Capítulo 9
Lo que sabe y lo que calla
El defecto de Cailean tardé nueve días en verlo.
No fue algo dramático. No fue una traición ni una mentira con intención. Fue algo más cotidiano y más difícil de perdonar: fue que tomó una decisión sobre mí sin decirme nada, porque en su mundo las decisiones sobre las mujeres se tomaban así, y no se le ocurrió que en el mío no.
Pero eso fue después. Antes hubo otras cosas.
* * *
Hubo, por ejemplo, el cerdo.
Tres días después de la reunión con los Mackenzie, alguien mató un cerdo para celebrar algo que yo no entendí del todo, pero que tenía que ver con un acuerdo provisional y con que el mes acababa y el siguiente empezaba y en ese clan los meses tenían sus propios rituales, sus propias maneras de marcar que el tiempo pasaba y que la gente seguía viva para contarlo, y con el hecho de que nadie hubiera muerto todavía.
La aldea entera comió junta en el exterior, alrededor de dos fuegos grandes, con el cerdo asado y pan y algo que bebían de un cuerno que pasaba de mano en mano y que olía a whisky aunque no podía ser whisky, o sí podía ser whisky porque estábamos en Escocia y los escoceses llevaban destilando desde antes de que nadie les pidiera permiso.
Me senté con Eilidh y con dos mujeres que se llamaban Beathag y Mairí y que llevaban días mirándome con una curiosidad que iba en aumento.
Beathag era joven, dieciséis o diecisiete años, con una cara redonda y una energía que no cabía en su cuerpo.
Mairí era mayor, cuarenta y tantos, con las manos de alguien que había amasado pan toda su vida y unos ojos que había visto más de lo que contaba.
El cuerno llegó a mí.
Lo cogí. Lo olí. Era whisky. O algo que en unos siglos sería whisky y que ahora era un licor áspero que olía a turba y a grano.
Bebí y ardió de manera satisfactoria.
Beathag me observó beber y dijo algo a Mairí que hizo reír a Mairí. Le pregunté a Eilidh con los ojos. Eilidh me dijo con la cara que no me lo iba a traducir y que era mejor así.
Mairí señaló el cuerno y después señaló al lado MacRae de mi cabeza. Me señaló a mí. Hizo el gesto de beber otra vez. Me miró con aprobación.
Beathag se inclinó hacia mí y, con un gesto cómplice, dijo dos palabras en gaélico que terminaron con Mairí dándole un manotazo en el brazo. Beathag se rio sin arrepentirse.
—¿Eso era un piropo o un insulto? —Miré a Eilidh preguntándole con mímica y prefirió fingir no entenderme.
Me sirvió más cerdo.
Al otro lado del fuego estaba Cailean con el jefe y tres hombres más. Comían y hablaban y de vez en cuando uno de ellos señalaba hacia algún sitio en la oscuridad, hacia el territorio que estaba más allá de la aldea, y los otros asentían o negaban.
No me miró en toda la cena.
Eso también lo guardé.
Beathag, con un par de tragos encima, decidió en algún momento que mi pelo le interesaba más que el cerdo, y me lo deshizo el coletero para hacerme una trenza que terminó siendo más una idea de trenza que una trenza propiamente dicha.
Mairí intervino. La deshizo y empezó de nuevo.
Beathag protestó. Las dos discutieron por encima de mi cabeza durante un buen rato y yo me dejé hacer con los ojos cerrados, oliendo a whisky y a algo que se parecía mucho a estar bien.
Cuando abrí los ojos de nuevo, esta vez Cailean me estaba mirando desde el otro fuego, pero apartó la vista enseguida.
Mairí le dio una palmadita a Beathag y dijo algo que sonó a terminado. Me toqué la trenza y me llegaba hasta media espalda. Estaba bastante mejor de lo que esperaba.
—Math —dije, hacia ellas dos.
Mairí asintió, satisfecha. Beathag se quejó y Mairí le dio otro manotazo.
* * *
Hubo el día en que Mòrag me enseñó el nombre de veinte plantas.
No porque quisiera enseñármelas. Porque yo le pregunté una, después otra, después otra, y en algún punto entre la séptima y la octava Mòrag decidió que si iba a tener que aguantarme era mejor que fuera útil.
Me los dijo de corrido, señalando cada planta en el orden en que estaban colgadas a secar.
Yo los repetí. Ella me corregía con una sola expresión, la de alguien que esperaba que lo hiciera mal.
Y cuando lo hacía bien, que era la mitad de las veces, no decía nada.
La decimoctava la repetí bien a la primera. Mòrag no dijo nada, lo cual en su sistema era el equivalente a un diez con matrícula de honor. La decimonovena planta no la conocía. Era algo de hoja grande, oscura, con un olor muy fuerte que me recordaba a algo sin que yo supiera a qué.
Le señalé la planta, después mi cabeza, mi estómago, mi pecho. ¿Para qué?
Mòrag dudó. Cogió la planta. Hizo algo que no esperaba: me la puso en la mano y me cerró los dedos alrededor.
La olí.
Tardé un momento en ubicarlo. Después lo tuve: era el mismo olor que había en la cueva donde curé a Cailean. El olor dulzón que había decidido no investigar.
Levanté la planta hacia ella. Después me toqué la sien y abrí los ojos extra fuerte. ¿Recuerdo?
Mòrag me miró sin entender el gesto exacto, pero entendió que yo había reconocido algo.
