Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 2
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Capítulo 2

KIERAN

​ Cuatro años antes…

Los aplausos resonaron en todo el salón cuando Jordan apagó las velas. Sonrió y besó a Nathan, que estaba a su lado.

Cada vez que los veía, observaba ese amor en cada mirada y en cada gesto que compartían. Esa alegría genuina que sentían el uno por el otro cuando llegaba un momento importante o feliz. Supongo que de eso se trataba el amor.

Resultaba curioso que, para mí, todos aquellos detalles fueran tan ajenos y distantes cuando llevaba con mi novia desde la adolescencia, desde que aterricé en Chicago. La hija del presidente de mi equipo de hockey, los Chicago Guardians.

Desde fuera, nuestra historia parecía idílica, la hija del dueño del equipo y uno de sus jugadores.

La pareja ideal. Una coincidencia demasiado conveniente.

Solo que no lo era. Nuestra relación había nacido de un acuerdo entre nuestros padres, que sellaron su alianza como socios comprometiendo también a sus hijos adolescentes.

Así empezó todo. Para los medios y los patrocinadores éramos la imagen perfecta; en privado, solo dos jóvenes intentando sobrevivir a una decisión que nunca habíamos tomado.

Avery era impresionante, eso nadie podía negarlo. También le gustaba divertirse, quizá más de lo que la prensa consideraba apropiado. Su imagen pública había empezado a deteriorarse demasiado pronto.

La solución fui yo.

Reservado, disciplinado, siempre correcto. El chico que nunca causaba problemas. El novio perfecto.

Con el tiempo me acostumbré a cumplir con lo que se esperaba de mí, a ocupar el lugar que otros habían decidido.

Supongo que por eso nunca me sentí demasiado cómodo en grupos ni me resultó fácil abrirme a los demás.

Si lo pensaba bien, las únicas personas en las que realmente confiaba eran mi hermano pequeño y Nathan.

Nathan vio en mí algo que nadie más parecía ver. Desde el principio me trató como a un amigo de verdad: me apoyaba, me daba consejos y siempre encontraba la forma de empujarme a ser mejor en el hielo. Celebraba mis logros como si fueran suyos.

Gracias a esa amistad, ahora estábamos allí varios compañeros del equipo de Chicago que habíamos viajado hasta Seattle, la ciudad de Jordan, para celebrar su cumpleaños.

Desde donde estaba apoyado podía verlos rodeados de amigos, de gente que los quería. Había algo en la forma en que hablaban y reían que transmitía una complicidad envidiable. No quise interrumpir aquel momento, así que dejé las felicitaciones para más tarde.

Desvié la mirada hacia mis compañeros de equipo, aunque tampoco me apetecía demasiado acercarme a ellos. Sus conversaciones casi siempre terminaban girando alrededor de lo mismo: hockey, mujeres o fiestas.

Seguí caminando por la sala abarrotada mientras, a mi alrededor, la gente reía, brindaba y hablaba animadamente. Todos se veían felices, y no pude evitar preguntarme cuánto hacía que yo no me sentía así.

Demasiado tiempo. Desde que dejé el mar siendo un adolescente y me mudé a Chicago.

Frente a mí, una de las puertas que daban al exterior estaba abierta. Conducía a una amplia terraza y, al fondo, se extendían los impresionantes jardines del lugar. Mis pies se dirigieron hacia allí casi sin pensarlo.

Al llegar al borde, cerré los ojos y tomé aire. Disfruté durante un momento del silencio que contrastaba con el bullicio de la fiesta. Justo entonces sentí cómo el teléfono vibraba en el bolsillo del pantalón.

Lo saqué y vi que era Avery.

Abrí el chat y me encontré con una recua de imágenes suyas en el Caribe con unos amigos, además de otras personas que debió de conocer allí.

No les presté demasiada atención. Con los años había aprendido que, cada vez que me enviaba ese tipo de «actualizaciones», normalmente intentaba tapar algún desliz.

Porque sí, sabía que me había sido infiel en numerosas ocasiones.

Al principio lo disimulaba mejor, quizá por miedo a hacerme daño.

Pero, con el tiempo, se dio cuenta de que yo lo aceptaba y dejó de preocuparse por todo.

O por casi todo. Solo le quitaban el sueño dos cosas: la prensa y que su padre se enterara.

Y no por motivos sentimentales, precisamente; si lo descubría, le cortaba las tarjetas.

Para Avery, aquello sí era una catástrofe.

Abrí una de las imágenes. Estaba muy cerca del chico que aparecía a su lado y, por la forma en que lo miraba, estaba bastante claro que se lo había tirado.

Debajo de la foto respondí con un emoticono con ojos de corazón.

Sí. Un puñetero emoticono.

No es que me hiciera especial gracia estar lleno de cuernos, pero tampoco podía exigirle fidelidad cuando yo no era capaz de darle todo lo que ella esperaba. Nuestra relación ya era una mierda, no coincidíamos en gustos, apenas teníamos conversación y, en cuanto al sexo, mejor ni hablar.

Apoyé el teléfono sobre la repisa mientras la pantalla seguía llenándose de audios y más fotos con doscientas poses distintas de Avery. Sin prestarles demasiada atención, mi dedo respondía con un «guau», luego un «impresionante», después algún emoticono… y así sucesivamente.

Hasta que me detuve al sentir unos brazos rodearme la cintura y pegar su cuerpo a mi espalda.

