Atrapada en las Highlands Capítulo 28
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Capítulo 28

Lo que se queda

Abril llegó con una luz distinta.

No era el sol de Madrid. Era una luz del norte, más lateral, más limpia, una luz que se filtraba por los huecos de la puerta y que dibujaba líneas en el suelo de la habitación grande cuando me despertaba por la mañana. Una luz que había aprendido a reconocer y que ya no era extraña.

Llevaba dos semanas con el broche prendido en la capa. La piedra oscura dentro del nudo céltico, exactamente del tamaño del hueco que llevaba años esperándola. La gente del clan lo había visto sin comentarlo. Eso era todo lo que necesitaba que pasara.

La presentación al clan había sido un viernes.

No una boda, no como las que conocía. Algo más sencillo y más serio a la vez.

Cailean me había llevado al centro de la aldea, había dicho dos frases en gaélico, todo el mundo había asentido y había seguido con sus cosas.

Después Eilidh me había abrazado por primera vez.

Una vez. Corto. Y se había ido a su huerta sin mirarme.

Eilidh no era de abrazos. Eso valía más que diez ceremonias.

Esa noche habíamos cenado los tres en la casa grande. Cailean, yo y el hueco que quedaba en la mesa donde su tío había comido durante años. Lo dejamos sin tocar. Era nuestro recordatorio. Un día lo retiraríamos. Todavía no.

* * *

Empecé a sospecharlo a mediados de abril.

No con certeza. Con esa sensación específica que tienen las mujeres cuando algo en el cuerpo se mueve un milímetro distinto de lo habitual.

Llevaba dos semanas con el calendario interno descolocado, lo cual al principio achaqué al invierno, a la comida más pobre, al cansancio acumulado de los meses anteriores.

Después fueron las náuseas por la mañana.

Después fue el cansancio que no se quitaba con dormir.

Después fue que un día, oliendo el caldo que Eilidh estaba haciendo en su casa, tuve que salir corriendo a respirar fuera porque el olor, que era un olor que conocía y me gustaba, me había revuelto el estómago de una manera nueva.

Eilidh me vio desde la puerta. Se quedó mirándome. Después se acercó. Despacio.

Me puso la palma de la mano en el centro del esternón. La dejó ahí un segundo, sin presión. Y dijo, en castellano:

—Tú.

Era una de sus pocas palabras de castellano. La que ya conocía. Pero esta vez no era acusación ni constatación de que yo era yo. Esta vez era pregunta.

—¿Yo qué?

Eilidh hizo un gesto con la otra mano. Un gesto pequeño, redondo, sobre su propio vientre.

Y después me señaló a mí. Tragué saliva.

—No lo sé todavía.

Eilidh asintió. Bajó la mano del esternón. No dijo nada más. Volvió a su casa.

Pero esa noche, cuando salí a buscarla para preguntarle si tenía un vestido más ancho que me dejara, me lo dio sin preguntar nada. Lo cual era una manera de decir lo que las dos sabíamos.

* * *

Esperé dos semanas más antes de decírselo a Cailean.

No por miedo. Por superstición, o por algo parecido a la superstición. Quería estar segura. Quería que pasara el tiempo justo para que ya no fuera una sospecha sino algo concreto. Quería decirlo cuando ya no se pudiera desdecir.

Mientras tanto fui a ver a Lucia.

No le mandé recado. Fui directamente, una mañana de finales de abril, sola y a caballo, con la primavera ya entrando en serio y los pastos altos empezando a ponerse verdes.

Llegué al mediodía.

Lucia estaba en la huerta cuando entré. Levantó la vista y me miró un rato, más de lo normal.

Y después dijo, sin que yo hubiera dicho una palabra todavía:

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Por la cara. Llevas esa cara desde que has entrado por la puerta.

—¿Qué cara?

—La cara de las que llevan dos personas en el mismo cuerpo y todavía no saben bien cómo estar de acuerdo con eso.

Me senté en el banco que tenía al lado de la huerta. Las piernas no me sostuvieron del todo. Lucia se sentó a mi lado.

—Lucia.

—¿Sí?

—Tengo miedo. Mucho miedo. No del bebé. De todo lo que viene con el bebé.

Lucia esperó a que siguiera. No llenó el silencio. Eso era lo que más le agradecía a Lucia, que no llenara los silencios con palabras de consuelo que no servían para nada.

—Significa que ya no es teoría. Significa que mi cuerpo decidió por mí lo que mi cabeza estaba decidiendo despacio. Significa que voy a tener un hijo en un siglo donde mueren mujeres de parto como murió Iseabail. Significa que voy a ser madre en un sitio donde no tengo a mi madre.

Lucia asintió.

—Todo eso es verdad —dijo—. Y también es verdad otra cosa.

—¿Cuál?

—Que llevas seis meses construyendo exactamente lo que necesitas para esto.

Sin saber que lo construías para esto, pero lo has construido igual.

—Me miró de frente—. Tienes a Mòrag. Tienes a Eilidh.

Tienes a Cailean y al clan entero. Tienes lo que sabes tú de medicina y lo que sabe Mòrag y lo que sé yo.

No estás sola, Aurora. Estás más rodeada que la mayoría de las mujeres de tu propio siglo cuando pasan por esto.

Tragué saliva.

—Y otra cosa —dijo Lucia.

—Dime.

—Los partos no son lo de Iseabail. Iseabail tuvo mala suerte, del tipo que no se explica y no se previene.

La mayoría no la tiene. La mayoría sale.

