Capítulo 15
La mujer del valle
Salimos al amanecer.
Cailean, Mòrag y yo, los tres a pie, con dos sacos pequeños y comida para dos días. La yegua negra se había quedado en el cercado. Mòrag había dicho que era mejor llegar sin caballos. No lo había explicado más y nadie había preguntado.
La mañana era seca y fría, con una niebla baja que se levantaba en jirones cuando subía la luz. Cailean iba delante, Mòrag detrás, yo en medio. Esa colocación me llamó la atención. Era la colocación de proteger algo.
Caminamos durante tres horas sin hablar mucho.
Mòrag iba a un paso firme y constante, sorprendentemente firme para una mujer de su edad, y Cailean adaptaba el suyo al de ella.
Yo iba detrás de los dos pensando que cuanto más tiempo dedicáramos a llegar, más tiempo tenía para no llegar, y eso era una sensación contradictoria que decidí no examinar.
A media mañana cruzamos una garganta entre dos colinas y empezamos a bajar. El paisaje cambió. Menos brezo, más helecho. Un arroyo corriendo a la izquierda del camino. Y, después de otra media hora, una cabaña.
Era pequeña. Más pequeña que la del loch de Cailean. Tenía la chimenea humeando. Y delante, en una huerta diminuta perfectamente cuidada, había una mujer arrodillada arrancando malas hierbas.
Levantó la cabeza cuando nos oyó llegar.
Se incorporó.
Era alta. Más alta que yo. Setenta años o así, como había dicho Mòrag, pero los llevaba de una manera que no era la de las mujeres del clan.
El pelo gris le daba una autoridad que no necesitaba del gesto.
Tenía el pelo gris recogido en una trenza larga sobre el hombro, los ojos muy oscuros, y una postura recta de alguien que había sabido siempre que era alta y nunca había intentado disimularlo.
Llevaba ropa de las Highlands, pero la llevaba como un traje prestado.
Nos miró a los tres por orden. A Mòrag asintió. A Cailean no le quitó los ojos de encima durante un par de segundos que se hicieron largos. Y a mí me miró durante un rato.
—Tu vieni di lontano —dijo al fin.
Italiano.
Era italiano. Lo reconocí porque mi cuñado era italiano y porque había estado dos veces en Bolonia.
—Vengo da molto lontano —dije, en el italiano cojo que había practicado con mi cuñado—. Non parlo bene.
La mujer me sostuvo la mirada.
—Español —dijo, ahora en castellano, con un acento muy distinto al mío, más antiguo, con las erres más vibradas—. ¿De qué parte?
—Madrid.
—Yo era de Florencia. —Pausa—. Hace mucho.
Asintió hacia la cabaña.
—Entrad.
* * *
Dentro la cabaña estaba ordenada de una manera que no había visto en el clan.
Las cosas estaban en sitios pensados. Había un banco junto al fuego, una mesa pequeña, estantes con frascos de barro etiquetados con marcas que parecían un sistema propio.
Una cama estrecha al fondo, con una manta doblada con esquinas exactas.
Olía a hierbas secas, a humo limpio y a algo más floral que no identifiqué.
—Sentaos.
Mòrag se sentó en el banco con la familiaridad de quien había estado allí muchas veces. Cailean se quedó de pie cerca de la puerta. Yo me senté en un taburete bajo que la mujer me indicó con un gesto.
Puso una olla pequeña sobre el fuego.
—Me llamo Lucia —dijo, mientras encendía las brasas con un movimiento muy preciso—. Lucia da Firenze. Pero aquí nadie usa el apellido. Lucia basta.
—Aurora.
—Aurora. Hermoso nombre. ¿Te lo pusieron por la del cuento o por la luz del amanecer?
—Por la luz.
—Mejor.
Mòrag le dijo algo en gaélico. Lucia contestó en gaélico, con el mismo acento antiguo que tenía en castellano. La conversación fue corta.
