Atrapada en las Highlands Capítulo 17
56%

Capítulo 17

Lo que se construye

La conversación sobre dónde vivía ocurrió al día siguiente, después de desayunar.

Eilidh lo había organizado con la eficiencia silenciosa con la que organizaba todo. Había avisado a Cailean, había quitado cosas del banco para que hubiera sitio para tres personas, había puesto pan y leche en la mesa como si la conversación fuera a ser más fácil si había comida.

Cailean llegó exactamente cuando había dicho que llegaría. Se sentó. Yo me senté enfrente. Eilidh en el medio.

—Cuéntame las opciones.

Cailean las tenía pensadas. Eso se veía. Juntó las manos sobre la mesa con el aire de alguien que ha preparado una presentación. Le faltaba el PowerPoint, pero el gesto era ese.

—Primera. —Levantó un dedo—. Te quedas aquí. Con Eilidh. Como ahora.

—¿Eilidh quiere eso?

Eilidh hizo un gesto de que sí, pero con la cara de que no exactamente.

—Segunda.

—La casa pequeña al norte. Lleva dos años vacía. Desde que murió el hombre que vivía allí. El jefe podría dártela.

—¿Una casa para mí sola?

—Sí.

—¿Eso es normal aquí?

Cailean y Eilidh intercambiaron algo con los ojos.

—No mucho. Pero Mòrag vive sola. Y tú eres como Mòrag para el clan. Sanadora.

—¿El jefe lo aprobaría?

—Ya lo aprobó.

Lo miré.

—¿Ya hablasteis con el jefe?

—Anoche.

—¿Antes de hablar conmigo?

—Sí.

—Cailean.

—Quería saber si era posible antes de ofrecerlo.

—Y si no hubiera sido posible no me lo habrías dicho.

—No habría tenido sentido.

—Pero sí habría tenido sentido preguntarme a mí primero qué quiero.

Silencio.

Eilidh miró el pan con interés.

—Tienes razón —dijo Cailean al fin.

—¿La tercera opción?

Tardó.

—La tercera... no la pensé todavía.

—Pues yo sí.

Me miró.

—Me quedo con Mòrag. Como aprendiz. Como asistente. Como quiera llamarse. Y dentro de un tiempo, cuando haya aprendido lo suficiente y el clan me haya visto trabajar suficiente, paso a la casa del norte.

Silencio.

—¿Mòrag sabe esto?

—Todavía no. Pero creo que sí.

—¿Por qué?

—Porque me puso la mano en la cabeza. Y Mòrag no pone la mano en la cabeza de gente que no va a tener cerca.

Cailean procesó eso.

—Habla con ella.

—Hoy.

—Y el jefe.

—Al jefe lo ves tú.

Cailean hizo un gesto de acuerdo que era casi una sonrisa.

—¿Cuánto tiempo en casa de Mòrag?

—No lo sé. El que sea. Los dos meses que llevo aquí no son suficientes. Necesito aprender más idioma, más medicina de este siglo, más de cómo funciona esta gente. No puedo vivir sola sin eso.

—Es sensato.

Cailean me miró un segundo más de lo que pedía la frase. No dijo nada. Cogió el cuenco que tenía delante y bebió, que era su manera de no decir cosas.

Eilidh levantó la vista del pan y dijo algo en gaélico.

Cailean tradujo.

—Dice que también puedes quedarte aquí mientras aprendes. Que no le molesta. —Pausa—. Pero dice también que si te quedas, ella te va a enseñar a tejer. No puedes decir que no.

Miré a Eilidh.

Eilidh me sostuvo la mirada con los brazos cruzados.

—Dile que acepto.

Eilidh asintió con la satisfacción de alguien que lleva semanas esperando el momento adecuado para imponer el tejido a otra persona.

Eilidh levantó el pan y me lo ofreció.

Lo cogí.

* * *

Mòrag dijo que sí con cuatro palabras.

Fui a verla esa mañana después de la conversación. Le expliqué lo que quería con los pocos gestos y palabras de gaélico que ya manejaba bien, y con un dibujo cuando me faltó. Mòrag me dejó terminar.

Después dijo, en gaélico, despacio para que yo cogiera cada palabra:

—Ya lo sabía.

Eso lo entendí solo.

Levanté las cejas. ¿Cuándo?

Mòrag me miró. Hizo el gesto de poner sus dos manos delante, una junto a la otra, sin tocarse. Después el gesto de la operación. Después se señaló a sí misma.

Cuando estuviste a mi lado en la operación de Sìle y no me estorbaste.

Asentí.

Mòrag me señaló el banco. Dijo otra frase en gaélico que tardé en descifrar y que después entendí porque ella misma me señaló las hierbas colgadas del techo, después la ventana, después el frío de fuera.

Las plantas de invierno. Son las más difíciles.

