Capítulo 22
La cabaña
La cabaña de Lucia era más grande por dentro de lo que parecía por fuera.
Eso lo descubrí esa misma noche. La parte de delante era lo que ya conocía: el fuego central, la mesa, el banco junto a la pared, las hierbas colgadas del techo.
Pero había otra puerta al fondo, una que yo no había abierto cuando había estado allí, y detrás de esa puerta había una habitación más, más pequeña pero ordenada con el mismo criterio meticuloso del resto.
Esa habitación era la biblioteca.
No era una biblioteca como las que yo había conocido. No había estanterías. Había arcones. Tres arcones de madera, alineados contra la pared, con cerraduras de hierro que Lucia abría con tres llaves distintas que llevaba colgadas del cuello.
Dentro de los arcones había libros.
No muchos. Sesenta y dos, los conté el segundo día. Pero cada uno estaba envuelto en tela aceitada, cada uno tenía una marca en el lomo escrita con la letra apretada de Lucia, cada uno había sido elegido por alguna razón.
—Los traje conmigo —me dijo Lucía la primera noche—. Algunos. Otros los conseguí después. Cambié cosas por ellos. Mucho.
—¿Cómo los trajiste?
—No los traje en las manos. Los traje en la cabeza. Y los escribí después.
Tardé en entender.
—¿Los copiaste de memoria?
—Sí.
—¿En serio? ¿Cuántos?
—Treinta y uno de los sesenta y dos. Los otros los conseguí o me los regalaron con los años.
La miré y me sostuvo la mirada.
—¿Cuánto tiempo te llevó escribirlos?
—Doce años. No empecé enseguida. Tardé mucho en aceptar que no iba a volver.
Asentí despacio.
—¿Y por qué lo hiciste?
Se pensó la respuesta.
—Porque si no los escribía, se iban a perder. Y porque escribirlos era la única manera que tenía de seguir hablando con la mujer que era cuando los había leído por primera vez.
Asentí.
Y eso fue lo que entendí esa noche. Que Lucia no me había llamado para enseñarme. Me había llamado porque era la primera vez en cuarenta y ocho años que tenía a alguien con quien podía compartir lo que había hecho con su vida.
Y porque ese alguien la entendía exactamente.
* * *
La rutina con Lucia fue lo que más me sorprendió.
No por austera. Por intensa. Lucia trabajaba muchas horas al día y trabajaba bien.
Tenía su huerta, sus hierbas, sus animales, sus libros.
Distribuía las horas con una precisión casi militar, no por rigidez sino porque había aprendido que esa era la única manera de no perder ninguno de los hilos que sostenían su vida sola.
A mí me incorporó sin ceremonia. Por las mañanas trabajábamos juntas: la huerta, las cabras, el agua, la leña. Por las tardes íbamos a la habitación del fondo y leíamos.
Lucia leía conmigo. No me dejaba sola con los libros, lo cual al principio me molestó y después entendí.
Lucia leía conmigo porque los libros tenían anotaciones suyas en los márgenes, comentarios, correcciones, observaciones que ella había añadido en cuarenta y ocho años de releerlos.
Y porque algunos textos estaban en italiano antiguo o en latín y ella tenía que ayudarme.
Aprendí más en dos semanas allí que en dos meses con Mòrag.
No porque Mòrag enseñara peor. Mòrag enseñaba lo que sabía, que era lo de su tierra y lo de su tradición y lo de sus manos.
Lucia me daba acceso a algo distinto: la visión de una mujer que había vivido en dos siglos, que había leído lo que se leía en Florencia en 1488 y que había pasado cuarenta y ocho años aplicándolo en una cabaña de las Highlands.
Eso no existía en ningún otro sitio. Eso solo existía en su cabeza y en sus arcones.
Y la había echado de menos sin saber que la echaba de menos.
* * *
En la segunda semana, una mañana, Lucia me llamó a la habitación del fondo antes de la hora habitual.
