Capítulo 24
El hombre del puerto
Pasaron diez días tranquilos.
Tranquilos no significa vacíos. Significa que tenían una forma, una rutina, un orden.
Yo trabajaba con Mòrag por las mañanas, dormía con Cailean por las noches en el cuarto pequeño de la casa grande, comía con Eilidh al mediodía y a veces con Mòrag al atardecer.
Visitaba al jefe cada dos días. Hablaba en gaélico cada vez con menos errores y con menos esfuerzo.
Empecé a soñar en gaélico una de esas noches y me desperté sin saber si lo que había soñado era importante porque no me acordaba bien al despertar.
Cailean y yo no anunciamos nada formalmente.
No hizo falta. La aldea entendió a su ritmo y a su manera, sin necesidad de declaraciones, y en algún momento de esos diez días la transición ocurrió sin que ninguno de los dos la marcara: yo dejé de dormir en casa de Eilidh y empecé a dormir solo en la casa grande, sin que nadie comentara nada.
Eilidh me ayudó a llevar mis cosas un mediodía. Eran pocas. Cuatro prendas que me habían cosido en la aldea, el saco con las hierbas de Mòrag, mis apuntes del tiempo con Lucia... Eilidh dejó las cosas en el cuarto pequeño y miró alrededor.
—Pequeño —dijo, en gaélico.
—Sí.
Eilidh me miró de lado, después hizo el gesto de construir algo con las dos manos, y después el gesto de un sol naciendo.
—¿Una casa nueva en primavera?
Asintió.
—¿Te lo dijo a ti?
Negó. Después se llevó la mano a la oreja y se rio sin sonido. Lo escuché.
—Eilidh, tú no escuchas nada por casualidad.
Eilidh levantó un hombro.
Nos sonreímos.
Después se puso un poco más seria. Me señaló el centro del pecho, después la aldea con un gesto amplio, y volvió a señalarme. Después hizo el gesto de levantar la barbilla y separó los dos dedos en una distancia precisa, igual y firme.
Vas a ser de aquí, sí. Pero también vas a ser tú. Que no se te olvide.
—Vale.
Eilidh asintió. Después hizo otra cosa. Eilidh se señaló el oído, después a sí misma, después a Cailean en alguna casa imaginaria, después abrió y cerró la mano como una boca hablando.
Si te molesta algo y no sabes cómo decirlo, dímelo a mí. Yo se lo digo.
—Te tomo la palabra.
Eilidh asintió. Y se fue.
* * *
El undécimo día llegó el mercader.
Llegó al mediodía, en una carreta tirada por dos burros, con un ayudante joven y una carga de cosas para vender que iban desde sal en sacos hasta hilo de varios colores, agujas de hueso y de metal, especias caras en bolsitas pequeñas, tela de lino, dos espejos pequeños y un libro.
Un libro.
Eilidh me vino a buscar a casa de Mòrag. Hizo el gesto de leer y señaló el centro de la aldea.
Fui.
El mercader era un hombre de unos cincuenta años, ancho, con barba muy poblada y una manera de moverse que sugería que llevaba toda la vida caminando.
Hablaba gaélico con acento del este. Tenía un ojo más cerrado que el otro de manera permanente, lo cual le daba un aire de estar siempre evaluando algo.
Me vio acercarme. Otras mujeres del clan estaban ya alrededor de la carreta, mirando telas, regateando especias. El mercader me miró un segundo más de lo que había mirado a las otras.
—¿El libro? —dije, en gaélico.
El mercader asintió hacia un cofre pequeño que tenía abierto en un extremo de la carreta.
Me acerqué.
El libro era pequeño. Encuadernado en cuero marrón. Sin título visible en la portada, solo unas marcas a fuego que parecían iniciales. Lo abrí con cuidado.
Estaba en castellano.
Castellano antiguo, no el mío, pero castellano. Me quedé mirándolo como si me hubiera encontrado una señal de wifi en medio del campo. Que no era exactamente lo que era, pero la sensación era parecida.
Una caligrafía cuidada, en tinta marrón.
La primera página tenía una dedicatoria parcialmente desvanecida.
La segunda empezaba un texto que reconocí en las primeras líneas como una crónica de viaje.
Alguien contando lo que había visto cruzando el mar del norte, los puertos, las tierras frías, los hombres con los que había hablado.
No era de Lucia. Era de otra persona, de otro tiempo, de alguien que había pasado por aquí antes que yo y había escrito lo que había visto.
Lo sostuve un momento.
Era la primera vez en meses que tenía en las manos algo escrito por alguien de mi idioma que no era Cailean ni Lucia. Era la primera vez que sentía de manera física, con el peso del papel entre los dedos, que yo no era la única.
Levanté la cabeza para preguntarle al mercader cuánto costaba.
Y entonces lo vi.
No al mercader.
Al hombre que estaba detrás del mercader. Que llevaba ahí desde que yo había llegado y que yo no había mirado porque estaba mirando el libro.
Era alto. Tendría cuarenta años, quizás más, era difícil saberlo.
Pelo oscuro hasta los hombros, atado por detrás.
La piel curtida de manera específica que tiene la gente que pasa años en el mar y no en la tierra.
Llevaba ropa que no era de las Highlands.
Era un tipo de chaqueta corta y unos pantalones más ajustados que los del clan, y botas altas, y un cinturón ancho con un cuchillo.
Me miraba.
No con curiosidad. Con reconocimiento.
—Vos sois castellana —dijo. En castellano. Antiguo, también, pero castellano de verdad. De la península.
