Atrapada en las Highlands Capítulo 27
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Capítulo 27

La carta

Marzo se fue como llegó, despacio.

La nieve aflojó en la primera semana. Después volvió.

Después aflojó otra vez. Era ese momento del invierno en que el clima ya no decide del todo si quiere irse o quedarse, y lo nota el cuerpo antes que la cabeza: la gente del clan empezó a salir más, los niños volvieron a correr por el centro de la aldea, las puertas se abrían a media mañana en lugar de a mediodía.

Dòmhnall venía cada día a casa de Mòrag.

Lo había probado tres días al principio, como le dije a Fearchar, y los tres días había hecho lo justo: observar, ayudar con cosas pequeñas, no estorbar. Al tercer día le pregunté si quería seguir y dijo que sí. Llevaba ya tres semanas con nosotras.

No era yo lo que él necesitaba como maestra. Era Mòrag. Yo le enseñaba el lado más práctico, lo de las heridas, lo de los puntos, lo que había traído de mi siglo en la cabeza. Pero el conocimiento de plantas y de tradiciones lo aprendía con Mòrag, y eso era lo que más le interesaba.

Mòrag estaba mejor.

No del todo. Mòrag iba a tener altibajos hasta que se le acabara la vida y eso lo sabíamos las dos sin hablarlo.

Pero el peor tramo del invierno había pasado y ella había aguantado, y la presencia de Dòmhnall en su casa le había dado algo distinto: una razón para levantarse incluso los días flojos, un alumno al que enseñar después de muchos años sin tener ninguno.

Una mañana, cuando los tres trabajábamos en silencio cada uno en lo suyo, Mòrag se quedó mirando a Dòmhnall durante un rato largo. Después me miró a mí.

Y dijo, en castellano lento, las dos palabras que tenía para esto:

—Math. Bien.

Asentí.

No hizo falta más.

* * *

Cailean asumió el liderazgo del clan sin ceremonia.

Lo había estado haciendo de hecho durante meses, así que cuando murió su tío no hubo transición, hubo confirmación.

Los hombres del clan lo trataron desde el día siguiente del entierro como el nuevo jefe, y él lo asumió con la cara del que ha llegado a algo que sabía que llegaría y que no celebra ni se queja.

Lo único que cambió en la práctica fue dónde dormíamos.

Cailean se trasladó a la habitación grande de la casa, la que había sido del jefe. Era más grande. Tenía mejor luz. Tenía espacio para dos personas sin que la una le pisara la cabeza a la otra como en el cuarto pequeño.

Y yo me trasladé con él.

No fue una decisión que comentáramos. Fue una mañana en que Cailean estaba moviendo sus cosas y yo le dije que si quería que llevara las mías a la vez, y él dijo que sí, y eso fue todo.

La aldea entera vio la mudanza desde sus puertas.

Nadie comentó nada. Nadie tenía que comentarlo.

Ya era así desde noviembre, lo que cambiaba era el sitio físico.

Esa primera noche en la habitación grande, antes de dormir, Cailean me dijo:

—Aquí, hay menos frío.

—Lo sé.

—Y el techo no entra agua.

—Eso sí es una novedad.

—Sí. —Una pausa—. ¿Bien?

—Bien. Raro, pero bien.

—¿Raro?

—Para mí. Para ti también, supongo.

—También. —Lo dijo sin desarrollarlo, pero sí.

Nos quedamos callados un rato. La habitación grande tenía un sonido distinto que el cuarto pequeño. El viento no llegaba igual. Había más espacio entre las palabras.

—Aurora.

—¿Sí?

—El broche, ahora.

Lo había esperado. La conversación que llevaba pendiente desde la noche del entierro, desde lo de un día que sea solo nuestro.

—Cailean. Cuando vuelva de casa de Lucia.

—¿Por qué entonces?

No era impaciencia. Era una pregunta real, de alguien que quiere entender el orden de las cosas.

—Porque antes quiero dejar la carta. Así cuando vuelva, lo hago con todo resuelto. Y entonces puedo coger el broche sin tener que pensar en otra cosa.

Cailean consideró eso.

—Tiene sentido.

—¿Te parece bien esperar?

—Sí. —No dudó— Llevo esperando desde antes de saber que esperaba. Una semana más no cambia nada.

Lo miré en la penumbra. Ese broche era demasiado importante para él y quería que el momento también lo fuese.

—Hemos cambiado los dos —dije.

—Mucho.

—Yo más que tú.

—Tú más rápido. Yo más fondo.

Me reí. Fue una risa baja, real.

—Eso es muy típico de ti.

—¿El qué?

—Ganar la frase final aunque hablemos los dos.

Cailean no se rio, pero sonrió un milímetro.

Apagué el candil.

* * *

La carta para mi madre la escribí en una sola tarde.

Llevaba todo el invierno con ella en la cabeza, escribiéndola y reescribiéndola en silencio, y cuando por fin me senté con el papel rugoso de Lucia y la pluma, salió casi sin esfuerzo. Casi.

La escribí en castellano moderno, sin adornos. La pluma me obligaba a ir despacio, lo cual era bueno, porque me dio tiempo a pensar cada frase.

Empezaba así:

Mamá. Soy Aurora. Te escribo desde un lugar y un tiempo en los que no puedo explicar bien cómo he llegado. No estoy muerta. Eso lo primero. Lo segundo es que estoy bien.

