Atrapada en las Highlands Capítulo 23
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Capítulo 23

Lo que estaba a punto de pasar

Esperé hasta el atardecer.

Me dio tiempo a comer con Eilidh, a lavarme la cara y las manos con agua templada, a deshacer el saco y poner mis cosas en un rincón. Me dio tiempo a sacar el botiquín de Mòrag y devolvérselo con una sola hierba menos, porque había usado un poco para una mujer del pastor con tos seca.

Me dio tiempo, sobre todo, a no decidir nada todavía.

Eilidh me observó hacer todo eso sin comentarios. A media tarde dijo, sin levantar la vista del cuenco que estaba fregando con arena, en gaélico despacio:

—El jefe ya salió.

Levanté las cejas.

—Cailean dentro —añadió. Después hizo el gesto de tiempo pasando.

Lleva ahí un rato.

—¿Solo?

Eilidh asintió. Después se señaló la sien.

Pensando.

Me sequé las manos en el delantal que me había prestado y que ya era casi mío de tanto usarlo.

—Voy.

Eilidh asintió sin mirarme.

Después, también sin mirarme, dijo en su gaélico habitual una frase corta. La frase tenía las palabras aquí, noche y no, y un gesto pequeño con la mano que la acompañó: empujar el aire suavemente hacia la puerta.

Me llegó entero. Hasta el matiz.

No vuelvas esta noche si no quieres.

Me paré en la puerta.

—Eilidh.

No me miró, pero sonrió.

* * *

La casa grande estaba en penumbra. El fuego central estaba bajo, alimentado por brasas grandes, pero sin llama.

Cailean estaba sentado en la mesa larga, no en su sitio habitual al lado del jefe, sino enfrente.

Tenía un cuenco de algo delante y no lo estaba bebiendo.

Las manos a los lados, planas sobre la madera.

Levantó la cabeza cuando entré.

No se sorprendió. Llevaría rato escuchando cómo se acercaban mis pasos.

—Hola.

—Hola.

Me acerqué. Me senté enfrente. No al lado. Enfrente, con la mesa entre los dos, porque era lo que me salió y porque a veces los gestos físicos tienen una lógica que se descubre después.

—¿El jefe?

—Mejor. Mòrag tenía razón. No es grave si se cuida.

—Voy a verlo mañana.

—Te esperará.

Asentí.

Silencio.

Cailean tenía los ojos en mí. No con prisa. Con esa mirada suya que había aprendido a sostener durante meses y que ya no necesitaba esconder.

—Has vuelto antes.

—Sí.

—¿Por la carta?

—Por la carta. Y porque ya había aprendido lo que podía aprender allí en una primera estancia. Y porque hacía frío y empezaba a echar de menos sitios.

—¿Qué sitios?

—Concretos no. Sitios en general. La casa de Eilidh. El cercado de las cabras. La olla de Mòrag.

—¿Y nada más?

Lo miré.

—Y otras cosas también.

—¿Como cuáles?

—Como tú.

Lo dije y se hizo un silencio distinto al de antes. Un silencio del tipo que se hace cuando una palabra cae en la mesa y los dos la miran caer y ninguno la coge enseguida.

Cailean no apartó los ojos. Pero algo en su cara se desplazó un milímetro, esa cosa pequeña que en él era siempre el equivalente a un gesto grande en otra persona.

—¿Estás segura de lo que has dicho?

—Sí.

—¿No es el cansancio del viaje?

—No.

—¿No es...?

—Cailean. Lo he pensado tres semanas. Y antes. Y antes de antes. Lo que pasa es que ahora ya no tengo dónde guardarlo.

Asintió. Despacio. Una vez.

No se levantó. No vino hacia mí. Se quedó donde estaba, con las manos sobre la mesa y los ojos en los míos, y dijo en voz muy baja:

—Ven.

Me levanté. Rodeé la mesa. Me senté a su lado. El espacio entre los dos era de unos diez centímetros y esos diez centímetros eran lo más ruidoso de la habitación. Cailean levantó una mano despacio, como quien no quiere asustar a algo. Me la puso en la mejilla.

