Atrapada en las Highlands Capítulo 8
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Capítulo 8

Lo que no se traduce

Cuatro días después de la decisión del jefe, la aldea había llegado a un acuerdo tácito sobre mí.

No era aceptación. Era algo más parecido a la tolerancia cautelosa que se tiene con un animal que ha demostrado no morder, pero que sigue siendo raro.

Las mujeres me saludaban cuando me veían.

Los hombres me ignoraban con una educación deliberada que era peor que el desprecio abierto.

Los niños me seguían a distancia, lo cual era lo más honesto de todo.

Yo había establecido una rutina. Levantarme con la luz.

Ir a ver a la niña, que se llamaba Sìle y que estaba mejorando a una velocidad que a Mòrag le costaba trabajo no celebrar delante de mí.

Desayunar con Eilidh, que me había enseñado las palabras para pan, leche, fuego y suficiente, que era la palabra que yo más usaba porque Eilidh tenía una idea generosa de las raciones.

Después pasaba las horas centrales del día con Mòrag, que me enseñaba plantas y yo le enseñaba cosas a cambio, en un intercambio mudo y tenso que funcionaba mejor de lo que ninguna de las dos habría admitido.

Cailean aparecía. Desaparecía. No había un patrón claro.

Lo que sí había era esto: cuando estaba, yo sabía dónde estaba. No porque lo buscara. Sino porque mi cuerpo lo sabía antes que yo, de esa manera inconveniente que tienen los cuerpos cuando han decidido algo que la cabeza todavía está negociando.

* * *

Mòrag había desarrollado un método para enseñarme plantas que consistía en pegarme una hoja en la mano y mirarme fijamente hasta que yo dijera algo. Si lo que decía estaba mal, chasqueaba la lengua. Si estaba bien, me la quitaba.

Era un sistema bastante directo.

En cuatro días había aprendido los nombres de unas treinta hierbas y las situaciones en las que se usaban.

Lus era hierba en general. Lus nan laogh era una cosa amarilla que se le daba a las vacas.

Yo no iba a tener que tratar a una vaca, pero me lo apunté igual porque no se sabía.

Las palabras se me quedaban a medias y volvían cambiadas al día siguiente, y a veces Mòrag me corregía con un suspiro y a veces con un gesto pequeño que me hacía pensar que llevaba años corrigiendo a aprendices más jóvenes y menos inútiles que yo.

A cambio yo le enseñaba lo que podía. Cómo lavarse las manos antes de tocar una herida.

Cómo hervir un cuchillo. Cómo distinguir entre una infección que iba a más y una que iba a menos por el color y por el olor.

Eso último lo entendió enseguida, porque resultó que ella ya lo sabía, pero lo decía con otras palabras y por otros motivos.

Que algo oliera a malo en su sistema era exactamente lo mismo que bacterias gram negativas en el mío, solo que más corto.

El tercer día le enseñé el truco del esparadrapo para acercar bordes de heridas que no necesitaban sutura.

Lo hicimos con una mujer joven que se había cortado la mano cardando lana.

Mòrag observó cómo lo hacía. Después me hizo repetir el gesto sin la mujer delante, sobre su propio antebrazo, con un trozo de tela. Después lo hizo ella sobre el mío.

No me sonrió cuando terminó. Pero asintió una vez, que era el equivalente local de un abrazo.

* * *

El cuarto día aprendí sin querer la palabra para enemigo.

Estaba con Mòrag en su casa, mirando cómo hervía una mezcla de hierbas que olía a madera mojada y a algo floral que no supe identificar, cuando entraron dos hombres hablando rápido. Le dijeron algo a Mòrag. Mòrag contestó. Los hombres salieron.

Mòrag apagó el fuego debajo de la olla, cogió su capa y me señaló a mí. Después señaló la puerta y el suelo donde estábamos.

Asentí. Me quedo.

Salió.

Me quedé sola en casa de Mòrag, que olía a hierbas, mirando la olla apagada.

