Capítulo 2 #2
Una voz captó mi atención. Oh, joder. Había alguien más allí. Giré la cabeza hacia el lugar de donde procedía y lo vi apoyado contra la pared, con aire relajado y una copa en la mano.
Liam MacAllister.
El puñetero Liam MacAllister.
—No creo que cumplir todas las fantasías de tu novia vaya a arreglar la situación que tienes entre las piernas.
No podía ser. Lo había escuchado todo. Deseé que la tierra se abriera bajo mis pies y me tragara.
Había admirado a ese jugador desde que era un crío. Cuando empezaba a soñar con llegar a la liga, él ya jugaba en los Toronto Wolves. Seguí su carrera durante años, cada uno de sus partidos. Siempre quise ser un gran defensa como él.
Hasta que todo explotó públicamente, primero su orientación sexual y, después, su romance con Conor Flanagan.
Ahí mi padre dejó claro que su nombre no debía volver a pronunciarse en casa. Para él, los dos eran una escoria. Decía que solo podían haber acabado en un equipo mediocre como el Seattle Rift, porque ningún club que se respetara los aceptaría.
Y sí, mi padre era, por decirlo suavemente, un hombre de mente cerrada. En realidad, era un homófobo.
Aun así, en silencio seguí cada paso de la carrera de Liam. Joder, lo admiré aún más que antes. Porque, además de ser uno de los mejores defensas de la liga, era valiente. No se escondía del mundo y luchaba por lo que quería.
—No pretendía poner la oreja —siguió con tranquilidad—, pero, en mi defensa, diré que yo estaba aquí primero.
Vergüenza.
Eso era lo que sentía. Seguro que pensaba que era un completo idiota.
—Yo... eh... yo...
Perfecto. Las palabras se me quedaban atascadas en la garganta.
Liam soltó una risa ligera, se apartó de la pared y caminó hacia mí mientras daba otro trago a su copa. A continuación, me la entregó.
—¿Quieres?
La cogí, nervioso, y bebí. Bueno, más bien me la terminé.
Cuando levanté la vista, él seguía sonriendo. Me apretó el hombro con naturalidad.
—Deberías preocuparte también por tu propio placer cuando practiques sexo. Quizá usar algo que te estimule podría ayudar a mejorar tus relaciones.
—¿Algo? —pregunté sin pensar.
Volvió a sonreír y se inclinó ligeramente hacia mi oído.
—Hay todo un catálogo de juguetes masculinos. Algunos te sorprenderían. Pruébalos.
Me guiñó un ojo y me dio una palmada en el hombro antes de alejarse.
Aquello tenía que ser una pesadilla. Me cubrí el rostro con una mano, todavía intentando asimilar lo que acababa de pasar, cuando volví a oír su voz, ahora un poco más lejos.
—Borra esa idea de que eres asexual y abre un poco la mente. A veces las cosas son más sencillas de lo que parecen. Solo tenemos que escucharnos. El día que lo hagas descubrirás quién eres realmente y qué quieres.
—No... No, te estás confundiendo —balbuceé—. Yo creo que soy hetero. Quiero decir, estoy seguro de que lo soy.
Con esas palabras algo confusas y una media sonrisa, continuó caminando hasta desaparecer.
—Joder... —murmuré, mientras golpeaba la barandilla con frustración.
El teléfono volvió a vibrar. Otra llamada. Estuve a punto de apagarlo; Avery no había dejado de enviar fotos y propuestas sexuales que solo habían conseguido que quedara como un imbécil delante de uno de mis ídolos.
Pero, cuando miré la pantalla y vi el nombre, supe que no podía ser peor.
Mi padre.
Lidiar con él en ese momento era justo lo que me faltaba. Entré de nuevo en la sala y me acerqué a la barra. Sin apartar la vista del nombre que iluminaba la pantalla, señalé la bebida que estaba tomando uno de los invitados.
—Dos de esas.
Mientras el camarero las preparaba, llegó un mensaje suyo.
Atiende el puto teléfono.
De un trago me bebí una de las copas. Cogí la otra; necesitaba algo a lo que aferrarme para mantener aquella conversación o, más bien, para soportar los reproches que sabía que iban a llegar.
Miré hacia la terraza donde había estado antes, pero resultaba evidente que aquel sitio no me daría la privacidad que necesitaba. No quería que nadie se enterara de la maravillosa relación que tenía con el gilipollas que me había engendrado.
A unos metros vi un pasillo largo que parecía conducir a otras salas o a alguna zona privada del local, lo bastante solitaria como para poder hablar con tranquilidad.
El teléfono volvió a iluminarse.
Tenía que descolgar.
—Dime, papá. ¿Qué es eso tan urgente que no puede esperar? Estoy en una fiesta y hay bastante ruido.
—¿En una fiesta? —Su voz sonó fría—. ¿Ahí es donde estás cuando hoy tenías una reunión con los patrocinadores de Apex para firmar el acuerdo publicitario? ¿Y los has dejado plantados por una puñetera fiesta?
—Es el cumpleaños de la mujer de Prescott, y ya sabes lo cercanos que somos —añadí, intentando mantener la calma—. Pensé que te gustaba que me relacionara con él. Es el mejor: exitoso, con talento, un referente en el mundo del hockey. Todo lo que llevas años intentando que sea.
Para mi padre, las apariencias siempre habían sido lo primero. Para mí, Nathan era mucho más que todo eso. Era mi amigo, daba igual cuántos goles marcara, cuántas asistencias diera o cuántos puntos sumara esa temporada.
