Capítulo 7
Flores de muerto
Me desperté antes del amanecer con la espalda destrozada.
El jergón de Eilidh era paja prensada con algo dentro que no era exactamente cómodo y que crujía cada vez que me movía.
Había dormido cuatro horas seguidas, lo cual en las circunstancias era un milagro, y me había despertado con la cara pegada a algo que esperaba que fuera lana y que olía a lana, así que bien.
Eilidh dormía en su cama, de espaldas a mí, respirando hondo.
Me quedé mirando el techo un momento. El fuego se había reducido a brasas y daba una luz rojiza y baja que hacía que todo pareciera menos real de lo que era.
Me levanté.
* * *
Fuera hacía un frío seco que entraba por la nariz. El cielo estaba despejando por el oeste, con las últimas estrellas todavía ahí, y hacia el este había una línea muy fina de color entre las montañas. Preciosa.
La aldea dormía. Había un perro tumbado delante de una puerta que me miró sin moverse y dos cabras en el cercado.
Fui a ver a la niña.
La madre estaba despierta, sentada al lado de la cama. Cuando entré levantó la cabeza con una cara que en cualquier idioma significaba lo mismo: ¿cómo está?
Me acerqué. Le puse la mano en la frente a la niña. Menos caliente. Claramente menos. Le tomé el pulso. Más lento, más regular. Dormía con la boca cerrada y la respiración tranquila.
Levanté la vista hacia la madre y asentí.
La madre cerró los ojos. Solo eso. Los cerró y se quedó quieta unos segundos con las manos apretadas en el regazo.
No me dijo nada. No me tocó. Cuando abrió los ojos me miró de una manera que no necesitaba traducción y salí.
* * *
El problema de la pomada era real.
Quedaba para una aplicación más, dos si era muy cuidadosa. Después de eso no tenía nada. Y la niña necesitaba al menos tres días más de tratamiento para que la infección no volviera.
En urgencias habría pedido amoxicilina y asunto resuelto. Aquí tenía que pensar en lo que había. En lo que crecía.
Había visto algo el día anterior, caminando desde la colina hasta la aldea, en un tramo húmedo junto a un arroyo.
Tallos finos, hojas plumosas, flores blancas en cabezuela plana.
Lo había reconocido sin detenerme porque iba caminando detrás de Cailean intentando no quedarme atrás.
Achillea millefolium. Milenrama. La había visto en un póster de fitoterapia que llevaba años colgado en la sala de descanso de urgencias y que nadie leía excepto yo, en las noches largas de invierno.
Propiedades antisépticas. Cicatrizante. Usada en heridas desde los griegos. Desde antes de los griegos, probablemente.
No era mi Bactroban. Pero era algo.
Salí de la aldea antes de que nadie se levantara, siguiendo el camino que llevaba al arroyo.
Encontré la planta donde la recordaba, en una mata grande junto a las piedras del agua.
La reconocí bien: las flores blancas, las hojas finamente divididas, el olor característico cuando rompí una hoja entre los dedos. Aromático, un poco amargo.
Corté varios tallos con las tijeras del botiquín. Los suficientes para varios días de cataplasmas.
Volví a la aldea con los tallos en la mano, satisfecha con la solución, pensando ya en cómo prepararlos, en qué proporciones, en cómo explicarle a Mòrag lo que quería hacer para que no me los tirara a la cara.
Mòrag me estaba esperando en la entrada.
No era casualidad. Llevaba ahí el tiempo suficiente para tener los brazos cruzados y la mandíbula apretada de esa manera específica que tienen las personas que han estado ensayando mentalmente lo que van a decir.
Me vio llegar. Vio los tallos.
Y su cara cambió de una manera que yo no entendí, pero que me hizo parar en seco.
Dijo algo. Una sola frase, corta, con una palabra que repitió dos veces.
Yo levanté los tallos hacia ella. Los miré también. Flores blancas, tallos verdes, perfectamente normales.
Hice el gesto de aplicar algo sobre el cuello, después señalé a la casa de la niña.
Mòrag no miró el gesto. Me miraba a mí. Dijo algo más, más largo, y esta vez el tono tenía una cualidad distinta que me recordó al tono que usaba mi abuela cuando alguien hacía algo que no se hacía.
Una mujer que pasaba por allí con un cubo se paró. Miró los tallos. Dijo algo a Mòrag. Mòrag le contestó. La mujer me miró a mí con una expresión que no era exactamente miedo pero que se le acercaba, y siguió andando un poco más rápido.
Otro hombre salió de una casa, vio los tallos, y entró otra vez.
Mòrag alargó la mano. No para coger los tallos. Para señalarlos, con un dedo extendido, sin tocarlos. Después se llevó la misma mano al pecho, cruzó el brazo sobre sí misma, y dejó caer la cabeza hacia un lado un segundo.
