Capítulo 13
El nombre de la primera mujer
Cailean vino a buscarme antes del mediodía.
Eilidh me había estado mirando toda la mañana con esa intensidad muda de la gente que sabe algo y espera ver cómo se desarrolla. Cuando llamaron a la puerta, ella levantó la cabeza, me miró a mí, no se levantó. Abrí yo.
Era él. Llevaba la capa de los días de viaje, no la de uso diario, lo cual significaba que íbamos a un sitio que no estaba al lado.
—Andamos. Lejos.
—¿Cuánto?
—Horas.
Me puse el abrigo y cogí el botiquín por costumbre, aunque ya no quedara casi nada dentro. Eilidh me alcanzó una hogaza pequeña envuelta en un paño y me la metió en el bolsillo sin decir nada.
Salimos.
* * *
Caminamos durante dos horas hacia el oeste, por un camino que se iba haciendo más estrecho y más mojado. No hablamos. No por incomodidad. Por el tipo de respeto que se le tiene al silencio cuando se va a romper con algo importante y todavía no es el momento.
A media mañana llegamos a un loch. Un lago largo y estrecho, encajado entre dos paredes de montaña, con el agua tan oscura que parecía que no tenía fondo.
En la orilla había una casa pequeña, de piedra, con el tejado medio caído y la puerta arrancada.
Llevaba años abandonada. Eso se veía sin entrar.
Cailean se paró delante.
—Aquí.
Levanté las cejas hacia la casa.
—Yo vivía aquí. Antes.
Lo miré.
—¿Solo?
Pausa.
—No.
Me quedé esperando. Él no se movió. Miraba la casa con esa quietud que ya conocía y que significaba que estaba decidiendo cuánto contaba y cuánto no.
Después caminó hacia la puerta. Yo lo seguí.
Dentro la casa era muy pequeña. Una sola habitación con un hueco para el fuego en el centro, el suelo cubierto de hojas secas que habían entrado por el agujero del techo, y en una esquina los restos de lo que había sido una cama.
Olía a humedad y a moho y a abandono. No olía a personas. Llevaba demasiado tiempo sin usar.
Cailean se quedó en la puerta sin entrar del todo.
—Ocho años.
—¿Hace ocho años?
—Sí.
—¿Con quién?
Tardó.
—Con mi mujer.
Lo miré.
Cailean no apartó los ojos del interior de la casa.
—¿Estás casado?
—Estaba.
—¿Qué pasó?
Cailean no contestó enseguida. Entró. Caminó hasta el hueco del fuego apagado hacía años y se agachó al lado, como si comprobara algo, aunque allí no había nada que comprobar. Después se incorporó. Y habló sin mirarme.
—Murió. De parto. El niño también.
Dejé pasar unos segundos.
—Lo siento.
—Hace mucho.
—No tanto.
Me miró por encima del hombro.
—No. No tanto.
Salió de la casa. Caminó hasta la orilla del loch y se sentó en una piedra plana al borde del agua. Yo lo seguí. Me senté en otra piedra, no a su lado esta vez, enfrente, con el agua oscura entre los dos.
—Se llamaba Iseabail.
Me quedé quieta.
—¿Iseabail?
—Sí.
—La mujer de Dùghall se llama Iseabail.
—Otra. Mismo nombre.
—Ah.
Esperé. No tenía claro qué preguntar y qué dejar en paz. Decidí no preguntar nada y esperar a ver qué soltaba él.
—Era de este clan —dijo al cabo de un rato—. Nos casamos jóvenes. Veinte. Veintidós.
—Veintidós.
—Sí. Vivimos aquí. Dos años. Después ella... esperaba niño.
—Embarazada.
—Sí. El jefe nos dio casa en la aldea. Mejor. Para el niño.
—Eilean Donan.
—Sí.
—¿Y ella murió allí?
—Sí. Tres días. Largo.
Tres días. Tres días de parto. Sin médico, sin antibióticos, sin la posibilidad de hacer una cesárea si algo se complicaba.
Y se había complicado. Eso pasaba más veces que no en esos siglos.
Lo sabía como dato, pero el dato sentado enfrente de un hombre cuya mujer había muerto así no era un dato, era otra cosa.
—¿Mòrag estuvo con ella?
—Sí.
—Y no pudo.
—No.
Silencio.
Pensé en Mòrag. En la cara que había puesto la primera vez que entró en la casa de Sìle. En la rabia con la que me había recibido, en la rabia que no había sido contra mí sino contra mí ocupando el sitio en el que ella, ocho años antes, no había podido salvar a la mujer del sobrino del jefe.
Y pensé en la niña que se llamaba Sìle, sobrina de Mòrag, con la misma infección que había podido llevársela. Y en cómo Mòrag había aceptado mi ayuda, después de protestar, después de luchar por su sitio, porque ya había perdido a una mujer y no iba a perder a la niña por orgullo.
—Por eso fue tan duro lo de Sìle. Para ella.
—Sí.
—Y por eso al final me dejó.
—Sí.
Asentí, despacio.
Miré el loch. El agua negra. Las dos paredes de montaña que lo encerraban.
Un sitio de una belleza brutal y muy poco habitable en invierno.
Y aun así Cailean y su mujer habían vivido allí dos años, recién casados, en una casa de una habitación, con un fuego en el centro y probablemente la convicción de los muy jóvenes de que la vida iba a darles lo que ellos esperaban.
—¿Por qué me cuentas esto, Cailean?
Me miró.
—Porque tú no sabes.
—Eso es obvio.
—Porque... si te quedas. Tienes que saber.
—¿Saber qué?
Tardó. Construyó la frase despacio, palabra a palabra, como quien apoya un pie y después el otro en piedras sueltas.
