Atrapada en las Highlands Capítulo 26
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Capítulo 26

Invierno

El invierno cayó sobre la aldea de golpe.

No con avisos. No con días grises previos. Una mañana de finales de noviembre el cielo se cerró de una manera específica y por la tarde estaba nevando, y a la mañana siguiente había treinta centímetros en el suelo y el camino del norte estaba cortado y el camino del sur lo estaría en una semana.

La aldea se replegó sobre sí misma como un animal que se prepara para hibernar.

Las puertas se cerraron antes del atardecer.

El humo de las chimeneas era constante, día y noche.

Los hombres trabajaron una semana entera en reforzar tejados y en reparar lo que el viento iba arrancando.

Las mujeres curaron las últimas carnes y hierbas para secarlas en los ganchos del techo. Los niños dejaron de jugar fuera.

Yo no había vivido nunca un invierno así.

Madrid tiene fríos y tiene heladas y alguna vez nieva. Esto no era eso. Esto era otra cosa. Era una temperatura que entraba por las junturas de la ropa y se instalaba en los huesos y que no se iba en todo el día. Era un viento que no paraba. Era un cielo que no se abría.

La primera semana intenté funcionar con el abrigo técnico de Madrid, que en su día me había parecido suficientemente grueso.

El abrigo técnico de Madrid era, en las Highlands de noviembre, una broma de mal gusto.

Eilidh me miró salir con él un martes y entró en su casa sin decir nada.

Volvió con una capa de lana tan gruesa que pesaba más que yo. No protesté.

Lo primero que entendí fue por qué Mòrag llevaba meses hablándome del invierno. No era pereza ni miedo. Era respeto. Era la actitud de alguien que ha visto al invierno matar a gente y que sabe que no te puedes confiar.

Lo segundo que entendí fue por qué Lucia me había llamado antes de que llegara.

Si no hubiera ido cuando fui, no habría podido ir hasta abril.

* * *

El jefe empeoró la segunda semana de diciembre.

No de golpe. Despacio. Como había dicho Mòrag desde el principio. Era el cuerpo de un hombre mayor al que el invierno le pesaba más cada día, y nosotras hacíamos lo que podíamos, pero no podíamos hacer milagros y los dos lo sabíamos.

Iba a verlo cada mañana. Le tomaba el pulso.

Le miraba la lengua. Le hacía las preguntas de siempre con la mímica de siempre.

Le dejaba el caldo concreto que Mòrag había preparado.

Y me quedaba un rato sentada con él aunque no hubiera nada concreto que hacer, porque eso también era parte del trabajo.

Cailean estaba con él casi todo el día.

Lo veía cuando llegaba por la mañana y lo veía cuando salía por la noche.

A media tarde Cailean iba a comer con el jefe.

Después volvía a la mesa larga donde recibía a los hombres del clan que necesitaban resolver cosas, y resolvía las cosas con la cara del hombre que está aprendiendo a hacerlo en directo y que no tiene tiempo de equivocarse.

Una tarde, viéndolo desde la puerta lateral, entendí algo que no había entendido hasta ese momento.

Cailean ya estaba siendo jefe.

No oficialmente. Su tío seguía vivo y seguía sentado en la silla grande.

El ritual formal vendría después, cuando el clan se reuniera en pleno y los hombres principales dijeran su nombre en voz alta y él respondiera con los compromisos de siempre, los mismos que habían dicho todos los jefes MacRae antes que él.

Eso era lo oficial. Pero lo real era lo que yo veía cada tarde desde la puerta lateral.

En la práctica, en lo que pasaba con la aldea de un día para otro, era Cailean el que decidía.

Y los hombres del clan, sin que nadie lo hubiera anunciado, ya iban a hablar con él primero.

Esa noche se lo dije.

Estábamos en el cuarto pequeño, los dos en el jergón, con las pieles hasta la barbilla porque el viento se colaba por algún sitio que no habíamos identificado todavía.

—Cailean.

—¿Sí?

—¿Ya eres jefe?

Tardó en contestar. No porque no lo supiera, sino porque era la primera vez que alguien se lo decía en voz alta y eso cambia algo, que te lo digan.

