Atrapada en las Highlands Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Yo te enseño lo de aquí. Lucia te enseña lo otro.

Lo entendí entero.

Miré al jefe.

El jefe me sostuvo la mirada con esa neutralidad suya que no era frialdad sino respeto. No me estaba empujando. Me estaba dando otra opción. Otra vez.

—¿Por cuánto tiempo?

Cailean tradujo. El pastor contestó. Cailean tardó un segundo antes de traducir la última parte. Solo un segundo. Pero lo noté.

—Lucia dice que es tu elección. Una luna. Dos. Tres si las necesitas. Y dice también que si decides ir, vayas pronto. Que el camino se cierra cuando empieza la nieve y ella no quiere que llegues con la nieve.

—¿Y la vuelta?

—Cuando tú decidas. Manda un recado con cualquiera que pase, ella avisa al clan.

Asentí despacio.

—Déjame pensarlo.

Cailean tradujo. El jefe asintió.

Salí.

Cailean no salió detrás. Se quedó dentro a terminar lo que tuviera que terminar con el pastor. Eso lo agradecí en silencio mientras cruzaba el centro de la aldea sin mirar a nadie.

* * *

Hablé con Cailean esa tarde.

Me escuchó hasta el final sin interrumpir. Tenía la cara quieta, la cara de escuchar.

Cuando terminé no dijo nada durante un momento.

—¿Quieres ir?

—No lo sé. Cailean, son los libros de Lucia. Es lo que ella sabe de cuarenta y ocho años aquí y de antes de aquí.

—Lo entiendo.

—¿De verdad?

—Sí. Lo que sabes vale más con más. Y Lucia es la única persona que puede contarte algunas cosas.

—Exacto.

—¿Cuándo irías?

—No he dicho que vaya.

—Lo estás pensando.

—Sí.

Asintió.

—Si vas... vuelves.

No era una pregunta. Era algo más parecido a un ancla.

—Sí. Si voy, vuelvo.

—¿Cuándo decides?

—Pronto.

Cailean asintió. Y no añadió nada más, lo cual era exactamente lo correcto. No intentó convencerme de nada. No puso objeciones. Se quedó con la información y la sostuvo sin hacer nada con ella.

* * *

Decidí esa misma noche.

No en una conversación larga conmigo misma. Lo decidí mientras Eilidh me cepillaba el pelo delante del fuego y yo miraba las llamas, y la decisión simplemente estaba ahí cuando la busqué, ya formada, esperando.

—Eilidh.

Levantó la barbilla. ¿Sí?

Hice el gesto de caminar con los dedos, después señalé el norte, hacia la cabaña de Lucia.

Eilidh siguió cepillando. No paró.

Levantó la mano y abrió y cerró los dedos. ¿Cuánto?

Levanté dos dedos: dos lunas. Después el gesto de vuelta y señalé el suelo de la casa.

Eilidh asintió. Siguió cepillando.

Después dijo, en su gaélico lento:

—Math.

Levanté las cejas.

Hizo el gesto de ir y el de volver. Los dos asentidos. Bien que vayas. Bien que vuelvas.

Eilidh terminó la trenza. Me la apoyó sobre el hombro. Después puso los ojos en blanco y dijo el nombre de Cailean con un tono que no necesitaba traducción.

Me reí. Fue una risa corta y real, de las buenas.

Eilidh no se rio. Pero le tembló una cosa muy pequeña en la comisura de la boca.

* * *

El día antes de irme, Mòrag me llamó.

Entré. Se sentó enfrente de mí con ese modo suyo de sentarse que era siempre como ocupar exactamente el espacio que necesitaba y no uno más.

Me puso en la mesa un saco pequeño de tela.

Una palabra en gaélico. Para el camino.

Lo abrí. Dentro había plantas secas envueltas en paños pequeños, cada uno con una marca que era el sistema de Mòrag, las marcas que había aprendido a leer en semanas de trabajar con ella. Hierbas para fiebre, para heridas, para dolor. Las suficientes para dos semanas.

Levanté las cejas hacia ella.