Lo hizo deprisa. Como quien escupe.
Lo entendí enseguida y no quise entenderlo.
* * *
Eilidh me encontró diez minutos después, sentada en el banco de fuera de su casa con los tallos en el regazo.
Se sentó a mi lado sin decir nada.
Miró los tallos. Frunció el ceño. Los miró otra vez. Y entonces hizo el mismo gesto que Mòrag había hecho, pero entero esta vez, despacio: cruzó los brazos sobre el pecho, cerró los ojos, inclinó la cabeza.
El gesto universal de muerto.
Achillea millefolium. Milenrama. Antiséptica, cicatrizante, usada desde los griegos. Y aparentemente usada también aquí para algo que tenía que ver con los muertos. Un rito funerario, probablemente. Una planta de duelo.
Y yo había entrado al poblado con un manojo en la mano el día que el jefe decidía si me ahorcaban.
—Perfecto —dije—. Perfecto, Aurora. Diez sobre diez.
Eilidh me puso la mano en el brazo un momento. Breve. Después la quitó.
Me levanté. Tiré los tallos al suelo. Los miré un segundo más, pensando en la niña y en sus tres días de infección y en lo que iba a hacer sin antiséptico, y después los pisé y entré en la casa.
* * *
Cailean no apareció en toda la mañana.
Eso lo supe porque no hice otra cosa que estar pendiente de si aparecía, lo cual era exactamente el tipo de comportamiento que me habría criticado en cualquier otra persona. Cada vez que se abría una puerta miraba. Cada vez que oía pasos miraba.
Eilidh me trajo un cuenco con algo caliente al mediodía. Lo dejó delante de mí. Yo no lo toqué.
Eilidh empujó el cuenco hacia mí dos centímetros.
Yo lo empujé de vuelta.
Eilidh lo empujó otra vez, esta vez con una cara que no admitía negociación.
Lo empujé otra vez. Ella lo empujó más fuerte. El cuenco derramó un poco por el borde y las dos nos quedamos mirándolo. Después Eilidh me miró con una expresión que era básicamente no me hagas esto, y ya por lástima, cogí la cuchara y comí.
Estaba bueno. No importaba que estuviera bueno. Lo comí mirando la puerta.
* * *
Cailean llegó cuando yo había decidido que no iba a seguir esperando.
Entró sin llamar, que supuse que era lo normal.
Tenía la cara de haber estado haciendo algo durante horas que no había sido fácil, y llevaba el pelo suelto, que antes llevaba recogido, lo cual significaba que algo en las últimas horas había sido lo suficientemente físico como para deshacerle lo que llevara.
Me levanté.
Él me miró. Miró a Eilidh. Le dijo algo a su hermana. Eilidh cogió su capa del clavo y salió sin mirarme, lo cual no era buena señal o era muy buena señal y no sabía distinguirlas.
Nos quedamos solos y levanté las cejas en modo: ¿Y bien?
Cailean se acercó al fuego. Se quedó de pie delante de las brasas, de espaldas a mí, calentándose las manos. No contestó enseguida.
Levantó una mano por encima del hombro. Espera.
Esperé. Diez segundos. Veinte.
Se giró.
—You stay.
Solté el aire.
—But... —Levantó dos dedos.
—Dos condiciones.
Asintió, aunque no sé si por la palabra o por el tono. Por la palabra, probablemente. Two era casi dos.
Señaló hacia la casa de Mòrag. Después juntó sus dos manos, abriendo y cerrando los dedos al mismo tiempo. Juntas.
—Trabajar con Mòrag.
—Yes.
—¿Ella sabe eso?
Por la cara que puso, deduje que Mòrag lo sabía y que la conversación había sido parte de lo que le había ocupado la mañana.
Levantó el segundo dedo. Dudó. Esta era la condición complicada, lo supe antes de que la formulara.
Señaló hacia la puerta. Señaló hacia fuera. Después negó con la cabeza y movió la mano en horizontal, en gesto de lejos no. Después se señaló a sí mismo, después a Eilidh imaginaria a un lado, y otra vez la puerta.
—¿No puedo salir sola?
Asintió a algo en mi cara.
—Necesito a alguien conmigo —traduje en voz alta.
Asintió otra vez.
—¿Quién?
Cailean no contestó. Pero tampoco apartó los ojos de mí.
—Ah —dije.
Silencio.
Levanté la mano abierta y la cerré varias veces preguntando ¿cuánto tiempo?. Levanté las cejas.
Cailean se encogió de hombros.
Me senté en el banco y miré el fuego un momento.
—Cailean —dije, sin mirarle y busqué la forma de preguntarle si me iban a condenar.
