Atrapada en las Highlands Capítulo 21
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Capítulo 21

Lo que queda después

Los días que siguieron a la batalla fueron los más silenciosos que había vivido en la aldea.

No un silencio de paz. Un silencio de gente que ha gastado mucho y necesita tiempo antes de volver a hacer ruido.

Las mujeres hablaban bajo. Los hombres trabajaban sin canciones.

Los niños, que siempre habían corrido por el centro de la aldea con los perros detrás, jugaban cerca de las casas y más quietos de lo normal, como si hubieran captado algo del aire que les pedía calma.

Yo trabajaba con Mòrag de sol a sol.

Había seis heridos que necesitaban revisión diaria.

Uno de ellos, el más grave, un hombre llamado Seumas con una herida de espada en el abdomen que había llegado a tiempo, pero por poco, requería atención cada pocas horas.

Me quedaba con él por las noches cuando Mòrag necesitaba dormir.

Le tomaba el pulso, le cambiaba los paños, le daba agua a sorbos cuando estaba bastante despierto para tragar.

Seumas tenía cuarenta años y una mujer que se llamaba Catrìona que llegaba cada mañana con comida para los dos, para él y para mí, y que se quedaba dos horas antes de irse a sus hijos. No me hablaba. No hacía falta. Me ponía el cuenco delante y asentía.

Era suficiente.

* * *

Cailean tardó casi tres semanas en levantarse.

No porque yo se lo impidiera. Sino porque la herida era lo que era, y el cuerpo tardó en decidir que iba a recuperarse antes de ponerse a demostrarlo.

Los primeros días durmió más que estuvo despierto. Cuando abría los ojos me miraba, decía algo corto, y volvía a cerrarlos. La fiebre subía por las noches y bajaba por las mañanas y el tercer día me asusté de verdad, pero Mòrag estaba ahí y entre las dos lo sostuvimos.

El sexto día pidió agua por sí solo. El séptimo dijo que tenía hambre. El octavo discutió con Mòrag sobre si podía sentarse, y Mòrag ganó la discusión con una sola mirada.

Dos semanas después me dijo que se levantaba mañana.

—No —dije.

—Sí.

—Cailean. Te abrí el abdomen hace nada.

Me miró con esa cara suya de te he escuchado, he considerado lo que dices, voy a hacer lo contrario.

—Una semana más —dije—. Y con alguien al lado.

—De acuerdo.

A la tercera semana me encontré su jergón vacío por la mañana.

Salí. Estaba en el cercado de los caballos, y respiraba demasiado rápido para alguien que solo había cruzado la aldea.

Estaba apoyado en la valla con las dos manos, con el peso repartido de la manera específica de alguien que está de pie, pero que sabe exactamente lo que le costaría dejar de estarlo.

Me acerqué despacio.

—Buenos días.

Me miró. Tenía la cara de dos semanas de cama, más delgado de lo que tendría que estar, con la palidez que dejan las fiebres altas cuando se van. Pero estaba de pie y tenía los ojos despejados.

—Buenos días.

—¿Cuánto llevas aquí?

—Un rato.

—¿Te ha costado llegar?

—Más de lo que me habría gustado.

—Eso es lo más honesto que me has dicho en semanas.

Reí y algo en su cara se movió.

La yegua negra se acercó y metió la cabeza por encima para que le rascara la frente. Lo hice.

* * *

La primera vez que Fearchar volvió a mirarme de otra manera fue la noche de la fiebre de Cailean.

Entró en silencio.

Me vio cubierta de sangre seca hasta los codos, sujetando el paño frío sobre el pecho de su sobrino mientras Mòrag preparaba más agua.

No dijo nada, pero dejó un saco de carbón junto al fuego antes de irse.

Fearchar vino a verme cuatro días después de la batalla.

Fue por la mañana, a casa de Mòrag, cuando yo estaba sola preparando una cataplasma.

Entró y se quedó de pie cerca de la puerta.

Era la primera vez que lo tenía tan cerca sin que hubiera más gente.

Era más alto de lo que parecía desde lejos.

Había algo casi cómico en que el hombre que había pasado meses intentando echarme del clan tuviera ahora la misma cara que los padres en urgencias cuando traían a un hijo y no sabían cómo empezar.

Esa cara la conocía bien. Era universal.

No habló enseguida. Miró alrededor y a lo que yo estaba preparando en la mesa. Después me miró a mí.

Dijo algo en gaélico. Corto. Solo cogí una palabra: su hijo. Cogí mi capa, le hice un gesto y fuimos juntos a casa de Eilidh.

Eilidh nos miró entrar y entendió en dos segundos lo que estaba pasando. Se sentó, yo también y Fearchar se quedó de pie. Repitió lo que me había dicho y Eilidh me tradujo con gestos y palabras sueltas, como siempre.

Señaló el brazo de Fearchar. Hizo el gesto de herida e infección. Levantó los dedos: días. Después me señaló a mí con la barbilla.

—¿Su hijo tiene el brazo mal de la batalla y quiere que lo vea yo?

Eilidh asintió.

Miré a Fearchar.

Fearchar me sostuvo la mirada. No había en su cara lo que yo habría esperado encontrar, que era orgullo o incomodidad o resentimiento. Había una cosa más plana y más dura que era simplemente necesidad. La necesidad de un padre que tiene un hijo con el brazo mal y que ha visto lo que yo hago.

—Esta tarde. Que lo traiga.

Eilidh tradujo.

Fearchar asintió. Una vez. Y salió.

Eilidh me miró.