Fuera empezó a haber movimiento. Voces. Pasos. El sonido de caballos, varios, entrando en la aldea. Me asomé por la rendija de la puerta.

Había cuatro jinetes en el centro de la aldea. No eran los mismos cuatro del barranco, pero llevaban telas de colores distintos a los MacRae, y eso ya lo sabía leer. El jefe había salido a recibirlos con tres hombres a su lado. Uno era Cailean.

Los jinetes hablaron. El jefe contestó. Cailean no habló, pero estaba en una postura que conocía: el cuerpo quieto pero los pies ligeramente separados, el peso repartido, las manos libres. La postura de alguien que está escuchando y calculando al mismo tiempo.

Uno de los jinetes señaló hacia las casas. El jefe negó con la cabeza. El jinete insistió. El jefe volvió a negar.

Después el jinete dijo algo y la conversación cambió de temperatura. Lo noté aunque no oyera bien. El jefe no respondió enseguida. Cailean sí. Dijo algo breve, directo, con un tono que no dejaba espacio para réplica.

El jinete lo miró. Después miró al jefe. Después los cuatro se giraron y se fueron por donde habían venido.

El jefe le dijo algo a Cailean cuando los jinetes se alejaron.

Cailean no contestó. El jefe le puso la mano en el hombro, igual que el otro día, y esta vez vi lo que no había visto antes: Cailean no era sobrino del jefe en el sentido de que el jefe fuera su tío simpático.

Era sobrino del jefe en el sentido de que el jefe era el hombre que mandaba sobre todo lo que Cailean era y tenía y podía perder. Eso era distinto.

Cailean asintió.

Entré de nuevo en la casa antes de que me viera mirando.

* * *

Esa tarde le pregunté a Eilidh quiénes eran.

Con dibujo. Cogí el bolígrafo del hotel, que ya era un objeto comunitario que Eilidh usaba para apuntar cosas que yo no entendía, y dibujé los cuatro jinetes. Levanté el dibujo.

—Mackenzie —dijo Eilidh sin dudarlo.

Asentí. Ya sabía eso. Dibujé una interrogación al lado de los jinetes, lo cual en ningún siglo es un símbolo universal, pero Eilidh llevaba días aprendiendo mi sistema y lo entendió.

Dibujó ella. Un rectángulo que era una casa, supuse. Al lado de la casa dibujó algo que podría ser agua, líneas horizontales onduladas. Después dibujó otra casa al otro lado del agua. Flechas entre las dos casas, de un lado al otro.

Señaló la primera casa.

—MacRae.

Señaló la segunda.

—Mackenzie.

Señaló el agua del medio. Dijo una palabra que no conocía. La repitió. Después señaló a los dos lados del agua, juntó las manos, y las separó con un gesto brusco.

Dibujé un pez en el agua. Levanté las cejas.

Eilidh se rio. Asintió. Después negó con la mano: no solo eso. Dibujó al lado del agua un cuadrado pequeño. Después otro. Después varios. Casas. Una franja de casas junto al agua.

Tierra. Tierra con costa.

Tierra con costa y con paso de río, que en ese siglo significaba control sobre quién pescaba, quién cruzaba y quién pagaba por cruzar. Todo lo que se movía entre los dos territorios pasaba por ese punto. Era lo mismo que una autopista de peaje, solo que con hachas.

Eso era. Algo concreto, viejo, sin solución fácil, porque esas disputas nunca la tenían. En mi siglo seguían peleándose por cosas exactamente iguales, solo que con abogados en lugar de hachas.

Señalé el dibujo de los jinetes de hoy. Hice una cara de pregunta.

Eilidh puso la cara seria. Dibujó al lado de los jinetes Mackenzie algo pequeño que tardé en entender. Una figura humana tumbada. Después dibujó al lado de la figura tres líneas pequeñas, ascendentes. Algo que se elevaba.

Aire saliendo. Último aliento.

Eilidh señaló el lado MacRae con el dedo. Después señaló a los Mackenzie.

Asentí despacio.

