Atrapada en las Highlands Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Los Mackenzie habían entrado por el norte, pero se habían encontrado con más resistencia de la esperada. Había habido una pelea seria en el límite del bosque. Los Campbell se habían quedado atrás, lo cual significaba que el acuerdo entre los dos clanes no era tan sólido como parecía.

El jefe estaba bien. Fearchar estaba bien. De Cailean no había noticias todavía.

Ese todavía duró cuarenta minutos que no voy a describir porque no tienen descripción útil. Después llegó él.

Entró en la casa grande apoyado en el hombro de un hombre joven que no conocía. Tenía el costado izquierdo empapado. No el mismo sitio de la primera vez. Más arriba. Más cerca de cosas que no podían estar dañadas.

Me levanté del suelo donde estaba arrodillada. Mòrag ya estaba a su lado y Cailean me miró.

—Estoy bien.

—Cállate y siéntate.

Se sentó.

Le quité la tela del costado. La herida era larga, pero no profunda. Había sangrado mucho, demasiado para su aspecto, lo cual significaba que llevaba un rato sin atenderla.

—¿Cuánto tiempo llevas así?

—Un poco.

—¿Cuánto es un poco?

—Desde antes de amanecer.

—Cailean. Son dos horas.

—Había cosas que hacer.

—¿Con la herida abierta?

—Sí.

—Eres un idiota.

—Probablemente.

Limpié. Desinfecté con lo que pude, que era casi nada y cerré con lo que tenía a mano. Lo hice rápido y bien, con la calma profesional que aparecía sola cuando más falta hacía.

Cailean no se quejó. Miraba el techo.

Cuando terminé le puse la mano en la frente. Sin fiebre. Bien.

—Túmbate.

—No puedo. Todavía hay...

—Túmbate, Cailean.

Me miró y se tumbó.

Lo tapé con una tela. Le puse la mano en el hombro un momento, solo un momento, y después fui al siguiente herido porque había tres más esperando.

Mòrag pasó a mi lado y me dijo dos palabras en gaélico.

Eilidh las tradujo desde la puerta:

—Bien hecho.

No supe si hablaba de los puntos o de haberlo tumbado.

Probablemente de las dos cosas.

Salí un momento a respirar.

La aldea estaba en pausa. Los hombres del perímetro seguían en sus puestos. Las mujeres habían sacado a algunos niños a buscar agua. Mòrag se había quedado dentro vigilando a Cailean y a otro herido más leve que dormía en el rincón.

Vi venir a un hombre corriendo desde el camino norte.

No era cualquier hombre. Era Iain, uno de los que había salido al amanecer con Cailean. Llegó hasta el centro de la aldea con la cara que tienen los que traen una noticia que no han querido ser ellos los que la trajeran.

Lo siguió Fearchar, también corriendo, desde la dirección contraria.

Hablaron. Rápido. En gaélico cerrado del que solo cogí dos palabras: bosque y dos.

Me acerqué.

—¿Qué pasa?

Fearchar me miró. No con hostilidad. Con la incomodidad específica de un hombre que tiene que dar una noticia a una persona a la que preferiría no dársela.

Llamó a Eilidh con un grito corto. Eilidh salió de su casa y vino. Fearchar le habló a ella, deprisa. Eilidh escuchó. Cuando se giró hacia mí, lo hizo despacio, eligiendo palabras.

Levantó dos dedos. Señaló al norte. Hizo el gesto de árboles altos.

—Dos. Bosque.

—¿Nuestros?

Asintió.

—¿Heridos?

Eilidh asintió otra vez.

Después levantó cinco dedos. Señaló al norte de nuevo, con la cara seria. Después seis dedos. Y después subió la mano, indicando o más.

—¿Cinco Mackenzie? ¿Seis?

—Sì.

Después se llevó la mano al pecho y se señaló a Iain. Después juntó dos dedos. Hermano.

—¿El hermano de Iain es uno de los dos atrapados?

Asintió.

Levantó tres dedos, después juntó las muñecas, en el gesto que ya conocía. Primo. Después señaló hacia la casa de Beathag.

—¿Y el primo de Beathag?

Asintió y tragué saliva.

—¿Qué van a hacer?

Eilidh tradujo la pregunta a Fearchar. Fearchar miró hacia la casa grande, donde estaba Cailean tumbado. Después hizo un gesto que entendí sin traducción: el sol bajando, después la oscuridad, después la mano cortando en el aire. Si no salimos antes de que oscurezca, no salen.

