Atrapada en las Highlands Capítulo 14
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Capítulo 14

Lo que sabe Mòrag

Tardé dos días en hablar con Mòrag.

No por estrategia. Porque cada vez que iba a empezar la conversación llegaba alguien, o se rompía algo, o pasaba algo que necesitaba sus manos antes que mis preguntas.

La aldea tenía una capacidad infinita para urgencias pequeñas.

Una cabra parida mal, un niño con tos, una mujer mayor con dolor en el pecho que no era infarto, pero que la asustaba.

Mòrag y yo nos pasábamos las horas sin tener una sola conversación porque las conversaciones había que arrancarlas a un día que no las daba sin pelea.

Al tercer día decidí esperarla por la mañana en su casa antes de que llegara nadie.

Llegué cuando aún no había salido el sol. Mòrag ya estaba despierta, removiendo algo en una olla pequeña, con la cara de alguien que llevaba un rato pensando en cosas no agradables.

Levantó la vista cuando entré. Asintió y señaló el banco.

Me senté.

Esperé a que terminara de hacer lo que estuviera haciendo. Tardó cinco minutos. Cuando colgó la olla de su gancho y se sentó enfrente, con un cuenco de algo caliente en cada mano, supe que era ella la que iba a hablar primero.

Me dio uno de los cuencos. Era una infusión amarga. La bebí.

—Cailean —dijo, y junto a su nombre hizo el gesto del que habla y luego me señaló a mí.

Bebió de su cuenco. Yo del mío y estuvimos así un rato, las dos calentándonos las manos contra el barro y mirándonos calladas. No sabía por dónde me iba a salir.

Después se levantó. Se acercó a la puerta. La abrió. Llamó con voz baja a uno de los niños que pasaba por la calle y le dijo algo corto. El niño salió corriendo.

Volvió a sentarse.

No me explicó. No hizo falta. Tres minutos después se abrió la puerta y entró Cailean.

Llevaba la cara de alguien al que han avisado de una conversación a la que preferiría no asistir. Pero entró igual. Saludó a Mòrag con un movimiento de cabeza. Me miró un instante y se sentó en el otro extremo del banco, dejando un hueco entre nosotros.

Mòrag le dijo algo en gaélico. Cailean asintió. ilidh asintió con la satisfacción de alguien que ha esperado suficiente tiempo fuera con el frío.

—Va a contarte lo que sabe —dijo en castellano—. Yo traduzco.

—Vale.

Mòrag esperó a que terminara. Después empezó.

Habló despacio, no por mí sino por él, dándole margen para encontrar las palabras. Su gaélico tenía una cadencia que ya reconocía aunque no entendiera el contenido. Cailean escuchaba un trozo, asentía, y traducía.

—Hay tres grietas que conocemos —dijo Cailean—. Quizá más. La más cerca está a medio día de aquí, hacia el oeste.

Asentí.

Mòrag siguió. Cailean tradujo.

—Ella ha ido tres veces. La primera de joven, por curiosidad. La segunda buscando a una amiga que había desaparecido.

—¿La encontró?

Cailean miró a Mòrag. Mòrag negó.

—No.

—¿Y la tercera vez?

Mòrag habló más largo esta vez. Cailean tardó en empezar.

—El año pasado. Para ver si la grieta seguía abierta o se había cerrado.

—¿Eso pasa?

—Sí.

Bebí. Mòrag bebió. Cailean esperó.

—Pregúntale —dije— cuánta gente conoce que haya entrado.

Cailean tradujo. Mòrag levantó cinco dedos.

—Cinco. En toda su vida.

—¿Volvieron?

Mòrag levantó tres.

—¿Y las otras dos?

—No volvieron.

Tragué saliva.

—¿Y las tres que volvieron?

Mòrag empezó a hablar otra vez. Cailean tradujo más despacio, palabra a palabra.

—Una volvió el mismo día. Lejos. A dos días andando del sitio por el que había entrado.

—Vale.

—Otra volvió cuarenta años después. Vieja. Dijo que estar en otra tierra. Con gente distinta.

Me quedé quieta.

—¿Cuarenta años?

—Sí.

—¿Y la tercera?

—Tres semanas. Para los demás. Tres días para ella. No creyó cuando se lo dijimos.

Asentí. No tenía nada que añadir.

