Capítulo 18
Lo que no se perdona fácil
Fearchar empezó despacio.
Eso era lo más peligroso de él. No era un hombre de movimientos bruscos. Era un hombre que sembraba cosas en conversaciones pequeñas, en comentarios de pasada, en preguntas que parecían inocentes y que dejaban una idea instalada sin que nadie pudiera señalar exactamente cuándo había entrado.
Lo fui viendo durante dos semanas.
Una mañana, mientras yo cruzaba el centro de la aldea con Mòrag, Fearchar habló con un grupo de hombres y uno de ellos me miró de una manera que la semana anterior no habría mirado. No con hostilidad abierta. Con algo más vago y más difícil de combatir, que era duda.
Otra tarde, en el horno comunitario donde las mujeres cocían el pan, Beathag, la chica joven de cara redonda, no me saludó. Llevaba semanas saludándome. Ese día miró hacia otro lado.
Dos mujeres mayores dejaron de hablar cuando pasé a su lado. Una se tocó el amuleto de hierro que llevaba al cuello.
Otra escupió al suelo después de mirarme.
No hacía falta entender el idioma para entender eso.
Mòrag lo veía también. No decía nada. Pero cada vez que Fearchar aparecía en algún sitio donde estábamos nosotras, Mòrag se ponía en una postura específica, los hombros ligeramente adelantados, la cabeza alta, que era la postura de alguien que lleva la contraria sin abrir la boca.
Se lo conté a Cailean una noche.
—¿Y qué vas a hacer?
—Todavía no sé.
—Cailean. Beathag lleva tres días sin mirarme. La semana pasada me enseñó a hacer el nudo del delantal.
—Lo sé.
—¿Y saberlo es suficiente?
Me miró.
—No. Pero actuar pronto es peor que esperar.
—¿Por qué?
—Porque si yo enfrento a Fearchar ahora, él dice que lo hago por ti. Y eso te hace más débil, no más fuerte.
Lo pensé.
Era lógico. Era exactamente la lógica de alguien que conocía cómo funcionaba su mundo. Y aun así me costaba sentarme a esperar mientras alguien deshacía lentamente lo que yo había tardado semanas en construir.
—¿Cuánto tiempo?
—No mucho más.
—Eso me lo dijiste la semana pasada.
—Lo sé.
No añadí nada. Él tampoco.
* * *
Lo que hizo Cailean lo descubrí por Eilidh.
No por él.
Eilidh vino a buscarme al mediodía, diez días después de esa conversación. Tenía la cara de los días complicados, esa cara suya que era más seria que de costumbre y que significaba que había estado callando algo y ya no podía más.
Me señaló el banco.
Me senté.
Eilidh se sentó enfrente. Juntó las manos sobre la mesa. Habló en gaélico despacio, con las palabras que ya sabía que yo entendía, y se ayudó de gestos para las que no.
—Mi hermano. Habló con el jefe. —Levantó tres dedos—. Tres días.
—¿Tres días?
Eilidh asintió.
—¿De qué?
—De ti. Y de Fearchar.
Hizo el gesto de pensar, después el de hablar entre dos, después una solución pintada en el aire con las dos manos juntándose.
—¿Qué solución?
Eilidh tardó. Levantó las manos como pidiendo paciencia mientras buscaba.
—Fearchar tiene hijo menor. Mac. Joven. —Levantó las dos manos abiertas y después siete dedos.
—Diecisiete años.
—Sí.
Se quedó mirándome. Esperó. Yo no entendí del todo. Hizo entonces el gesto que no quería hacer: juntó las manos por las muñecas como atándolas, y después se señaló a mí.
Me quedé mirándola.
—Que me case con el hijo de Fearchar.
Eilidh asintió.
—¿Y Cailean estuvo de acuerdo?
Eilidh no contestó enseguida. Hizo el gesto de hablar y después abrió las manos en el aire.
—Dijo que es tu elección.
—Eilidh. ¿Cailean dijo que sí?
Eilidh tardó. Después negó con la cabeza despacio. Y después la inclinó hacia un lado, como diciendo tampoco dijo que no.
Me levanté.
No dije nada. Cogí el abrigo del clavo y salí.
