Capítulo 16
El paso
Me quedé delante de la grieta alrededor de veinte minutos. O al menos eso calculé.
La grieta estaba ahí. Vibrando bajo, sin sonido, esperando.
Pensé en mi madre. La pensé en concreto, no como concepto.
La pensé un martes cualquiera, en la cocina, calentando café en el microondas que llevaba diez años pitando mal.
La pensé el día que me dijo que mi padre había muerto, con la voz que se le había puesto, esa voz pequeña que no era la suya.
La pensé llamando al consulado británico, exigiendo, explicando, llorando entre llamadas y empezando otra vez.
La pensé sola en el salón con la tele puesta sin volumen.
Me llevé las dos manos a la cara y apreté con las palmas.
Pensé en mi hermana. En su hijo, mi sobrino, que tenía seis años y al que le había prometido llevarlo al parque cuando volviera de Escocia.
En el grupo de WhatsApp con mis amigas del hospital.
En la última conversación con María, en una cafetería al lado del 12 de Octubre, donde me había dicho estás muy gris últimamente, ¿sabes?
, no te pareces a ti. Yo le había dicho que sí, que era el invierno. No era el invierno.
Pensé en mi cama. En mi piso de cincuenta metros cuadrados en Carabanchel con las paredes mal pintadas y la cocina americana y el sofá que era el de mi abuela y que olía a su casa cuando hacía calor.
En las plantas del balcón que se habrían muerto ya, porque yo había salido a Escocia para una semana y llevaba dos meses fuera.
En el yogur de soja que había dejado abierto en la nevera y que ahora sería una guerra biológica.
Pensé en todo eso y se me apretó el pecho con la nostalgia más concreta que había sentido en la vida.
Y entonces pensé en algo más.
Pensé en que si entraba ahora, en este momento, lo más probable estadísticamente no era ni mi siglo ni mi sitio.
Lo más probable era otro lado de Escocia, en otro tiempo, sin Cailean, sin Eilidh, sin Mòrag, sin Lucia, sin Sìle, sin la cabra, sin el cabrito, sin el broche que llevaba en el bolsillo, sin la flor amarilla seca que también llevaba en el bolsillo, sin la lista de plantas en gaélico escrita en el prospecto del paracetamol que estaba sobre el banco de Eilidh.
Sin nada. En un sitio cualquiera.
Y sola.
Pensé en cómo se moriría mi madre si yo no volvía.
La pensé en su cocina, mirando el teléfono, esperando una llamada que no llegaría nunca.
La pensé en mi entierro vacío, sin mi cuerpo dentro del ataúd, porque no había cuerpo, porque yo había desaparecido en un campo de Escocia y nadie había encontrado nada.
Y pensé también, con una claridad muy específica, que si volvía a mi siglo y a mi sitio, esa vida que extrañaba ya no me estaba esperando como estaba.
Que llevaba años saliendo de ella aunque no me había dado cuenta.
Que Marcos había sido un síntoma, no un problema.
Que la voz que había recuperado en urgencias de Sìle, esa voz que no usaba desde antes de Marcos, no iba a sobrevivir a tres meses de vuelta a mi vida de Madrid.
Que el silencio del hospital y la rutina y los turnos de noche y la familia bienintencionada y los amigos preocupados me iban a anestesiar otra vez en seis meses.
Y que eso también lo sabía. Llevaba semanas sabiéndolo. Lo había dicho en voz alta en la grieta la primera noche, creyendo que nadie escuchaba, mientras un hombre fingía estar inconsciente y escuchaba.
Bajé las manos.
Miré la grieta.
Di un paso atrás. Despacio.
Otro paso.
Otro.
Cuando estuve a cinco metros me senté en el suelo. Tenía las piernas raras. No me sostenían bien.
Saqué el broche del bolsillo. Lo miré. El nudo céltico apretado. El círculo en el centro donde habría estado una piedra.
Pensé en Iseabail. La primera. La que se había muerto de parto en tres días.
Pensé en Cailean a los veintidós años, mirando un cuerpo que ya no respiraba, con un bebé que tampoco.
Pensé en cómo se construye un hombre alrededor de eso.
En cómo decide volver a confiar en alguien una segunda vez.
En lo que le cuesta y en lo que le exige y en lo que pide a cambio.