—Lo sé.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de saberlo yo.

Lo miré. Quería ver si lo decía con orgullo o con peso. Era con peso.

—¿Te asusta?

—Depende del día. —Hizo una pausa corta, pero real—. A veces hay miedo a tomar una decisión mala que cueste vidas. Eso está siempre, da igual el día que sea.

—¿Y lo demás?

—Lo demás es no saber si soy suficiente. Si lo que tengo es lo que hace falta o si es parecido, pero no es lo mismo.

—Eres suficiente, Cailean.

—Tú dices eso porque no has visto otros jefes.

—Eso es verdad. —No lo iba a negar—. Pero te he visto a ti. Y lo que veo no me genera dudas.

Cailean no contestó. Se quedó callado de la manera en que se queda callado cuando algo le entra de verdad, sin ruido.

Me cogió la mano debajo de las pieles. No la apretó. Solo la sostuvo, como si necesitara algo concreto donde poner la atención.

—Aurora.

—¿Sí?

—Si el clan acepta cuando llegue el momento... ¿vas a estar?

—Voy a estar.

—No te estoy preguntando si quieres. Te pregunto si puedes. Hay cosas que no te van a gustar. Obligaciones. Gente que va a venir a horas que no quieres. Protocolos…

Lo miré.

—Cailean. Yo sé dónde estoy. Sé qué clase de hombre eres y qué clase de vida viene con ese hombre. No me has prometido un piso en Carabanchel con un sofá viejo. Me has prometido esto.

—No te he prometido nada todavía. No con palabras.

—Sí. Cada día desde la cueva. De distinta forma cada vez, pero sí.

Apretó la mano. Esta vez sí.

* * *

Mòrag tuvo una temporada mala en enero.

Llevaba semanas con un cansancio que ella no nombraba pero que se notaba en cómo se sentaba a media mañana cuando antes no se sentaba, en cómo los movimientos de las manos eran más lentos, en cómo a veces se quedaba mirando una hierba durante diez segundos antes de cogerla, como si tuviera que recordar cuál era.

Una mañana llegué a su casa y la encontré todavía en el jergón.

No me alarmé enseguida. Mòrag dormía poco y se levantaba pronto, pero a veces tenía días peores y se levantaba más tarde. Le pregunté con la mirada si necesitaba algo. Negó.

—¿Agua?

Asintió.

Se la traje. Le tomé el pulso sin que ella protestara, lo cual ya era suficientemente mala señal. El pulso estaba más lento de lo que debería estar.

—Mòrag.

Levantó las cejas.

—¿Dolor en algún sitio?

Negó.

—¿Cansada?

Asintió. Con cara de que esa pregunta le sobraba.

—De acuerdo. Hoy te quedas aquí. Yo me ocupo de los pacientes.

Mòrag me miró. Era la mirada de alguien que lleva cincuenta años siendo la que se ocupa de los pacientes y que tiene cuatro argumentos preparados. Después cerró los ojos. Su manera de aceptar algo sin darme la satisfacción de decirlo.

Esa fue la primera vez.

Después hubo más. Mòrag tuvo días buenos y días malos durante todo enero y todo febrero. Los buenos hacía todo. Los malos se quedaba en casa y yo cubría sola.

Cubrí sola.

No era lo mismo que cubrir con ella al lado.

Era distinto. Era hacer cosas y decidir cosas sin tener la red de saber que alguien con más años y más manos sabidas me iba a corregir si me equivocaba.

Era despertarse a las tres de la mañana pensando en si había hecho bien el cataplasma del herrero.

Era ir a verlo al amanecer para asegurarme de que sí.

Era aprender lo que es responsabilidad real cuando no hay nadie detrás.

Y la aldea me dejó.

Eso fue lo que me sorprendió. La aldea me dejó cubrir sola.

Vinieron a mí con sus dolores y sus fiebres y sus heridas y se dejaron tratar y no preguntaron por Mòrag y no hicieron comparaciones.

Aceptaron que yo era lo que había, y al cabo de un mes y medio, sin que nadie lo dijera en voz alta, ya no era la que cubría a Mòrag. Era yo.