—Mòrag me ha contado lo de la niña —me dijo Lucia—. La sobrina. Y lo del Mackenzie. Has estado ocupada.
—Sí.
—¿Hace cuánto que estás aquí?
—Casi dos meses.
—¿Y cómo viniste?
Le conté. Brevemente. La oveja, la caída, la grieta, la cueva, Cailean. Lucia escuchó sin interrumpir. Mòrag, a su lado, también escuchaba aunque ya sabía la historia. Cailean miraba el fuego.
Cuando terminé, Lucia me sirvió un cuenco de algo caliente. Lo cogí. Olía a manzanilla y a algo más.
—¿Y tú?
Lucia se sentó enfrente.
— Yo vine en mil quinientos diez. Tenía veintidós años.
Tardé en procesar.
—Mil cuatrocientos.
—Sí.
—Llevas aquí...
—Cuarenta y ocho años.
Bebí un trago de la infusión sin saber bien por qué lo hacía.
—¿Llegaste de Florencia?
—Llegué de Pisa, en realidad. Mi familia tenía una casa de campo. Yo estaba escondida ahí porque había hecho algo que en Florencia se castigaba.
—¿Puedo preguntar qué?
—Leí libros que no debía. Y dije que los había leído. Y dije lo que pensaba sobre lo que había leído.
—Ah.
—Era el momento equivocado y la ciudad equivocada y la familia equivocada. Habían empezado a quemar libros en la piazza. No es exageración. Yo era amiga de la hija de un imprentero y a su padre lo encerraron. A mi padre le dijeron que controlara a su hija o ya verían. Mi padre me mandó al campo.
—¿Y allí encontraste una grieta?
—Allí encontré dos cosas. Un hombre, y una grieta. En ese orden.
—¿Quién era el hombre?
Lucia sonrió. Era una sonrisa muy elegante.
—Da igual quién era el hombre, Aurora. El hombre era un error. La grieta fue la consecuencia.
—¿Por qué dices que fue la consecuencia?
—Porque cuando el hombre me dejó, yo me senté en una piedra cerca de un olivar a llorar como una idiota. Y la piedra estaba al lado de una grieta. Y yo no estaba prestando atención.
—Ah.
—No es así de simple. Pero sí.
Asentí.
—¿Y caíste aquí?
—Caí cerca de Aberdeen. Tardé dos años en llegar aquí.
—Dos años.
—Dos. Aprendí inglés primero. Después gaélico. Después me cansé de la gente de Aberdeen y vine al oeste. Me instalé aquí.
Pausa.
—Y a los pocos años conocí a un chico de dieciséis años que se había hecho un corte en el brazo cazando y que vino a verme porque alguien le dijo que yo curaba heridas. Y le curé. Y volvió. Y volvió. Y volvió…
Cailean, junto al fuego, no se movió. Tenía la cara muy quieta. Pero algo en sus hombros se había relajado un milímetro, como cuando alguien deja por fin de aguantar algo.
Lucia lo miró. Le dijo algo en gaélico. Por el tono entendí lo justo: has crecido bien.
Cailean asintió una vez. Eso fue todo.
Lucia se giró otra vez hacia mí.
—Aurora. Tienes preguntas. Hazlas.
Tenía muchas. Las había ordenado en el camino. Las había desordenado nada más entrar. Empecé por la peor.
—¿Has intentado volver?
Pausa.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Tres veces. La primera, a los dos años. La segunda, a los diez. La tercera, a los veinte. Ninguna funcionó.
—¿Cómo que no funcionó?
—La grieta no se abrió.
—¿Se abre cuando quiere?
—Se abre cuando se abre. Yo no he descifrado el patrón. Mòrag tampoco.
—Pero…
—Pero algunas veces, sí. Algunas veces sí se abre.
—¿Cómo sabes cuándo está abierta?
Lucia bebió de su cuenco.
—Hay señales. Pequeñas. El aire alrededor de la grieta vibra un poco. Los animales no se acercan. A veces hay olor. A veces no hay olor donde debería haberlo.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé. Hace seis meses que no voy a mirar. Está a una hora de aquí. Si quieres podemos ir esta tarde.