Y sale con un niño vivo. Y muchas siguen viviendo después para tener más.

Lo de Iseabail es el caso que se cuenta porque es el que duele.

Los otros no se cuentan porque son normales.

La miré.

—Lucía. Gracias. Voy a hacer todo lo posible por tener este bebé.

Y entonces, sin avisar, me eché a llorar.

No con sollozos. Solo lágrimas que salieron por su cuenta, sin escenario, sin razón concreta más allá de que llevaba semanas sin llorar y el cuerpo tenía su propia agenda al respecto.

Lucia no me consoló. Sabía que no hacía falta. Me dejó llorar.

Cuando paré, se levantó, fue a la cabaña y volvió con dos copas pequeñas. El vino oscuro y áspero de siempre.

—¿A esta hora?

—A esta hora. Pero tú solo unas gotas.

Brindamos en silencio.

El vino seguía siendo malo. Era exactamente lo que ese momento pedía.

* * *

Volví a la aldea al día siguiente.

Cailean no estaba en el cercado cuando llegué. Estaba en la habitación grande, sentado a la mesa, repasando algo con Tormod, el hombre que llevaba las cuentas del clan desde antes de que Cailean naciera.

Me vio entrar. Algo pequeño cambió en su cara, lo justo para que Tormod lo notara y se levantara.

—Seguimos mañana —dijo Tormod, en gaélico despacio, y salió por la puerta lateral con una elegancia que no esperaba de un hombre de su edad.

Cailean se quedó sentado y me miró.

—Aurora. ¿Todo bien?

Lo miré.

Y aquí es donde se me ocurrió algo que no había planeado, pero que era lo único que tenía sentido. Algo que no cabía en frases largas.

Le cogí la mano derecha y se la puse en mi vientre. Plana. Sin presión.

Cailean bajó los ojos a su propia mano sobre mi cuerpo. Se quedó mirándola. Después subió los ojos muy despacio.

No dijo nada durante varios segundos. Los suficientes para que el silencio pesara de verdad.

—¿Estás…?

—Estoy.

—¿Cuándo?

—Otoño. Si todo va bien. Octubre, calculo.

Cailean repitió la palabra en voz muy baja, casi solo para él.

—Octubre…

Cerró los ojos un momento. Solo un momento.

Cuando los abrió tenía algo en ellos que no le había visto nunca antes, ni siquiera la noche del bosque, ni siquiera el día del broche.

Era una cosa distinta. Más callada. Más entera.

Como si algo que llevaba años sin sitio hubiera encontrado por fin dónde ponerse.

—Aurora.

—¿Sí?

—Siéntate.

Me senté en su regazo, sin pensarlo, como llevaba meses sin sentarme en el regazo de nadie. Me pasó los dos brazos alrededor y me dejó la cabeza en su hombro.

Se quedó callado mucho rato.

Después dijo, en voz muy baja, contra mi pelo:

—Llevo años pensando que esto, para mí, no iba a pasar. Que era para otros. No imposible. Solo... no para mí.

—¿Por qué?

—Porque el clan primero. Siempre el clan primero. Y después de eso... no quedaba mucho más.

—Ahora sí queda…

—Ahora sí.

Me apretó un poco más. Sin decir nada. A veces él era así: lo importante no lo decía, lo hacía con el cuerpo.

—Cailean. Tengo miedo.

—Lo sé.

—Mucho.

—Lo sé. Yo también.

—¿Igual de mucho?

—Más, pero de otra cosa.

—¿De qué?

Tardó en contestar. No porque no lo supiera, sino porque era la primera vez que lo iba a decir en voz alta.

—De no estar a la altura. De saber qué hacer con el clan y no saber qué hacer con un hijo. De que los dos son cosas distintas y yo solo sé hacer una.

—Cailean. Llevas seis meses aprendiendo cosas que no sabías hacer y las has aprendido todas.

—Esto es diferente.

—Sí. Pero el método es el mismo. —Lo miré—. Y no vas a estar solo.

* * *

Se lo dijimos a Eilidh esa misma noche.

Fuimos los dos a su casa después de cenar. Eilidh nos miró entrar y supo que veníamos a decirle algo antes de que dijéramos una palabra. Se sentó en su banco y esperó.

Cailean me miró. Le hice un gesto: tú.

Cailean habló en gaélico, despacio. Dos frases. No las cogí enteras, pero cogí la palabra principal.

Eilidh se quedó muy quieta.

Después se levantó.

Vino hacia mí. Me cogió las dos mejillas con las dos manos. Me las sostuvo un momento. Sin besarme. Sin abrazarme. Solo sosteniéndome la cara, como si quisiera asegurarse de que la estaba mirando bien.

Después soltó. Se giró hacia Cailean. Le dio una palmada en el hombro, una sola, fuerte, de las que se dan los hermanos cuando las palabras llegan tarde.

Y después fue al fuego, sacó un cuenco que había estado tapado, y lo puso en la mesa entre los tres.

—Comer.

Era pan de miel. El pan que solo hacía para las cosas que valían el azúcar y el esfuerzo. El pan que había hecho una sola vez desde que yo había llegado, el día que el jefe me había nombrado MacRae.

Lo comimos en silencio.

Y Eilidh, hacia el final, mientras yo ya no podía más y le pasaba el último trozo a Cailean, me señaló el vientre con un dedo y dijo, en gaélico muy lento:

—Si es niña. Sìle.

—¿Sìle es nombre de tu abuela?