Capítulo 19
Lo que viene del norte
Los Mackenzie cruzaron el límite del territorio MacRae un martes.
Lo supe porque Eilidh entró en casa de Mòrag a media mañana con la cara descompuesta y dijo una sola palabra en gaélico que yo ya conocía. La misma que había aprendido el día de los jinetes, semanas atrás.
Nàmhaid.
Enemigo.
Mòrag cerró la olla que estaba removiendo y me señaló el banco.
—Quédate.
Salió y obedecí.
Desde dentro oía el movimiento de la aldea cambiando de ritmo, ese sonido específico de gente que redirige su energía de golpe hacia una sola cosa. Voces. Pasos rápidos. El sonido de algo pesado arrastrándose, madera probablemente, reforzando algo.
Esperé veinte minutos.
Después salí porque no podía más.
* * *
En el centro de la aldea el jefe hablaba con seis hombres. Cailean estaba entre ellos. También Fearchar, lo cual era una combinación que en ese momento no me gustó, pero que no podía analizar porque había demasiadas cosas pasando al mismo tiempo.
Vi a Eilidh con un grupo de mujeres, organizando algo con sacos y con niños. Me acerqué.
Levanté la barbilla. ¿Qué pasa?
Eilidh me miró. Levantó las dos manos abiertas dos veces. Veinte. Después un poco más con los dedos.
—Mackenzie. Veinte. Quizás más.
Después dibujó una línea en el aire con la mano y la cruzó con la otra. Cruzaron el río.
—¿El que era el límite?
Asintió.
—¿Vienen aquí?
Eilidh inclinó la mano de un lado a otro. Quizá.
—¿Cuánto tiempo?
Eilidh hizo el gesto de cabalgar rápido, después la posición del sol cuatro horas más arriba. Después el gesto de andar, después un día entero.
Medio día si venían a caballo. Uno andando.
Miré hacia donde estaba Cailean. Seguía hablando con el jefe y los hombres. Fearchar decía algo con los brazos abiertos, señalando hacia el norte. Cailean escuchaba con la cara que ponía cuando escuchaba algo con lo que no estaba de acuerdo y todavía no había decidido cómo decirlo.
Me acerqué al grupo.
Fearchar me vio llegar y dijo algo en gaélico que hizo que dos hombres me miraran. No me miró a mí. Le habló al jefe. El jefe le contestó con una frase corta.
Cailean se giró hacia mí.
—Aurora. Vuelve con Mòrag.
—¿Qué pasa?
—Ahora no.
—Cailean.
—Ahora no —repitió.
El tono no era el de las conversaciones entre nosotros. Era el otro tono, el del hombre que mandaba después del jefe, y lo había usado pocas veces conmigo, pero cuando lo usaba era porque había algo que no podía gestionar a la vez que me gestionaba a mí.
Volví con Mòrag.
* * *
Dos horas después Cailean entró en casa de Mòrag y esta lo miró un momento antes de salir, lo cual no era sutil, pero era eficiente.
Nos quedamos solos.
Se sentó. Yo ya estaba sentada.
—Cuéntame.
—Los Mackenzie no vienen solos. Vienen con otros. Campbell.
—¿Dos clanes juntos?
—Sí.
—¿Eso es muy malo?
—Sí.
—¿Cuántos en total?
—Treinta. Quizás cuarenta.
La aldea entera eran unas sesenta personas, contando mujeres, niños y viejos. Los hombres en edad de pelear serían veinte, veinticinco.
—¿Y qué quieren?
Cailean tardó.
—Mi tío tiene un papel. Una escritura. Sobre el paso del río y los caladeros del norte. Los Mackenzie quieren ese papel.
—¿Y no se lo da?
—Si lo da, se lo da todo.
—¿Por qué ese papel y no otro? —Porque ese papel tiene firma de un noble del rey. —Pausa—. Con ese papel, los MacRae tienen derecho legal sobre el paso. Sin él, solo tienen costumbre. Y la costumbre no vale en un tribunal.
—¿Hay tribunales aquí?
—Hay hombres con poder suficiente para decir quién tiene razón. Es lo mismo.
—¿Y entonces vienen a tomarlo?
—Si no lo entrega, sí.
—¿Y lo va a entregar?
—No.
Asentí.
—¿Y los aliados? ¿Habéis pedido ayuda a otros clanes?
—Sí. Pero tardan días. Los Mackenzie llegan antes. Mañana al amanecer. Quizás antes.
Silencio.
—¿Tenemos suficiente guerreros?
—Si no son demasiados.
—¿Y si son demasiados?
No contestó.
—De acuerdo. ¿Qué necesitas de mí?
—Que estés dentro con Mòrag. Que todo esté preparado. Que no salgáis.
—De acuerdo.
Cailean me miró. Había algo más.
—Hay otra cosa.
—Dime.
—Fearchar habló con el jefe esta mañana. Antes de la reunión.
—¿Y?
—Dijo que la manera más rápida de parar a los Mackenzie sin pelea es darles algo que quieran más que el papel.
Lo miré.
—¿Algo como qué?
Cailean no apartó los ojos de mí.
—Los Mackenzie llevan semanas preguntando por ti. Por la sanadora extranjera. Fearchar dijo que si el jefe te entrega, los Mackenzie se van sin sangre.
Mi primer pensamiento fue que llevaba dos meses en las Highlands sin ducharme bien y con vaqueros rotos y que los estándares de los Mackenzie eran llamativos. Mi segundo pensamiento fue que eso no era gracioso. El segundo pensamiento tenía razón.
El silencio que siguió fue de los que se instalan en el estómago.
