Atrapada en las Highlands Capítulo 20
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Capítulo 20

Lo que se dice cuando quizás no hay mañana

Eilidh estaba con Mòrag cuando el hombre entró. Mòrag lo interrogó en gaélico. Eilidh escuchó y se giró hacia mí.

Levantó dos dedos. Señaló al norte. Hizo el gesto de vivos con las manos en el pecho. Los dos. Vivos. Cailean los sacó.

Asentí.

Eilidh frunció el ceño. Buscó. Levantó más dedos, señaló al norte de nuevo con la palma extendida. Más. Después dibujó un círculo en el aire, los rodearon. Después hizo el gesto de empujar hacia fuera, Cailean empujando a los demás, y después se señaló a sí misma dentro del círculo. Él se quedó.

—¿Se quedó solo?

Asintió.

Señaló el sol. Lo bajó dos palmos. Después levantó los dedos dos veces.

Dos horas. Quizás más.

Me senté en el banco de Mòrag. No porque quisiera sentarme. Porque las piernas hicieron ellas el cálculo antes que la cabeza.

Eilidh dibujó en el aire árboles altos, después señaló norte, después arriba. El sendero alto. El límite del bosque.

Cerré los ojos un momento.

Dos horas. Si Cailean estaba herido y solo y los Mackenzie seguían en la zona, dos horas eran lo que costaba pasar de quizás a probablemente no.

Abrí los ojos.

—Eilidh.

Eilidh ya tenía la capa en la mano.

* * *

Le dije al jefe que íbamos. No le pedí permiso. Solo se lo dije.

El jefe me miró sabiendo que no iba a poder oponerse a las cosas que no puede impedir.

Asintió. Mandó con nosotras a dos hombres que él mismo eligió, los más rápidos a pie de la aldea.

Iain, el del hermano que Cailean había sacado, y un tal Aonghas que yo no conocía bien y que tenía cara de saber dónde iba.

Salimos los cuatro antes de que se pusiera el sol.

Hicimos el camino corto. El que Cailean me había enseñado en un dibujo meses atrás. Iain conocía el sendero alto y lo seguimos.

No hablamos. Yo iba detrás, con todo el material de curas que había podido acumular, con las piernas funcionando aunque no las sintiera y con la cabeza haciendo dos cosas a la vez.

Una era enfermera. La enfermera calculaba: dos horas y media ya, tres con suerte, herida no especificada, posibilidad de hemorragia, posibilidad de hipotermia con el frío que estaba bajando.

La otra era yo. Yo no calculaba nada. Yo solo repetía una frase en bucle sin elegirla.

Vuelve. Vuelve. Vuelve.

A media hora del bosque el sol ya estaba bajo. Las ramas largas hacían sombras inclinadas que dificultaban ver el suelo. Iain encendió una antorcha. Aonghas otra. Eilidh y yo íbamos en el medio, con la luz a los dos lados.

Entramos en el bosque por el este.

Era un bosque distinto al que recordaba. Más oscuro, más cerrado, con un olor distinto. O quizás era el mismo bosque y era yo la que estaba distinta.

A los diez minutos Iain levantó la mano. Paramos y olfateó el aire. Se agachó. Tocó algo en el suelo con dos dedos. Lo olió.

Sangre.

Eilidh dijo algo en gaélico bajo. Iain le contestó. Mostró el rastro: una mancha, otra a tres metros, otra a seis. Alguien había caminado o se había arrastrado en esa dirección.

Le hice un gesto a Iain para que fuera él delante. Yo iba detrás, con la antorcha cerca del suelo, viendo cada mancha que él me señalaba.

Caminamos veinte minutos por ese rastro.

Veinte minutos en los que conté las manchas y las medí mentalmente. No eran pocas. Eran suficientes para que la enfermera de mi cabeza empezara a calcular volumen perdido y a no decirme el resultado.

Y entonces Iain se paró.

Levantó la antorcha.

Lo vimos los cuatro a la vez.

Detrás de un pino grande, tumbado de lado, con la espalda contra el tronco. Había intentado incorporarse en algún momento, se veía por la postura, y no había podido. Tenía la mano derecha sobre el abdomen. La tela cuadriculada empapada de oscuro.

No el costado. El abdomen. Era una herida distinta. Nueva. Por encima del vendaje que yo le había puesto esa mañana, más arriba, más adentro. Esto no era lo de antes. Esto era otra cosa.

Me arrodillé a su lado.

—Cailean.

No abrió los ojos enseguida.

