
Me quedé clavado un instante, lo justo para perder la jugada.
—¡Fuera! —gritó—. ¡Sal del hielo si no vas a competir! ¡Así no te voy a poner ni de broma en el primer par, Price!
Ni siquiera en los amistosos había contado conmigo para eso. Apenas me daba minutos, siempre rotando, siempre probándome, como si estuviera esperando a que fallara.
Como ahora.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que dolía, y aun así no aflojé. Giré y me incorporé a la fila sin decir nada. No lo miré. Él tampoco me miró en ningún momento, y eso era casi peor.
A mi alrededor se notaban las miradas. Todos guardaban silencio, pero lo estaban viendo.
No era normal. Conor no trataba así a nadie.
Juraj ya me lo había advertido: desde que Liam lo dejó, se había obsesionado.
Solo hockey, solo ganar la Stanley Cup. Pero aquello no era exigencia, era otra cosa.
Y cuanto más gritaba, más me bloqueaba, más torpe, más lento, más insuficiente. Como siempre.
El silbato puso fin al entrenamiento y el alivio fue casi físico. Al salir del hielo, varios compañeros me dieron una palmada en la espalda; alguno me apretó el hombro al pasar.
—Buen trabajo, tío.
—Ni caso.
—Se ha pasado hoy.
Asentí sin mirarlos demasiado, pero no supe encajar aquello. No era apoyo, era compasión, y eso me revolvía el estómago. Me recordó a Chicago, a las miradas, a los silencios incómodos, a que todos sabían cómo me trataba mi padre. No iba a volver a ser ese. No otra vez.
Me detuve en seco en mitad del pasillo, con el ruido de los patines alejándose, las voces y las duchas al fondo. Di media vuelta.
A la mierda.
Recorrí el camino de vuelta hacia la pista con el pulso acelerado y la mandíbula tensa. Esta vez no iba a callarme, no iba a dejarlo pasar.
Salí del túnel y me detuve en seco.
Hughes estaba allí, hablando con Conor, y algo en esa conversación no me gustó.
—Tío, ¿qué mierda ha sido eso? —lo increpó Caden—. Porque te respeto y no quiero interferir en tu trabajo delante del equipo, pero joder, te has pasado. Te has comportado como un auténtico capullo con Price.
—Tiene que espabilar —respondió Conor, demasiado calmado—. Está muy verde, y lo sabes tan bien como yo. No funciona a tu lado. Estás haciendo tú todo el puto trabajo. Un defensa así no sirve.
—Estas no son formas, Conor. No le das un respiro y así es imposible que el chaval se centre.
—Esto no es un equipo de aficionados. O mejora o no juega en el primer par. Así de simple.
—No sé qué coño te pasa con él, aunque empiezo a pensar que tienes algo personal.
Conor soltó una risa sarcástica.
—Es gracioso que tú me digas eso. Ese tío está en este equipo por ser amigo de quien es.
Yo soy el único que no lo trata con favoritismos ni entre algodones.
Le estoy enseñando la realidad. Y deberíais hacer lo mismo, porque le estáis haciendo un flaco favor engañándolo.
Conmigo tiene dos opciones: o mejora o no va a oler el hielo.
—Hablas de él como si fuera un novato salido del draft —objetó Caden—. Te recuerdo que jugaba en Chicago.
—No me toques los cojones, Hughes —cortó Conor—. Estaba en Chicago no sé si por tirarse a la hija del presidente o porque su padre es uno de los socios. Desde luego, no por su talento.
No sé en qué momento apreté el stick con tanta fuerza, pero cedió entre mis manos. El sonido hizo que los dos giraran la cabeza.
Mis ojos se cruzaron con los de Conor y apreté la mandíbula, sosteniéndole la mirada. No supe muy bien qué vi en la suya; tampoco me importó.
Me di media vuelta.
—Mierda, joder —escuché a Caden a mi espalda—. Price, espera.
Seguí andando.
Abrí la primera puerta que encontré y me metí dentro. Era un almacén. Cerré y me apoyé contra ella, dejándome caer hasta el suelo.
Me costaba respirar. Cerré los ojos e intenté controlarlo, pero no se iba. Esa sensación conocida que siempre volvía. No importaba lo que hiciera, nunca era suficiente.
Apoyé la cabeza entre las manos y tiré de mi pelo, apretando los ojos con fuerza.
Puñetero Flanagan. Ya me había jodido la vida una vez, y ahora parecía dispuesto a repetirlo.