Capítulo 12
Lo que ella decidió
Esperé hasta media mañana para buscarlo.
No por estrategia. Por cobardía. Por esa cobardía pequeña que tenemos todos cuando sabemos lo que vamos a decir y querríamos disponer de unas horas más para no tener que decirlo todavía.
A media mañana Eilidh me preguntó algo con los ojos, vio mi cara, y me señaló hacia la puerta. Salí.
Cailean estaba en el cercado de los caballos con dos hombres, revisando los cascos de una yegua negra que había levantado la pata trasera y no quería apoyarla.
Me vio llegar antes que los otros, porque me había visto llegar antes que los otros siempre, en todas las situaciones, durante todas las semanas, y porque era una costumbre suya que ahora yo entendía mejor.
Le dijo algo a los hombres. Uno se rio. El otro me miró y volvió a la pata de la yegua.
Cailean salió del cercado. Levantó la barbilla hacia el camino del este. ¿Andamos?
Asentí.
Salimos por el lado este de la aldea, hacia un camino que subía suavemente entre brezos hasta una loma desde donde se veía el valle entero. No había acompañante. Por primera vez en semanas yo salía del perímetro y nadie nos seguía a distancia.
Caminamos sin hablar un rato. El brezo todavía tenía algunas flores moradas, aunque la mayoría se habían secado ya.
El viento traía un olor frío y limpio. Era uno de esos días que en Escocia son raros, sin lluvia y con luz baja y dorada que pintaba todo de una manera que en cualquier otra circunstancia me habría hecho parar a hacer una foto.
En lo alto de la loma Cailean se paró. Yo me paré dos pasos detrás.
—He decidido.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
Me miró de lado.
—Tu cara.
—No voy a casarme con el Mackenzie.
Cailean no se movió. Siguió mirando el valle. La mandíbula no cambió, ni los hombros, ni la postura. Solo se le movieron las manos un milímetro, una contra otra, como quien aprieta algo y lo suelta enseguida.
—El jefe —dijo.
—Hablo yo con el jefe.
Negué con la cabeza cuando intentó empezar a contestar.
—Esto es mío. No es el clan el que tiene que defenderme. Soy yo la que tiene que decir lo que voy a hacer y lo que no.
—No ser simple.
—Ya sé que no es simple. Pero es así.
Silencio.
Cailean se sentó en una piedra plana. No invitó a sentarme. Yo me senté en otra piedra, a un metro.
—¿Por qué? —dijo al fin.
Levanté las cejas. ¿Por qué qué?
—Por qué tú... no vas.
Eso era una pregunta que tenía dos respuestas. Una era la del cuerpo, la que había oído al amanecer junto a las cabras. La otra era la que iba a darle a él.
Le di la primera, porque era más limpia.
—Porque si me caso con un desconocido en un clan que no es este me muero por dentro. Y llevo demasiado tiempo muriéndome por dentro.
Cailean me miró. No pidió que repitiera. La frase le llegó sola.
—¿Y la guerra?
Tardó.
—El jefe... no va a darte. Aunque digas sí.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
—Dice... tu elección. Pero él ya decidió. No te da.
—¿Cuándo lo decidió?
—Hace dos días.
Lo miré.
—¿Entonces por qué me lo ha contado?
—Porque... quiere saber. Quién eres.
—¿Cómo?
Cailean buscó las palabras.
—Si dices sí... el clan sabe que eres leal al clan. Si dices no... —Pausa—. El clan sabe que eres leal a ti. Las dos cosas buenas. Razón distinta.
Me quedé mirándolo.
—Era una prueba.
—Sí.
—¿Y la guerra?
—El jefe piensa que la guerra viene. Contigo o sin ti. —Pausa—. No es... peso tuyo.
Sentí varias cosas a la vez y todas eran incómodas.
Sentí alivio, primero, porque la decisión no traía las consecuencias que yo había creído que traía.
Sentí rabia, después, porque me habían puesto en una posición de elegir algo cuya consecuencia era falsa.
Sentí algo más, al fondo, que era casi respeto por el jefe, porque era una manera retorcida, pero eficaz de saber lo que yo era.
Y sentí, por encima de todo, una vergüenza pequeña: yo había estado dos noches casi sin dormir cargando un peso que no era el que me habían dicho que era.
—¿Tú lo sabías?
—Sí.
—¿Hace dos días?
—Sí.
—¿Y no me lo dijiste?
—No.
—Cailean.
—Lo sé… —dijo, antes de que yo siguiera—. Lo sé.
Me levanté.
Caminé unos pasos por la loma. El viento me dio en la cara y se me metió por el cuello de la túnica y por la espalda. Hacía frío y de repente lo notaba con una intensidad que no había notado en todo el camino.
Volví a sentarme. Pero esta vez no en la piedra de antes. En la que estaba a su lado.
Nos quedamos un rato sin hablar. La conversación del día del ataque seguía colgando entre los dos como una puerta que ninguno había vuelto a abrir, y ninguno la abrió ahora. No hacía falta. Eso ya estaba dicho.
Lo que había que decir era otra cosa.
—Cailean.
—Sí.
—Esto va a explotar.