Mòrag me sostuvo la mirada. No con dureza. Con la atención de quien está dándote información peligrosa y necesita saber si la estás procesando bien.

Cailean tampoco habló. Esperó. Mòrag esperó con él.

Bebí lo que me quedaba.

—¿Por qué ha decidido decírmelo ahora?

Cailean tradujo la pregunta. Mòrag respondió mirándome directamente, sin dirigirse a él. Cailean tradujo después, con cuidado de no añadir nada.

—Porque tú salvaste a Sìle. Porque dijiste no al Mackenzie. —Pausa, mientras Mòrag terminaba la frase—. Y porque él te dio el broche.

—¿Sabes lo del broche?

Cailean tradujo. Mòrag soltó un sonido por la nariz que podía ser una risa contenida o un suspiro.

—Eilidh sabe. Yo sé. El jefe sabe.

—Genial.

Cailean casi sonrió. Mòrag también, una fracción de segundo. Después le dijo a Cailean algo más, más bajo. Cailean tardó en traducir.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

Cailean tradujo mientras Mòrag hablaba.

—Cerca de la grieta del valle vive una mujer. Sola. En una cabaña.

—Vale.

—Esa mujer también vino por grieta.

Levanté la cabeza.

—¿Una mujer que viajó como yo?

Cailean asintió antes de que Mòrag terminara.

—Sí.

—¿De cuándo?

Mòrag negó despacio.

—No sabe —tradujo Cailean—. Habla raro. Un idioma que no es el suyo y no es el mío y no es el tuyo. Otro.

—¿De qué época?

Mòrag levantó las manos en un gesto de no saber.

—Lleva mucho aquí —dijo Cailean—. Más años de los que ella vive.

Me quedé sin aire un momento.

—¿La conoce?

Mòrag nos observaba en silencio.

—Va a verla a veces. Le lleva plantas. La mujer sabe cosas que ella no sabe.

—Quiero verla. Que me lleve.

Cailean tradujo despacio.

—La mujer no quiere ver a otros como ella. Dice que duele.

—Pero quizá conmigo...

Mòrag se encogió de hombros. Habló. Cailean tradujo de nuevo.

—Quizá. Pero solo si tu fear —y aquí Cailean dudó un segundo antes de terminar la frase— quiere.

—¿Mi qué?

Cailean no me miró cuando contestó.

—Hombre.

Volví la cabeza hacia él.

—¿Por qué tiene que decir él que sí?

Mòrag empezó a contestar. Cailean levantó la mano una vez, suavemente, pidiéndole que esperara. Mòrag esperó.

Cailean miró el cuenco vacío entre las manos de Mòrag. Después me miró a mí.

—Porque esa mujer fue la primera mujer que yo conocí —dijo, en su castellano lento, sin ayuda de Mòrag esta vez—. Antes de Iseabail. Antes de todas.

Me quedé quieta.

—¿La primera mujer?

—Sí.

—¿En qué sentido?

—En el sentido que entiendes, Aurora.

Mòrag me miró. Bebió de su cuenco sin apartar los ojos de mí.

Yo cogí el mío con las dos manos porque necesitaba poner las manos en algún sitio que no fuera la mesa a diez centímetros de las suyas, con la infusión amarga ya casi fría, intentando procesar al mismo tiempo demasiada información: que había más grietas, que algunas no devolvían a la gente, que había una mujer cerca que había venido como yo de algún sitio que no era este tiempo, y que esa mujer, además, había sido con quien Cailean había aprendido lo que era una cama compartida.

Bajé los ojos al cuenco.

—¿Cuántos años tiene ella ahora?

Mòrag respondió antes de que Cailean tradujera.

—Setenta. Quizás más.

—¿Y tú, Cailean?

—Treinta y uno.

Hice las cuentas mentalmente. Cuando Cailean tenía dieciséis o diecisiete, ella tendría treinta y cinco. Eso era una manera muy concreta de empezar.

—¿La quisiste?

—Sí.

—¿Y ella a ti?

—A su manera. Sí.

—¿Por qué no os quedasteis juntos?

Tardó.

—Porque ella no quiere a nadie cerca mucho tiempo. Porque tiene cosas que no puede compartir.

—¿La gente del clan lo sabe?

—Sí. No se habla. Pero se sabe.

Asentí.

Mòrag dijo algo más, mirándome. Cailean tradujo.