Me senté.

* * *

La primera semana con Mòrag fue la más dura.

No porque Mòrag fuera cruel. Era exigente de una manera completamente funcional, sin adornos, la misma exigencia que yo había tenido en urgencias con los estudiantes de medicina en prácticas. Si hacías algo mal, te lo decía. Si hacías algo bien, no te lo decía, pero pasaba a la siguiente cosa.

Lo más duro fue el idioma.

Mòrag me enseñaba en gaélico. No tenía opción, porque era su idioma y era el de todos los pacientes y era el idioma de las plantas y de los preparados y de los nombres de los síntomas.

Yo cogía los sonidos y los colgaba de gestos y de olores y de colores, que era la manera que había funcionado con Cailean.

Pero Mòrag usaba palabras largas para cosas complejas y yo tardaba en retenerlas.

Cailean ayudaba cuando podía.

Que no era siempre.

* * *

Aquí es donde empecé a entender la otra cara de Cailean.

La que no había visto en la grieta ni en el loch ni en la loma sobre el valle.

Cailean era el siguiente del clan. Y el siguiente del clan, en ese otoño particular de ese siglo particular, tenía demasiadas cosas al mismo tiempo.

Los Mackenzie habían enviado un mensaje al jefe que no era de paz, era de plazo.

Tenían un caladero en disputa que querían resolver antes del invierno.

Había tres familias del clan con deudas entre ellas que el jefe había dejado pudrirse y que Cailean había heredado como problema propio.

Y había un hombre del clan, un tal Fearchar, que llevaba meses murmurando en los sitios donde se murmuraba que el jefe se estaba haciendo viejo y que el sobrino era demasiado joven y demasiado blando.

Cailean no me contó nada de esto directamente.

Lo fui viendo yo sola. Lo veía en cómo llegaba a comer con la cara de haber resuelto algo que había generado tres problemas nuevos.

Lo veía en las reuniones largas en la casa de piedra, con voces que subían y bajaban y lo veía en cómo cambiaba de postura cuando Fearchar entraba en algún sitio, ese endurecimiento mínimo que era vigilancia.

Eso costó más de lo que quería admitir.

No porque yo necesitara que estuviera. Sino porque había aprendido a esperar que estuviera, y esa expectativa era mía y él no la había creado, pero tampoco la había corregido, y cuando no aparecía yo me encontraba de mal humor.

Se lo dije una tarde. Directamente, sin preámbulo.

—Cailean. Cuando dices que vas a venir y no vienes, tienes que avisar.

Me miró. Llevaba la cara de los días largos.

—No siempre puedo.

—Ya sé que no siempre puedes. Pero cuando puedes avisar y no avisas, me dejas esperando.

—¿Esperas?

—No en el sentido literal. En el sentido de que lo tengo en la cabeza y debería no tenerlo.

Pausa.

—Aurora, yo...

—No te estoy pidiendo que te disculpes. Te estoy pidiendo que cuando puedas avisar, avises.

—Sí.

—¿Sí lo harás o sí has oído lo que digo?

Lo vi llegar antes de que lo dijera.

—Sí lo haré.

—Bien.

No añadí nada más. Él tampoco.

Pero esa noche llegó a casa de Eilidh antes de que yo me acostara y me dijo, sin entrar, desde la puerta:

—Mañana no puedo venir. Reunión con el jefe y tres hombres del norte. Va a durar el día.

Me lo dijo con la cara del hombre que está aprendiendo algo que no le han enseñado antes.

—Gracias.

—De nada.

Se fue.

Eilidh, desde su banco, sin levantar la vista del zurcido, dijo en gaélico una palabra que yo ya conocía:

—Bien.

—¿Lo has oído?

Eilidh levantó una mano y señaló la habitación con un gesto amplio. Después se llevó los dedos a la oreja.

Esta casa tiene una habitación.

* * *

El problema de Fearchar llegó dos semanas después de mi vuelta de la grieta.

Estaba con Mòrag preparando un cataplasma para un hombre con dolor de espalda cuando Eilidh vino a buscarnos.

En el centro de la aldea había un grupo de hombres.

Fearchar en el medio, hablando. Era un hombre de cuarenta y tantos años, ancho, con la barba roja muy recortada y la costumbre de hablar con los brazos como si el espacio fuera suyo.

No me había dirigido la palabra nunca. Me había mirado muchas veces.

No de la misma manera que me miraban los demás.

Cailean estaba al lado del jefe, escuchando.

Fearchar habló y señaló hacia mí.

Mòrag dijo algo entre dientes en gaélico y levanté las cejas. ¿Qué?

Mòrag me miró un segundo y después usó el castellano lento, las cuatro palabras justas:

—Tú. Espía. Mackenzie.

Tardé en procesar.