* * *
Cailean estaba en el cercado de los caballos. Otra vez. El cercado de los caballos era el sitio donde Cailean procesaba las cosas, lo había entendido ya. Era el sitio donde iba cuando necesitaba hacer algo con las manos mientras la cabeza trabajaba.
Me vio llegar y se quedó quieto.
—¿Es verdad?
No preguntó qué. Lo sabía.
—Aurora...
—Sí o no.
Pausa.
—El jefe lo propuso. No yo.
—¿Pero no dijiste que no?
—Dije que era tu elección.
—Cailean. —Bajé la voz porque había dos hombres al otro lado del cercado—. Me llevas dos meses diciéndo que las decisiones sobre mí son mías. Y cuando el jefe propone casarme con el hijo de un hombre que me quiere fuera de aquí, tú dices que es mi elección y te callas.
—Sí.
—¿Y no se te ocurrió venir a contármelo?
—Iba a contarlo.
—¿Cuándo?
—Cuando tuviera más claro cómo decirlo.
—Llevas tres días.
—Lo sé.
—Tres días sabiendo esto, y mientras tanto yo estaba con Mòrag aprendiendo plantas de invierno sin saber que había una conversación sobre mi vida matrimonial a mis espaldas.
—No es una conversación sobre tu vida. Es una propuesta que puedes rechazar.
—¿Rechazar cómo? ¿Sola? ¿Sin saber que existe?
No contestó.
—¿Y tú? —Bajé todavía más la voz—. ¿Qué eres tú en todo esto? Porque yo creía que éramos algo, Cailean. No sé qué exactamente. Pero algo. Y algo no se queda callado tres días mientras el jefe habla de casarte con otra persona.
—Yo no me caso con nadie.
—Ya lo sé. Yo soy la que se casa.
—Tú no te casas con nadie si no quieres.
—¡Ese no es el punto!
Los dos hombres al otro lado del cercado levantaron la cabeza. Bajé la voz hasta casi nada.
—El punto es que otra vez tomaste una decisión sobre mí sin decirme nada. Y esta vez no es lo del jefe ni lo de la casa ni lo del idioma. Esta vez es algo que me afecta directamente y que tiene que ver con nosotros y con lo que somos, y tú te quedaste callado.
Cailean tenía la cara muy quieta. Demasiado quieta.
—Sí —dijo al fin.
—¿Sí qué?
—Sí me callé. Sí tenía que decirlo. Sí hice mal.
—¿Por qué lo hiciste?
Tardó mucho.
—Porque si te lo decía... tenía que decir también lo que pienso yo. Y lo que pienso yo no cambia lo que tienes que decidir tú. Y no quería que mi opinión te llevara a un lado.
Lo miré.
—¿Y qué piensas tú?
—Que no quiero que te cases con el hijo de Fearchar.
—¿Por qué?
—Porque el hijo de Fearchar tiene diecisiete años y tú treinta y uno. Porque Fearchar nunca va a quererte dentro del clan de verdad. Porque...
Se paró.
—Porque qué.
Me miró.
—Porque yo...
Cerró la boca.
Abrió los ojos. Los cerró.
—Cailean. Termina la frase.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque si la termino, ya está dicha. Y tú no estás todavía en el sitio donde puedo decirla.
Me quedé mirándolo.
Pensé en Lucia. En lo que me había dicho sobre las grietas. Si entras un paso, ya entraste. Cailean tenía su propia versión de eso. Su propia grieta que no quería cruzar hasta saber que yo estaba al otro lado.
Y yo estaba furiosa con él. Y también entendía exactamente lo que hacía y por qué lo hacía. Y seguía enfadada. Solo que ahora entendía por qué.
—Voy a decirle al jefe que no —dije—. Yo. Hoy.
—De acuerdo.
—Y después vamos a hablar tú y yo. De verdad. De lo que somos y de lo que no somos y de cómo se hacen las cosas entre nosotros. Porque así no funciona.
—De acuerdo.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
—No.
—¿Y qué más?
— No en todo. Pero sí en lo importante.
Tardé un momento.
—Bien.
Me giré para irme.
—Aurora.
Me paré. No me giré.
—Lo siento.
Era la primera vez que se lo oía decir en cualquier idioma.
