Atrapada en las Highlands Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Sí. Está hecho a propósito, eso se ve. Y yo metí la mía y supuse que vendría alguien después de mí.

—Y vine yo.

—Y viniste tú.

Dejé pasar un momento.

—Lucia. ¿Crees que las cartas llegan?

Lucia me sostuvo la mirada sin apartar los ojos.

—Creo que no, pero también creo que eso no es lo importante.

—¿Qué es lo importante entonces?

—Que las escribiste. Que las dejaste. Que hiciste lo único que se podía hacer. —Hizo una pausa corta, sin relleno.— Si te basta, sigues viviendo. Si no te basta, te haces daño esperando que lleguen. Y las cartas no llegan.

Asentí.

—Aurora. ¿Por qué has vuelto? Esto no es solo por la carta.

—Por dos cosas más.

—Cuéntame.

—La primera. Cailean me dio algo y quiero que tú lo veas.

Saqué el medallón del bolsillo. El de la mujer del norte. Se lo enseñé mientras le contaba todo lo que sabía.

Lucia lo cogió con cuidado. Lo miró durante un minuto entero. Tocó la marca con el dedo, despacio, como quien no quiere dejar huella.

—Esto es viejo —dijo al fin—. Esto no es del siglo de la mujer que lo llevaba.

—¿De cuándo es?

—Es de antes. Mucho antes. Es del mismo tipo de marca que tienen las piedras de las grietas.

Significa algo, pero no te voy a decir qué porque no lo sé exactamente.

En mi libro hay dibujos parecidos. Algunos son señales.

Otros son advertencias. Otros son... no encontraría cómo llamarlos. Como un llamamiento.

—¿Las hay en alguna de las nuestras? En las grietas que conocemos.

—No. Las dos que tú y yo conocemos tienen solo los grabados básicos. Pero esta sí.

—¿Qué significa que la lleve una mujer?

Lucia pensó antes de contestar. No buscando palabras, sino decidiendo hasta dónde llegaba lo que sabía.

—Significa que alguien se la puso. O se la dejó. Esto no es algo que se haga uno solo. Esto se da, de una persona a otra. Y las marcas como esta no se dan al azar. Si alguien se la puso a esa mujer, fue porque importaba que ella la tuviera.

Me quedé con eso un momento.

—Lucia. ¿Crees que hay más como yo?

—Más como tú, sí. Más como nosotras, también. Cuántas, no lo sé. Pero no somos dos. Cada generación tiene alguna. Y algunas tienen suerte. Otras no llegan a aprender que la tienen.

Asentí.

—La segunda cosa.

—¿Cuál?

—Cailean me ha dado un broche que tiene un nudo así —Tomé papel y su pluma y lo dibujé— ¿Tiene algo que ver con las grietas?

Lucia lo miró.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, lenta, que le subió poco a poco hasta los ojos como si hubiera tardado en llegar.

—Aurora… Eso es una pregunta hecha respuesta.

—¿Cómo?

—Te han pedido matrimonio.

—¿En serio?

—¿Qué le has dicho?

—Dios mío… Que me lo quedo cuando vuelva. Hoy. Esta tarde, cuando salga de aquí.

—Bien.

Me reí. Fue una risa de las buenas.

—Lucia.

—¿Sí?

—Gracias. Por estar aquí. Por haberme llamado en otoño. Por haberme escrito el libro.

Lucia me miró.

—No me las des. Solo vive bien. Quiere bien. Y cuando alguien venga después de ti, ayúdala.

—Eso lo prometo.

Nos quedamos un rato en silencio. El fuego hacía ruido. Afuera el viento, pero sin fuerza, el viento de una primavera que empieza a creérselo.

Después Lucia se levantó. Fue al fondo y volvió con una botella pequeña de algo oscuro.

—¿Qué es eso?

—Vino. Lo hago yo. Llevo años haciéndolo y nunca mejora, pero tampoco mato a nadie.

Sirvió dos copas pequeñas.

Brindamos sin decir nada, que era la mejor manera.

El vino era amargo y áspero y bastante malo, en realidad.

Era exactamente el tipo de vino que ese momento pedía.

* * *

Al día siguiente volví a la aldea.

Llegué a media tarde. Cailean estaba en el cercado de los caballos, como sabía que estaría. Hablando con un hombre sobre algo que tenía que ver con la yegua negra.

Me vio venir. Despidió al hombre con un gesto y esperó.

Llegué a su lado y le puse la mano en el pecho. Plana, encima del corazón.

Cailean bajó los ojos a mi mano. Después puso la suya encima, sin decir nada todavía, como si primero quisiera asegurarse de que yo estaba ahí de verdad y no iba a ningún sitio.

—Cailean.

—¿Sí?

—Me lo quedo.

Levantó los ojos.

—¿El broche?

—El broche.

No me preguntó si estaba segura. Esa pregunta no existía entre nosotros, no en ese momento. Metió la mano en el bolsillo y lo sacó. La piedra dentro del nudo, oscura y pulida, exactamente como lo había guardado.

Me lo dio.

Lo cogí. Me lo prendí en la capa, en el sitio donde se prenden las cosas que se llevan a la vista, y noté el peso pequeño del broche y el peso distinto de la piedra dentro, que era otro peso, uno que no era decorativo.

—La palabra es sí —dije.

—¿Sí a qué?

—A todo lo que me preguntaste. A todo lo que no me preguntaste todavía. A lo que viene.

Cailean me miró. Un momento largo, sin prisa, de la manera que tenía de mirar cuando quería que la otra persona supiera que la estaba viendo de verdad.

—De acuerdo —dijo.

Eso era todo. No necesitaba más. Con Cailean nunca había necesitado más palabras que las que cabían en el momento.

No me besó ahí. No me abrazó. Me sostuvo la mano un rato, y después la soltó, y los dos nos quedamos mirando al norte, donde todavía había algo de nieve en las cimas más altas y donde el sol bajaba ya despacio porque marzo era marzo aunque la primavera estuviera empezando a creérselo.

—Aurora.

—¿Sí?

—Quiero presentarte al clan. Oficial. La próxima semana.

—De acuerdo.

—¿Sin pensarlo?

—Sin pensarlo. —Lo miré—. Llevo seis meses pensándolo. Ya no me queda nada por pensar.

Cailean asintió.

—Sabia.

—Lo aprendí mirándote.

Esta vez sí sonrió. Un milímetro más que la última vez. Y ese milímetro, en Cailean, era mucho.