Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 1
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Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5)

Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5)

Por Edine Mull

© inepub.com

Capítulo 1

CONOR

Tres meses antes…

Tras felicitar a Mia y a Davenport por su reciente enlace, me escabullí a través de la multitud y me acerqué a la barra que habían instalado en los jardines.

Alcé el vaso para pedir otra copa como la que aún tenía a medio terminar entre las manos.

No hizo falta que le indicara qué estaba tomando; desde que habíamos llegado, llevaba sirviéndome el mismo whisky irlandés.

Con un asentimiento de cabeza le agradecí el trago y me alejé, apartándome de la gente, de las conversaciones vacías, de las risas y de los gestos cariñosos.

Necesitaba unos minutos de descanso antes de volver a componer esa sonrisa falsa.

Aquello era agotador, tanto como esas reuniones en las que estábamos todos.

Cada día me costaba más fingir, estar allí y aparentar normalidad. Porque, aunque de cara a ellos intentaba ser lo más parecido al Conor que conocían, en realidad ese hombre ya no existía. Solo era un puñetero cascarón hueco.

Por más que buscara llenar ese vacío con el hockey, con momentos con ellos, con visitas a mi familia en Irlanda o con sexo… nada, absolutamente nada me hacía sentir bien.

Los observé desde la orilla del lago Washington, al que daba la nueva mansión de nuestro expresi, donde se celebraba aquella boda íntima.

Todos irradiaban felicidad, esa sensación de estar donde y con quien debían estar.

Y, de verdad, me alegraba por ellos. Cada uno se lo merecía.

Eran amigos increíbles, mi familia, la que estuvo a mi lado desde que Liam me abandonó.

Pero eso no quitaba que sintiera una pequeña punzada de envidia. Porque un día yo también me sentí así. Y ahora empezaba a darme cuenta de que esos momentos felices no volverían.

Dejé la mirada fija en un punto del agua y di un sorbo al whisky , esperando a que las horas pasaran, a que el día terminara y pudiera largarme a casa, tirarme en el sofá y pasar la noche mirando a la nada.

La palabra casa sonaba hasta irónica. Desde que mandé demoler la casa-iglesia, lo que había conocido como hogar se convirtió en un montón de escombros.

Ahora aquel lugar en el que fui tan feliz estaba en manos de Juraj y Kelsey. Ellos le darían una segunda oportunidad; allí construirían su historia.

Yo, en cambio, vivía de acogida en la casa de invitados de Jordan y Nathan. Llevaba allí casi dos años, desde que mi relación con Liam se complicó.

Me froté la incipiente barba y di otro pequeño trago cuando sentí unos pasos acercándose.

—¿Ya te estás aislando otra vez? —La voz de Nathan sonó a mi lado.

—Necesito un momento. Todo esto es… ya sabes.

No hizo falta más explicación. Asintió. Era mi mejor amigo; nos conocíamos desde que éramos unos mocosos que empezaban en los Toronto Wolves. Habíamos vivido demasiado juntos, dentro y fuera del hielo.

Me apretó la nuca en un gesto de afecto.

—Tranquilo, tío. Todos lo entendemos, pero tienes que hacer un pequeño esfuerzo. Te toca dar el discurso para los novios en nombre de los Rift.

—Hazlo tú. —Giré la cabeza para mirarlo—.

Ahora eres el presidente. Yo no tengo nada preparado y, además, cualquier palabra que salga de mi boca deprimiría a todos los asistentes.

Te juro que, en los momentos de celebración, es como si todo se me viniera encima.

—Apreté el vaso. Nathan lo retiró de mis manos y lo colocó en una pequeña mesa alta.

—Lo sé —dio una palmada en mi espalda—, y aunque ahora parezca imposible, pasará.

Chasqueé la lengua con los ojos humedecidos.

—Me cago en mi vida… Esta maldita opresión que siento aquí dentro no se va.

Está clavada. —Me golpeé el pecho con el puño—.

Joder, Liam me ha dejado hecho mierda. Ojalá pudiéramos volver atrás, a cuando jugábamos en los Wolves y solo éramos dos compañeros de equipo.

Nunca debí cruzar esa línea, y mucho menos enamorarme de ese cabrón.

—No digas gilipolleces. Aunque las cosas no salieron como esperabas y todo se torció, habéis vivido momentos increíbles. Creo que uno nunca debe arrepentirse de sentir amor, por más que eso traiga consigo dolor; es un sentimiento que nos hace sentir vivos de verdad.

—Pues vaya mierda, porque ahora ese puñetero sentimiento me ha matado por dentro. ¡Que le jodan al puto amor!

—Venga, tío, vendrán tiempos mejores.

—Joder, Nate, no te crees ni tú lo que me estás diciendo.

—Aunque parezca imposible, llegará un día en que duela menos, y al siguiente mucho menos… hasta que te des cuenta de que has seguido adelante sin él.

—Sí, seguro. Mírame lo bien que me va mientras cuento los minutos para no colapsar.

—Adoro tu ironía, pero, si quieres contar algo, que sean los días que faltan para irnos de vacaciones. En tres semanas estaremos disfrutando de la Polinesia Francesa.

Cada año hacíamos un sorteo en el que salían dos ganadores.

En este caso les tocó a Kelsey y a Jordan, y serían las encargadas de escoger el lugar al que viajaríamos todos juntos.

Este estúpido juego fue una propuesta de Liam que en su día encantó a todos.

Tras no ponernos de acuerdo y alargarse el debate del destino, buscó esta solución, bastante efectiva, a decir verdad. Un legado que dejó antes de irse.

—¿Habéis cambiado la fecha? —comenté al darme cuenta de que no coincidía con los días en los que solíamos viajar. Puede que hubieran hablado de ello, aunque yo la mitad de las veces no prestaba atención a sus conversaciones.

