Capítulo 10
Dieciséis jinetes
No le hablé en todo el día siguiente.
No fue una decisión consciente. Fue que cada vez que lo veía algo en mí se ponía tieso y miraba para otro lado, y como él no insistió, la cosa siguió así.
Eilidh lo notó. Mòrag probablemente también, pero Mòrag tenía la virtud de no meterse en lo que no le pedían, que era uno de los pocos puntos en común que teníamos.
Lo que sí hice fue pensar. Pensar con esa claridad fría que me venía a veces en urgencias cuando había demasiadas cosas pasando a la vez y el cerebro decidía que o se ordenaba o se paraba.
Cailean había entendido todo desde el principio.
Vale.
Eso significaba que cuando había dicho que era el hombre más guapo que había visto, lo había oído.
Que cuando había llorado sola en la grieta la primera noche, diciéndole a un hombre dormido que había viajado en el tiempo y que mi madre se iba a morir, él estaba quizás en ese borde entre la consciencia y no, escuchando.
Eso no me gustaba. No me gustaba porque era una intimidad que yo no había elegido dar y que él había cogido sin decirme que la tenía.
Y al mismo tiempo, sabía, porque era honesta conmigo misma cuando no me quedaba otra, que si me lo hubiera dicho al principio yo no habría hablado. Habría medido cada frase. Habría construido una versión presentable de mí misma y se la habría dado.
Eso tampoco me gustaba, porque era más complicado de sostener como argumento.
Me pasé el día con Mòrag sin hablar más de lo necesario, que con Mòrag era lo habitual.
Por la tarde fui a ver a Sìle, que ya corría por la aldea con la energía recuperada de los niños que han estado enfermos y ahora lo compensan.
Me vio llegar y vino hacia mí y me cogió de la mano sin preguntar, como hacen los niños que han decidido que alguien es suyo, y me llevó a ver una cabra que según ella había parido esa mañana.
La cabra había parido. El cabrito era pequeño y húmedo y se sostenía en las patas con esa determinación temblorosa de los recién nacidos de cualquier especie.
—Màthair —dijo Sìle, señalando a la cabra.
—Madre.
—Màthair —repitió, asintiendo. Después señaló al cabrito—. Mac.
Hijo. Eso lo había oído ya.
Señaló a la cabra otra vez. Después a mí.
Me llevé la mano al pecho. Negué con la cabeza despacio. Señalé hacia el este, lejos, más allá de la colina.
Sìle me miró con la paciencia de los niños que esperan que los adultos entiendan cosas simples.
Señaló a la cabra. Señaló al cabrito. Después me señaló a mí y señaló hacia las casas. Hacia la aldea. Hacia algo que yo tardé en entender y que cuando entendí no supe qué hacer con ello. Cogió mi mano y la apretó una vez y se fue corriendo hacia donde estaban los otros niños.
Me quedé mirando a la cabra.
La cabra me miró a mí con esa indiferencia absoluta que tienen las cabras y que en ese momento me pareció admirable.
* * *
El problema de los Mackenzie llegó antes de lo que esperaba.
Antes del amanecer del día siguiente, Eilidh me despertó con una mano en el hombro y un candil en la otra. No dijo nada. Señaló la puerta.
Fuera había movimiento. Hombres en el perímetro, voces bajas, el sonido de algo que no identifiqué hasta que me desperté del todo: era madera. Alguien estaba reforzando la entrada de la aldea con madera.
Eilidh me metió de vuelta dentro antes de que pudiera ver más.
—Stay —dijo, con una firmeza que no admitía negociación.
Levanté las cejas. ¿Qué?
No me contestó. Salió.
Me quedé en la puerta entreabierta mirando la oscuridad. El frío era denso y húmedo, de los que se meten por la ropa. Las estrellas habían desaparecido, el cielo estaba cubierto, y la única luz era la de dos antorchas en la entrada de la aldea y el brillo anaranjado de las chimeneas.
Vi a Cailean.
Estaba con el jefe y otros cuatro hombres al fondo, de espaldas a mí, mirando hacia el norte. Llevaba la espada al cinto y algo que no le había visto antes: una especie de tela enrollada en el brazo izquierdo que hacía las veces de escudo improvisado.
Cerré la puerta y me senté en el banco.
Pensé en qué podía hacer yo que fuera útil, y la respuesta honesta era: depende de lo que pase. Si había heridos, mucho. Si había batalla, nada. Si había que esconderse, relativamente poco porque no conocía el terreno.
Saqué el botiquín. Lo abrí. Conté lo que quedaba: un parche, tres gasas, el esparadrapo casi agotado, la aguja, hilo dental, dos paracetamoles, las tijeras. No había mucho más que decir.
Puse el botiquín en el bolsillo del abrigo y esperé.
* * *
Cailean entró veinte minutos después.
No traía la espada al cinto. La traía en la mano, envainada, lo cual era distinto de manera que yo notaba aunque no supiera explicarlo. Venía con prisa, pero no con el pánico de alguien a quien persiguen.
Me vio sentada con el abrigo puesto y el botiquín en la mano.
—Good —dijo, señalando el botiquín—. Come.
Levanté las cejas. ¿Dónde?
