Capítulo 10 #2
El niño no lloró. Doce años, mano quemada, y no lloró. Me miró mientras le curaba con unos ojos muy serios y cuando terminé dijo algo en voz baja.
Mòrag, a mi lado, me miró. Me señaló a mí, después al niño, y juntó las palmas hacia arriba.
Te ha dado las gracias.
—Tapadh leat —le dije al niño.
El niño me miró con una expresión de sorpresa absoluta, como si un perro le hubiera hablado, y salió corriendo.
Mòrag hizo un sonido. Tardé en entender que era una risa contenida.
Era la primera vez que la oía reírse.
* * *
La batalla, si podía llamarse así, terminó antes del mediodía.
No supe los detalles hasta más tarde. Lo que sí supe, porque lo vi desde la puerta de casa de Mòrag, fue que los Mackenzie se fueron por donde habían venido y que los MacRae no los persiguieron, lo cual significaba que o habían ganado lo suficiente para no necesitar más o que el acuerdo provisional que habían estado negociando había sobrevivido a la mañana de alguna manera retorcida que yo no entendía.
Salí.
La aldea estaba en ese estado posterior al miedo que es mitad alivio y mitad agotamiento. La gente hablaba en voz baja. Alguien lloraba dentro de una casa. Los hombres del perímetro empezaban a entrar, con las caras de los que han estado mucho tiempo esperando algo que no ha llegado del todo.
Lo vi antes de buscarlo.
Estaba sentado en el suelo, apoyado en la pared exterior de la casa grande de piedra, con las piernas estiradas y la espada en el suelo al lado. Tenía un corte en la frente que había sangrado y se había secado y tenía los ojos cerrados.
Me acerqué.
Abrió los ojos cuando me oyó llegar. Me miró desde abajo.
Me senté en el suelo a su lado. No enfrente. Al lado, con la pared fría a la espalda y el hombro a diez centímetros del suyo.
Le miré el corte. No era profundo. Se había cerrado solo.
—¿Estás bien?
—Yes.
Silencio.
Levanté las cejas. ¿Y los demás?
—Four hurt. Not dead. —Pausa—. One Mackenzie dead. Two hurt.
Asentí.
Otro silencio. Más largo esta vez.
—Cailean.
—I know.
—¿Qué sabes?
—What you want to say.
—¿Y qué quiero decir?
Abrió los ojos y me miró de lado.
—That... I should tell you. From beginning. That is not fair. What I do.
—No, no es justo que me hayas ocultado esto.
—No…
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Tardó.
—Porque… —Empezó y se interrumpió. Volvió a intentarlo, buscando las palabras—. Tú hablas cuando crees que yo no entiendo.
Lo dijo despacio, señalándome apenas con la mano.
—Inglés… mercenarios irlandeses. Ahí aprendí algunas palabras.
Después fui más al sur. Navarra. Dos años.
Soldados castellanos. Un cura que hablaba sin parar mientras curaba heridas.
—Pausa—. Años escuchando. Algunas palabras se quedan.
Otras vuelven cuando se necesitan. —Hizo un gesto vago hacia algún lugar fuera de la cabaña—.
Aprendí a hablar idiomas para ellos. Para negociar.
Para sobrevivir. —Bajó la vista un instante—.
Pero tú… tú hablas de verdad. Entonces si no sabes.
Verdad real. Si yo digo que entiendo… tú paras.
Me quedé mirando el suelo delante de mí. Tenía razón. Era exactamente lo que habría pasado si llego a saber que me entiende. Lo que no resolvía nada, pero era verdad.
Era una de las cosas más íntimas que me habían hecho en la vida, y no estaba segura de si tenía derecho a llamarlo intimidad o si tenía que llamarlo invasión, y la diferencia entre las dos cosas dependía de lo que él hubiera hecho con todo lo que había oído.
Me miró.
—¿Lo sabes? ¿Desde cuándo?
—Lo deduje. Llevaba días viendo que entendías demasiado rápido, apenas sin gestos y noté que leíste lo que escribí en el cartón de paracetamol.
Asintió despacio y me quedé muy quieta.
—¿Qué has hecho con todo lo que me has oído decir? ¿Lo has usado para algún beneficio?
Tardó.
—Nada.
—¿Nada?
—Lo guardo.
—¿Por qué?
—Porque es tuyo.
Cerré los ojos un momento.
Era exactamente lo correcto que podía contestar. Era lo que yo necesitaba oír. Y eso me incomodaba más que si me hubiera contestado mal, porque significaba que él había pensado en esto y que había decidido lo que decidir, y que llevaba semanas haciéndolo bien sin que yo lo supiera.
Lo miré de lado. Tenía la cabeza apoyada en la pared y los ojos cerrados otra vez y la sangre seca en la frente y el aspecto general de alguien que ha dormido poco y trabajado mucho y que en este momento no tiene recursos para ser otra cosa que lo que es.
Y lo que era, en ese momento, era un hombre que había tomado dos decisiones discutibles por razones que yo entendía aunque no me gustaran.
No era suficiente para olvidarlo. Pero era suficiente para seguir sentada en el suelo a su lado sin levantarme.
Nos quedamos así un rato. Sin hablar. Con el hombro de él a diez centímetros del mío y la aldea moviéndose despacio a nuestro alrededor.
En algún momento Cailean dijo, sin abrir los ojos, en voz muy baja:
—Aurora.
—¿Qué?
—La cosa que dijiste. En la cueva. La primera noche.
Se me paró el estómago.
—¿Qué cosa?
—No querías volver.
Me quedé muy quieta.
Eso lo había dicho en la grieta, la primera noche, creyendo que estaba inconsciente o que no entendía.
Lo había dicho entre otras cosas, en medio del llanto y del agotamiento, como se dicen las cosas que uno no está listo para decirse a sí mismo en voz alta pero que salen solas cuando ya no queda energía para retenerlas.
—¿Eso dije?
—Sí.
—No me acordaba.
Me miró. No dijo nada. Pero la mirada decía te acuerdas.
—¿Y? —pregunté al cabo de un momento.
—¿Es verdad ahora?
No contesté enseguida.
Miré la aldea. Las casas bajas con los tejados de paja.
El humo de las chimeneas. A Sìle cruzando el camino central con el cabrito de la cabra siguiéndola.
A Eilidh saliendo de algún sitio con un cubo de agua y parando a decirle algo a una mujer mayor.
A Mòrag en la puerta de su casa, mirando hacia donde estábamos nosotros, con una expresión que no era exactamente aprobación pero que tampoco era lo contrario.
Pensé en Marcos. En mi madre. En mi cama. En el café de máquina de gasolinera.
—No lo sé —dije.
Cailean no dijo nada más. Como si eso fuera suficiente. Quizás en su siglo lo era.
El sol había salido por fin, pálido y frío, sobre las montañas del este. Grian, pensé. La primera palabra que habíamos aprendido juntos, dibujada en un trozo de cartón de paracetamol en una grieta de piedra, lo que parecía mucho tiempo atrás.
Me levanté.
—Tengo que volver con Mòrag.
—Sí.
—Cailean.
Levantó la vista.
—Esto no se ha terminado.
—Lo sé.
—Bien.
Me fui.
No miré atrás. Pero supe, sin mirarlo, que él me seguía con los ojos hasta que doblé la esquina. Y supe también, aunque no me gustara reconocerlo, que llevaba semanas sabiéndolo.