Mòrag asintió. Hizo el gesto de andar, después el de no saber, después señaló el saco. Lo que llevas cuando vas a un sitio donde no sabes lo que te esperas.

Después hizo otra cosa. Se señaló a sí misma, después a mí, después al norte. Después levantó dos dedos juntos, separados, juntos otra vez. Lucia y yo. Distintas. Las dos importan.

—Tapadh leat.

Mòrag asintió. Se levantó. Fue a sus hierbas colgadas y siguió trabajando como si la conversación hubiera terminado, que para Mòrag era exactamente como terminaban las conversaciones importantes.

Cuando salí, ya en la puerta, me dijo, despacio en gaélico, dándome tiempo para cada palabra:

—Vuelve pronto. Tengo cosas que enseñarte.

No esperó respuesta. Siguió con sus hierbas.

* * *

La mañana de la partida, Cailean me acompañó hasta donde el camino se desviaba hacia la cabaña de Lucia.

Caminamos juntos durante una hora. Sin hablar mucho. Había pájaros en los árboles y el suelo estaba cubierto de escarcha que crujía bajo las botas y el sol de la mañana era ese sol de noviembre que ilumina sin calentar, limpio y lateral.

En el desvío nos paramos.

Cailean me miró.

Yo lo miré.

Había cosas que decir. Las dos semanas anteriores habían estado llenas de cosas a medio decir, de conversaciones que empezaban y se cortaban, de momentos que se habían quedado en el borde de algo sin cruzarlo.

No por cobardía. Por timing. Porque el suyo y el mío no siempre coincidían y los dos lo sabíamos ya y lo respetábamos sin que costara tanto como antes.

Pero ahora me iba.

Y él no me había pedido que me quedara. Y yo no le había pedido que me lo pidiera. Y eso, esa cosa que no se había pedido y no se había dado, era exactamente lo que hacía posible que yo me fuera y volviera.

Le puse la mano en el pecho. Plana, encima del corazón, como el gesto que él había hecho el primer día en la grieta, el primer gracias.

Cailean bajó los ojos a mi mano.

Después puso la suya encima.

No me abrazó. No me besó. Puso su mano sobre la mía y la dejó ahí un momento, con ese peso específico que tenían sus manos, y después las dos manos cayeron solas.

—Vuelve.

—Vuelvo.

Me giré y empecé a caminar.

No miré atrás. Pero a los cien metros supe, sin necesidad de girarme, que seguía ahí de pie en el desvío mirando cómo me alejaba.

Lo supe porque lo habría hecho yo.

* * *

Caminé hasta el atardecer.

Con el saco de Mòrag al hombro y el broche de Iseabail en la mano, que lo había sacado para mirarlo y no lo había vuelto a guardar todavía. El nudo céltico apretado. El hueco donde habría habido una piedra.

Pensé en Iseabail, que había muerto en tres días de parto.

Pensé en Lucia, a la que iba a ver, que llevaba cuarenta y ocho años escribiendo libros que nadie iba a publicar en una cabaña cerca de una grieta y que ahora me llamaba a mí.

Pensé en Mòrag, que había perdido a la mujer de su sobrino y casi pierde a su sobrina y que me había puesto la mano en la coronilla como una bendición práctica.

Pensé en Eilidh, que zurcía cosas sin pedir nada y lo daba todo sin anunciarlo. Pensé en Sìle, que me había dado una flor amarilla aplastada del bolsillo.

Pensé en Cailean.

En Cailean pensé muchas cosas y ninguna que pudiera ordenarse bien en palabras todavía, y eso estaba bien. Había aprendido en estos meses que las cosas que no se pueden ordenar en palabras todavía no están listas para ser palabras, y que forzarlas antes de tiempo las rompe.

Guardé el broche en el bolsillo.

A la última luz vi el humo de la cabaña de Lucia en la loma.

Apreté el paso.

Lucia me esperaba en la puerta. Con un cuenco de algo caliente en las manos.

No me dijo bienvenida. No me dijo cuánto se alegraba.

Me dijo, en castellano:

—Llegas justo.

—¿A qué?

—A cenar.

Entré.