—Si vas a verla, tienes que saber. Y si no vas, también.

—Vale.

Me quedé un momento en silencio. Bebí el último trago, frío y amargo, y dejé el cuenco en el suelo a mi lado.

—Quiero ir.

Mòrag levantó las cejas hacia Cailean. Cailean tradujo. Mòrag asintió. Después preguntó algo.

—Pregunta por qué.

—Por dos razones. Una. Porque tengo que saber si la grieta funciona o no, y cómo, y si puedo decidir algo de verdad o si llevo dos meses tomando decisiones que ya estaban tomadas. Dos. Porque quiero hablar con esa mujer.

Cailean tradujo. Mòrag escuchó, asintió.

—¿Para qué con ella? —preguntó Cailean, sin traducir, ya por su cuenta.

Lo miré.

—Para saber qué se pierde de uno cuando uno se queda. Y qué se gana.

Cailean no tradujo rápido. Miró el suelo un momento. Después se lo dijo a Mòrag en su idioma, despacio.

Mòrag asintió. Hizo después una cosa que no esperaba. Se levantó, vino hasta donde yo estaba, me puso una mano en la coronilla, y la dejó ahí un segundo. Un gesto antiguo, no de cariño exactamente, de algo más parecido a una bendición práctica.

Después volvió a su sitio y empezó a recoger los cuencos.

Yo me levanté.

Cailean me siguió hasta la puerta. Antes de salir, sin mirarlo, le dije en voz baja:

—Pasado mañana.

—Pasado mañana —repitió.

Salí.

* * *

Lo encontré a la hora de comer en el cercado de los caballos.

Estaba con la yegua negra de la pata mala, que ahora apoyaba ya las cuatro y comía tranquila. Cailean le rascaba el cuello con una atención muy específica, esa atención que tienen algunos hombres con los animales y que en algunos casos es lo más parecido a un idioma compartido que pueden tener.

Cuando me vio acercarme, no se sorprendió. Como si me esperara.

—Quiero ir a verla.

—Ya lo sé.

—¿Vas a venir conmigo?

—Sí.

—¿No te resulta raro?

—Sí.

—¿Vas a venir igual?

—Sí.

Asentí.

—Pasado mañana.

—Pasado mañana. Mañana tengo reunión con tres hombres del jefe que no puedo perder.

—Vale.

—Aurora.

—¿Sí.

—Si la grieta está abierta y tú quieres irte... —Paró. Volvió a empezar—. Si quieres irte, yo no te detengo.

—Ya lo sé.

—Quería decirlo.

—Lo sé.

Otro silencio.

—Cailean.

—¿Sí?

—¿Sigues queriendo solo hoy y mañana?

Tardó un momento.

—No.

—¿Y ahora qué?

—Ahora quiero más, pero no te lo pido. Porque tú no estás todavía donde se puede pedir.

Asentí.

Era exacto. Era exactamente la frase que él podía decirme y que yo podía recibir sin que se me estropeara nada por dentro. Y eso era lo más complicado y lo más bonito de Cailean: que llevaba meses calibrando hasta dónde podía decir lo que sentía sin pasar la línea de lo que yo podía sostener.

Le puse una mano en el brazo. Solo eso. Un segundo. Después la quité y volví a la aldea.

* * *

Esa tarde Eilidh estaba en su casa cuando entré. Estaba zurciendo algo y me miró.

Junté las manos en gesto de andar, levanté dos dedos, después señalé hacia el oeste.

Eilidh asintió. No se sorprendió.

—Cailean —dijo, e hizo el gesto de hablar.

—Te lo ha dicho.

Asintió aunque no me había entendido y siguió zurciendo. Pero después de un rato, sin levantar la vista, dijo en su gaélico, despacio, palabra a palabra para que yo pudiera seguir:

—Till... aquí. —Y señaló el suelo de la casa.

Tardé un segundo. Till significaba vuelve. Lo había aprendido con ella.

—¿Que vuelva aquí?

Asintió. Hizo el gesto de su jergón, después el suelo, después su corazón. Después negó con la cabeza y abrió las palmas: no decidas allí.

—Vale —dije.

Esa noche soñé con el loch oscuro y con una cabaña que no había visto todavía y con una mujer que hablaba un idioma que no entendía y que me miraba con una cara que era la mía dentro de veinte años.

Me desperté antes del amanecer.