—La retrasamos una semana para que Kieran se instalara en nuestra casa y pudiera venir.

Rodé los ojos, incapaz de contener el gesto de desagrado al escuchar su nombre.

—Te estoy viendo, Conor. Tienes que parar con esto, joder, tío. Es nuevo en el equipo, en la ciudad y no conoce a nadie. Nunca has puesto pegas cuando Juraj, Mischa o Kelsey formaron parte de nuestro grupo; todo lo contrario, eras el primero en recibirlos con los brazos abiertos.

—No tengo nada que decir al respecto. —Me encogí de hombros, molesto—. Además, poco importa lo que yo piense.

—No me jodas, claro que nos importa. Pero nadie de la junta entiende por qué te has opuesto desde el principio a contratarlo sin un motivo de peso.

—Os he dado un millón de razones. Simplemente las descartasteis al momento porque no os interesaban —contraataqué, enfadado—. Entiendo que es tu amigo y que quieres ayudarlo, pero no me vendas que es un buen fichaje para los Rift, porque ese tío es un defensa mediocre, y eso lo sabemos todos.

—Solo te pido que confíes en mí. El chaval tiene potencial, pero nadie ha sabido verlo ni darle la oportunidad de demostrarlo. Además, siempre ha vivido bajo una presión que no le dejaba ni respirar.

—Vaya, pues si no tolera la presión, no sé qué cojones hace en el hockey. Mejor que se vaya con su tabla de surf a jugar con las olas.

—Dale una puñetera oportunidad; hazlo por mí. ¿Te acuerdas de Jones? Tú fuiste el único que vio en él algo que los demás pasaban por alto. Era un portero del montón y acabó convirtiéndose en uno de los mejores. Haz lo mismo con Kieran.

—No, no estoy para enseñar a nadie. Entreno a un equipo entero y lo que necesitamos es un defensa en condiciones que haga un buen frente con Hughes.

—Estás siendo muy injusto. Entiendo que no todo dios es tan brillante como lo era Liam, pero él ya no está.

Y ese hueco hay que cubrirlo. Tenemos una temporada por delante, así que lo siento mucho, pero aquí no te voy a dar la razón.

Ni yo ni los demás, porque estás equivocado.

Y te voy a pedir otra cosa: no descargues toda esa mala leche con el chaval.

Ya ha pasado por suficiente como para que encima se lo pongamos más difícil.

Somos una familia dentro y fuera del hielo. También cuando estamos de vacaciones.

—Puedes estar tranquilo, no voy a incomodar a Price, porque no tengo pensado acompañaros.

—¿Qué? ¿Por qué cojones no vas a venir? Solo espero que esto no sea otra de tus rabietas absurdas.

No era una rabieta ni un capricho. Simplemente no quería confraternizar con Price de ninguna de las maneras. No podía librarme de él en el club, pero sí durante el viaje. Aunque eso no se lo iba a reconocer jamás.

—Ese mierdecilla no podría trastocar mis vacaciones, aunque quisiera. No voy, primero, porque los destinos de luna de miel no me motivan y, segundo, porque tengo otros planes.

—¿Te vas con Isla a algún lado?

—No. ¿Por qué iba a hacerlo? Solo follamos de vez en cuando.

Isla era una reportera de un periódico deportivo.

Hacía tiempo que nos conocíamos y todo era sencillo.

Estar con distintas mujeres no me agradaba, porque era como empezar una y otra vez, y me daba pereza hacerlo solo para echar un polvo.

Ella sabía lo que había; yo también. Quedábamos de vez en cuando y cada uno seguía su camino.

Fin. O así había sido hasta hacía un par de semanas, cuando la dinámica empezó a cambiar.

Me proponía hacer planes fuera del sexo, y ahí me di cuenta de que quería algo más, algo que yo no podía darle.

—No sé qué tienes con ella, Conor. No hablas mucho del tema, pero es la única a la que veo salir de tu casa, así que imagino que significará algo.

—Significa que estaba cómodo. Pero ya está. Estuvo bien, pero se alargó demasiado y no pretendo que las cosas se confundan.

—Me desconciertas. Es como si todo el tiempo intentaras evitar sentir. Por ahora te va bien, porque sinceramente no creo que te importe esa mujer, pero llegará el día en que alguien se cruce en tu camino y no podrás luchar contra ese sentimiento que se llama amor.

—En serio, para con el tema. No quiero volver a escuchar esa palabra. Para mí está tachada del diccionario —le advertí. Estaba llegando a mi límite.

—Vale, vale. —Levantó las manos en señal de rendición—. Entonces, ¿me vas a contar por qué no nos vas a acompañar o también es un tema tabú?

—Me voy a casa. Mi hermana acaba de venirse abajo porque ha vuelto a perder el embarazo y quiero estar a su lado.

Esa parte no era una excusa. Era la maldita realidad.

—Joder... Lo siento, tío. —Me apretó el hombro.

La conversación quedó en pausa cuando los aplausos estallaron a nuestro alrededor. Kelsey y Mischa acababan de terminar su discurso.

—Colega, te toca a ti. Estoy seguro de que estarás a la altura. —Le di un par de palmaditas—. Siempre lo estás, qué narices.

—Conor, no me vaciles, porque, si no, no lo hago y te buscas la vida.

—Eres demasiado buena gente como para someter a los felices novios y a los invitados a soportar mi amargura.

—Si no quieres amargar a nadie, empieza por cambiar esa cara y pon, al menos, una sonrisa, capullo.

La forcé mientras caminábamos. Él soltó una carcajada y, sin darme cuenta, terminé sonriendo de verdad. No ocurría a menudo. Eran muy pocos los momentos en los que una sonrisa me salía de forma natural, y aquel era uno de ellos.