Atrapada en las Highlands Capítulo 6
19%

Capítulo 6

La hija de Mòrag

Cailean no vino enseguida.

Esperé arrodillada al lado de la cama de la niña, midiéndole el pulso cada dos minutos con dos dedos en el cuello.

Eilidh había salido a buscarlo. Llevaba fuera siete minutos.

Diez. La niña respiraba cada vez peor. La madre, a pesar de las indicaciones, había vuelto a entrar y se había quedado en una esquina de la habitación.

Lo único bueno era que no se había movido de ahí.

Me observaba con una mezcla de odio y de esperanza que era posiblemente la combinación más difícil de soportar que he visto en mi vida.

La mujer mayor, la curandera, también seguía dentro. Había vuelto con el agua hirviendo y mi botiquín del abrigo y se había sentado en un taburete bajo, callada, en una postura tensa.

No me ayudaba. Eso me llamó la atención. Una curandera local debería estar acercándome cosas, sosteniéndome el agua, tratando de entender lo que quisiera pedir. Esta no. Esta estaba quieta, como esperando algo, y no era a mí a quien estaba esperando.

La puerta se abrió y Cailean entró con Eilidh detrás.

No venía solo. Detrás de Eilidh venía un hombre mayor, alto, con barba blanca y la misma tela cuadriculada que Cailean, pero ajustada al cuerpo con un broche grande.

Llevaba una espada al cinto. Tenía los ojos del color del hielo y la cara de un hombre que no sonríe por sistema.

Detrás del hombre mayor venían otros dos. Más jóvenes. Armados también.

La habitación, que ya era pequeña, se llenó.

Cailean se acercó a mí. Tenía la cara muy seria. No la cara de la grieta. Otra. Una cara que no le había visto y que pertenecía claramente a la persona que era él en esta aldea, no a la persona que era él conmigo.

Dijo algo a los otros, hacia la cama, presentando la situación. Después se giró hacia mí.

Levanté las manos, las separé en el aire trazando un cuello. Después junté los dos puños contra el bulto invisible que tenía la niña en el suyo y los abrí de golpe, como algo que estalla.

Cailean entendió. Yo creo que entendió. Pero el hombre de la barba blanca no, y el hombre de la barba blanca era el que importaba.

Cailean se volvió hacia él y habló rápido. Habló durante medio minuto largo, señalándome a mí, después a su propio costado, después a la niña. El hombre escuchó sin moverse. Cuando terminó, el hombre hizo una pregunta corta.

Cailean tradujo lo que pudo, mirándome.

—Who you are.

—Aurora.

—No. Who you.

Entendí. Quería saber qué clase de persona era, no mi nombre.

Hice el gesto de mi oficio. Mano sobre frente para tomar fiebre. Dedos sobre cuello para pulso. Trabajé un vendaje invisible alrededor de mi propio brazo. Después miré a Cailean y le señalé el costado vendado.

Cailean se lo confirmó con dos frases. El hombre mayor me miró durante otro segundo muy largo, después asintió una sola vez.

La mujer mayor del taburete habló entonces.

Habló rápido, con la entonación de la persona que lleva veinte minutos esperando turno y por fin se lo dan.

Lo que dijo fue largo. Era una protesta.

Era claramente una protesta porque señaló a la niña, después a sí misma, después a mí, y la palabra que repitió tres veces fue una que no necesitaba traducción.

El hombre mayor la escuchó hasta el final. Después dijo dos palabras.

La curandera bajó la cabeza, pero no se calló del todo. Murmuró algo entre dientes que sonó a maldición.

Cailean se inclinó un poco hacia mí. Habló bajo, en su inglés roto.

—Mòrag —dijo, señalando a la curandera con la barbilla—. Child... sister of her.

Tardé un segundo.

—¿La niña es sobrina suya?

—Yes.

Vale. Genial. La niña era sobrina de la curandera.

La curandera había estado tres días intentando salvarla con lo que sabía y no lo había conseguido.

Y ahora yo entraba, una extranjera vestida de forma extraña, con un tubo de algo que ella no podía identificar, y le proponía abrir el cuello de su sobrina con un objeto afilado.

Entendí su rabia entera. La habría tenido yo.