—¿Y si está abierta?
Lucia me sostuvo la mirada.
—Si está abierta y entras, tienes tres opciones.
—¿Cuáles?
—Sales al otro lado, en algún sitio del mundo, en algún momento del tiempo. Sales en tu sitio, en tu tiempo. O no sales.
—¿Las probabilidades?
—No las hay. No es física, Aurora. Es otra cosa.
Bebí.
—¿Qué hiciste cuando entendiste que no podías volver?
Lucia se quedó un momento en silencio. Después dijo:
—Lo entendí en la tercera vez. Y lloré tres días. Y después decidí que no iba a llorar más. Y construí esto.
—¿Y has sido feliz?
—No siempre. He tenido épocas. He tenido amigos. He tenido a Mòrag, que es la mejor amiga que he tenido en cualquier siglo. He tenido a Cailean. He tenido pacientes. He tenido un huerto. He conseguido libros, he escrito algunos que aquí no podré publicar nunca, pero que están escritos…
—¿Has tenido pareja formal?
—Sí. Dos veces. Una larga, doce años. El segundo, tres. Los dos están muertos.
—Lo siento.
—Es lo que tienen los siglos en los que la gente muere antes.
Hizo una pausa.
—Aurora. Te voy a decir una cosa que sé y que no sé si te conviene. Pero me la habría dicho a mí, así que te la digo a ti.
—Dime.
—Lo más difícil no es no poder volver. Lo más difícil es aprender a no extrañar lo que ya no existe.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando yo llegué, Florencia estaba viva.
Mi madre estaba viva. Mi hermana estaba viva.
Las calles que yo conocía estaban en pie.
Mis libros existían. Mi cuerpo de niña que había corrido por esas calles había sido real.
Pero ahora… todo eso lleva siglos muerto.
Mi madre seguramente ya esté muerta. Y aun así yo la extraño como si la hubiera visto la semana pasada, porque para mí la vi la semana pasada.
Y mi mente no se acomoda. Lleva cuarenta y ocho años sin acomodarse.
Me quedé mirando el cuenco.
Pensé en mi madre. En su voz por teléfono diciendo bebe agua, hija. En su cocina con las baldosas de los setenta. En el olor de la lavadora vieja. En todo eso que existía en algún rincón de mi mente como algo presente, no como algo histórico.
—¿Y los que se quedan, lo entienden?
—No. No del todo.
—¿Cailean lo entiende?
Lucia miró a Cailean.
—Cailean lo entiende más que la mayoría —dijo—. Pero no del todo. Es imposible.
Asentí.
—¿Hay algo bueno?
Lucia sonrió.
—Sí.
—¿Qué?
—Que el tiempo de un sitio es el sitio. Y los siglos son distintos pero el tiempo de cada uno es tan denso como el de cualquier otro.
Las personas son personas. El amor es amor.
La amistad es amistad. La medicina es medicina aunque cambien los nombres.
Tú aquí estás haciendo cosas que importan.
Igual que las hacías allí. Solo cambia el entorno.
—¿Y es suficiente?
—No lo sé. A mí me ha sido suficiente. A otros no.
—¿Otros?
—Sí. Yo no soy la única que ha venido. En los últimos cuarenta y ocho años he conocido a cinco más. Tres se quedaron. Dos lo intentaron y volvieron, y uno de los dos no sobrevivió al regreso.
—¿No sobrevivió?
—Salió del otro lado, sí. Pero no fue al sitio que esperaba, ni al tiempo que esperaba. Las grietas no son obedientes.
Silencio.
—Lucia.
—¿Sí?
—¿Tú lo intentarías una cuarta vez?
Lucia me miró con esos ojos muy oscuros.
—No.
—¿Por qué?
—Porque a esta edad ya soy más de aquí que de allí. Y porque la posibilidad de no salir al lado correcto es demasiado grande. Y porque tengo plantas que cuidar.
