Capítulo 25
Lo que se dice de verdad
Diego se fue al amanecer.
Cailean me lo contó cuando llegó a casa de Eilidh antes de que yo hubiera terminado de desayunar. Se sentó enfrente. Tenía la cara del hombre que ha tomado una decisión y que ya no la está sosteniendo, que es distinto a la cara del hombre que todavía decide.
—No voy.
—¿Definitivo?
—Definitivo.
Asentí.
—¿Cómo lo tomó?
—Bien. Diego siempre tomaba bien los no.
—¿Siempre?
—Es de los que no insisten dos veces.
—Es buena gente, entonces.
—Es. A veces.
Miró al suelo.
—Cailean. Gracias por venir a decírmelo antes de que preguntara.
Levantó los ojos al cuenco que tenía delante. No lo había tocado.
—Lo intento.
Eilidh entró desde el huerto con un manojo de algo verde en la mano. Nos miró a los dos. Dejó el manojo en la mesa y salió otra vez sin decir nada.
Privacidad, decía ese gesto. Os la doy, pero no finjo que no existo.
Aparté el cuenco y me apoyé en la mesa con los codos.
—Cailean. Dijiste anoche que querías hablar de lo del medallón.
—Sí.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Entonces empieza por antes. Por lo de España. Que llevo cinco meses sin saber esa parte.
* * *
Cailean miró el fuego un momento antes de empezar. No era duda. Era el gesto de buscar por dónde entrar en una habitación que llevaba años cerrada con llave.
—Mi padre murió. Yo tenía diecinueve. Mi tío era jefe nuevo. Y el clan... demasiados hombres jóvenes. Yo era uno de ellos.
—Te fuiste.
—Sí.
—¿Adónde primero?
—Al sur. Clanes aliados. Después más sur. Después la costa.
—¿Y en la costa?
—Mercenarios irlandeses. Los Gallóglaich.
—¿Te uniste a ellos?
—Sí.
—¿Por qué?
Cailean tardó en esa. No por no saber la respuesta, sino porque era la primera vez en la conversación que la respuesta no era un lugar ni una fecha.
—Porque sabía pelear y no podía parar.
—¿Qué quieres decir con que no podías parar?
—Que si paraba sentía el dolor. Si me movía, no tanto. —Lo dijo sin dramatismo, como se dice una cosa que ya se ha examinado mucho tiempo y se ha aceptado.
—Entiendo.
Asintió. Lo dejó ahí. Yo también.
—¿Y de los irlandeses al castellano?
—De los irlandeses, Francia. De Francia, los puertos del norte de España. Y de ahí, Navarra. Una campaña de dos años.
—¿Dos años peleando?
—Peleando y aprendiendo.
—¿El qué?
—Castellano. Inglés. A pelear con espada larga. —hizo una pausa—. A no morirme.
Lo último lo dijo distinto. No más bajo. Solo distinto, con algo en la voz que indicaba que en algún momento no había estado del todo seguro de conseguirlo.
—¿Y ahí conociste a Diego?
—Ahí. Era el más joven de la compañía. Yo el segundo más joven. Hablábamos al final del día porque los dos teníamos el sueño malo.
—¿Por qué?
—Por cosas distintas. Pero las dos malas.
Asentí. No lo empujé. Esa parte no era mía todavía.
—¿Y el castellano lo aprendiste solo con los soldados?
—Con todos. Soldados de Castilla. Mujeres en las tabernas. Un cura viejo que curaba heridas y hablaba mientras lo hacía, sin parar, como si el silencio le diera miedo.
—¿Y el inglés igual?
—El inglés antes. De los irlandeses. El castellano vino después y fue más fácil porque ya tenía el inglés.
Asentí. Lo otro estaba dicho. Ahora venía lo que me importaba.
—¿Por qué confías en Diego para contarle lo mío?
—Porque vio a la mujer del medallón. Y porque entendió.
—¿Entendió qué?
—Que no estaba loca. Que decía la verdad aunque sonara a que estaba loca.
—¿Y la mayoría no habría entendido eso?
—No.
—¿Por qué él sí?
Cailean pensó. De verdad, no como gesto.
—Diego es de los que ven antes de juzgar. Hay poca gente así. Y la poca que hay, se reconoce.