Señaló hacia la casa de Mòrag.
—With her. If...
No terminó la frase. No hizo falta.
—¿Heridos ya? —pregunté, e hice el gesto de venda en el brazo.
—Not yet. Mackenzie come. Many.
Levanté la mano. ¿Cuántos?
Se encogió de hombros. Después abrió y cerró las dos manos varias veces. Más de veinte. Quizás más de treinta.
Me levanté y salimos.
La aldea había cambiado en veinte minutos de una manera que reconocí de los turnos de noche en urgencias: el momento en que la sala de espera se llena de golpe y todo el mundo sabe que las próximas horas van a ser de un tipo particular.
Esa energía concentrada, sin histeria, de gente que sabe lo que tiene que hacer y lo está haciendo.
Las mujeres metían cosas en las casas. Los hombres se colocaban en el perímetro. Los niños habían desaparecido, metidos dentro por sus madres. Los perros, que siempre sabían, estaban quietos y pegados a las paredes.
Mòrag nos vio llegar y le dijo algo a Cailean sin mirarme. Cailean contestó. Mòrag me miró entonces, me evaluó en dos segundos, y asintió con la cabeza hacia el interior de su casa.
Entré.
Tenía ya preparado lo suyo: tiras de tela limpia enrolladas, agua caliente en tres ollas, hierbas que yo no conocía todas pero que reconocía algunas, un cuchillo pequeño limpio, agujas enhebradas con hilo que no era hilo dental pero que serviría.
Me puse a su lado.
Trabajamos en silencio, preparando lo que fuera que se necesitara, y en ese silencio había algo que llevaba semanas construyéndose entre nosotras sin que ninguna lo nombrara: no éramos amigas.
Probablemente nunca lo seríamos. Pero éramos dos mujeres que sabían lo que hacían y que en los próximos minutos u horas iban a necesitarse mutuamente y lo sabían.
Cailean se quedó en la puerta un momento.
Lo miré.
Él me miró.
Había cosas sin resolver entre nosotros y los dos lo sabíamos y en este momento exacto no importaban nada. Eso también es una forma de comunicación.
—Careful —dije, en inglés, porque era su idioma y no el mío y quería que lo entendiera sin dudas.
Algo cruzó su cara.
—You too.
Salió.
* * *
Los Mackenzie llegaron con la luz.
No fue el ataque que yo había imaginado, con caballos y gritos y fuego. Fue más frío que eso. Se colocaron en el perímetro norte de la aldea, a distancia, y mandaron a un hombre solo a hablar. El hombre habló durante varios minutos con el jefe. El jefe contestó. El hombre volvió con los suyos.
Hubo un silencio de unos diez minutos que desde dentro de casa de Mòrag fue el silencio más largo de mi vida.
Después el primer hombre cayó.
Lo trajeron a nosotras dos minutos después. Era joven, veinte años quizás, con una herida de flecha en el muslo que había entrado limpia pero que había girado dentro. Estaba consciente y hacía el ruido de los que intentan no hacer ruido, que es peor que el de los que gritan.
Mòrag y yo nos miramos.
Ella cogió las tiras de tela. Yo cogí las tijeras y corté la tela que le cubría la pierna.
La flecha había entrado por la cara anterior del muslo y había salido parcialmente por el lateral. No había tocado la femoral, eso lo vi antes de tocar nada, porque si hubiera tocado la femoral él no estaría aquí. Pero estaba clavada en ángulo y sacarla iba a ser complicado.
Miré a Mòrag. Señalé los hombros del chico, después sus piernas, después le hice la mímica de aguantar fuerte.
Mòrag entendió. Lo sujetó.
No voy a describir los veinte minutos siguientes en detalle porque los veinte minutos siguientes fueron trabajo y el trabajo no siempre tiene narrativa.
Tiene manos y decisiones y el ruido de alguien aguantando el dolor y el olor específico de la sangre fresca que es distinto al de la sangre vieja.
Saqué la flecha. Limpié. Cerré lo que pude cerrar.
Mòrag puso sus hierbas encima de las mías sin que se lo pidiera, sabiendo qué ponía ella y qué ponía yo, y entre las dos hicimos algo que en mi siglo habría sido insuficiente y en este era lo mejor que había.
El hombre perdió el conocimiento a la mitad. Eso fue una ventaja para todos.
Cuando terminamos, Mòrag dijo algo en voz baja. No me lo dijo a mí. Lo dijo al aire, como se dice algo que no está dirigido a nadie concreto pero que alguien tiene que decir.
No la entendí. Pero el tono era el de alguien que reconoce que las cosas han salido bien.
* * *
Vinieron tres más esa mañana.
Uno con una herida de espada en el hombro, limpia, que cerró bien.
Otro con dos costillas rotas y el labio partido y nada más que yo pudiera hacer por las costillas salvo decirle con gestos que no respirara hondo durante las próximas semanas, lo cual era un consejo inútil, pero era el que tenía.
El tercero era un niño de doce años que se había quemado la mano con una antorcha y al que le curé la quemadura con lo último de la pomada y le di el paracetamol que me quedaba machacado en agua porque el dolor de una quemadura en la mano es desproporcionado al tamaño de la herida.