Atrapada en las Highlands Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Eilidh dijo algo entre dientes que era una palabrota, o dos, o tres seguidas.

La puerta se abrió.

Cailean entró. Miró el cesto. Me miró a mí. Miró a Eilidh.

Eilidh le dijo algo. Señaló el cesto. Señaló la puerta norte, que era la que daba al bosque.

Cailean me miró otra vez y esta vez la mirada era distinta. No era la cara del hombre que calculaba ni la cara del hombre que cargaba con cosas sin decirlas. Era la cara de alguien al que acaban de decirle que algo malo casi pasa y que el casi no borra el resto.

—You go outside. —No era una pregunta.

—Mòrag me mandó.

—I say. No outside. Alone.

—Y Mòrag me mandó sola. ¿A quién hago caso?

No entendió las palabras completas, pero entendió la mitad. Habló en gaélico, rápido, a Eilidh. Eilidh contestó. Él volvió a hablar. El intercambio fue corto y tenso y terminó con Eilidh saliendo por la puerta con una expresión de quien prefiere no estar presente en lo que viene.

Nos quedamos solos.

—Cailean, yo no sabía que hoy iban a...

—I know. Not your fault.

—¿Entonces?

Se paró. Buscó.

—I decide. You not go. —Hizo el gesto de cortar con la mano—. Mòrag... she not ask me.

Ahí estaba.

Él había decidido que yo no salía. Mòrag también tenía autoridad sobre mí en su esquema mental.

Y los dos habían tomado decisiones sobre lo que yo hacía sin decírmelo a mí ni coordinarse entre ellos.

Y yo había estado en medio sin saber nada, con un cesto de mimbre, a cincuenta metros de dieciséis jinetes Mackenzie que traían un hombre atado al caballo.

—Cailean —dije, despacio, dejando que cada palabra fuera deliberada—. Yo no soy de aquí. No sé las reglas.

Junté las manos en una pirámide invertida señalándome a mí en el centro. Después señalé hacia él y hacia la puerta, donde imaginariamente estaría Mòrag. Después abrí los brazos en un gesto vacío entre los dos.

—Si los dos decidís cosas sobre mí y nadie me lo dice...

Hice el gesto del cesto al hombro y caminé dos pasos hacia el bosque imaginario.

—...voy a hacer algo mal sin querer.

No entendió todo. Pero entendió el núcleo porque el núcleo era el tono.

Se quedó callado un momento.

—Is true —dijo al fin.

—¿Vas a hacer algo al respecto?

Pausa.

Señaló hacia la casa de Mòrag. Hizo el gesto de hablar.

—I talk her.

—Bien.

—Aurora. —Esperó a que yo lo mirara—. Today. You lucky.

—Lo sé.

—Lucky is not plan.

—Ya. El plan es estar viva mañana, ¿verdad?

—Yes.

Asentí.

Y aquí fue donde tendría que haber parado, pero llevaba dos días dándole vueltas a esa fracción de segundo en su cara y la cabeza me trabajaba sola.

—Cailean —dije.

Me miró.

Cogí la caja del paracetamol del suelo. La abrí por la cara donde estaba escrito Preguntar a Cailean por los Mackenzie y la giré hacia él.

Señalé las letras. Señalé sus ojos. Levanté las cejas.

Nada en su cara se movió. Absolutamente nada. Era una cara construida durante años para no moverse cuando no convenía, pero no apartó la vista.

Y no negó.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

Él entendió la pregunta sin gestos. Esa era la prueba.

Silencio largo.

—From beginning —dijo al fin, en voz muy baja.

Me quedé mirándolo.

Desde el principio.

Desde la grieta. Desde que yo le hablaba mientras lo curaba creyendo que no entendía nada, diciéndole cosas que no le habría dicho de haber sabido.

Desde que le había contado lo de Marcos.

Desde que me había reído del olor. Desde que había dicho en voz alta, arrodillada sobre él en la oscuridad, que era el hombre más guapo que había visto en mi vida.

Todo eso.

Lo había entendido todo.

La sangre me subió a la cara de una manera que no tenía nada que ver con el frío de afuera.

—Hijo de puta —dije, en español, muy claro.

Y porque no estaba segura de que entendiera hijo de puta, añadí, todavía en español:

—Eso lo entiendes, ¿no?

Cailean cerró los ojos un segundo. Los abrió.

—Aurora...

—No.

Levanté la mano.

Él se quedó de pie. Me miró. Y en su cara, por primera vez desde que lo conocía, había algo que se parecía a la incomodidad genuina de alguien que sabe que ha hecho algo mal y no tiene manera fácil de deshacerlo.

Señalé la puerta.

Dudó.

Señalé otra vez. Sin teatro. Sin enfado a la vista. Sin nada que él pudiera usar para quedarse a explicar y salió.

* * *

Yo me quedé sentada en el banco de Eilidh, con el cesto de plantas en el suelo y las manos en el regazo, mirando el fuego.

Pensé en todas las cosas que había dicho en voz alta creyendo que no me entendía.

Pensé en la barrita de cereales en la grieta. En es el hombre más guapo que he visto en mi vida. En cada vez que sueltas esa sonrisa yo pierdo un poco de criterio. En no te voy a perdonar que huelas bien. En la noche que lo había llamado bolsa de agua caliente humana.

En todo.

Cerré los ojos.

Abrí los ojos.

—Bueno —dije al fuego, en voz muy baja—. Pues ya está.

El fuego no opinó. Las brasas crujieron una vez y se apagaron un poco más.

Fuera, la aldea seguía en tensión por los Mackenzie y el hombre atado al caballo y lo que eso significaba para los próximos días. Y yo seguía aquí, sin botiquín, sin cobertura, sin pasaporte, sin oveja… Y con un hombre que llevaba semanas entendiéndome perfectamente.