Atrapada en las Highlands Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—Vino a verme a mí.

—Eso ya lo entendí. ¿Por qué?

Esperó unos segundos. Los suficientes para que yo supiera que lo que venía no era fácil de decir.

—Porque hay una guerra al norte, en las islas. Y los aliados de hace diez años están buscando a los hombres con los que pelearon. Diego me viene a ofrecer un puesto.

—¿Qué clase de puesto?

—De capitán. Bajo el mando de un noble noruego que está armando una flota.

—¿Diez años después te vienen a buscar?

—Sí.

—¿Y por qué tú?

—Porque era bueno entonces. Y porque saben que el clan está bien y que tengo recursos.

—¿Qué le has dicho?

Cailean me sostuvo la mirada.

—Le he dicho que no.

Bajé los hombros un milímetro sin darme cuenta hasta que los había bajado.

—Bien.

—Pero me ha dejado pensarlo hasta mañana.

—¿Por qué?

—El dinero que ofrecen es mucho. Tres años de buen sueldo. Suficiente para construir aquí cosas. Una casa de piedra grande. Una herrería propia. Tierra de pasto. Pagar dotes para tres bodas que están pendientes en el clan y que no se hacen porque las familias no tienen.

Lo miré.

—Si me preguntas qué opino yo, te lo digo. Si no me lo preguntas, no te digo nada.

—¿Qué opinas tú?

—Que no quiero que vayas.

Cailean abrió la boca.

—Eso es lo que yo quiero —dije antes de que hablara—. No es lo que te estoy diciendo que hagas. ¿Cuándo decides?

—Esta noche.

Me levanté.

—Entonces voy a dormir en casa de Eilidh.

Me miró.

—¿Por qué?

—Porque si me tienes al lado vas a decidir lo que crees que yo quiero. Y eso no es decidir, Cailean. Es adivinarme.

No protestó. Lo reconoció, que era distinto y más difícil.

—Una cosa más.

—Dime.

—Lo que Diego te dio junto al cercado esta tarde. Lo que miraste y le devolviste.

Cailean se quedó quieto.

—¿Lo viste?

—Vi que te dio algo. Vi que lo miraste un momento más de lo normal. Vi que se lo devolviste sin guardarlo.

Silencio.

—¿Qué era?

Cailean tardó. No buscando palabras. Decidiendo cuánto decir.

—Un medallón. Pequeño. Con una marca grabada.

—¿Qué tipo de marca?

—Como las de la grieta. El mismo tipo de grabado.

Me quedé quieta.

—¿De dónde lo sacó?

—De una mujer. Hace años. En la costa del norte.

—¿Qué mujer?

Cailean me miró antes de contestar, como si quisiera ver cómo estaba antes de ponerme encima lo que venía.

—Una mujer que hablaba un idioma que nadie entendía. Que apareció en un pueblo del norte sin saber nada. Que ese invierno murió de frío porque no sabía vivir allí.

Tragué saliva.

—¿Cuándo?

—Hace quince años. Diego tenía veinte. Fue antes de que yo lo conociera.

—¿Y por qué lo lleva todavía?

—Porque nunca entendió qué era. La mujer lo llevaba cosido en la ropa, en un bolsillo interior, y cuando murió se lo quedó. No por quitárselo. Por no saber qué hacer con ello.

—¿Y por qué te lo enseñó a ti?

Ahí Cailean tardó más.

—Porque cuando llegaste tú, yo le escribí. Hace meses. Le conté lo que había pasado. Y él recordó a esa mujer. Y trajo el medallón para ver si yo lo reconocía.

—¿Y lo reconociste?

—No el medallón. La historia sí.

Me senté otra vez. No porque quisiera sentarme. Porque las piernas decidieron ellas.

Dejé pasar un momento.

—Cailean. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque si lo decía, tenía que decirte que no eres la primera. Y que la que vino antes no sobrevivió. —Una pausa—. Y no encontraba la manera de decirte eso sin que sonara a amenaza.

—¿A amenaza de qué?

—A que tú vas a acabar igual.

—¿Y crees que voy a acabar igual?

—No lo sé —dijo sin dudar—. Pero no quería que lo pensaras tú.

Lo miré un momento.

—Cailean. Yo ya sé que no soy la primera. Lucia me lo dijo hace semanas. Hay más gente como yo en este siglo. Gente que cruzó y que se quedó. Algunos sobrevivieron. Otros no.

Cailean me miraba sin decir nada.

—Lo sabías —dijo al fin.

—Sí.

—¿Y no me lo dijiste?

—Tú tampoco me lo dijiste a mí.

Cailean se rio. Una risa corta y baja, de las pocas que se le escapaban. La risa de alguien que acaba de ver que los dos habían estado guardando la misma cosa por las mismas razones durante semanas.

—Idiotas —dijo.

—Sí.

—Los dos.

—Los dos.

Silencio.

—Mañana, cuando decidas lo de Diego. Decide también si quieres hablar en serio de esto. Del medallón. De la mujer. De lo que significa.

—De acuerdo.

—Porque hay cosas que sé, del libro de Lucia, que tú no sabes. Y creo que deberías saber algunas.

—¿Algunas?

—Las que necesites saber.

Cailean me miró un momento más largo de lo necesario.

—De acuerdo.

Me levanté.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Aurora.

Salí.

* * *

Eilidh me preparó el jergón de siempre. Se acostó.

Yo me quedé sentada en el banco delante del fuego con el libro del mercader sobre las piernas, pasando las páginas despacio, leyendo fragmentos de un castellano antiguo que no era el mío, pero que era mío igual, de un hombre que había cruzado mares y había escrito lo que había visto para que alguien lo leyera después.

Pensé en la mujer del medallón. En que había llegado a un pueblo del norte sin saber dónde estaba, sin entender el idioma, sin tener a nadie que la hubiera encontrado herida en una cueva y se hubiera quedado callado escuchándola hablar de su vida.

Sin tener a una Mòrag ni una Eilidh ni una Lucia ni una Sìle.

Pensé en la suerte que era el azar. En que yo había caído exactamente donde había caído y no tres kilómetros más al norte, en otro territorio, entre otra gente.

Pensé en Lucia, que había tenido menos suerte que yo al principio y más tiempo después.

Pensé en Cailean, que esa noche estaba en algún sitio de la casa grande decidiendo algo que yo no podía decidir por él aunque quisiera.

Cerré el libro.

Apagué el fuego.

Me acosté.

Y pensé, antes de dormirme, que mañana iba a ser un día importante. Que no sabía cuántos días importantes le quedaban a esta historia, pero que este era uno.

Y que estaba preparada.