Un MacRae muerto a manos de un Mackenzie. Junto al agua disputada. Y los Mackenzie viniendo a la aldea como si nada.

Por la cara que puso Eilidh deduje que no venían a disculparse.

* * *

Cailean vino esa noche.

Llamó antes de entrar, lo cual no había hecho antes. Eilidh le abrió. Intercambiaron algo, Eilidh cogió su capa y salió con la naturalidad de alguien a quien le han pedido que salga y no le importa demasiado.

Nos quedamos solos otra vez.

Cailean se sentó en el banco. No enfrente de mí. Al lado, con espacio entre los dos, mirando el fuego.

Esperé.

—Tomorrow —dijo—. You not go out.

Asentí.

Negó con la cabeza otra vez, marcando el not. Después extendió la mano hacia la puerta y la cortó en el aire con la palma vertical. No.

—Vale.

—All day.

—Todo el día.

—Yes.

Levanté las cejas hacia la puerta y después hacia mí. ¿Por los de hoy?

Me miró. Algo en su cara indicó que yo sabía más de lo que esperaba.

Señalé hacia la puerta de Eilidh, después a mi propia boca, después abrí y cerré los dedos como una boca hablando.

Cruzó algo que podría haber sido exasperación por su cara, brevemente.

—They come again. More men.

—¿Vienen más mañana?

—Yes. Chief... talk. Long.

—Negociaciones.

No entendió la palabra. Hice el gesto: dedos juntos abriéndose y cerrándose, las dos manos enfrentadas. Hablar.

—Aye —dijo.

—¿Y yo qué tengo que ver?

Tardó. Se quedó mirando el fuego.

Hizo un gesto que me incluía a mí. Después dibujó con el dedo en el aire algo redondo. Distinta. Después se llevó la mano a la cabeza con los dedos abiertos hacia fuera, como cosas que salen volando. Preguntas. Muchas.

Lo entendí. Una mujer desconocida, vestida raro, con objetos raros, recién llegada al clan en el momento en que los Mackenzie andaban buscando problemas.

Era demasiada coincidencia para un enemigo que buscara excusas.

Podían usarme. Como prueba de algo, como argumento, como distracción.

No sabían quién era yo. Y lo que no se sabe se convierte en lo que conviene que sea.

—Entiendo.

—Aurora. —Dudó—. Important. You inside.

—Estaré dentro.

Asintió. Se levantó.

Y aquí fue donde cometí el error.

Llevaba cuatro días encerrada en una aldea que no era mía, esperando decisiones de un hombre al que no conocía, sin poder salir sola, sin poder comunicarme con nadie de manera real, con un botiquín prácticamente vacío y sin la menor idea de si había una manera de volver a casa o si esa palabra, casa, había dejado de significar algo concreto.

Y Cailean se levantaba del banco después de darme una orden y se iba.

—Oye —dije.

Se paró.

—¿Cuánto tiempo?

—What?

Abrí las manos. Hice el gesto del sol cruzando el cielo, de un lado al otro. Después otro sol. Después otro. Levanté las cejas y abrí las manos otra vez.

—¿Cuánto tiempo así?

Entendió. Apartó la vista.

—Not know.

—No lo sabes o no me lo dices.

Silencio.

Sostuvo la frase aunque no la entendiera entera. Las dos posibilidades se las leía en la cara.

—Cailean. Algo. Cualquier cosa. Un plan.

Se giró hacia mí. Tenía la cara seria, no de la manera habitual sino de una manera más cerrada, más de dentro hacia fuera.

—Plan —dijo, despacio, buscando cada palabra—. Plan is... you alive. Tomorrow. After. —Pausa—. Enough plan.

Me quedé mirándole.

Era suficiente plan. Era un plan miserable y era suficiente plan y él lo había dicho sin dramatismo, como un hecho.

—Vale —dije, en voz baja.

No añadí nada. Él tampoco.

Salió.

* * *

A la mañana siguiente me quedé dentro.