—¿Que vine de los Mackenzie?

Mòrag asintió.

—Eso es absurdo.

El jefe le dijo algo a Fearchar. Fearchar contestó. El jefe volvió a hablar. Cailean no intervino. Ese detalle me llamó la atención. Cailean estaba ahí y no intervenía.

Después entendí por qué.

El jefe habló más largo. Lo que dijo fue recibido con silencio por el grupo de hombres. Fearchar apretó la mandíbula, pero no contestó. Asintió una sola vez, con la cabeza muy recta, y se fue.

El grupo se disolvió.

Mòrag, a mi lado, esperó a que Fearchar se hubiera alejado lo suficiente. Después me miró.

Hizo el gesto del jefe con la barbilla, después uno largo de hablar, y después me señaló a mí. Apoyó la palma en su propio pecho y abrió la mano: salvaste gente.

Asentí.

Levanté la barbilla hacia Fearchar, que se alejaba. Hice el gesto de cortar con la mano. ¿Lo deja?

Mòrag negó.

Levanté las dos manos.

Mòrag buscó. Levantó tres dedos. Señaló al jefe en la distancia. Señaló a Cailean, que estaba a unos metros. Y por último me señaló a mí.

Lo entendí.

Asentí despacio.

Junté el índice y el pulgar. ¿Cuánto tiempo?

Mòrag se encogió de hombros. Y eso, viniendo de Mòrag, no era no sé. Era poco.

* * *

Esa noche, cuando Eilidh ya dormía, salí a dar una vuelta corta por el perímetro.

Cailean estaba fuera. Apoyado en la pared de la casa grande, mirando el norte.

Me acerqué.

—Fearchar.

—Sí.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo que tenga que hacer.

—¿Eso es una respuesta?

—Es lo que sé de momento.

Lo miré de lado. Tenía la cara alargada y en ella se reflejaba cansancio.

—Cailean. Yo no quiero ser la razón por la que tienes un problema con alguien del clan.

—No eres la razón. Fearchar tiene razones de antes de que llegaras.

—¿De qué tipo?

Pausa.

—Quiere lo que tendrá mi tío. Y después lo que tendré yo. Eso no es por ti.

—¿Pero yo le doy argumentos?

—Sí. Por ahora.

—¿Y si me comporto de una manera que no le dé argumentos?

—No lo harás.

Lo miré.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque para no darle argumentos tendrías que ser distinta a como eres. Y eso no pasa.

No supe si era un cumplido o un diagnóstico.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Las dos cosas. Como casi todo contigo.

Me quedé mirando el norte también, a su lado.

—Oye —dije al cabo de un rato. ¿Qué dijo el jefe exactamente. Cuando cerró el tema.

Cailean se tomó unos segundos.

—Dijo que tú eres MacRae.

Me giré a mirarlo.

—¿Me llamó MacRae?

—Sí.

—¿Y puede hacer eso?

—Puede hacer lo que quiera. Es el jefe.

—Cailean. Explícamelo.

Se giró hacia mí.

—Significa que tienes clan. Que tienes nombre aquí. Que Fearchar ya no puede decir que eres de fuera, porque el jefe dice que no. Que si alguien te hace daño, es como hacérselo a un MacRae.

Me quedé mirándolo.

Y Cailean me sostuvo la mirada con esa cara suya que llevaba meses aprendiendo a leer, la cara que no decía todo lo que pensaba, pero que ya no ocultaba que había algo que no decía.

—La próxima vez que el jefe decida algo que me afecta, dímelo antes.

—Lo intentaré.

Era la respuesta más honesta que podía darme. No era lo que yo quería oír. Era lo que era verdad, que era mejor.

Asentí.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Aurora MacRae.

Lo dijo en voz muy baja. Sin ironía. Lo dijo tan bajo que casi parecía poca cosa. Pero no lo era.

* * *

Esa noche soñé con Florencia. No con Madrid. Con Florencia y con una mujer de pelo gris escribiendo en una habitación pequeña con una vela, rodeada de plantas secas colgadas del techo.

Cuando me desperté no supe por qué había soñado eso.

Después me acordé de la carta de Lucia, doblada en el bolsillo del abrigo, y lo entendí.

La saqué. La desdoblé con cuidado. El papel era frágil, amarillento, con una letra muy pequeña y cuidada que era italiano antiguo.

No la pude leer. Pero la sostuve un rato, frente a la luz baja del fuego.

Después la volví a doblar y la guardé en el bolsillo.

Y pensé que algún día, cuando supiera suficiente, iba a leerla entera. Y que ese día iba a ser de los que cambian cosas.

Pero no ese día.

Mòrag me esperaba en una hora para enseñarme las plantas que crecen bajo la nieve, y Eilidh me había prometido empezar con el tejido si terminábamos antes de mediodía.