—Cailean.

Los abrió. Despacio y tardó en enfocar.

—Aurora.

—Aquí estoy.

—No te dije.

—¿Qué?

—Que vinieras.

—Y yo no te dije que te quedaras quieto en la casa.

Hizo una cosa con la boca que no era sonrisa, pero que se le parecía.

—Empate.

—Cállate. No hables todavía.

Le aparté la mano del abdomen con cuidado y le subí la tela. Iain bajó la antorcha mientras Aonghas se puso a vigilar el bosque y Eilidh se arrodilló al otro lado.

Miré la herida.

Estaba por encima de la del costado. Diagonal.

Más profunda. Habían usado algo más largo que un cuchillo, una espada corta o algo parecido.

Mis manos hacían lo que tenían que hacer, limpias, metódicas, mientras la parte de mi cabeza que no era enfermera hacía un ruido que no podía permitirme escuchar todavía.

—Cailean. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—No sé.

—¿Pudiste moverte al principio?

—Un poco.

—¿Y después?

—No.

—¿Cuándo te hicieron esto?

—Después de... que salieran los demás.

Eilidh hizo un sonido bajo. De preocupación.

—Necesito agua —le dije a Iain.

Iain sacó un odre del cinturón y me lo dio.

Limpié lo que podía limpiar. Comprimí. Cailean apretó la mandíbula, pero no se movió. Hice una venda nueva con todo lo que tenía y con dos tiras que Eilidh se arrancó de la capa sin que yo se lo pidiera.

Cuando terminé, Cailean tenía los ojos cerrados.

—Cailean.

Los abrió.

—Tenemos que llevarte.

—Sí.

—¿Podrás aguantar el dolor del traslado?

—Sí.

—Dime la verdad.

Me miró.

—Sí puedo. Si vamos rápido.

Asentí.

Me giré hacia Iain y Aonghas. Les hablé despacio, en gaélico básico con gestos, para asegurarme de que no perdían nada.

—Camilla. Dos ramas largas y una capa. Atadas.

Iain entendió y salió a buscar las ramas.

Me volví hacia Cailean. Le cogí la mano que no estaba sobre el abdomen y me la apretó.

—Cailean. Dime cuánto de malo crees que es.

Esa era mi pregunta para él. No se la habría tenido que hacer porque era la enfermera. Sabía cuánto de malo era, pero quería oírselo decir, no para tener información, sino para que él la dijera y yo la oyera dicha por su propia boca.

—Aurora.

—Cuánto de malo.

Me sostuvo la mirada.

—Bastante.

Asentí.

Y aquí es donde algo en mí se rompió de la manera específica en que se rompe algo que ha estado aguantando mucho. No me derrumbé. No lloré. Solo me dejé sentir, durante el segundo y medio que podía permitirme, lo que llevaba meses sin permitirme sentir entero.

Era miedo.

Tenía miedo. Mucho. Y ya estaba cansada de fingir que no.

—Cailean. Escúchame bien.

—Te escucho.

—No te vas a morir aquí.

—Aurora.

—Cállate. Ahora hablo yo.

Cerró la boca.

—Llevo meses sin terminar de decirte cosas porque esperaba el momento adecuado.

Y resulta que el momento adecuado eres tú en el suelo de un bosque con la segunda herida del día, después de que te dijera que volvieras y que me dijeras que volverías.

Y aquí estás. Pero vas a cumplir lo que me dijiste.

Porque tú no eres de los que prometen cosas y las rompen.

—Aurora...

—No he terminado.

Me sostuvo la mirada.

— No sé cómo llamar a esto todavía. Pero sé que no quiero perderlo.

Y llevo demasiados meses sin decírtelo. Te lo digo ahora porque ahora es cuando hay que decirlo.

No porque te vayas a morir. Porque no te vas a morir.

Te lo digo porque quiero que lo sepas mientras estás despierto y mientras me oyes.

—Aurora.

—¿Qué?

—Yo también.

—¿Tú también qué?

—Lo mismo. Hace meses. Por si acaso.

—Cailean. No.

—Sí. Por si acaso.

Lo miré y continuó con esfuerzo.

—Que los meses desde que llegaste son los mejores que me han pasado. No porque haya sido fácil. Porque contigo nada ha vuelto a sentirse vacío. Que sepas eso.

—Lo sé. Cailean, lo sé…

Sujeté las lágrimas.

Eilidh, detrás de mí, hizo un sonido. Iain y Aonghas volvían con las ramas y tuve que soltarle la mano.