La palma callosa, la temperatura conocida, el pulgar quieto contra mi pómulo.

Cerré los ojos.

Y aquí es donde tengo que contar algo que me cuesta contar porque va contra todo lo que llevo treinta y un años contándome a mí misma sobre los momentos importantes de mi vida, que es que tienen banda sonora.

Yo siempre había creído que los momentos importantes tenían banda sonora.

En mi cabeza, cuando me imaginaba un beso así, había violines.

Había una luz especial. Había una frase memorable.

Aquí no había nada de eso.

Había una casa grande en penumbra con un fuego bajo, dos cuencos sin tocar sobre una mesa, el olor a humo de turba que tenía toda la casa, el sonido lejano de un perro ladrando en algún sitio de la aldea. Y la palma callosa de un hombre en mi mejilla.

Eso era todo.

Y era suficiente. Más que suficiente. Porque era real, y porque llevaba meses construyéndose, y porque a esta altura de mi vida había aprendido que las cosas con banda sonora son las que se olvidan, y las cosas sin ella son las que se quedan.

Cailean inclinó la cabeza. Despacio.

Y me besó.

Fue un beso corto. Cerrado. De los que dicen si quieres, sigo. Si no, paro aquí y nunca me lo vas a tener que recordar.

Yo le contesté con otro beso. Más largo. Y la pregunta se respondió sola.

* * *

Lo que pasó después no lo voy a contar entero porque no le pertenece al lector. Algunas cosas son de las dos personas que las viven y de nadie más.

Voy a contar lo que sí.

Voy a contar que en algún momento de la noche, los dos en el jergón pequeño de la habitación que él tenía en el lateral de la casa grande, con un solo candil encendido al fondo y las pieles encima, Cailean me apartó un mechón de pelo de la cara con un cuidado que yo no había recibido nunca de un hombre.

Voy a contar que me dijo, en castellano lento, mirándome:

—Llevo cinco meses imaginando esto.

Voy a contar que en algún momento más, cuando ya no hablábamos, le toqué la cicatriz vieja que tenía en el hombro y la otra que le atravesaba la clavícula.

Las había visto la primera vez en la cueva, cuando le había levantado la tela cuadriculada para verle la herida.

Las había visto sin mirarlas, en automático, en modo enfermera.

Ahora las miré.

Y le toqué también la cicatriz nueva del costado, casi blanca ya, y la más grande del abdomen, todavía rosada, esa que yo misma le había cosido en una mesa con la fiebre subiéndole por las venas.

Cailean me dejó tocarlas todas, sin decir nada, con esa quietud específica que tenían los hombres a los que muy poca gente había tocado las cicatrices de manera no clínica en su vida.

—Esta —le toqué la del abdomen— casi te mata.

—Lo sé.

—No vuelvas a hacer eso.

—No.

—Promételo.

—Lo prometo.

Le pasé la mano por la cicatriz una vez más, despacio.

Voy a contar que a las cuatro de la mañana, en la oscuridad casi total porque el candil se había apagado, Cailean me dijo, sin previo aviso, sin contexto:

—Mi padre me hablaba de las estrellas porque mi madre no sabía leer. Decía que las estrellas eran para todo el mundo, no como los libros.

—¿La extrañas?

Pausa.

—Sí. Pero menos cada año.

—¿Eso te hace sentir culpable?

—Antes sí. Ahora no.

—¿Por qué?

—Porque entendí que extrañar menos no es querer menos. Es solo que la vida sigue ocupando sitio.

Era verdad.

Después, mucho después, ya casi dormida, le oí decir, en voz muy baja, casi para sí mismo:

—Tenía miedo de que volvieras y no fuera así.

—¿Así cómo?

—Así. Que tú no quisieras. Que yo quisiera. Y nunca los dos a la vez.

—¿Y por qué?

—Porque nunca pasa a la vez.

—A veces sí.

—Sí. A veces sí.

Me dormí con la cabeza en su pecho. Con la cicatriz del abdomen debajo de mi oreja, casi seca, casi blanca, pero ahí, como recordatorio de lo cerca que había estado de no tener este momento. Solo el pecho de un hombre que respiraba despacio y al que llevaba meses queriendo sin nombrarlo.