Pensé en Lucia. En sus cuarenta y ocho años aquí. En las tres veces que había intentado volver y no había podido. En su huerta perfectamente cuidada. En la frase: lo más difícil no es no poder volver, es aprender a no extrañar lo que ya no existe.
Y pensé en una cosa más, y esta es la que me hizo levantarme.
Pensé en que llevaba veinte minutos mirando la grieta y no había hecho el gesto de entrar. Que mi cuerpo, que llevaba dos meses sabiendo cosas antes que mi cabeza, se había sentado y había mirado y había sacado el broche del bolsillo y había bajado las manos.
Y que la respuesta no estaba en la cabeza. Estaba en el cuerpo. Y el cuerpo ya había contestado.
Me levanté.
Volví a caminar hacia la grieta. Pero esta vez no para entrar.
Me acerqué. Le puse la palma de la mano a la piedra de la izquierda, encima de los grabados. La vibración me subió por el brazo con esa nota muy grave de no-sonido.
—Adiós —dije, en voz alta.
No sé a quién. A mi madre quizás. A mi piso. A mi sofá viejo. A la versión de mí que se había caído por una colina detrás de una oveja.
Quité la mano.
Me di la vuelta y empecé a caminar hacia la cabaña de Lucia.
* * *
Lucia me vio venir desde la huerta.
No me preguntó. Me miró la cara y volvió a sus malas hierbas. Mòrag salió de la cabaña con una taza en la mano, me miró, no dijo nada. Cailean salió detrás de ella.
Se quedó muy quieto en la puerta.
Caminé hasta él.
—No he entrado.
Cailean cerró los ojos un momento. Solo eso. Cuando los abrió no estaban brillantes ni nada parecido, pero algo había cambiado en la cara de una manera que un mes antes yo no habría sabido leer y ahora sí.
—¿Por qué?
—Porque no me ha salido de dentro.
Cailean asintió. Y después hizo algo que no había hecho antes: se acercó un paso.
Solo uno. Lo suficiente para que yo tuviera que levantar la cabeza para mirarlo.
No me tocó. Pero estaba tan cerca que podía oler el frío que traía en la ropa y algo más, el olor de él que ya conocía sin haber decidido aprenderlo.
—¿Vas a entrar? —dije.
—No.
—¿Por qué?
—Porque estás tú en la puerta.
Me sostuvo la mirada.
—¿Vas a volver más adelante?
—No lo sé.
—¿Y ahora?
—Y ahora vuelvo a la aldea contigo.
Asintió.
Eso fue todo.
No me abrazó. No me besó. No hubo ninguna escena de las que hay en las películas. Asintió, dio un paso a un lado para que yo entrara en la cabaña, y entró detrás de mí.
Lucia me sirvió un cuenco de algo caliente sin decir una palabra y me lo bebí.
* * *
Comimos otra vez los cuatro, antes de irnos.
Esta vez yo hablé más. Lucia me hizo preguntas concretas sobre Madrid del siglo XXI que tardé en contestar bien porque no era tan obvio como parecía.
¿Hay tranvías? Hubo y ya no. ¿Cómo se llega de Florencia a Madrid?
En avión, en seis horas. ¿Qué es un avión?
La cara que puso me hizo entender que para ella eso no era curiosidad.
Cada respuesta era un detalle al que se asomaba sin poder llegar.
Le dije lo que pude. Le hablé del metro. De los teléfonos móviles. De cómo era mi cocina. De cómo era mi turno en urgencias.
Lucia escuchaba con los ojos muy concentrados, como quien lee un libro despacio.
Al final se levantó y sacó algo de un cajón pequeño de la mesa.
Era un papel. Doblado en cuatro, viejo, amarillento.
Me lo dio.
—¿Qué es esto?
—Una carta. Llévala.
—¿Para quién?
—Para nadie en concreto. Para alguien que pueda leerla, algún día.
—¿Qué dice?
—Dice quién fui yo. Dice las cosas que escribí aquí y que nadie va a leer. Si tú vuelves alguna vez a tu tiempo, déjala en algún sitio donde alguien pueda encontrarla. Si no vuelves, dásela a alguien que la guarde. Da igual.
La cogí.
—Lucia.
—Lo sé. Es ridículo.
—No es ridículo.