Tenía un libro abierto en la mesa. Un volumen pequeño, encuadernado en cuero gastado, con páginas amarillas y una letra muy menuda. No era de los que habíamos leído antes.
—Este te va a interesar —dijo.
—¿Qué es?
—Un libro que no enseño a casi nadie. Lo escribí yo. Hace muchos años. Sobre los pasos.
Me senté.
—¿Tú lo escribiste?
—Yo lo recopilé. Lo escribí. Es lo mismo. Está hecho de lo que yo sabía cuando crucé y de lo que aprendí después, los años que pasé buscando información donde se podía buscar.
—¿Hay información sobre los pasos?
—Hay. Poca. Mal escondida. La mayoría está en libros de medicina o de filosofía natural, en notas de margen, en cartas entre eruditos que se la mandaban como rareza. Yo junté lo que pude.
—¿Por qué?
Lucia tardó.
—Porque al principio creía que iba a volver. Y para volver hacía falta entender. Y cuando entendí que no iba a volver... seguí escribiendo porque ya estaba metida.
Asentí.
—¿Me lo vas a enseñar?
—Sí. Si tienes paciencia. Es largo y es oscuro y yo escribí mal a propósito, porque no quería que cayera en manos de cualquiera.
—Tengo paciencia.
Empezamos esa tarde.
* * *
El libro decía cosas que coincidían con lo que Lucia me había contado meses atrás. Y decía otras que no.
Coincidía en lo básico. Había lugares en el mundo donde el espacio y el tiempo se cruzaban de manera irregular.
Eran antiguos, anteriores a la memoria escrita.
Algunos estaban marcados con piedras erigidas por gentes ya desaparecidas que sabían dónde estaban y los marcaban como advertencia o como señal, no se sabía bien.
No coincidía en otras cosas.
El libro sostenía que los pasos no eran aleatorios.
Que se abrían y se cerraban según ciclos que era posible calcular, si se sabía cómo.
Que había patrones. Que algunos pasos eran estacionales y otros lunares y otros tenían ciclos largos de décadas o siglos.
Que los pasos no llevaban a cualquier sitio, sino que tendían a llevar a otros pasos, conectándose entre sí en redes que Lucia había intentado dibujar con líneas finas y notas al margen con su letra apretada.
Y decía algo más.
Decía que algunas personas tenían más facilidad para cruzar que otras.
Que esa facilidad estaba relacionada con un estado interior específico que Lucia llamaba transitus y que describía como un momento de desplazamiento total respecto a la propia vida.
El que está completamente roto. El que ha perdido lo que era. El que ya no encaja en su sitio.
Esa gente cruzaba sin saber que cruzaba.
Esa gente, decía el libro, casi nunca podía volver. Porque para volver hacía falta lo contrario. Hacía falta querer estar exactamente donde uno estaba antes. Y el que cruzó porque no encajaba ya no encajaba ni al volver, así que aunque cruzase de regreso, no llegaba al lugar que dejó.
Llegaba a otro sitio.
Siempre a otro sitio.
Cerré los ojos un momento.
—Lucia.
—Sí.
—¿Esto explica si se puede deshacer?
—Espera. Déjame seguir.
Siguió.
Decía que sí, en cierto modo. Que para volver al sitio del que uno había venido, había que reconstruir primero el estado interior que tenía cuando vivía allí. Había que ser, otra vez, la persona que era antes de cruzar.
Eso, decía el libro, era casi imposible.
Porque cruzar cambiaba al que cruzaba.
Y porque el tiempo en el sitio nuevo también cambiaba al que estaba.
Y porque, sobre todo, una vez que uno había visto que se podía vivir de otra manera, no había forma honesta de fingir que no lo había visto.
* * *
Lucia cerró el libro y nos quedamos las dos en silencio.
—Lucia. ¿Por qué me lo enseñas?
Me miró.
—Porque tú estás en el punto en que yo estaba a los seis meses. Y porque a mí no me lo enseñó nadie.