* * *

Por la mañana me despertó el sonido de la aldea empezando el día.

Cailean ya estaba despierto. Vestido a medias. Sentado en el borde del jergón. Mirándome.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Cuánto llevas mirándome?

—Un rato.

—Cailean.

—¿Qué?

—Eso es un poco raro.

Se rio. Fue una risa corta, baja. La segunda o tercera vez que se la oía.

—Lo siento.

—No lo sientas. Es raro, pero no en mal sentido.

—Aurora.

—¿Sí?

—Tenemos que hablar de algunas cosas. Pero no esta mañana. Esta mañana solo tenemos que ir a ver al jefe. Tú primero. Después yo.

—¿Por qué separados?

—Porque va a notar lo que pasó si entramos juntos. Y prefiero que lo sepa por mí, no por verlo.

Asentí.

—¿Te molesta que lo sepa?

—No. Pero hay maneras de que se entere y otras.

—Vale.

Me senté en el jergón. Cogí mi ropa del suelo y me empecé a vestir.

Cailean me miró vestirme con una atención que no era invasiva, pero que tampoco era casual. Era una atención de quien quiere recordar algo concreto.

—¿Qué? —dije.

—Nada.

—Cailean…

—Es que no había visto a nadie vestirse así desde hace años. Y me gusta.

Le tiré una de las pieles a la cabeza.

Se rio otra vez.

* * *

Salí de la casa grande por la puerta lateral, la que daba al cercado de los caballos, no la principal. Lo cual era un detalle que Cailean me había sugerido y que yo había aceptado porque ya era media mañana y dos personas saliendo a la vez por la puerta principal eran información.

Eilidh estaba en su huerta cuando llegué a la altura.

Me miró.

—Buenos días.

Eilidh me devolvió el saludo en gaélico.

Me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Después hizo el gesto de comer.

—Mucha —dije.

Eilidh asintió. Empezó a caminar hacia su casa.

A medio camino, sin girarse, dijo en castellano dos palabras que se notaba que llevaba semanas guardando para usar exactamente en este momento:

—Ya. Hora.

—¿Perdón?

Eilidh siguió andando sin girarse.

—¡Eilidh!

Se paró. Se giró. Levantó las cejas con una cara de inocencia que no engañaba a nadie.

—¿Qué tan obvio era? —pregunté.

Eilidh extendió las manos, mostrando todo a su alrededor. La aldea entera. Después se señaló a sí misma y los ojos.

Para mí, mucho. Para la aldea, bastante. Para vosotros, todavía no sé.

Suspiré.

Eilidh sonrió. Una sonrisa pequeña, de hermana mayor satisfecha.

Entré con ella.

* * *

Esa tarde fui a ver al jefe.

Estaba sentado en su silla habitual, junto al fuego, con una manta sobre las piernas. Más delgado que la última vez que lo había visto. Más pálido. Pero con los ojos vivos.

Me senté enfrente.

Hablamos lo que podíamos hablar con los gestos de siempre.

Le tomé el pulso. Le miré la lengua. Le pregunté con mímica sobre el dolor, sobre el apetito, sobre el sueño.

Mòrag tenía razón. No era grave. Era el cuerpo de un hombre de sesenta y muchos años que había trabajado mucho y al que el invierno iba a tratar peor que los anteriores.

Le dejé instrucciones que después le traduciría Eilidh a Mòrag. Comida concreta. Caldos. No salir si llovía. Sentarse al sol cuando hubiera sol, que era poco. Lo básico de la geriatría sin geriatría.

Cuando me levanté para irme, el jefe me cogió la muñeca.

Suavemente.

Y dijo dos palabras.

Las mismas dos palabras que me había dicho la primera vez. Las que Eilidh me había traducido como bienvenida a casa.

—Gracias —dije.

El jefe asintió. Soltó mi muñeca.

Salí.

Y aunque no había pasado nada extraordinario en esa visita, salí de la casa grande con la sensación específica de que algo se había cerrado. Algo viejo. Algo que llevaba meses abierto.

No el final de nada.

Solo el cierre de un primer arco.

Y el principio de otro.