—Ahora a aguantar —dije y asintió.

* * *

Lo cargamos los cuatro en la camilla. Yo iba detrás sosteniéndole la cabeza para que no se le moviera con el camino. Eilidh iba a un lado para iluminar y los hombres llevaban el peso.

Tardamos una hora en llegar a la aldea. Una hora de pasos cuidadosos y de Cailean apretando la mandíbula cada vez que la camilla se inclinaba mal en una raíz. Una hora en la que yo le hablaba bajito en castellano cosas que no eran importantes.

Cailean tenía los ojos cerrados, pero asentía a veces. Pequeñas señales de que seguía conmigo.

A media hora del camino dejó de asentir.

—Cailean.

No respondió.

—Cailean.

Le toqué la cara. Tibia, no fría todavía. Pulso en el cuello: rápido, irregular.

—Iain, más rápido.

Iain entendió por el tono y los hombres apretaron el paso.

* * *

Llegamos a la aldea pasada la medianoche.

Mòrag ya tenía la casa grande preparada. Mesa limpia. Agua hirviendo en tres ollas. Hierbas. Trapos. El cuchillo pequeño y la aguja que habían quedado de la operación de Sìle, hervidos otra vez.

Lo subimos a la mesa.

—Mòrag. Necesito que sujetes los hombros.

Señalé la zona para que me entendiese mejor y Mòrag asintió.

—Eilidh. Tú la Cabeza. Háblale. Que se concentre en tu voz.

Eilidh también comprendió. Estaba pálida, pero no le temblaban las manos. Eso era todo lo que necesitaba de ella en ese momento.

Le abrí el vendaje.

La herida había entrado en diagonal entre dos costillas inferiores y bajaba hacia el ombligo. Profunda. Las próximas tres horas iban a decidirlo todo.

Mòrag me miró desde el otro lado de la mesa.

Asintió una vez y empecé.

* * *

Lo operé esa noche.

No voy a describir las tres horas que siguieron con detalle porque son las tres horas más largas que he vivido en cualquier siglo y porque algunas cosas se viven, pero no se cuentan del todo.

Voy a decir que la herida había rozado el intestino delgado en dos puntos sin perforarlo, lo cual era el mejor escenario posible dentro de los escenarios malos.

Voy a decir que limpié y cerré con lo que tenía y con lo que Mòrag preparó mientras yo trabajaba, las dos en paralelo como llevábamos meses aprendiendo a hacer.

Voy a decir que Cailean perdió el conocimiento en la primera media hora y que eso fue una ventaja para él y un problema para mí porque ya no podía preguntarle cómo estaba.

Voy a decir que en mitad de la operación, cuando se me iba el pulso del cuello a una velocidad que no me gustaba, le hablé en voz alta como si pudiera oírme.

—No te atrevas, Cailean. Me lo prometiste.

Y voy a decir que treinta segundos después el pulso volvió a la velocidad anterior. No sé si por casualidad. No me importó.

Voy a decir que a las dos de la mañana cerré la última sutura y me senté en el suelo al lado de la mesa donde estaba tumbado y me quedé sin hacer nada hasta que Mòrag me puso una mano en el hombro. Solo eso.

Voy a decir que tuvo fiebre alta durante cuatro días.

Que el tercero fue el peor. Esa noche, cuando le subió a más de lo que el cuerpo podía sostener mucho tiempo, Mòrag y yo trabajamos sin descanso con paños fríos y con todo lo que teníamos.

Eilidh no se acostó. Sìle vino a media noche y nos trajo agua del arroyo.

Fearchar apareció en la puerta una vez. No entró.

Solo miró. Después dijo algo a Mòrag y se fue.

Mòrag me lo contó al día siguiente. Que si necesita algo, lo manda buscar.

Voy a decir que el cuarto día, al amanecer, la fiebre bajó.

Voy a decir que el quinto día Cailean abrió los ojos. Me preguntó qué día era y le dije que no lo sabía exactamente mientras lloraba emocionada. Él sonrió.

Y voy a decir que el día que se incorporó por primera vez, apoyado en la pared, con las piernas todavía flojas, me miró desde la cama y dijo:

—Lo que dijiste en el bosque. Lo recuerdo todo. Me ha acompañado todo este tiempo.

—A mí también…

—¿Lo decías en serio?

Lo miré.

—Cada palabra. Cailean… Cada jodida palabra.

Cailean asintió y me miró como no lo había hecho hasta entonces.