—Un poco sí. Pero llévatela igual.
La guardé en el bolsillo. Junto al broche y la flor.
Salimos los tres de vuelta.
* * *
Caminamos de regreso en otro silencio distinto. Mòrag delante esta vez. Cailean al lado mío.
No nos cogimos la mano. No nos hizo falta.
A media tarde, en la subida de la garganta entre las dos colinas, nos sentamos a beber agua. Mòrag se adelantó unos metros para darnos espacio sin que pareciera que daba espacio.
—Cailean.
—Sí.
—No sabía qué iba a hacer hasta que no lo hice.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo tampoco.
Lo miré.
—¿Qué quieres decir?
—Que yo no sabía qué ibas a hacer. Ni si ibas a volver.
—¿Y qué pensaste mientras esperabas?
Tardó.
—Pensé que si no volvías... habría sido lo correcto. Para ti.
—¿Y para ti?
—Para mí, no. Para ti, sí.
—Cailean.
—¿Sí?
—No funciona así esto.
Me miró.
—¿Cómo?
—No sé. Pero no así. Lo que es bueno para mí también tiene que ser bueno para ti, si vamos a hacer algo, sea lo que sea.
Asintió despacio. Como quien recibe una idea que necesita pensar más.
Nos levantamos y seguimos caminando.
* * *
Llegamos a la aldea al anochecer. Eilidh estaba en la puerta de su casa esperándonos como si llevara horas. Probablemente las llevaba.
Me vio.
No me preguntó nada con palabras. Me preguntó con la cara y asentí mientras Eilidh hizo una cosa pequeña con la mandíbula que era alivio.
Me señaló dentro. Pasé y Cailean se quedó fuera con Mòrag, hablando algo en voz baja que ya no escuché.
Eilidh se colocó enfrente y me dijo, en castellano nuevo, palabra a palabra, como quien estrena un par de zapatos sobre piedras:
—Mañana. Tela.
Levanté la cabeza.
—¿Tela?
Eilidh asintió. Se pellizcó la manga del jersey. Después señaló los vaqueros rotos de la caída y el jersey de H&M lleno de manchas que no salían.
—Tela. Tú. Nueva.
—¿Para ropa nueva?
—Sí.
Bajé la vista.
—Mañana hablar. Cailean. Tú. Yo.
—¿De qué?
Eilidh me miró. Hizo el gesto de una casa con las dos manos. Después me señaló a mí. Después su casa. Después negó.
Tardé un segundo.
—¿De dónde vivo a partir de ahora?
Eilidh asintió.
Bajé la cuchara.
—Eilidh.
Negó con la mano antes de que yo siguiera. Hizo el gesto del clan de los MacRae, después el de boda, después negó con fuerza y se rio una vez. No es lo que piensas.
Después se puso seria. Se señaló a sí misma, después la casa, después yo, después tres días con los dedos, después una mano abierta. Mi casa, para una noche o tres meses está bien. Después negó con la cabeza. Pero ya no.
—¿Qué soy entonces?
Eilidh se encogió de hombros. Me señaló a mí con un dedo.
Eso lo dices tú.
Asentí y miré a un punto fijo.
* * *
Esa noche, ya tarde, me senté en el banco delante del fuego y saqué los tres objetos del bolsillo del abrigo.
El broche de Iseabail. La flor amarilla seca de Sìle. La carta doblada de Lucia.
Los puse en línea sobre el banco.
Tres objetos. De tres mujeres. De tres relaciones distintas con este sitio.
La primera había muerto aquí. La segunda había nacido aquí. La tercera había venido aquí desde fuera y había decidido quedarse cuarenta y ocho años.
Yo todavía no sabía qué iba a ser en este sitio. Pero ya sabía algo más concreto que ayer.
Sabía que no iba a entrar.
Esta vez no.
Ya vería las próximas.
Apagué el fuego y me acosté.
Eilidh, desde su cama, me dijo en voz muy baja, en el gaélico lento que usaba cuando quería que yo la entendiera:
—Aurora. Fàilte.
—Gracias.
Cerré los ojos.
Tardé en dormirme. Pero esta vez tardé porque tenía cosas que pensar de cara al día siguiente, no porque tuviera cosas que pensar de cara al resto de mi vida.
Y eso, esa noche, era una diferencia importante.