Después le contaba lo que se podía contar.

Que me había caído por una grieta en Escocia y había aparecido en otro siglo.

Que llevaba meses en una aldea de las Highlands.

Que la gente con la que vivía me había acogido y me había enseñado y me había salvado más de una vez.

Que tenía un trabajo que era mío, curar gente, lo que llevaba haciendo en Madrid, pero ahora con menos recursos y más responsabilidad y más sentido.

Le contaba lo de Cailean. No todo. Lo suficiente. Que había encontrado a una persona que no había buscado y que no esperaba y que era exactamente la persona que necesitaba sin haberlo sabido nunca.

Le contaba sobre mi sobrino, que tenía seis años cuando me fui y que ahora tendría siete y al que no iba a ver más. Que lo sentía. Que no podía pedirle perdón por algo que no había decidido yo, pero que sentía el daño de todas formas.

Le contaba que la quería. Que pensaba en ella muchos martes cualesquiera, calentando café en el microondas que pitaba mal.

Y le contaba, al final, que esto era una despedida sin despedida, una carta sin destinatario en el sentido normal, una manera de decir lo que tenía que decir porque no decirlo era peor que escribirlo en un papel que probablemente nadie iba a leer nunca.

Firmé como Aurora.

Doblé el papel en cuatro. Lo guardé en el bolsillo, al lado de la carta de Lucia.

* * *

Cailean me acompañó.

Salimos a la mañana siguiente, los dos a caballo, hacia la grieta del oeste. La del territorio MacRae. La primera, la mía. No fui a casa de Lucia. Para esta carta yo quería la mía.

Llegamos a media mañana. El claro entre las dos colinas. Las dos piedras planas con los grabados. La vibración baja que se notaba en el esternón antes de notar nada más.

Bajamos de los caballos.

Caminé sola los últimos pasos. Cailean se quedó atrás, no por respeto formal sino porque entendía que esto era una cosa que yo tenía que hacer con mi cuerpo en concreto y no con dos cuerpos.

Llegué a la piedra de la izquierda. La que había tocado el día que decidí no entrar.

Saqué las dos cartas. La mía. La de Lucia.

Las junté. Las envolví en la tela encerada que había preparado en la aldea. Las até con un cordel fino. Y entonces miré la piedra.

Tenía un hueco. Lo había visto la primera vez sin reconocerlo, lo había visto como irregularidad. Era un hueco hecho. Profundo. Del tamaño exacto del paquete que llevaba. Era un hueco hecho con propósito por alguien antes que yo.

Me quedé mirándolo.

Pensé en mi madre, que nunca iba a leer esto. En que lo sabía y lo había escrito igual, porque había cosas que necesitaban existir aunque nadie las recibiera.

Metí las cartas en el hueco. Encajaron. Puse un par de piedras pequeñas delante para que el viento no se llevara la tela y apoyé la palma encima.

—Adiós —dije, en voz alta.

No supe a quién exactamente. A mi madre, quizás. A la versión de mí que todavía pensaba que las cosas tenían arreglo si uno encontraba la forma correcta de decirlas. A la mujer que había metido su carta aquí antes que yo, en cuántos siglos, sin saber si yo vendría.

Quité la mano.

Me di la vuelta.

Cailean estaba donde lo había dejado. Esperándome con la cara que tenía siempre cuando esperaba: quieto, atento, sin señales de cuánto tiempo llevaba así.

Caminé hasta él.

—Ya está.

—Ya está —repitió. No como pregunta. Como confirmación de algo que él también quería que quedara dicho en voz alta.

No me preguntó si estaba bien. No hacía falta. Me cogió la mano, la sostuvo un momento, y después la soltó para coger las riendas.

Volvimos a los caballos.

* * *

De vuelta a la aldea paré en casa de Mòrag. No tenía nada concreto que decirle. Entré. Ella estaba con sus hierbas, de espaldas. No se giró cuando entré, pero dijo una palabra en gaélico que yo ya entendía: siéntate.

Me senté.

Mòrag terminó lo que estaba haciendo. Se sentó enfrente. Me miró. Después hizo algo que no esperaba: señaló el sitio donde había estado la herida de Sìle, en su propio cuello, y me señaló a mí. Después se señaló a sí misma, cerró los ojos un segundo, y los abrió.

No hizo falta más. Yo tampoco dije nada.

Nos quedamos un momento así, en ese silencio que ya no era de las dos aprendiendo a tolerarse sino de dos personas que habían pasado por lo mismo mirando en direcciones distintas y que ya lo sabían.

Cuando me levanté para irme, Mòrag dijo una sola frase en gaélico. La entendí entera, por primera vez sin esfuerzo.

Dijo: me alegra que siguieras.

Salí sin contestar. No hacía falta contestar.

* * *

Llegué a casa de Lucia al día siguiente, sola, como había venido la última vez.

Lucia me vio desde la puerta. No me preguntó nada. Me dejó entrar, me dio un cuenco de algo caliente, me dejó sentarme y respirar antes de hablar.

Cuando llevaba media hora dentro, le dije:

—Lucia.

—Sí.

—Dejé una carta para mi madre. En la grieta del territorio MacRae.

Lucia no se sorprendió.

—Yo dejé una para mi padre. Hace treinta años. En esta grieta de aquí.

—¿En el hueco de la piedra?

—En el hueco. Sí.

—¿La tuya también tenía un hueco?