No fue fácil. Oí los caballos llegar antes del amanecer, muchos más que el día anterior, y conté los cascos como se cuentan las cosas cuando no puedes hacer nada y necesitas ocupar la cabeza.

Eilidh entró y salió dos veces sin decirme nada útil, porque no podía.

Mòrag no apareció en todo el día, lo cual significaba que o estaba en la reunión o estaba haciendo algo relacionado con la reunión.

La niña Sìle vino a verme.

Entró sola, despacio, con la precaución de los niños que han estado enfermos y todavía no se fían del todo de su propio cuerpo. Tenía el vendaje del cuello limpio, la cara menos encendida, los ojos despiertos.

Se sentó en el suelo delante de mí.

Me miró.

Yo la miré.

Sacó algo del bolsillo. Un trozo de tela doblado. Lo desplegó con cuidado y me lo tendió.

Era una flor. Pequeña, amarilla, aplastada de llevarla doblada en el bolsillo. No era la milenrama. Era otra cosa, algo que ella había escogido y recogido y guardado para mí.

La cogí.

—Tapadh leat —dije, usando las palabras que le había oído decir a Eilidh cuando alguien le daba algo.

Sìle sonrió. Fue la primera sonrisa que alguien en esa aldea me dedicaba sin ningún cálculo detrás.

Me la guardé en el bolsillo del abrigo.

* * *

La reunión terminó al atardecer.

Lo supe porque los caballos se fueron y porque la aldea entera soltó una tensión que yo no había sabido que estaba aguantando hasta que desapareció. Las voces cambiaron. Los perros salieron de donde estuvieran. Alguien encendió algo que olía a carne asándose.

Cailean entró sin llamar esta vez.

Tenía la cara de haber pasado un día muy largo haciendo algo que no le gustaba.

Se sentó. No en el banco. En el suelo, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas, con el cansancio físico de alguien que ha estado contenido muchas horas y ahora puede no estarlo.

Eilidh le trajo algo de beber. Él lo cogió sin mirarla.

Yo esperé.

Bebió y dejó el cuenco en el suelo.

—Mackenzie want peace.

—¿Quieren paz?

—They say.

El tono decía exactamente lo que opinaba de eso.

Levanté la barbilla hacia él. ¿Y tú?

—Peace is good. If is true.

Cailean señaló el valle oscuro más allá de la cueva, donde todavía se veía humo a lo lejos.

—¿Y si no? —pregunté despacio, aunque sabía que no iba a entenderme. Él cogió una rama del suelo y dibujó dos líneas en la tierra. Las juntó primero. Después las separó de golpe con la mano.

—War.

Luego volvió a unirlas… y apretó el puño sobre ellas hasta aplastarlas lentamente.

—Worse. Because… —se señaló los ojos— you not see it coming.

Me quedé callada.

Había dicho eso con demasiada fluidez para alguien que hablaba poco inglés. Frases cortas, sí. Pero exactas. Sin buscar. Como quien ha pensado esa idea muchas veces en otro idioma y la traducción le salió sola porque la idea ya estaba hecha.

Lo miré.

Él seguía mirando el fuego.

Guardé eso también. En el mismo sitio donde guardaba las otras cosas que no sabía todavía qué hacer con ellas.

* * *

Esa noche, muy tarde, cuando Eilidh llevaba horas dormida y el fuego estaba casi muerto, oí que alguien se paraba delante de la puerta.

No llamó. No entró.

Se quedó ahí un momento. Después se fue.

No supe si era Cailean. No salí a comprobarlo.

Me quedé en el jergón mirando la puerta en la oscuridad, con la flor amarilla de Sìle en el bolsillo del abrigo que usaba de almohada, pensando en la paz que podía ser mentira y en la guerra que al menos se veía venir.

Y en que llevaba ocho días allí y todavía no había pensado en serio en cómo volver.

No porque no pudiera. Sino porque cada vez que empezaba a pensarlo, algo me interrumpía.

O yo me interrumpía a mí misma. Que era distinto y peor.