Habló. Una frase larga, con cuidado, mirándome mientras hablaba como si intentara que las palabras me entraran por los ojos si no podían por los oídos.
No la entendí. Pero el tono era distinto al habitual. No era el tono con el que me enseñaba plantas. Era el tono con el que se dice algo que importa.
Guardé la planta en el bolsillo.
* * *
Y hubo la mañana que lo pillé.
Llevábamos ya casi dos semanas en la aldea.
Yo había establecido una rutina, Mòrag me toleraba con algo que casi podría llamarse respeto profesional si lo veías con buena luz, Sìle se había recuperado del todo y me seguía por la aldea como un satélite pequeño y silencioso, y Cailean y yo teníamos lo nuestro, que era una cosa sin nombre hecha de gestos y de silencios y de dos personas que se buscaban sin reconocerlo.
Esa mañana yo estaba sola en casa de Eilidh.
Eilidh había salido temprano. Yo estaba sentada en el suelo con el bolígrafo del hotel y la caja del paracetamol, que ya estaba tan escrita por los dos lados que apenas quedaba espacio, intentando hacer un inventario de plantas medicinales con sus nombres en gaélico y sus usos aproximados.
Cailean entró. Me vio en el suelo con el bolígrafo y se quedó un momento en la puerta. Levantó las cejas hacia el interior de la casa, buscando a Eilidh y negué con la cabeza señalando la puerta. Fuera.
Asintió. Se quedó de pie y miró lo que yo estaba escribiendo.
Le ofrecí la caja sin pensar.
La cogió. La miró. Era una lista de palabras en gaélico con dibujos al lado. Reconoció algunas. Señaló una.
—Lus-na-fala —dijo—. Good.
—Sí, eso es para las heridas.
Pasó a la siguiente línea. Leyó. Y aquí fue donde ocurrió.
Yo había escrito, en la parte de abajo de la caja, sin pensar, porque era mi lista y nadie la leía:
Preguntar a Cailean por los Mackenzie.
Cailean leyó esa línea.
No lo vi leerla. Lo vi después, en su cara, cuando levantó los ojos de la caja. Fue una fracción de segundo. Menos. Pero su expresión había cambiado de la manera específica en que cambia la cara de alguien que ha visto algo que no esperaba encontrar y está decidiendo qué hacer con eso.
Me devolvió la caja.
—Math —dijo, señalando la lista de plantas—. Good list.
Y cambió de tema.
Me quedé con la caja en la mano. Lo miré. Él estaba mirando el fuego con la misma expresión de siempre, tranquila, cerrada, sin fisuras.
Pero yo había visto lo que había visto.
No dije nada. Lo guardé en el mismo sitio donde guardaba las otras cosas, que ya era un sitio bastante lleno.
* * *
El error de Cailean ocurrió dos días después.
Por la mañana temprano, Mòrag me mandó a buscar una planta concreta que crecía en el lado norte del bosque que bordeaba la aldea. Me lo explicó con dibujos: la planta, el bosque, el norte, que indicó señalando con el dedo. Me dio un cesto. Me señaló a mí y señaló la puerta.
Levanté las cejas. ¿Yo? ¿Sola?
Asintió.
Levanté un dedo. Un momento. Señalé hacia fuera, dibujé en el aire la silueta alta de Cailean y miré a Mòrag con la pregunta clara.
Mòrag hizo un gesto que entendí perfectamente sin necesidad de traducción y que se reducía a me da igual lo que él diga, este es mi encargo. Me empujó suavemente la espalda con la palma de la mano hacia la puerta y salí.
El bosque estaba a diez minutos de la aldea. Lo conocía de vista, lo había mirado muchas veces desde dentro del perímetro. Era un bosque escocés de verdad, con pinos altos y robles viejos y el suelo cubierto de agujas y de musgo húmedo. Olía a resina y a tierra removida.
Encontré la planta sin dificultad. Llené el cesto. Tardé veinte minutos.
Cuando salía del bosque de vuelta hacia la aldea, oí los caballos.
No venían hacia mí. Venían por el camino del oeste, en dirección a la aldea, y eran muchos. Más que los de la reunión. Me quedé quieta detrás de un roble y conté: doce, catorce, dieciséis jinetes con las telas de los Mackenzie.
No era una visita de negociación. Dieciséis hombres armados no venían a hablar.
Me pegué al roble. Los jinetes pasaron por el camino sin mirar hacia el bosque. El último llevaba algo atado al caballo que tardé en identificar porque no quería identificarlo: era un hombre. MacRae por la tela. Inconsciente o muerto, no podía saberlo desde donde estaba.
Esperé hasta que pasaron todos. Después corrí hacia la aldea por el camino más corto, pegada a la línea del bosque, con el cesto golpeándome la pierna.
La aldea ya lo sabía. Había hombres armados en el perímetro y mujeres metiendo niños en las casas y el jefe en el centro con cuatro hombres, entre ellos Cailean, dando instrucciones en voz baja y rápida.
Entré por el lado sur. Eilidh me vio llegar y corrió hacia mí. Me agarró del brazo y tiró hacia su casa.
—Inside. Now.
—Voy, voy.
Dentro, Eilidh cerró la puerta y me miró. Vio el cesto. Vio que venía del exterior. Su cara pasó por varias cosas rápidamente.
—You outside?
Asentí. Señalé el cesto. Señalé hacia la casa de Mòrag.