Atrapada en las Highlands Capítulo 11
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Capítulo 11

El precio

Tres días después del ataque enterraron al hombre que no había vuelto.

Se llamaba Dùghall. Lo supe por Eilidh, que me lo dijo la noche anterior con la cara de la persona que ha conocido al muerto toda su vida.

Tenía treinta y cuatro años. Tenía una mujer y dos hijos pequeños y un padre viejo.

Lo habían matado los Mackenzie en el primer envite, antes de que diera tiempo a nadie a saber qué estaba pasando, con una lanza por la espalda mientras corría a su puesto.

El entierro fue al amanecer. Toda la aldea salió. Yo también, con Eilidh, vestida con una túnica oscura que ella me había prestado y que me caía como un saco pero que al menos era del color que tocaba.

Lo enterraron en una loma al sur de la aldea, en un cementerio pequeño con cruces de piedra desgastadas por siglos de viento.

La mujer del muerto, que se llamaba Iseabail, no lloró.

Los dos niños sí, en silencio, pegados a las piernas de su madre.

La gente cantó algo en gaélico, una melodía baja y antigua que parecía salir del suelo más que de las gargantas.

Sobre el cuerpo, antes de cubrirlo de tierra, pusieron las flores blancas.

Las flores que yo había llevado en la mano el día que el jefe decidía qué hacer conmigo.

Me quedé en la fila de detrás, sin moverme, mirando las flores caer sobre la tela que envolvía a Dùghall. Eilidh me miró un momento, leyó algo en mi cara, y me cogió del codo. No dijo nada. Solo me sostuvo el codo hasta que terminó el cántico.

* * *

Cailean estuvo en el entierro, pero no a mi lado.

Estuvo con el jefe, en la primera fila, en la postura específica de quien no es familia directa del muerto pero sí es responsabilidad sobre el muerto.

Eso lo entendí ahí. Cailean no era solamente sobrino del jefe.

Cailean era el siguiente. El que mandaba después.

El que respondía cuando el jefe no podía o no estaba.

Eso explicaba muchas cosas. Explicaba que tomara decisiones sin pedir permiso. Explicaba que el jefe le pusiera la mano en el hombro de aquella manera específica. Explicaba que los Mackenzie hubieran mandado a hablar con él tan a menudo como con el jefe.

Y explicaba algo más, algo que tardé en formular del todo y que tenía que ver con quién se casaba un hombre que iba a ser el siguiente en mandar un clan. No con cualquiera, eso seguro. No con una extranjera vestida raro y con un acento que nadie reconocía y un pasado que no se podía verificar.

Eso lo dejé en suspenso, sin acabar de pensarlo. Había cosas más urgentes.

* * *

Lo más urgente llegó esa misma tarde.

Mòrag y yo estábamos revisando al herido de la flecha en el muslo, que iba mejor de lo que tenía derecho a ir, cuando entró Eilidh con una expresión que no era la habitual.

Habló con Mòrag. Mòrag la escuchó. Mòrag me miró.

Levanté las cejas. ¿Qué?

Eilidh me hizo el gesto de venir. Las dos juntas salimos de casa de Mòrag y cruzamos la aldea hasta la casa grande del jefe.

Era la primera vez que yo entraba allí.

Dentro era más amplio que las otras casas, con dos habitaciones, un fuego grande en el centro y una mesa larga de madera oscura. Olía a humo viejo y a cuero. En la mesa estaba sentado el jefe, con dos hombres a un lado y Cailean al otro.

Cailean me vio entrar y algo en su cara hizo el cálculo rápido de lo que estaba a punto de pasar.

El jefe me señaló un banco enfrente de él.

Me senté. Eilidh se quedó de pie detrás de mí. No se le había invitado a sentarse.

El jefe habló.

Habló durante un rato largo, en gaélico, con esa entonación que tienen los hombres que mandan cuando explican algo importante a alguien que no manda. Yo no entendí nada. Cailean tradujo cuando terminó.

—Mackenzie quieren hablar. Paz. Paz de verdad esta vez.

Asentí.

—Pero piden una cosa. Para probar.

Levanté las cejas.

—Piden... una mujer. De los MacRae.

Tardé un momento en procesar.

—¿Una mujer? ¿Para?

—Casarse. Hombre Mackenzie. Hombre importante. —Pausa—. Une dos clanes.

—Una boda política.

—Sí.

Me quedé callada. Mirando la mesa. Mirando al jefe que esperaba mi reacción con la cara de un hombre que llevaba treinta años negociando vidas humanas como quien negocia parcelas.