—Me importa una mierda —espetó—. Tu carrera es lo primero, y estoy intentando que llegues a lo más alto, pero no solo tengo que lidiar con tu incompetencia y mediocridad en el hielo, sino también con tu falta de compromiso.
Sonreí sin ganas.
Mi padre llevaba toda la vida intentando que mi hermano y yo compensáramos sus propios fracasos. Quería demostrar algo al mundo, aunque nunca tuve claro el qué.
Supongo que llevaba demasiado tiempo intentando convertirse en un Price.
Él había sido uno de los jardineros que trabajaban en la casa de mis abuelos. Allí conoció a mi madre y, según cuentan, se enamoraron. Aunque, siendo sincero, siempre he dudado de esa parte de la historia. No creo que mi padre haya querido a nadie en su vida.
La dejó embarazada de mí. Cuando mi abuelo lo descubrió, ya era demasiado tarde para ocultarlo. La única solución que encontró fue obligarlos a casarse.
Mi abuelo era uno de los principales socios de Crestwell Pharmaceuticals, una de las farmacéuticas más importantes del país, y se horrorizó al descubrir que su hija se había enredado con un hombre de origen humilde y latino.
Era otro de esos hombres orgullosos, racistas y clasistas que creen que el mundo debería mantenerse exactamente como lo conocen.
Así que creó una historia para Sebastián Rodríguez —mi padre— y lo transformó en el heredero de una supuesta familia con negocios en Latinoamérica.
Mi padre creyó que había ganado.
Pero nada salió como esperaba.
El imperio Price nunca estuvo realmente a su alcance. Mi abuelo obligó a que sus nietos lleváramos su apellido. Jamás permitiría que apareciera un Rodríguez detrás.
Le dio a mi madre una generosa cantidad de dinero y algunas propiedades —en el fondo seguía siendo su hija, su niña—, pero ni mi hermano ni yo fuimos nunca bien recibidos.
Llevábamos la sangre de ese hombre al que despreciaba.
Cuando mi abuelo murió, mi padre pensó que por fin heredaría parte del imperio farmacéutico. Mi madre recibió una participación minoritaria, sin derecho a voto; solo podía cobrar los beneficios.
El resto del negocio pasó a manos de mi tío.
Sí, hubo dinero y propiedades. Y, por supuesto, mi padre se encargó de gestionarlo todo.
Así fue como acabamos mudándonos a Chicago. Quería abrirse camino, destacar en algo. Tras invertir una buena suma, consiguió entrar como socio minoritario en el equipo de hockey.
Ahí empezó su obsesión.
Mi hermano y yo íbamos a ser las estrellas que él nunca fue.
—¿Me estás escuchando, Kieran? —gritó al otro lado del teléfono.
La voz me arrancó de mis pensamientos.
No. No quería escucharlo.
Odiaba hacerlo.
—Sí. Llevo toda la vida haciéndolo, por si no te has dado cuenta —resoplé con hastío—. ¿Podemos dejar este tema para cuando regrese?
—Ah, ¿y cuándo va a ser eso? ¿También se lo vas a comunicar a mi secretaria, como hiciste con este viajecito?
—Si aparecieras alguna vez por casa, te lo habría dicho en persona. Pero como solo te veo en la pista y siempre estás rodeado de gente, tuve que buscarme la vida. Y sabía perfectamente a quién darle el recado; al fin y al cabo, pisa bastante tu cama.
Las palabras me salieron cargadas de rabia.
Antes, al menos, intentaba ocultar sus aventuras. Ahora ya ni eso. Le daba igual todo.
Mi madre estaba cada día más rota. Bebía más, tomaba más pastillas para dormir y esperaba que él volviera.
—Kieran, mide tus palabras. No estás en posición de decirme nada. La has jodido bien, pero yo, como siempre, lo he arreglado. Así que mi secretaria, con la que pareces entenderte mejor que conmigo, te va a enviar un billete, si es que ya no lo ha hecho.
—Volveré mañana con el resto de mis compañeros, papá.
—No. Vas a volar hoy. Mañana a primera hora tienes la reunión y más te vale no faltar.
Colgó.
Me quedé mirando el teléfono, apretando el vaso con tanta fuerza que pensé que se iba a romper. Al final, lo solté y lo lancé contra la pared.
El golpe resonó en el pasillo. Los cristales se esparcieron por el suelo y mi mirada siguió el rastro hasta detenerse en algo inesperado.
Unos pies.
Joder.
Levanté la vista despacio. Pantalones de traje. Piernas largas y fuertes. Una camiseta blanca pegada al pecho por la humedad del alcohol.
Había empapado a alguien.
Alcé la cabeza del todo y me encontré con Conor Flanagan.
Permanecía inmóvil, con los brazos ligeramente abiertos y la mandíbula apretada, mientras sus ojos verdes recorrían el desastre de la tela mojada antes de clavarse en mí.
—Oh, joder..., lo siento.
No respondió. Simplemente caminó hasta una puerta cercana y desapareció dentro.
Lo seguí casi por inercia. Era un baño.
Conor cogió papel con evidente mala leche y empezó a secarse. Yo hice lo mismo. No sé muy bien cómo ocurrió, pero en algún momento mis palmas terminaron presionando su pecho para absorber el alcohol.
Se detuvo.
Su mirada descendió hacia mis manos, que seguían apoyadas sobre su cuerpo.
—Perdón —me disculpé, retirándolas—. Solo intentaba ayudar.