—¿Y por qué crees que estoy en ese punto?
—Porque has venido y ya no piensas en volver de verdad.
Asentí.
—Si cruzara ahora, ¿adónde iría?
—No a Madrid. No al año que dejaste.
—¿A dónde entonces?
—No se sabe. Eso es lo peor. No se sabe hasta que cruzas.
—¿Tú lo intentaste tres veces?
—Sí.
—¿Y dónde acabaste?
—La primera vez, en una playa al norte. En el mismo siglo. La segunda, en un bosque de no sé dónde, en pleno invierno. Casi me muero. Volví a duras penas. La tercera vez no llegué a cruzar. Me quedé delante de la grieta como tú te quedaste delante de la nuestra. Y di la vuelta.
Asentí.
—¿Y después?
—Después dejé de intentarlo. Porque entendí que no me iba a llevar a mi sitio. Y porque cada vez que volvía de un intento, había estado a punto de perder lo poco que tenía aquí. Y a los cuarenta y cinco años, lo poco que tienes pesa más que lo mucho que no vas a recuperar.
Tragué saliva.
—¿Y la palabra?
—¿Qué palabra?
—La última palabra del libro. La que escribiste apretando.
Lucia me miró. Le tembló un milímetro la cara, una cosa muy pequeña.
—¿La leíste?
—Todavía no. Pero sé que está. Las cosas que se escriben apretando se notan.
Lucia tardó.
—Paz.
—Paz.
—Sí.
—¿La escribiste cuándo.
—Hace doce años. Cuando entendí que no iba a intentarlo más.
Asentí.
Nos quedamos en silencio un rato.
Después Lucia se levantó. Fue al arcón. Sacó otro paquete envuelto en tela. Lo dejó en la mesa.
—Esto te lo quedas tú.
—¿Qué es?
—Una copia del libro. Reducida. Lo que vale la pena que sepas. Lo escribí hace dos semanas, cuando supe que ibas a venir.
—Lucia. Es mucho.
—Lo escribí para ti. Es tuyo.
—¿Tú lo necesitas?
—Yo tengo el original. Y la cabeza.
La miré.
—Gracias.
Lucia asintió.
* * *
Llevaba tres semanas en la cabaña cuando llegó el mensaje.
Lo trajo el mismo pastor que había venido a la aldea semanas antes. Llegó al mediodía, con un cordero al hombro para Lucia que era el pago por algo que ella le había curado en el verano, y con un papel doblado en el cinto.
Me lo dio.
Estaba escrito en castellano básico, con errores, con palabras buscadas a propósito. Las erres largas que reconocía. La economía de las frases. Sin firma, pero sin necesidad de firma.
Decía:
Aurora.
Mi tío está enfermo. No grave. Pero el invierno empieza pronto este año. Mòrag dice que necesita más atención de la que ella puede dar. No te pido que vuelvas antes de tiempo. Sí te informo. Decide tú.
Aquí todo igual. Eilidh teje. Sìle pregunta por ti. La yegua sana del todo. Fearchar y yo hablamos ayer por primera vez en años de un asunto que no era pelea. Su hijo Dòmhnall mejora del brazo.
Pienso en ti.
C.
Leí la carta tres veces.
La doblé.
Fui a la habitación del fondo. Lucia estaba allí, leyendo.
Tenía la carta en la mano y el nombre al final, solo una C, y algo en mi cuerpo hizo un movimiento hacia la puerta antes de que mi cabeza hubiera terminado de decidir nada.
—Tengo que volver.
Lucia levantó la vista.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—¿Antes del invierno?
—Sí. Antes del invierno.
Lucia asintió. No me preguntó por qué exactamente. Me miró un momento con esa atención que tenía, la de una mujer que había visto muchas decisiones en su vida y que había aprendido a leer las que pesaban.
—¿Vuelves?
—Sí. Si se puede.
—¿En primavera?
—Sí.
—Te guardaré el otro arcón. El que no hemos abierto todavía.