—Not know —dijo al final.
—Pero era posible...
Me quedé callada un rato. Él se quedó de pie. Ninguno de los dos habló y no fue un silencio incómodo sino uno de esos que se instalan solos cuando dos personas han estado en tensión mucho tiempo y de repente la tensión cede un poco y el cuerpo no sabe qué hacer con el espacio que queda.
Después me acordé de algo.
Me levanté. Fui hasta la puerta, la abrí, señalé hacia donde había dejado los tallos en el suelo. Seguían ahí.
—Las flores —dije.
Cailean miró los tallos desde la puerta. Y algo en su cara cambió. Una cosa pequeña, rápida, que no llegué a leer del todo.
—For dead —dijo.
—Ya sé que son para los muertos aquí. ¿Por qué?
Buscó las palabras durante un momento.
—Women put on body. —Se llevó la mano al costado, justo donde tenía su herida vendada—. When man die. Battle. —Pausa—. MacRae men.
Las pongo sobre los nuestros, leí.
Me quedé mirando los tallos en el suelo.
—Y yo entré al poblado con un ramo el día que el jefe decidía si me mataba...
Me eché a reír. No pude evitarlo. Fue una risa corta, sin demasiada alegría, de las que salen cuando la alternativa es ponerse a llorar y ya has llorado suficiente.
Cailean no se rio. Pero algo alrededor de su boca se movió un milímetro.
—Oye —dije, cuando se me pasó—. Las flores. ¿Tú lo sabías?
Me miró. Levanté las cejas y señalé el suelo, hacia los tallos pisados, después hacia él. ¿Antes? ¿Sabías?
Cerró los ojos. Apoyó la mejilla en la mano derecha y la inclinó. Dormía.
Entrecerré los ojos. Señalé hacia él otra vez, después aparté la mano de la mejilla en el aire. ¿Y si no hubieras estado dormido?
Una pausa larga. Demasiado larga para ser inocente.
Levantó una mano y movió los dedos en el aire, indecisos. Puede.
Le miré.
Volvió a hacer el mismo gesto, igual de despacio, sin apartar los ojos de los míos. Y esta vez sí que había algo en su cara que en otro hombre habría llamado humor.
Me guardé eso para pensarlo más tarde, cuando estuviera sola.
* * *
Por la tarde fui a ver a la niña con Mòrag.
No fue agradable. Mòrag entró primera, me dejó la puerta en la cara sin querer o queriéndolo, y cuando entré yo ya estaba arrodillada al lado de la cama revisando el vendaje con una competencia que no necesitaba mi ayuda para nada.
Me quedé de pie. La observé trabajar. Tenía las manos rápidas y seguras, sabía exactamente cómo levantar el paño sin arrancar la costra nueva, sabía cómo limpiar los bordes.
Lo que no sabía era lo que había dentro del corte ni por qué estaba funcionando.
Para ella era magia de una extranjera. Para mí era bacteriología básica.
Saqué la pomada. Le ofrecí el tubo.
Mòrag lo miró. No lo cogió.
Puse un poco en mi dedo. Se lo mostré. Señalé el corte.
Mòrag me miró a mí. Miró el tubo. Miró el corte.
Extendió la mano.
Le puse el tubo en la palma. Lo olió. Lo apretó un poco, vio salir la pomada, la olió también. Después, con un cuidado que yo no esperaba, aplicó una cantidad exacta sobre el corte. Ni mucho ni poco. La cantidad que había que poner.
No me miró cuando terminó. Pero tampoco me devolvió el tubo.
Se lo dejé.
* * *
Esa noche, antes de dormirme, oí voces fuera.
Dos hombres. Hablando en voz baja, pero con urgencia, con ese ritmo que tiene una conversación cuando las noticias son malas y no quieres que te oigan.
Reconocí la voz de Cailean.
Me quedé quieta en el jergón, mirando el techo, escuchando un idioma que no entendía. La conversación duró varios minutos. Después silencio. Después pasos alejándose.
La aldea dormía. Eilidh dormía. Yo estaba despierta en la oscuridad pensando en el tono de esa conversación, en la urgencia de las voces, en lo que podía ser tan importante a esas horas.
Y pensé en el jefe poniéndole la mano en el hombro a Cailean esa tarde, cuando los había visto de lejos cruzar el patio juntos. Y en cómo Cailean había asentido.
Había reconocido una palabra en la conversación. Puerto. La misma en castellano y en gaélico no, pero la había dicho con el acento de alguien que la ha usado en otro idioma. No pregunté.
Y en que en toda la conversación sobre las dos condiciones, en ningún momento me había dicho quién había pedido qué. Si el jefe había pedido que me quedara. O si había sido él.