Levanté los ojos despacio hasta encontrar los de Cailean. Él no apartó los suyos

—¿Y por qué me contáis esto a mí?

—Porque te piden a ti.

Lo que siguió no fue cómodo. Fue el tipo de información que se asienta despacio, desde arriba hacia abajo, sin pedir permiso.

—¿A mí?

—Sí.

—Ni siquiera me conocen.

Cailean dudó. El jefe le dijo algo y Cailean tradujo.

—Saben que estás aquí. Saben que salvaste gente. Piensan... que si MacRae te da a ellos, es regalo. Regalo grande.

—Soy un regalo.

—En cabeza de ellos. Sí.

—¿Y en la tuya?

No me contestó.

El jefe habló de nuevo y Cailean escuchó con atención, asintió una vez, y se giró hacia mí.

—El jefe dice... es tu elección.

Lo miré.

—Sí. Tú no eres MacRae. Él no manda en ti.

—¿Pero?

—Si dices no... quizá vuelve guerra. Quizá no. No es seguro.

—Y si digo que sí, me caso con un desconocido en otro clan y no os vuelvo a ver.

Una pausa muy larga.

—Sí.

Lo procesé despacio. Tres respiraciones.

Miré al jefe. El jefe me sostuvo la mirada con esa neutralidad estudiada de los que han aprendido a no influir en las decisiones difíciles.

Levanté la mano. Junté el índice y el pulgar dos veces.

—¿Cuánto tiempo?

Cailean tradujo. El jefe contestó.

—Tres días.

Asentí.

Me levanté. El jefe levantó una mano para que esperara y dijo algo más. Cailean tradujo.

—Dice... gracias. Por nuestros heridos. Por Sìle.

Asentí hacia el jefe.

El jefe asintió una vez, despacio. Era la primera vez que me miraba con algo que no era pura evaluación.

Salí.

Eilidh salió detrás de mí. No habló. Tampoco le pedí que hablara. Caminamos juntas hasta su casa y entramos y ella se sentó en el banco y yo me senté en el jergón en el suelo y nos quedamos así un rato.

Después Eilidh hizo algo que no esperaba. Se levantó, fue al rincón donde tenía sus cosas, sacó una botella pequeña de barro y dos cuencos. Sirvió. Me dio uno.

Lo probé. Era el licor del banquete. El whisky-no-whisky.

Lo bebí entero.

Eilidh asintió, conforme.

* * *

Cailean vino dos horas después.

Llamó esta vez. Lo cual me pareció innecesariamente formal después de lo que acababa de pasar, pero también era coherente con él, que tenía un sentido del protocolo que aparecía en los momentos menos esperados.

Eilidh le abrió, le miró, y salió sin decir nada.

Nos quedamos solos.

Se sentó en el banco. Yo seguía en el suelo, con la espalda contra la pared y el cuenco vacío entre las manos.

—¿Lo sabías antes?

Tardó.

—Sí.

—¿Cuánto antes?

—Dos días.

—¿Y no me lo dijiste?

—El jefe... dijo no. Hasta hoy.

—El jefe te lo prohibió.

—Sí.

—Y tú obedeciste.

—Sí.

Me quedé mirando el cuenco.

No estaba enfadada. Eso me sorprendió. Estaba algo, pero no enfadada.

Era una cosa más fría que el enfado y más triste.

No tenía un nombre fácil. Tenía que ver con entender, por fin del todo, que Cailean tenía una jerarquía de lealtades y yo no estaba en la cima de esa jerarquía.

Estaba en algún sitio. Pero el clan estaba primero.

El jefe estaba primero. Las reglas estaban primero.

Y eso era de él. Y era de su siglo. Y yo no tenía derecho a esperar otra cosa, aunque por algún motivo la hubiera esperado.

—Cailean —dije, sin levantar la vista—. ¿Tú qué piensas?

—¿De qué?

—De esto. De que me case con un Mackenzie.

Silencio largo.

—No es mi elección.

—No te pregunto si es tu elección. Te pregunto qué piensas.

Más silencio.

Levanté la vista.

Cailean tenía la cara que le había visto algunas veces en las últimas semanas, esa cara que era casi inexpresiva pero que no era inexpresiva si sabías mirar.

Tenía las manos sobre las rodillas. Estaba inmóvil de la manera específica en que la gente está inmóvil cuando algo dentro se mueve mucho y tiene que compensarlo desde fuera.

—Si te vas... —dijo, despacio—. Clan está a salvo. Quizá. Algunos años.

—Esa es la respuesta del clan, Cailean.

Me miró.