No había mucha gente que me saludara así. Solo podía ser Jordan o…

—Kels —pronuncié al darme la vuelta y abrazarla.

Desde que había llegado todavía no había tenido ocasión de hablar con ella. Sabía que había estado ocupada organizando el cumpleaños de su amiga.

Era una tía genial. La había conocido a través de Jordan y siempre habíamos conectado muy bien.

Recordaba una vez que los medios insinuaron que teníamos algo.

Menudo revuelo se montó. Pero tiempo después salió a la luz su romance con otro creador de contenido y, desde entonces, si nos veían juntos pasaban literalmente de nosotros.

Ya no éramos noticia. Y menos desde que ella hizo pública su relación poliamorosa.

—¿Qué haces aquí solo? La fiesta está dentro.

—Solo he salido a tomar el aire —mentí.

Mis ojos se desviaron un momento hacia la pantalla del móvil, que seguía recibiendo más imágenes de mi novia. Volví a centrarme en Kels.

—Una fiesta impresionante.

—Gracias. Ya sabes cuánto me gustan estas cosas. ¿Y tú qué me cuentas? ¿Qué tal todo?

—Como siempre. Aburrido. —Me encogí de hombros—. Mi vida no es tan interesante como la tuya. Aunque he visto que os están acusando de queerbaiting desde que revelasteis vuestra situación sentimental.

Resopló y se apoyó en la barandilla.

—Creo que ha sido un error. Por alguna razón la gente la ha tomado conmigo. Ahora parece que todos están fascinados con la relación amorosa de ellos dos… y yo sobro. No es agradable.

—Me imagino. Bueno, qué coño, no me imagino nada. No entiendo una mierda de relaciones. Llevo toda la vida con la misma persona. He hecho todo con ella, menos mis primeros besos, que fueron con una colega surfista. Así que no tengo ni idea de nada.

Sonrió bajando la mirada, pero de pronto se quedó fija en mi teléfono.

Seguí la dirección de sus ojos. En la pantalla había una foto de Avery sosteniendo algo grande, negro, con varias correas de cuero, anillas metálicas y más hebillas de las que tenía sentido ponerle a nada.

Parpadeé.

¿Eso era un… arnés? ¿O algún tipo de instrumento medieval?

Bloqueé el móvil de golpe.

Avery, con la idea de mejorar nuestra precaria vida sexual, aparecía cada cierto tiempo con algo nuevo.

Y joder… a veces me acojonaba hasta dónde podía llegar su imaginación.

Había cosas que a ella parecían encantarle y que a mí, en cambio, me resultaban bastante incómodas: juegos de asfixia, golpes y ese tipo de cosas.

Solo de pensarlo se me encogía la polla.

Por suerte dejó de insistir, pero sus fantasías parecían no tener fin.

Miré a Kels. Estaba algo sonrojada, aunque fingía fatal que no había visto nada.

—Oye —me rasqué la nuca—. Esto no es lo que parece. Yo…

—No hace falta que digas nada —aclaró rápido—. Es tu vida íntima. Cada uno la vive como quiere.

—Gracias por intentar suavizarlo, Kels, pero no es necesario. Estoy tan alucinado como tú. ¿Qué narices era eso?

Los dos estallamos a reír.

—Pues más vale que te informes, porque creo que tu novia tiene intención de usarlo.

Estiré los brazos y dejé caer la cabeza contra la barandilla.

—Esto es un desastre. Mi vida sexual lo es. Si no hay química, no hay nada que hacer.

Lo solté sin pensar demasiado. Para Kels no era ninguna sorpresa. Una noche que salimos juntos terminamos bastante borrachos y acabamos hablando durante horas sobre nuestras miserias. Así fue como nuestro vínculo se estrechó.

—Te recuerdo que la mía tampoco es para tirar cohetes. Es bastante normalita.

Dudé un momento antes de decir lo que llevaba tiempo rondándome la cabeza.

—He estado pensando en algo…

Levantó una ceja.

—¿El qué?

—¿Te acuerdas de cuando creíste que eras demisexual?

Asintió.

—Empiezo a creer que igual soy asexual.

—No sé... Yo me lo planteé después de varias relaciones. Pero con el tiempo entendí que no hace falta ponerle una etiqueta a todo. Y tú solo has estado con una persona. Igual es un poco pronto para llegar a esa conclusión.

—Pero piénsalo. Si no fuera así, ¿por qué no me atraen otras mujeres? ¿Por qué cuando salgo con los del equipo no tengo ganas de tirarme a ninguna?

—No sé qué decirte —respondió—. Quizá podrías hablar con Avery. Contarle cómo te sientes y lo que te está pasando.

Chasqueé la lengua y negué con la cabeza.

—Olvídalo. Ya doy bastante pena como para aparecer ahora con esto.

—¿Y qué piensas hacer, Kieran? ¿Seguir probando esos artilugios sacados del cine más turbio hasta que alguno funcione?

—Yo qué sé —resoplé.

—¡Kels, Kels! —se escuchó la voz de Jordan desde dentro.

—Tengo que atender a la cumpleañera —indicó separándose de la barandilla—. Pero esta conversación no se queda aquí. Más tarde, cuando todo termine, seguimos hablando.

Me señaló con el dedo a modo de advertencia antes de desaparecer dentro.

Permanecí un momento apoyado, mirando la puerta por la que Kels había desaparecido.

—Chaval…