Capítulo 2 #3
—Deja eso, por favor —gruñó—. Creo que ya has hecho suficiente.
Tiró el papel a la papelera y comenzó a desabrocharse la camisa. Por alguna razón, mis ojos no pudieron apartarse de él.
Botón tras botón, la tela se abrió dejando ver la piel poco a poco. Cuando terminó, se quitó la prenda de los hombros, la apartó a un lado y reveló unos brazos musculados surcados por venas marcadas, unos pectorales firmes y un abdomen definido.
Mi mirada lo recorrió entero hasta que algo me hizo fruncir el ceño.
—Mierda. Estás sangrando.
Se giró ligeramente para mirar su costado, justo donde le estaba señalando.
—Creo que te has cortado.
Cogió más papel, pero aquello era un desastre.
—No me he cortado —replicó con fastidio—. Me has cortado tú.
Joder.
Tenía razón.
Me desabroché la camisa sin pensarlo y me la quité. Sus ojos verdes se abrieron con sorpresa cuando me agaché frente a él.
—Guau, guau. ¿Qué pretendes hacer?
Sujetó mi mentón y levantó mi cabeza para obligarme a mirarlo.
—Te sugiero que te busques a alguien de tu edad y, si está libre, mejor, chaval.
Fue entonces cuando reparé en la escena, yo de rodillas, con la cara prácticamente a la altura de su abdomen.
Y joder.
No pensaría que yo...
Mierda.
Ni siquiera sabría qué hacer en una situación así.
—Solo trataba de detener la sangre.
—¿Ese es tu plan? Porque no me queda muy claro cuando tienes la cara a escasos centímetros de mis pelotas.
—No, no. Yo no soy como tú.
—¿Como yo? ¿Y cómo se supone que soy?
—Quiero decir que yo... yo soy hetero. Tengo novia —balbuceé con una torpeza absurda que delataba mis nervios.
Conor me observó en silencio y después soltó una carcajada.
Sí, se estaba riendo de mí.
Genial.
Aquel tipo, que pasaba del metro noventa y tenía un cuerpo enorme —yo no era mucho más bajo, pero sí bastante menos corpulento—, seguía mirándome con diversión, y algo en su presencia resultaba jodidamente intimidante.
—Señor hetero, tus palabras pierden bastante credibilidad cuando estás de rodillas en el suelo de un baño con tu aliento rozándome la polla...
No lo dejé continuar.
No quería oír más.
Llevé la camisa hasta su costado y presioné la herida, que seguía sangrando.
—Au, joder —protestó—. Espero que no lo hagas todo así.
—¿Y cómo te gustaría que lo hiciera, Conor? Ilumínanos. Estoy deseando escucharlo —irrumpió la voz de Liam MacAllister a mi espalda.
Perfecto.
La peor situación posible.
Me puse en pie de golpe sin soltar la tela que presionaba la herida.
—Oh, no, esto no es lo que parece. Yo solo... soy hetero.
Los dos me miraron con curiosidad.
Mierda.
Cada vez que abría la boca no solo lo empeoraba, sino que parecía que «hetero» era la única palabra en mi puñetero vocabulario.
—Lo que quería decir es... da igual.
Aparté la tela. Una imagen valía más que cualquier explicación absurda que pudiera dar.
Liam abrió los ojos.
—Joder, Conor. ¿Estás bien?
Se acercó para examinar el corte y yo me retiré a un lado.
—Solo es un rasguño —comentó, lanzándome una mirada que no logré interpretar, quizá medio divertida o cómplice. Pero, cuando sus ojos se cruzaron con los de Liam, su rostro se transformó—. Hay cosas que duelen más y no se ven, y a ti esas parecen darte igual.
La tensión entre ellos apareció al instante.
—Creo que voy a buscar algo para curarlo —murmuré, incómodo.
Las miradas que se lanzaban dejaban claro que yo sobraba allí.
Y ninguno de los dos parecía haberse dado cuenta de que seguía en la habitación.
Al salir, todavía llevaba la camisa en la mano. Estaba manchada, pero me la puse de todos modos; era preferible eso a ir medio desnudo por la fiesta de la mujer de mi amigo.
—¡Kieran! —me llamó Nathan.
Entrecerré los ojos.
—¿Dónde te has met…? —Su pregunta quedó en el aire al ver la sangre—. ¿Y eso? ¿Qué te ha pasado?
—No es mía, es de Flanagan. Pero tranquilo, no es nada grave.
Lo que me preocupa es que su pareja entró en el baño y puede que interpretara mal lo que estaba pasando allí dentro.
Parecían bastante molestos el uno con el otro y te juro que solo estábamos ocupándonos de su herida. Yo soy... soy hetero.
¿Por qué narices seguía diciendo esa palabra?
Nathan soltó una carcajada.
—No te preocupes, no tiene nada que ver contigo. Digamos que están pasando por una pequeña crisis de pareja. Durará hasta que alguno de esos dos obstinados decida ceder. No pueden vivir el uno sin el otro.
—Pero es que MacAllister nos vio en una situación bastante comprometida.
—Tranquilo —me sujetó por los hombros—. Relájate un poco. Liam no va a pensar nada raro porque sabe que a Conor no le interesan los hombres. Digamos que él es la excepción que confirma la regla.
—¿Ah, no?
—No. Solo Liam. Y creo que nadie podría ocupar su lugar.
Me sentí como un completo idiota. No me extraña que se riera de mí; la imagen que debí de dar fue bastante bochornosa.
—Acabo de hacer el mayor ridículo de mi vida con tus amigos.
Me dio un ligero empujón y me revolvió el pelo.
—Ni te preocupes, ellos son de confianza. Venga, vamos a buscar algo para que te pongas. No queremos que la gente se asuste.
Me pasó el brazo por los hombros.
—Oye, Nathan... Me tengo que ir. Debo regresar a Chicago.
Se detuvo de golpe.
—Tu padre.
Esas dos palabras salieron de su boca con fastidio. Yo asentí al ver cómo su mandíbula se tensaba.
—Venga —dijo finalmente—. Cuéntame qué te ha dicho.