No contesté. Seguí caminando, pero lo guardé. Lo guardé en el mismo sitio donde guardaba las otras cosas que todavía no sabía qué hacer con ellas, y ese sitio estaba cada vez más lleno y en algún momento iba a tener que vaciarlo.
* * *
El jefe me recibió esa tarde. Entré sola. Sin Cailean, sin Mòrag, sin Eilidh.
El jefe levantó la vista cuando entré. Algo en su cara registró que yo venía sin escolta y que eso significaba algo.
Me senté enfrente.
Hablé en castellano y gaélico a la vez, despacio, con los gestos que necesitara.
—No voy a casarme con el hijo de Fearchar.
Hice el gesto de atar muñecas, después negué con la mano.
—No voy a casarme con nadie que no elija yo.
Me señalé a mí, después fingí el gesto de coger algo del aire y soltarlo, y después negué otra vez.
—Y si eso es un problema para el clan, lo entiendo. Pero tenía que decírselo yo.
Me señalé el pecho, después a él, después la línea recta entre los dos.
El jefe me escuchó. No entendió todas las palabras, pero entendió suficiente.
Cuando me levanté para irme, el jefe dijo algo. Corto. Dos palabras y una más.
Fui a buscar a Eilidh para que me lo tradujera.
Eilidh lo escuchó. Pensó un momento.
Después se señaló a sí misma, asintió, y me señaló a mí.
—Ella sabe —dijo, en su gaélico lento—. Tú. Sabes.
—¿Eso es todo?
Eilidh asintió. Me señaló la cabeza, después el corazón, después juntó los dedos. Sabes lo que quieres. Es suficiente.
Asentí.
* * *
La conversación con Cailean ocurrió esa noche.
Tarde. Cuando la aldea ya dormía y el fuego de Eilidh estaba casi muerto y Eilidh había tenido la delicadeza de quedarse dormida de verdad o de fingirlo muy bien.
Cailean vino y nos sentamos los dos en el banco, el uno al lado del otro, con el fuego bajo y el frío entrando por los bordes de la puerta.
—Empieza tú.
Se tomó un momento.
—No sé hacerlo de otra manera —dijo al fin, despacio, con la voz baja—. Toda mi vida he tomado decisiones así. Solo. Sin decir. Porque decir antes de tomar era debilidad. Y la debilidad aquí cuesta vidas.
—Yo no soy una guerra, Cailean.
— Lo sé. Pero cuesta dejar de hacerlo.
Lo procesé despacio.
—¿Puedes aprender a distinguirlo?
Tardó mucho.
—No lo sé. Puedo intentar.
—¿Quieres intentarlo?
—Sí.
—¿Por qué?
Me miró.
Y esta vez no cerró la boca antes de terminar la frase.
—Porque tú eres lo más raro que me ha pasado en la vida —dijo—.
Y porque cuando no estás, el día es más corto.
Y porque llevas meses hablando sola pensando que no entiendo, y lo que dices es lo más sensato que he oído nunca aunque no entienda todas las palabras.
Y porque el día que fuiste a la grieta y no entraste.
.. yo llevaba dos horas sin respirar bien y cuando te vi volver respiré.
Silencio.
—Cailean.
—¿Sí?
—Esa era la frase que no podías terminar.
—Sí.
Me quedé mirando el fuego un momento.
—Yo también tengo cosas que decirte —dije.
—Dilas.
Asentí y me levanté. Fui al clavo donde colgaba el abrigo. Saqué el broche del bolsillo. El de Iseabail, con el nudo céltico y el hueco donde había habido una piedra.
Se lo devolví.
Cailean lo miró en mi mano.
—¿Por qué?
—Porque no quiero guardarlo como algo que puede irse conmigo. Quiero que lo tengas tú. Y que la próxima vez que me lo des, si me lo das, sea por otra razón.
Lo cogió despacio y cerró los dedos alrededor.
—De acuerdo.
Me senté otra vez. Esta vez más cerca. El hombro contra el suyo, sin espacio entre los dos.
Noté el calor de su brazo contra el mío a través de la tela.
Llevaba meses notando ese tipo de cosas y haciéndome la sorda conmigo misma.
Esa noche no me hice la sorda. Solo lo noté y me quedé quieta notándolo. No dijimos nada más.
El fuego terminó de apagarse y ninguno de los dos se levantó a echarlo más.