—¿Vas a hacerlo?

—Claro que sí. Es un herido.

Eilidh asintió y me miró de una manera que decía que había entendido algo más de lo que yo había dicho.

* * *

El hijo mayor de Fearchar se llamaba Dòmhnall y tenía veintidós años y la herida en el antebrazo izquierdo estaba infectada de manera seria.

Llevaba días así. Tenía los bordes rojos e inflamados y supuraba y le daba fiebre por las noches, según me fue contando en gaélico despacio mientras Eilidh rellenaba lo que yo no cogía, con una voz que intentaba ser tranquila y no lo conseguía del todo.

Fearchar estaba en la puerta durante toda la cura. No dentro. En la puerta. Sin decir nada.

Yo trabajé y Dòmhnall aguantó bien. Cuando terminé me dijo algo en gaélico.

Eilidh levantó la barbilla hacia mí. Gracias.

—'S e do bheatha —dije.

De nada. Una de las primeras frases que había aprendido.

Dòmhnall me miró con una expresión que en otro contexto habría sido cómica. La expresión de alguien al que le habla en su idioma una persona que no debería saberlo.

Fearchar, desde la puerta, vio eso. No dijo nada, pero algo en su postura cambió un milímetro.

* * *

Esa noche le conté a Cailean lo de Fearchar y su hijo.

Estábamos los dos fuera, después de cenar, sentados en el banco de piedra que había al lado de la casa grande. Había salido una noche clara, poco frecuente en noviembre, con estrellas que en Madrid nunca se veían así, demasiada luz de ciudad.

Cailean escuchó.

—¿El brazo?

—Mal, pero recuperable. Si lo cuida bien.

—¿Se lo dijiste?

—Sí. A través de Eilidh.

—Fearchar no es mal hombre —dijo al cabo de un momento.

Lo miré.

—Ha pasado meses intentando echarme del clan...

—Sí. Pero no porque seas mala. Porque tenía miedo de lo que no entendía. Y porque le convenía usarte.

—¿Crees que va a cambiar?

—No del todo. Pero sí suficiente.

Asentí.

Miramos las estrellas un rato. Cailean las miraba de una manera específica, reconociéndolas, como quien lee algo escrito en un idioma que aprendió de niño.

—¿Las conoces todas?

—Las suficientes para navegar. Me las enseñó mi padre.

—¿Dónde está tu padre?

—Murió. Hace años. Antes que mi tío fuera jefe.

—¿Y tu madre?

—También.

—¿Los dos jóvenes?

—Una enfermedad. Los dos el mismo invierno.

Lo miré.

Cailean seguía mirando las estrellas.

—¿Tienes a alguien más? Aparte de Eilidh y del jefe.

Se tomó un momento.

—Ahora tengo más que antes.

No lo dijo mirándome. Lo dijo al cielo. Pero entendí a quién se refería y de qué manera.

Apoyé la cabeza en su hombro. Él no se movió. Levantó el brazo despacio, el bueno, el del lado sin herida, y me lo pasó por los hombros.

Era la primera vez que su brazo estaba ahí sin que ninguno de los dos tuviera una razón práctica para que estuviera.

Sin herida que curar, sin frío que justificara el gesto, sin urgencia.

Solo su brazo y mi hombro y el peso específico de algo que llevaba meses esperando ser nombrado. No lo nombré. Pero lo sentí entero.

Nos quedamos así.

Las estrellas, arriba. El frío, alrededor y el brazo de Cailean, que pesaba de la manera que pesan los brazos de la gente que no te toca con ligereza.

* * *

Al día siguiente el jefe me llamó.

Cuando entré en la casa grande, Cailean ya estaba allí, sentado a un lado. Mòrag también. Eso me llamó la atención. Mòrag no entraba en la casa grande casi nunca.

Había un hombre más, de pie cerca de la puerta. Lo reconocí. Era uno de los pastores que vivían en el límite norte del territorio, un hombre callado de unos cincuenta años al que había visto dos veces traer un cordero enfermo a Mòrag.

Me senté.

El jefe habló. Cailean tradujo, despacio, con la cara neutra de quien transmite algo sin meter nada propio.

—Este hombre viene de los pastos altos. Pasó ayer por la cabaña de Lucia.

Me incorporé un poco en el banco.

—¿Lucia?

Cailean asintió. Tradujo lo siguiente despacio.

—Lucia le pidió que trajera un recado. Para mi tío. Y para ti.

Miré a Mòrag. Mòrag tenía la cara de quien ya sabía esto antes que yo.

—¿Qué recado?

Cailean tradujo al pastor. El pastor habló largo, en gaélico despacio para que Cailean pudiera seguirlo. Cailean me lo iba pasando por bloques.

—Lucia dice que el invierno va a ser largo. Que ella está bien pero ya no es joven. Que tiene libros en la cabaña que nadie va a leer cuando ella ya no esté.

Pausa.

—Y dice que si tú quieres ir una temporada, antes del invierno duro, ella te enseña lo que sabe. Que no es poco. Y que hay cosas que ella aprendió de su tiempo que solo te las puede contar a ti.

Me quedé quieta.

—¿Solo a mí?

Cailean tradujo. El pastor asintió, dijo una frase, Cailean la devolvió.

—Eso es lo que ella dijo. Solo a ti.

Miré a Mòrag.

Mòrag me sostuvo la mirada. Levantó la mano y se la puso plana sobre el pecho. Después me señaló a mí. Después hizo el gesto de un libro abierto. Y después el gesto de cuidar una planta pequeña, con las dos manos rodeándola.