Capítulo 28 #2
Pensé en la Sìle que corría por la aldea con su cabra y que me había dado una flor amarilla en el bolsillo el día del ataque.
Dos Sìles en la misma aldea. En otro siglo me habría parecido un lío.
Aquí ya sabía que los nombres se heredaban y se repetían y que cada uno encontraba la manera de ser el suyo.
—De nuestra abuela. Sí.
—¿Y si es niño?
—Tu elección. —Me señaló a mí.
Miré a Cailean.
Cailean me miró.
—Si niño. Tu padre. ¿Cómo era?
Tragué saliva.
—Mi padre se llamaba Pedro.
Cailean lo repitió despacio, probándolo.
—Pedro.
—Pedro.
—Pedro MacRae.
Algo en mi pecho se movió. No supe cómo llamarlo. Solo que estaba.
—Sí. Pedro MacRae.
Eilidh asintió como si todo estuviera decidido ya, lo cual era muy típico de ella.
* * *
Salí esa noche, después de irnos de casa de Eilidh, antes de entrar en la casa grande con Cailean. Le dije que necesitaba un momento sola y él lo entendió sin preguntar.
Caminé hasta el límite norte de la aldea, donde el camino se perdía en la subida hacia los pastos altos. Me senté en una piedra que había allí, una de tantas, una piedra que llevaba siglos en ese sitio y que iba a seguir estando otros tantos después de mí.
La luna estaba alta. Era casi luna nueva, una raya fina, casi nada.
Y por eso se veían las estrellas mejor que nunca.
Las estrellas que Cailean conocía y que su padre le había enseñado y que él me había estado señalando una a una durante el invierno como si me estuviera presentando a su familia muerta.
Saqué del bolsillo lo que me quedaba.
La flor amarilla de Sìle, aplastada y casi deshecha, pero todavía amarilla.
Y nada más. El broche ya no estaba en el bolsillo. Estaba prendido en la capa, sobre el pecho.
Pensé en mi madre. La pensé en concreto, no como concepto. La pensé un día cualquiera, en la cocina, llamando al consulado británico, exigiendo, explicando.
Y pensé, por primera vez en meses, que la carta que había dejado en la grieta quizás había llegado a algún sitio. No al sitio donde mi madre la podía leer. Eso era imposible, pero a algún sitio.
Quizás a otra mujer, en otro siglo, en otra grieta.
Quizás a una mujer que había llegado como yo, sin saber dónde estaba, sin saber qué hacer, sin saber si valía la pena seguir.
Quizás a una mujer que abriría una caja en una piedra y encontraría dos cartas.
La mía y la de Lucia. Y leería las dos. Y entendería que no era la única.
Y entendería que otras habían pasado por ahí. Y entendería que se podía.
Quizás eso era todo lo que las cartas podían hacer.
Quizás eso era suficiente.
Me llevé las manos al vientre. Planas, una encima de la otra, sobre el sitio donde había alguien que todavía no tenía nombre, pero que ya tenía dos.
Pedro o Sìle.
Pedro o Sìle MacRae.
—Vas a tener una buena vida —dije, en voz baja, en castellano, hacia el sitio donde estaba—. Te lo prometo. No la que yo había planeado. Una distinta, pero buena. De verdad.
El viento me movió un mechón de pelo y me lo puso sobre los ojos. Me lo aparté.
Las estrellas seguían arriba.
Las mismas que se veían desde Madrid. Las mismas que mi madre podía estar mirando en este momento exacto, cuatrocientos y pico años más adelante, desde su balcón pequeño donde no se veían bien, pero se veían.
Las mismas estrellas.
Eso era una conexión. Pequeña, pero existía.
Y me iba a bastar.
* * *
Me levanté.
Caminé de vuelta a la casa grande, donde Cailean me estaría esperando con la puerta entreabierta y el fuego bajo.
Cuando entré, estaba en el jergón, tumbado boca arriba, con las manos detrás de la cabeza, mirando el techo.
Me miró.
—¿Bien?
—Bien.
Me desvestí despacio y me metí en el jergón. Cailean me pasó el brazo por debajo del cuello, como hacía siempre, y yo apoyé la cabeza en su pecho, como hacía siempre, y la mano la dejé donde ya no la podía dejar en ningún otro sitio sin pensarlo, encima del vientre.
—Aurora. Llevo tres horas pensando.
—¿En qué?
—En que a veces la vida llega de golpe, cuando no esperas. Y otras veces tarda años en llegar algo. —Hizo una pausa—. Yo tuve los años. Tú tuviste los años. Y ahora los dos a la vez, llega todo.
Lo miré en la penumbra.
—¿Te da miedo?
—Sí. Pero menos que esta tarde.
—¿Por qué menos?
—Porque ahora estoy aquí. Y tú estás aquí. —Me apretó un poco—. Y eso ya es algo que no cambia.
Cailean apoyó sus labios en mi pelo y después de un rato largo de silencio, dijo:
—Aurora. Gracias.
—¿Por qué?
—Por caerte por la grieta.
Me reí. Una risa baja, real, sorprendida.
—Cailean. Eso no fue mérito mío. Fue una oveja.
—Sí. Pero tú perseguir la oveja.
—Eso es verdad.
—Entonces gracias a ti y a la oveja.
—De nada por las dos.
Cailean se rio. Una risa de las nuevas, de las que llevaba meses aprendiendo a tener.
Cerré los ojos y mientras me dormía pensé en lo curioso que era el verbo caer. En que en todos los idiomas que conocía significaba algo malo. Una pérdida, un fracaso, una desgracia…, pero yo había caído. Y mira lo que había encontrado abajo.
Eso era lo que quería contarle cuando fuera mayor. Cuando se cayera por algo, lo que fuera. Que cayera con los ojos abiertos y que mirara bien lo que había abajo antes de levantarse. Porque a veces lo que hay abajo de una caída es exactamente lo que llevabas años buscando sin saberlo.
FIN