—Yo sé —dijo, despacio, cada sílaba puesta con cuidado—. Pero no hoy.
—No hoy —repetí.
Nos quedamos sentados un rato. Sin hablar. Mirando el valle.
Llevaba diez minutos sentada a un metro de él siendo muy consciente de ese metro.
A los pocos minutos Cailean alargó la mano y me cogió la mía.
No con prisa. No con la intensidad que yo había imaginado en algunas noches malas que no le iba a contar nunca.
Solo me cogió la mano y la dejó sobre la piedra entre los dos, con sus dedos cerrados alrededor de los míos, y la mantuvo así.
Su mano era cálida. La mía estaba helada. Tardó un rato en empezar a calentarse.
No nos miramos. Seguimos mirando el valle.
Y por una vez no pensé nada. No verbalicé nada.
No hice ninguna lista mental ni dije nada gracioso ni busqué la frase que rematara la escena.
Me quedé quieta, con la mano en su mano, con el viento de las Highlands en la cara, mirando un valle que dos meses antes no sabía ni que existía.
* * *
Volvimos a la aldea por separado.
Eso lo decidió él, sin decirlo. Empezamos a bajar juntos y al llegar al primer recodo del camino me dijo ve tú primero, y entendí.
No por mí. Por mí en este momento no había necesidad.
Por mí en el momento siguiente, cuando lo que pasara entre los dos tuviera que tener un orden público que aún no tenía.
Bajé sola. Cailean tardó otros diez minutos en aparecer en la aldea.
Eilidh me vio entrar. Me miró la cara. Vio algo, pero no me preguntó nada. Solo me señaló el banco y me senté.
Eilidh me sirvió un cuenco con algo caliente y se sentó enfrente a mirarme comer.
A la mitad del cuenco, sin levantar la vista, le dije en castellano:
—Voy a hablar con el jefe esta tarde.
Eilidh no entendió las palabras, pero sí entendió el tono.
Asintió. Una vez. Como cuando alguien te confirma algo que ya sabía.
* * *
El jefe me recibió a media tarde.
Esta vez estaba solo en la casa grande. Sin hombres, sin Cailean. Solo él, sentado en el mismo sitio de la otra reunión, con un cuenco delante y un trozo de pan en la mano.
Hablé yo primero. En castellano, despacio, sabiendo que no me iba a entender, pero sabiendo también que algunas cosas se dicen para el aire, no para el receptor.
—No me voy a casar con el Mackenzie. Y si la guerra vuelve por eso, lo siento por todos. Pero si me quedo en este clan, me quedo como yo, no como cosa que se entrega.
El jefe me dejó hablar. No interrumpió. Cuando terminé esperó un momento, partió otro trozo del pan que tenía en la mano, y me lo ofreció.
Lo cogí.
—Tapadh leibh —dije.
El jefe asintió.
Comimos pan los dos juntos, en silencio, sentados a la mesa larga, sin necesitar a Cailean para nada. Yo no entendía lo que él pensaba y él no entendía lo que yo decía, y aun así los dos estábamos diciéndonos algo y los dos lo estábamos entendiendo.
Cuando me levanté para irme, el jefe dijo dos palabras.
No supe qué significaban.
Esa noche, mientras Eilidh me cepillaba el pelo delante del fuego porque había decidido que mi pelo era una afrenta personal a las costumbres del clan, le pregunté qué significaban esas dos palabras.
Eilidh me hizo repetirlas. Las dije lo mejor que pude.
Hizo una pausa.
Después junté las manos contra mi mejilla, las separó ella y me señaló a mí y al suelo de la casa.
—Casa —dijo en gaélico. Y después juntó las manos en el gesto de bienvenida.
Tardé en entender.
—¿Bienvenida a casa?
Entendí.
No dije nada más. Eilidh siguió cepillándome el pelo, con esa firmeza paciente que tenía para todo lo que hacía con las manos, y yo me quedé mirando el fuego.
* * *
Esa noche, ya tarde, oí unos pasos frente a la puerta. Llamaron bajo. Eilidh dormía. Yo aún seguía despierta, así que me levanté y abrí.
Cailean estaba en la oscuridad con la capa puesta y algo en la mano que tardé en identificar.
Era la flor amarilla.
La que Sìle me había dado el día del ataque. La que yo había guardado en el bolsillo del abrigo. La que se había caído sin que yo me diera cuenta, en algún momento, en algún sitio, y que él había recogido y guardado no sabía cuándo.
Me la tendió y la cogí.
—Mañana.
—¿Mañana qué?
—Mañana hablamos.
Asentí y se fue.
Cerré la puerta. Me quedé apoyada en ella un momento, con la flor amarilla en la mano, mirando la habitación oscura y el fuego bajo y a Eilidh durmiendo de espaldas a mí.
Volví al jergón.
No dormí. Aunque tampoco hice mucho por conseguirlo. Había cosas flotando entre nosotros que seguían sin decirse, y la palabra mañana, en boca de un hombre que llevaba dos meses callando, pesaba más de lo normal.
Y, sobre todo, alguien acababa de decirme bienvenida a casa.
Y yo aún no sabía qué hacer con esas palabras.