Me giré.

Entré en la casa grande.

Cailean tenía los ojos abiertos. Había oído algo. Quizás el grito de Fearchar. Quizás solo los pasos.

—¿Qué pasa?

—Nada que tengas que resolver tú.

—Aurora.

—Cailean.

Se incorporó sobre el codo y me miró.

—Dímelo.

—No, Cailean. Tú no te mueves de aquí. Mírate.

Apartó la tela. Miró el vendaje y volvió a mirarme a mí.

—¿Cuántos hombres atrapados?

—Cailean...

—¿Cuántos?

—Dos. Cinco o seis Mackenzie en el bosque.

Cerró los ojos un momento.

—¿Quiénes salen a por ellos?

—No lo sé. Fearchar está organizando.

—Fearchar no conoce ese tramo del bosque como yo.

—Cailean.

—Aurora.

—No.

—Aurora. Si los pierdo a los dos hoy, y podía haber salido, no voy a vivir con eso.

—Y si sales tú con esa herida y no vuelves, ¿con qué vivo yo?

Se quedó mirándome y no dijo nada durante unos segundos.

—Iré con cuatro hombres. No más. Conozco un sendero que sale por arriba. Si llegamos antes de que oscurezca, los sacamos y volvemos antes de medianoche.

—Cailean. Te abrieron el costado hace dos horas.

—No el costado. La piel. No tocaste nada dentro.

Asentí. Era verdad en lo que respectaba a esa herida. Solo en eso.

—Eso es una manera de decirlo que no te corresponde a ti.

Me sostuvo la mirada.

Y yo en ese momento vi exactamente lo que tenía delante.

Vi a un hombre que llevaba meses ofreciéndome que confiara en él.

Que me había contado lo de Iseabail aunque no quisiera.

Que había aprendido a decirme cosas antes de hacerlas.

Y que ahora, por primera vez desde la grieta, estaba pidiéndome que le dejara hacer lo que él consideraba que tenía que hacer aunque me costara.

Podía obligarlo a quedarse. Y lo odiaría por ello.

O podía decir que sí. Y él se iría. Y quizás también lo perdería, pero al menos como él era.

Tragué saliva.

Miré el vendaje. Miré su cara. Miré el vendaje otra vez.

—En mi siglo esto se llama alta voluntaria y el médico firma un papel que dice que no se hace responsable.

—¿Qué?

—Nada. Que eres un idiota.

—Ya lo dijiste antes.

—Sigue siendo verdad…

Tragué saliva.

—Cailean. Si vas, vuelves.

—Vuelvo.

—Repítelo.

Me sostuvo la mirada.

—Vuelvo.

Asentí.

—Lleva más de cuatro hombres. Por favor…

—No puedo. Si vamos muchos nos ven.

—Si en cuatro horas no estás aquí, voy a buscarte. Que lo sepas.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo harías. Y por eso vuelvo.

Se incorporó del todo. Despacio. Cogió la tela cuadriculada del suelo y se la puso por encima del vendaje. Caminó hasta la puerta sin que las piernas le temblaran, lo cual era un milagro pequeño que duraría exactamente hasta que el aire de fuera lo despertara del todo.

En la puerta se paró para girarse hacia mí.

—Aurora.

—¿Sí?

No dijo nada durante un segundo.

Después dijo, en su castellano más lento, las erres marcadas:

—Si no vuelvo. No vayas tú al bosque sola.

—Pienso ir.

—Aurora.

—Cailean. Si no vuelves, voy. Advertido quedas.

Me sostuvo la mirada y después asintió. Una vez. Y salió.

Los oí coger los caballos. Cuatro caballos saliendo por la puerta norte de la aldea. El sonido se alejó deprisa y desapareció.

Mòrag salió de su rincón y me observó durante una décima de segundo. No me dijo nada. Me puso un cuenco de agua en la mano y señaló al herido que tenía detrás, el otro, el que necesitaba que le revisara el vendaje.

Eso fue lo que pude hacer.

Trabajé y conté las horas.

* * *

A las cuatro horas exactas Cailean no había vuelto.

Había vuelto un hombre. Uno solo, que tenía una herida en el muslo y la cara de alguien que viene a contar algo que va a doler oír…

Mòrag lo atendió. Le hizo preguntas. El hombre habló rápido. Mòrag escuchó y después se giró hacia mí. Su cara me dijo lo que su gaélico no podía decirme bien y corrí a buscar a Eilidh.