—Yo soy el clan.

—No.

Lo dije bajo, pero claro.

—Tú eres una persona dentro del clan. No es lo mismo.

Otra pausa larga.

—En mi mundo... es igual.

—Ya lo sé. Por eso te estoy preguntando como persona.

Cailean me sostuvo la mirada.

—Aurora —dijo al fin, con una voz más baja de lo habitual—. No me preguntes eso.

—¿Por qué?

—Porque yo no tengo derecho. Para responder.

—¿Quién te quita el derecho?

—Yo.

Lo miré.

Algo se me ablandó por dentro y algo se me endureció a la vez. Las dos cosas al mismo tiempo, en sitios distintos, sin contradicción.

—Vale —dije.

Bajé los ojos otra vez al cuenco.

Cailean no se movió. Ni se levantó ni se acercó.

Se quedó sentado en el banco con las manos en las rodillas, y por primera vez yo tuve la sensación clara de que él estaba conteniendo algo que llevaba semanas conteniendo, y que esta era una de las muchas veces que lo había contenido, pero que las próximas iban a ser más difíciles.

—Cailean.

—Sí.

—Vete.

No protestó. Se levantó. Caminó hacia la puerta. Se paró antes de salir y dijo, sin mirar atrás:

—Tres días, Aurora.

—Lo sé.

Salió.

* * *

Esa noche no dormí.

No fue un no dormir dramático. Fue un no dormir productivo, de los que tenía a veces en urgencias después de turnos largos, cuando el cuerpo estaba demasiado activado para descansar pero la cabeza ya no servía para pensar bien.

Me quedé en el jergón mirando el techo, contando las vigas, haciendo listas en la cabeza.

Lista uno: razones para decir sí.

El clan estaría más seguro. Sìle no perdería a su padre en una emboscada como Dùghall.

Iseabail no se quedaría viuda otra vez. Eilidh seguiría haciendo pan por las mañanas sin tener que esconder a los niños en las casas.

Yo me quedaría dentro del orden de las cosas, en un clan o en otro, viva, con un techo, con la posibilidad de seguir curando gente que la necesitase.

Lista dos: razones para decir no.

Casarme con un desconocido en un mundo que no era el mío y al que no había pedido venir.

Renunciar a la posibilidad de volver a casa, lo cual no había decidido todavía pero al menos seguía siendo una posibilidad teórica.

No volver a ver a mi hermana. No volver a ver a mi madre.

No volver a comprar un café en la máquina de la planta cuarta del hospital con los dos azucarillos que cogía siempre y nunca usaba.

Lista tres: razones que no eran razones pero que pesaban.

Sìle, mirándome con esos ojos serios mientras le metía un palillo con pomada por dentro de un corte que le había hecho yo en el cuello.

Mòrag, riéndose por primera vez cuando el niño quemado salió corriendo.

El abrazo torpe de Eilidh la noche de la operación.

La cara del jefe al darme las gracias. El cabrito siguiendo a Sìle por la aldea.

La flor amarilla aplastada en el bolsillo de mi abrigo.

Y Cailean.

Cailean diciendo no me preguntes eso porque no tengo derecho a responder.

Cailean diciendo desde el principio.

Cailean callando, durante semanas, todo lo que callaba.

A las cuatro de la mañana me levanté.

Salí de la casa sin hacer ruido. Eilidh dormía profundo, había bebido más que yo del licor de barro y se le notaba en la respiración.

La aldea estaba quieta. Hacía frío. El cielo tenía un color tirando a violeta que solo aparece en las horas anteriores al amanecer.

Caminé hasta el cercado de las cabras. Me apoyé en la valla. Las cabras dormían en un montón compacto en una esquina, todas pegadas, conservándose el calor mutuo. El cabrito de Sìle dormía contra el costado de su madre.

—Bueno —dije al aire frío—. ¿Y ahora qué?

No esperaba que el aire frío me contestara, pero algo me contestó, con una claridad que no había esperado, desde dentro de mí.

Apoyé la frente en la valla y el cabrito de Sìle abrió un ojo. Me miró y volvió a cerrarlo.

Me quedé así un rato, hasta que empezó a salir la luz por las montañas del este y volví a la casa.

Eilidh seguía dormida, pero yo no me volví a acostar. Me senté en el banco delante del fuego, eché dos troncos pequeños sobre las brasas, las soplé hasta que prendieron, y esperé.

Tenía dos días y medio.

Y una decisión tomada que iba a tener que comunicarle a un hombre que llevaba toda la noche, lo sabía sin haberlo visto, sin dormir tampoco.