—¿Me quieren a mí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque curar bien es poder. Y el poder que tiene el enemigo es poder que tú no tienes.
—¿Y el jefe qué dijo?
—Dijo que no?
—¿Y Fearchar?
—Que era la solución. Que una mujer no vale lo que una guerra.
Noté algo frío moviéndose por el esternón. No era miedo exactamente. Era algo más antiguo y más serio.
—¿Y tú? —dije—. ¿Qué dijiste tú?
Cailean no apartó los ojos.
—Dije que el que volviera a decir eso delante de mí iba a tener un problema conmigo.
—¿Delante del jefe?
—Delante del jefe y de todos los que estaban.
—¿Y Fearchar?
—No dijo más.
Asentí. Despacio.
—Me lo estás contando…
Una pausa.
—Y antes no me lo habrías contado.
—No.
—¿Por qué ahora?
—Porque me dijiste que te lo dijera. Y porque tienes derecho a saber lo que se decide sobre ti aunque no pueda cambiarlo.
Lo miré.
Era exactamente lo que le había pedido semanas atrás. No que resolviera las cosas. Solo que me las dijera.
—Gracias.
Asintió.
Se levantó quedándose de pie un momento.
—Aurora. Esta noche... puede ser larga. Si pasa algo...
—Cailean. No termines esa frase.
Me miró.
—¿Por qué?
—Porque si la terminas tengo que contestarla. Y no quiero contestarla esta noche. Esta noche necesito tener la cabeza en lo que viene, no en despedidas.
—De acuerdo.
—¿Vas a estar bien?
—No. —Pausa—. Pero es como las otras veces.
—¿Y las otras veces saliste bien?
—Las suficientes.
Asentí y se fue.
* * *
Mòrag y yo trabajamos el resto del día sin parar.
Preparamos vendajes, hirviendo telas en dos ollas grandes.
Preparamos cataplasmas de las plantas que teníamos.
Puse en orden todo lo que puede, que era poco, distribuyendo por prioridades.
Mòrag preparó sus remedios con esa eficiencia silenciosa que era su manera de funcionar cuando las cosas eran serias.
A media tarde vino Sìle. Entró sin llamar, como hacía siempre, y se quedó en la puerta mirando los preparativos con los ojos muy abiertos.
Me acerqué y me abrazó fuerte. Con los brazos cortos de los niños que abrazan con todo el cuerpo. Le devolví el abrazo.
Mòrag le dijo algo en gaélico. Sìle la miró, me miró a mí, asintió y salió.
Levanté las cejas hacia Mòrag.
Mòrag señaló la puerta, después a la madre de Sìle imaginaria, y después un sol naciendo. Le dije que vaya con su madre. Que mañana puede venir si todo está bien.
—¿Va a estar todo bien?
Mòrag me miró. Levantó la mano y la inclinó hacia un lado.
Algunas veces sí.
* * *
Eilidh y yo estuvimos despiertas en la oscuridad, sin hablar, escuchando los sonidos de la aldea. Los hombres en el perímetro. El fuego grande que habían encendido en la entrada para ver si venía alguien por la noche. Los caballos inquietos en el cercado.
A las dos de la mañana, Eilidh dijo en voz muy baja, en castellano de tres palabras:
—Aurora. Tú. Yo.
Después hizo el gesto de andar y señaló el sur.
—¿Si pasa algo malo, tú y yo nos vamos al bosque del sur?
Eilidh asintió.
Lo pensé un segundo.
—No.
Eilidh se quedó quieta.
Me señalé a mí, después a la casa de Mòrag imaginaria, después hice el gesto de curar.
—Yo me quedo. Los heridos.
—Aurora...
—Eilidh. Es lo que soy aquí.
Silencio largo.
Eilidh asintió en la oscuridad. Después dijo el nombre de Cailean. Después el gesto de hablar. Después me señaló a mí, después el sur.
—Si Cailean dice que me vaya, me voy. ¿Eso?
Asintió.
—Eso lo decide él si llega el momento. Y yo.
Eilidh no dijo más.
A las cuatro de la mañana oímos los primeros caballos.
No venían de la entrada principal. Venían del norte, por el flanco este, y eran muchos. Demasiados para ser los aliados que el jefe había mandado a buscar. Demasiado pronto.
Me levanté y me puse el abrigo a toda prisa.
Mòrag llamó a la puerta antes de que yo abriera. Llevaba su capa y los sacos preparados.
Nos miramos. No dijimos nada y salimos. Ambas sabíamos lo que teníamos que hacer.
* * *
Lo que pasó en las siguientes tres horas no lo voy a contar en orden porque no lo viví en orden. Lo viví en fragmentos, cada uno completo en sí mismo, sin saber qué estaba pasando en el fragmento de al lado.
Vi a Cailean una vez, al principio, cruzando el centro de la aldea hacia la entrada norte con la espada en la mano y cuatro hombres detrás. Me miró. Yo levanté la mano y asintió sin detenerse.
Eso fue todo.
Después comenzaron a llegar heridos. Uno, dos, cuatro, seis. Mòrag y yo trabajamos en la casa grande del jefe, que era la más sólida, con la puerta cerrada y dos hombres fuera. Los heridos llegaban solos o traídos por otros. Con algunos podíamos hacer algo. Otros no.
Al hombre que no pudimos hacer nada le sostuve la mano mientras se iba. Era mayor, cincuenta y tantos años, con una herida en el pecho que no tenía solución posible en ningún siglo. Me miró y murió sin soltarme la mano.
* * *
Amaneció.
Con la luz llegaron noticias fragmentadas que Eilidh, que había estado yendo y viniendo toda la noche, me traía en frases cortas, con gestos.