—Que la tuve. —Pausa larga—. Y que no quiero otra vez.
Aparté la vista.
Esta vez no miré el loch ni la casa ni a él. Miré una piedra concreta a mis pies, una piedra gris con una veta blanca atravesándola, y me concentré en ella mientras dentro de mí pasaba algo que no quería que se me notara en la cara.
—Yo no puedo prometerte eso.
Asintió. Lentamente.
—Lo sé.
—No sé si me voy a quedar. No sé qué quiero todavía.
—También sé.
—¿Y aun así?
—Aun así.
Tardé en hablar otra vez.
—¿Y qué quieres tú?
Me miró.
—Que estés. —Pausa—. Hoy. Mañana. No más.
—Eso es muy poco para construir nada.
—Lo sé.
* * *
Cailean se levantó al cabo de un rato. Se acercó a la casa. Se metió dentro. Lo oí moverse durante unos minutos. Después volvió a salir con algo en la mano que tardó en mostrarme.
Era un broche.
Pequeño, de metal oscurecido por los años, con un dibujo de un nudo céltico apretado y un círculo en el centro donde habría habido una piedra que ya no estaba.
Me lo tendió.
—De ella.
Lo cogí con cuidado.
—Cailean, esto es...
—No lo uses. Si no quieres. —Pausa—. Solo tenlo.
—¿Por qué?
—Porque si te vas... quiero que algo de aquí vaya contigo.
—¿Y si me quedo?
Hizo el gesto de soltar algo, abriendo los dedos despacio.
—Entonces ya no es mío de guardar.
Lo miré.
Cailean tenía la cara muy seria. No era la cara cerrada de siempre. Era la cara abierta de un hombre que había decidido contar algo y que ahora no tenía a dónde ir con la cara, porque ya estaba todo dicho y no había marcha atrás.
Cerré los dedos alrededor del broche.
—Lo guardo.
—Bien.
Cailean no se sentó. Se quedó de pie, cerca, lo suficientemente cerca para que yo notara el calor que salía de él en el aire frío del loch. Era una cosa muy física y muy inconveniente y decidí no hacer nada con ella. Después él volvió a sentarse en su piedra, frente a mí, con el loch entre los dos.
Nos quedamos en silencio mucho rato. No uno de los silencios incómodos. Uno de los otros. Uno de esos en los que dos personas comparten algo que no necesita más palabras durante un buen rato porque las palabras ya hicieron lo que tenían que hacer.
* * *
A la vuelta, cuando estábamos llegando otra vez al perímetro de la aldea, Cailean se paró.
—Aurora.
Levanté la cabeza.
—Una cosa más.
—Dime.
—La grieta. De donde tú vienes.
Algo se me apretó por dentro.
—¿Qué?
—No es solo una.
Lo miré.
—¿Cómo?
—Hay otras. En las montañas. —Pausa—. Mi gente las conoce. Las llamamos... lugares de paso.
—¿Pasan cosas en ellas?
—A veces.
—¿La gente lo sabe?
—Algunos. Mòrag sabe.
Levanté la cabeza.
—¿Mòrag lo sabe?
—Sí.
—¿Y no me lo ha dicho?
Cailean hizo una pausa larga.
—Porque pensó, al principio, que tú venías de una. Y que por eso eras... bean-shìth. —Otra pausa—. Después cambió. Pero no lo habló.
—¿Y por qué me lo dices tú ahora?
Me miró.
—Porque tienes derecho a saber.
—¿Saber qué exactamente?
—Que hay más de una. Y que algunas están más cerca.
Me quedé quieta.
—¿Hay una cerca?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Medio día andando.
Tragué saliva.
—¿Y si voy ahí, puedo volver?
—No sé.
—¿Por qué no?
—Porque no es siempre. Y porque algunos que entran... no salen al otro lado.
—¿No salen?
—Sí.
—¿Y los demás?
—Salen donde quieren. O donde no quieren.
Me quedé mirando el suelo. Sentí frío en sitios donde no debería estar haciendo frío.
—¿Por qué coño me lo cuentas ahora, Cailean?
Tardó en contestar.
—Porque hoy te di un broche. Y te dije lo que te dije. —Pausa—. Y no quiero que te quedes solo porque no sabes que puedes irte.
Lo miré.
Lo miré entero. La barba con dos hebras grises, la cicatriz de la barbilla, los ojos grises con el círculo más oscuro alrededor del iris, las manos callosas que llevaban toda la vida haciendo cosas duras, la postura de alguien que había sido jefe en pequeño y que iba a serlo en grande, el hombre que llevaba semanas hablando lo justo y guardando flores que se le caían a una mujer del bolsillo.
—Eres una persona muy difícil, Cailean…
Algo en su cara se movió. Casi una sonrisa. La mueca de un lado, la de siempre.
—Sí.
—Vámonos.
Caminamos los últimos metros hasta la aldea sin decir nada más. Cuando entramos por el lado este, Eilidh nos vio desde su puerta. Nos miró a uno y a otro. No dijo nada. Pero se le notó algo en la cara.
Yo entré en su casa. Cailean siguió hacia la casa grande del jefe.
Esa noche, antes de dormir y sin saber todavía si estaba cabreada, saqué el broche del bolsillo del abrigo.
Lo dejé en el suelo a mi lado, sobre la flor amarilla seca de Sìle.
Dos objetos pequeños, juntos en el suelo de una casa que no era la mía, en una aldea que no era la mía, en un siglo que no era el mío.
Y a medio día de allí, en algún sitio de las montañas, una grieta que no había visto todavía esperaba sin avisar.
Mi cabeza tardó dos horas en dejarme dormir.