Tardé un segundo en contestar.
—Sí.
—¿De qué parte?
—Madrid.
Me miró de una manera que no supe interpretar del todo. Algo se movió en su cara, rápido, como quien recibe una información que encaja con otra que ya tenía.
—Madrid. La villa pequeña al sur de Alcalá.
—Sí.
—Conocí Madrid hace muchos años. Era un sitio pequeño entonces.
—Yo vengo de mucho más adelante.
El hombre frunció el ceño.
—¿Más adelante?
Aquí me di cuenta de que estaba diciendo cosas que no tenía que decir delante de un mercader, una aldea y un hombre que no conocía. Cambié.
—Quiero decir, del sur. No es Madrid de Castilla la Vieja. Es otra zona.
El hombre asintió despacio. Pero algo en su cara me dijo que mi corrección no había funcionado del todo. Que él había oído lo primero y que lo primero le había dicho algo.
—¿Cuánto tiempo lleváis por estas tierras?
—Unos meses.
—¿Vais para allá?
—No. Vivo aquí.
—¿En este clan?
—Sí.
Algo pasó por su cara que duró menos de un segundo y que no llegué a leer.
—¿Conocéis a los hombres principales del clan?
—Conozco al jefe.
—¿Y al sobrino del jefe?
Me quedé quieta.
—Sí.
—¿A Cailean MacRae?
—Sí.
El hombre asintió. Despacio. Una sola vez. Y en ese asentimiento había algo que no era solo confirmación de un nombre. Era como si una pieza encajara en un sitio donde llevaba tiempo esperando encajar.
—Decidle, por favor, que Diego del Puerto ha pasado a verlo. Que le espera esta tarde junto al cercado de los caballos. Cuando él pueda. Sin prisa.
—¿De qué se conocen?
El hombre me sostuvo la mirada.
—De hace tiempo —dijo—. De cuando los dos estábamos en otros sitios.
Y después, sin esperar respuesta, se giró hacia el mercader y empezó a hablar con él en gaélico sobre un asunto de la carreta.
Me quedé con el libro en la mano.
Eilidh, que había aparecido a mi lado sin que yo la oyera llegar, me miraba. Después miró a Diego. Después me miró a mí y levantó las cejas.
Negué con la cabeza. Después te cuento.
* * *
Fui directa a buscar a Cailean.
Estaba en una de las casas del lateral, con dos hombres, reparando algo de madera. Lo llamé desde la puerta. Salió.
—Hay un hombre en la plaza —dije, en castellano para que los hombres no entendieran—. Vino con el mercader. Castellano. Dice que se llama Diego del Puerto y que quiere verte esta tarde junto al cercado.
Cailean se quedó muy quieto.
—¿Lo conoces?
Tardó.
—Sí.
—¿De qué?
—De España.
Lo miré.
—¿Cuándo estuviste en España?
—Hace mucho.
—¿Cuánto?
—Diez años.
—¿Estuviste en España?
—Sí.
—¿Y por qué no me lo habías dicho?
Cailean me miró.
—Porque no había venido al caso.
—¿Diez años en España no había venido al caso en cinco meses contigo?
—No estuve diez años. Estuve dos.
—Cailean.
—Aurora. Es una historia larga. Te la cuento esta noche. Ahora tengo que ir a verlo. ¿Dónde está?
—En la plaza, con el mercader.
—De acuerdo.
Hizo el gesto de irse.
—Cailean.
Se paró.
—¿Quién es para ti ese hombre?
Tardó.
—Alguien con el que peleé en el mismo lado durante un año. Y al que dejé en un puerto del norte porque tenía que volver aquí por la muerte de mi padre.
—¿No os habéis visto desde entonces?
—No.
—¿Y aparece ahora?
—Sí.
—¿Y te alegra volver a verlo?
Pausa larga.
—No lo sé todavía.
Asentí.
Cailean se fue hacia la plaza.
Yo me quedé en la puerta.
* * *
Lo que pasó esa tarde no lo presencié directamente.
Cailean y Diego hablaron durante dos horas junto al cercado de los caballos.
Yo los veía desde lejos, desde la puerta de casa de Eilidh donde me había ido a sentar porque estar sola en la casa grande me ponía nerviosa.
Hablaban con tranquilidad. Diego gesticulaba mucho, como quien tiene historias largas que contar.
Cailean asentía, respondía a veces, escuchaba más de lo que hablaba.
En un momento dado Diego sacó algo del bolsillo. Algo pequeño. Se lo enseñó a Cailean en la palma de la mano.
Cailean lo cogió. Lo miró un rato largo. Se lo devolvió.
No pude ver qué era desde donde estaba.
Eilidh, a mi lado, lo vio también. Me miró. Levanté un hombro. No sé.
A media tarde el mercader empezó a recoger su carreta. Me acerqué.
—¿Vais a salir hoy?
—Esta tarde, sí.
—¿El libro?
—Es vuestro si lo queréis. Dos chelines de plata.
No tenía dos chelines de plata. Eilidh sí. Me los prestó sin preguntar.
Le pagué al mercader, cogí el libro y volví a casa de Eilidh.
* * *
Cailean vino a buscarme al atardecer.
Diego no estaba ya con él y le pregunté con la mirada.
—Se quedó con el mercader hasta mañana. Sale temprano.
—¿Adónde va?
—De vuelta a la costa.
—¿Y por qué pasó por aquí?
Cailean se sentó en el banco. Eilidh, que entendió la cara que él traía, salió a su huerto sin que nadie se lo pidiera.