—¿Hay otro arcón?
—Hay tres. Has visto dos.
La miré.
Lucia sonrió. Una sonrisa pequeña.
—Vuelve. Y te enseño el tercero.
—Vuelvo.
* * *
Esa noche organicé mis cosas.
Eran pocas. La ropa, el saco de Mòrag con las hierbas, el libro pequeño que Lucia me había escrito, mis apuntes en papel rugoso que ella me había dado, con las manos en los bolsillos del abrigo
Por la mañana me despedí.
Lucia me acompañó hasta la puerta. Me dio un cuenco con pan y queso y carne seca para el camino.
—Una cosa más, Aurora.
—Dime.
—Cuando vuelvas con Cailean. No le cuentes todo de lo que has leído aquí.
Me paré.
—¿Por qué?
—Porque algunas cosas, si se las cuentas, van a quitarle el sueño. Y él no necesita esa información para querer lo que quiere.
—¿Y qué le cuento?
—Lo que necesita oír. Que aprendiste. Que tienes lo que necesitabas. Que vas a quedarte.
—¿Voy a quedarme?
Lucia me sostuvo la mirada.
—Eso lo decides tú. Pero yo creo que sí.
Asentí.
Salí.
* * *
Caminé sola de vuelta. Con el saco, con los apuntes, con el broche en la mano, sin guardarlo en el bolsillo todavía.
A media tarde, llegué al límite del territorio MacRae.
No había nadie esperándome. No habían sabido cuándo llegaría exactamente.
Caminé los últimos kilómetros sola.
La aldea apareció en el valle como aparecía siempre, con sus tejados bajos y su humo y sus cabras lejanas y sus caballos en el cercado. La vi desde la loma, igual que la primera vez, meses antes.
Era la misma aldea.
Yo era distinta.
Eso lo sabía sin tener que pensarlo. Lo notaba en cómo miraba lo que tenía delante, en las cosas que veía y que la primera vez no había sabido ver.
En cómo el broche en el bolsillo pesaba de una manera distinta.
En cómo la palabra casa, que llevaba años significando un piso en Carabanchel, había empezado a significar otra cosa.
Empecé a bajar.
A media bajada vi una figura pequeña corriendo hacia mí por el camino.
Sìle.
Me había visto desde lejos. Corría con todo lo que daban sus piernas, con el cabrito de su cabra, que ya no era un cabrito sino una cabra joven, siguiéndola torpemente.
Llegó a mí jadeando.
Se me lanzó a los brazos.
La cogí.
Era más pesada que cuando me había ido. Tres semanas. Pesaba más, era más alta, y olía a humo de su madre y a algo más, a hierbas que se le habían pegado de algún sitio.
Me dijo algo en gaélico, deprisa, sin pararse a buscar las palabras que yo sabía. La frase entera no la cogí. Cogí mi nombre y aquí y ven.
—Hola, cariño.
Me soltó. Me cogió de la mano. Empezó a tirar de mí hacia la aldea.
Nos vio venir Eilidh desde la puerta de su casa. No corrió. Pero algo en su postura cambió cuando me vio.
Al llegar a su altura, me cogió la mejilla con la palma. Solo un segundo.
Dijo dos palabras en gaélico, lentas, pensadas para mí:
—Ya. Aquí.
—Sí.
Me señaló dentro de la casa, después una olla imaginaria, después a mí. He hecho comida. Entra.
Después dijo el nombre de Cailean. Hizo el gesto de la casa grande. Después juntó el dedo índice y el pulgar y los separó. Está con el jefe. Espera un poco.
Asentí.
Entré con ella.
Y aunque la aldea era la misma y la casa era la misma y Eilidh era la misma, algo en mí se relajó de una manera que no se relajaba en ningún otro sitio del mundo, en ninguno de los que había conocido en ninguno de los siglos en los que había estado.
Esa cosa que se relajaba tenía un nombre que llevaba semanas evitando. Y ya no podía seguir evitándolo.