* * *

A mediados de febrero, Fearchar vino a buscarme.

Fue por la tarde. Vino solo. Llamó a la puerta de Mòrag, donde yo estaba ese día porque era un día malo de ella. Le hice un gesto de que entrara. Entró. Se quedó de pie cerca de la puerta como la primera vez.

Dijo algo en gaélico. Despacio, para mí.

Cogí las palabras. Hablar. Tiempo. Solos.

—¿Quieres hablar conmigo a solas?

Asintió.

Miré a Mòrag. Mòrag estaba dormitando. No iba a oír nada aunque la conversación fuera en gaélico cerrado. Le hice un gesto a Fearchar de que se sentara.

Se sentó.

Y entonces hizo algo que no esperaba. Empezó a hablar en castellano. Castellano de muy poco, de cinco o seis palabras, pero castellano. Como Eilidh. Como había aprendido Eilidh.

—Tú. Sanar. Mi hijo. Brazo.

Asentí.

—Yo. Antes. Mal. Tú. No mal.

—Lo sé, Fearchar.

Se tomó un momento. No para buscar palabras. Para decidir si seguía.

—Hijo pequeño. Muerto.

Me sostuvo la mirada.

—Lo sé.

—No tú. —Lo dijo sin rodeos, sin el peso de quien perdona. Con el peso de quien necesita que la otra persona lo escuche y lo retenga.— Tú. No culpa.

Tardé un segundo en poder contestar.

—Gracias.

Fearchar asintió. Después buscó una palabra que no le salía. La intentó dos veces en gaélico. Después encontró otra.

—Consejo.

—¿Consejo?

Se señaló a sí mismo. Me señaló a mí. Hizo el gesto de hablar.

Lo entendí: quería pedirme algo. Pero no encontraba cómo.

Fearchar suspiró. Habló en gaélico despacio, una frase corta.

Mòrag, desde el jergón, sin abrir los ojos, tradujo usando las palabras en gaélico que sabía que ya entendía

El otro hijo. El que sigue. No sabe qué hacer con su vida desde lo de su hermano. Fearchar quiere preguntarte si le harías un sitio como aprendiz.

Me giré hacia Mòrag.

—¿Despierta?

Mòrag abrió un ojo.

—Sí.

Cerró el ojo otra vez.

Miré a Fearchar.

Fearchar esperaba. No con prisa. Con la paciencia particular de un padre que ha aprendido que algunas cosas no se pueden empujar.

—Fearchar…

Le hice gestos para preguntarle si su hijo quería ser sanador.

Fearchar buscó, pero al no encontrar las palabras, hizo un gesto que lo decía de otra manera.

Él te mira las manos cuando curas.

Eso lo entendí. Era distinto a querer ser sanador. Era un chico que había perdido a su hermano y que miraba las manos que no habían podido salvarlo, y que necesitaba entender algo antes de poder seguir.

—Que venga mañana.

Le hice entender como pude.

Fearchar asintió. Se levantó. Caminó hacia la puerta y antes de salir se giró.

Dijo algo en gaélico. Corto.

Mòrag tradujo, otra vez sin abrir los ojos:

—Agradecido.

Fearchar salió.

Me quedé mirando la puerta cerrada. No sé cuánto tiempo y Mòrag se volvió a dormir.

* * *

El jefe murió en marzo.

La última semana estuvo muy quieto. Dormía casi todo el día.

Yo iba por las mañanas, le tomaba el pulso, le mojaba los labios con agua.

A veces abría los ojos y me miraba con esa neutralidad suya que ya no era evaluación sino algo más parecido al reposo.

Un día me cogió la mano sin decir nada. La sostuvo un momento.

Después la soltó y volvió a cerrar los ojos.

No en febrero, que es cuando habíamos pensado que podía pasar. En marzo, cuando el invierno ya estaba aflojando un poco y el sol salía a veces a media tarde con esa luz fina del final de la estación.

No murió de golpe. Murió como mueren los hombres mayores que se cuidan: durmiendo cada vez más, comiendo cada vez menos, hablando cada vez menos hasta que un día dejó de hablar del todo.