—¿Y si todavía fueras joven?
Pausa larga.
—No lo sé, Aurora. Esa pregunta la he pensado muchas veces y nunca tengo la misma respuesta.
Asentí.
* * *
Comimos los cuatro juntos. Pan, queso, algo que Lucia había cocinado por la mañana y que sabía a algo que ninguno de los del clan habría sabido cocinar. Una receta italiana adaptada con lo que se podía conseguir aquí.
Mòrag y Lucia se hablaron en gaélico sobre cosas que no me incumbían. Cailean comió en silencio. Yo también.
Habíamos comido en un silencio que en otro contexto habría sido incómodo y que aquí era simplemente cuatro personas con demasiadas cosas en la cabeza y comida suficiente para no tener que hablar.
Yo había comido más que nadie. El miedo siempre me había dado hambre, lo cual era una respuesta fisiológica que nunca había sabido si admirar o preocuparme.
Después de comer, Lucia se levantó.
—Voy a llevarte a la grieta.
—¿Ahora?
—Ahora mejor. Está cerca.
Cailean se levantó y Mòrag también.
—No —dijo Lucia—. Solo Aurora y yo.
Cailean dijo algo en gaélico. Lucia le contestó. Cailean replicó. Lucia se mantuvo firme.
Después se giró hacia mí y lo dijo en castellano, para que yo lo oyera también.
—Cailean. Si está abierta, no quiero que estés delante. Por ti. Por ella. Por mí.
Cailean apretó la mandíbula. No contestó, pero tampoco insistió.
Salí con Lucia.
* * *
La grieta estaba en una falda de monte, entre dos rocas grandes, exactamente como la que yo había cruzado dos meses antes. Tan parecida que se me cortó la respiración un momento al verla.
Lucia se acercó. Olfateó el aire. Puso la mano cerca de las piedras, sin tocarlas. Cerró los ojos un momento.
Yo me quedé tres pasos detrás.
Lucia abrió los ojos.
Se giró.
—Está abierta.
Me quedé sin habla un momento.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Por la vibración. El aire vibra de una manera específica. Lo notas si conoces.
—¿Puedo notarlo yo?
—Acércate.
Me acerqué. Despacio. La piedra estaba a un metro. Después a medio metro. Después podía tocarla si extendía la mano.
Cerré los ojos. Y sí. Lo sentí. No era exactamente vibración. Era una cosa más sutil. Como un sonido muy grave que no llegaba a oírse, pero que el cuerpo registraba. Como cuando estás cerca de un altavoz que no suena pero que está encendido.
Abrí los ojos.
—Está abierta.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
—No lo sé. No vengo desde hace meses.
—¿Va a cerrarse?
—Tarde o temprano sí.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
Silencio.
Me quedé mirando las dos piedras. El espacio entre ellas. La grieta estrecha y oscura por la que cabía una persona si se metía de lado. Igual que la que había cruzado.
—Lucia.
—¿Sí?
—¿Y si yo entrara ahora?
—Es tu decisión.
—¿Tú qué harías?
—No es mi decisión, Aurora. Y no voy a fingir que lo es.
—Pero tú has estado en esto. Sabes lo que es.
—Sí. Lo sé.
—¿Y?
Pausa larga.
—Aurora. Te voy a decir una sola cosa más. Y después tú decides sola y yo me voy a la cabaña.
—Dime.
—Si decides irte ahora, no vuelvas para decírselo a Cailean. Vete sin más. Porque si se lo dices y se despide, ya no podrás irte. Y la grieta puede cerrarse en una hora, mañana o dentro de un año, no se sabe.
Silencio.
—Y si decides quedarte, no entres ni un paso. Ni para mirar. Porque si entras un paso, ya entraste.
—¿En serio?
—En serio.
Lucia se acercó. Me puso una mano en el hombro.
—Decide sola. Yo me voy.
Empezó a caminar de vuelta hacia la cabaña y me dejó delante de la grieta.