* * *
Después de un rato fui al saco que tenía en el rincón. Saqué la copia que Lucia me había escrito. La puse en la mesa entre los dos.
—Esto es lo de Lucia. Lo que pasó treinta años recopilando sobre los pasos. Me lo dio para mí, pero hay partes que tienes que saber tú también.
Miró el libro.
—¿Por qué yo?
—Porque si vamos a construir algo juntos en este siglo, necesitas entender con qué te estás comprometiendo. Del todo.
—¿Va a cambiar lo que quiero?
—Eso lo decidirás tú después de leerlo.
Asintió. Estiró la mano y se lo di.
Cailean leyó despacio. Yo me quedé callada. No le fui explicando. No le fui leyendo la cara. Le dejé leer y le dejé procesar porque era lo que yo habría necesitado.
A los veinte minutos volvió una hoja atrás y la leyó otra vez. A los treinta cerró el libro y se quedó mirando el fuego.
Esperé.
—Aurora. Falta algo.
—¿Qué falta?
—Lo que tú decidiste no contar.
Lo miré.
—¿Por qué crees que decidí no contar algo?
—Porque te conozco. Y porque tú dijiste partes que tienes que saber.
Bajé los ojos a la mesa.
—Hay cosas que Lucia dice que son difíciles de leer sin que te quiten el sueño.
—¿A ti te lo ha quitado?
—Sí.
Asintió.
—Entonces no necesito saberlas.
Levanté la vista.
—Cailean. No puedes decidir eso sin saber qué son.
—Sí puedo.
—¿Cómo?
—Porque tú las sabes y volviste. Eso es suficiente.
—Cailean.
—Aurora. Escucha.
Me callé.
—Llevo dos meses sabiendo lo que yo quiero. Con eso me basta.
Me quedé mirándolo.
Era la respuesta más directa que me había dado sobre algo así. Sin medias frases. Sin gaélico que suavizara. Solo Cailean, con su castellano roto y sus erres largas, diciéndome exactamente lo que pensaba.
—Cailean. Hay una cosa sí tienes que saber. Aunque no esté en el libro.
—Dime.
—La mujer del medallón.
—Sí.
—No sobrevivió porque llegó sola. Sin idioma, sin clan, sin nadie. Yo no estoy en esa situación. Desde el primer minuto, no estoy en esa situación desde la cueva. Cuando pienses en ella, que sé que vas a pensar, recuerda eso.
—Lo recordaré.
—¿Lo prometes?
Me miró.
—Lo prometo.
* * *
Después Cailean fue al rincón donde había dejado el saco y sacó algo pequeño. Lo puso en la mesa.
El medallón.
Lo miré.
—¿Te lo dio Diego?
—Me lo dejó. Dijo que aquí tenía más sentido que en su bolsillo.
Lo cogí. Pesaba menos de lo que parecía. Metal oscuro, cadena fina. Y en el centro, grabado con la misma mano que las piedras de la grieta, el mismo tipo de marca que yo había tocado con la palma el día que decidí no entrar.
No era decoración. Era una marca de orientación. Como una señal de mapa.
—Cailean. Lucia tiene que ver esto.
—Lo pensé también.
—En primavera. Cuando vaya a verla.
—Sí.
Lo dejé en la mesa entre los dos.
—Cailean. Una última cosa.
—Dime.
—¿Por qué le dijiste a Diego que no? De verdad.
Esta vez no se quedó mirando el fuego.
—Hace tres semanas, no sabía si iba a despertar al día siguiente. Lo único en mi cabeza... tú.
—¿Solo eso?
—Con eso, bastante.
Lo miré.
Cailean me sostuvo la mirada.
—Cailean.
—¿Sí?
—Yo también.
—¿También qué?
—Cuando estaba en casa de Lucia y llegó tu carta, lo único en mi cabeza eras tú.
Asintió. Una vez. Despacio.
Y eso fue suficiente.
* * *
Eilidh entró desde el huerto al cabo de un rato, con cara de haber esperado suficiente tiempo fuera con el frío y nos miró a los dos.
Después miró el medallón en la mesa.
Lo señaló con un dedo y dijo una palabra en gaélico que entendí sin necesidad de traducción por el tono y por la mueca.
—¿Qué dijo?
—Dice que es feo.
—Tiene razón.
Eilidh asintió con autoridad y puso agua en el fuego.