Lo último que dijo, que Cailean me contó después porque yo no estaba esa noche en la casa grande, fue en gaélico cerrado y dirigido solo a Cailean. Pero Cailean me lo tradujo más tarde, una semana después del entierro, cuando yo le pregunté si su tío había dicho algo importante al final.

—Sí —dijo Cailean.

—¿Qué?

—Dijo: la mujer del sur es de los nuestros. Cuídala como te cuidamos a ti.

Tardé en contestar. No porque no supiera qué decir. Porque eso necesitaba un segundo.

—¿Eso dijo?

—Eso dijo.

—Cailean, eso me ha llegado al corazón…

Traté de contener las lágrimas

—Tu tío era un buen hombre.

—Sí.

—Lo voy a echar de menos.

—Yo también.

Nos quedamos callados. Sin que el silencio necesitara llenarse.

Después Cailean fue al rincón donde tenía sus cosas. Sacó algo del fondo de un saco pequeño. Volvió y se sentó enfrente.

Abrió la mano.

Era el broche de Iseabail. El nudo céltico con el hueco en el centro. Pero esta vez no era el broche solo. En el hueco había algo. Una piedra pequeña, oscura, pulida. No la piedra original. Otra.

—Cailean.

—Espera.

Lo dejó en la mesa entre los dos.

—La piedra es del cercado donde cayó la sangre el día de la batalla. La encontré después. No supe por qué la cogí. La he tenido todo el invierno.

Lo miré sin apartar los ojos de él.

—¿Qué me estás diciendo exactamente?

—Que el broche de Iseabail era de Iseabail. Y este, con esta piedra, con lo que lleva dentro... ya no es lo mismo que era. Ya es algo nuevo.

—Cailean…

Cailean me sostuvo la mirada. Sin bajarla, y lo cogí.

Pesaba más con la piedra dentro. No mucho. Un poco. La diferencia exacta que hace una cosa pequeña que llena un hueco que llevaba tiempo vacío.

—Lo cojo, pero no esta noche.

—¿No?

—Esta noche acabas de enterrar a tu tío. No quiero coger esto el mismo día. Quiero un día que sea solo nuestro, sin que tenga que compartir fecha con ninguna otra cosa.

Cailean asintió. Sin presionar.

Le devolví el broche con la piedra dentro y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. No en el saco del rincón. Otro sitio. Más cerca.

Eso ya era una respuesta de las dos partes.

* * *

Esa noche dormí con la cabeza en su pecho. Con la mano cerca de su corazón. Sintiendo el ritmo que le había aprendido durante los días de fiebre y que no había vuelto a ser el mismo desde entonces para mí.

No estábamos celebrando nada. No era una noche de celebrar. Su tío acababa de morir. Pero estábamos juntos, y eso era ya su propia forma de afirmación.

Antes de dormirme, lo oí decir en voz muy baja:

—Aurora. Recuerda. La carta para tu madre. Tienes que escribir.

Me incorporé sobre el codo. No habíamos vuelto a hablar de eso desde una conversación corta y triste que tuvimos a finales de enero, cuando yo le había dicho que necesitaba escribirla aunque no fuera a llegar nunca. Como hizo Lucía con la suya.

—Si la escribes... yo te ayudo a ponerla en la grieta. Conmigo. No tienes que hacerlo sola.

Lo miré en la penumbra y asentí despacio.

—En primavera. Cuando vaya a ver a Lucia.

—De acuerdo.

Me volví a tumbar.

Cerré los ojos.

Y pensé en mi madre en su cocina con el microondas que pitaba mal. La imagen se había vuelto más nítida con el invierno, no más borrosa. Algunas cosas que pensaba que el tiempo iría borrando se habían quedado donde estaban, exactamente como eran.

Pero al lado de esa imagen había ahora otra. La de un hombre que respiraba despacio a mi lado. La de una mujer dormida en el jergón de la habitación de al lado. La de una aldea bajo la nieve, esperando que aflojara.

Las dos imágenes existían y las dos eran reales.