Mòrag levantó la cabeza. Me miró durante un momento muy largo, evaluando si yo le estaba ofreciendo algo de verdad o si era una manera elegante de quitarle la cara delante del jefe.

No le dije nada. Le sostuve la mirada.

Asintió. Una vez. Mínimo.

Se levantó del taburete.

El hombre mayor hizo un gesto con la mano. Los dos hombres armados que habían entrado con él salieron por la puerta. Él se quedó.

A la madre de la niña la sacaron también, suavemente, porque el jefe le habló con cariño y ella obedeció llorando.

Quedamos dentro Cailean, Eilidh, Mòrag, el jefe y yo.

Y la niña.

Le había hecho a Eilidh los gestos para que me trajera lo que necesitaba durante los siete minutos largos que Cailean había tardado en aparecer.

Tenía sobre el cofre de madera al pie de la cama: agua hirviendo en un cuenco grande, un cuchillo pequeño que Eilidh había sacado de la cocina, paños limpios y mi minúsculo botiquín abierto.

Me lavé las manos en otro cuenco de agua templada, con jabón de aspecto extraño que Eilidh me trajo. Lo froté despacio, con intención, hasta los codos. Entre los dedos, los nudillos, las muñecas. Me sequé con un paño limpio.

Cailean me miraba sin entender por qué tardaba tanto en lavarme.

Después señalé el cuenco. Señalé a Cailean. Señalé a Mòrag.

Cailean frunció el ceño.

Repetí. Cuenco. Él. Mòrag. Sin moverme del sitio.

—Now —dije, porque la palabra la sabía.

Cailean miró el cuenco. Miró a la niña en la cama. Su cara no dijo nada útil, que era lo que hacía cuando había demasiadas cosas pasando dentro. Después se acercó al cuenco y metió las manos.

Mòrag no se movió hasta que Cailean terminó. Entonces se acercó ella. Se las lavó imitándome, hasta los codos, sin que yo se lo pidiera dos veces. No le gustaba hacerlo. Se notaba. Pero lo hizo.

El jefe, en su rincón, observaba todo.

Saqué el cuchillo del agua hirviendo con dos paños limpios, sin tocarlo con los dedos. Lo dejé sobre un paño abierto. Saqué con el otro paño una aguja de coser que Eilidh me había traído. La metí también en el agua hirviendo y la dejé hervir otro minuto.

Cogí las manos de Cailean. Las puse a cada lado de la cabeza de la niña, con la presión justa para sujetarla sin asfixiarla. Le aguanté el gesto un segundo más para que entendiera que eso era exactamente lo que quería de él, ni más fuerte, ni más flojo.

Asintió.

Después miré a Mòrag. Le señalé los hombros de la niña y mis propias manos contra el colchón. Mòrag entendió y se colocó.

Nos colocamos. Cailean a la cabeza. Mòrag a un lado. Yo al otro lado, sobre la niña, con el cuchillo en la mano derecha y los dedos de la izquierda palpando el bulto del cuello.

La niña, en algún sitio dentro de su fiebre, abrió los ojos un momento y me miró.

—Hola, cariño —le dije, en español, porque me salió—. Cierra los ojos si quieres.

No entendió, pero algo en el tono, o en mi cara, o en la mano de Mòrag, que era de su tía y que en ese momento la sujetaba sin temblar, la hizo cerrar los ojos.

Encontré el centro del bulto con los dedos. Apreté un poco. Estaba fluctuante. Tenía pus dentro.

Le hice un gesto a Cailean para que supiera que había llegado el momento y en cuando asintió, corté.

Fue un corte pequeño, exacto, de medio centímetro. La niña dio un grito desgarrador y se intentó mover. Cailean la sujetó más fuerte. Mòrag le aguantó los hombros. Yo apreté el bulto desde abajo con la palma de la mano izquierda, hacia arriba, vaciándolo.

Salió pus amarillento y sangre mezclada. Mucho. Más de lo que esperaba. El olor era el que conocía. Un alivio profesional me recorrió en el momento exacto en que más concentrada estaba.

Limpié con un paño esterilizado. Volví a apretar. Salió más, esta vez menos espeso. Limpié otra vez.

La niña se había puesto a llorar de manera continua, agotada, sin fuerzas para gritar.

Apreté por última vez. Salió ya solo un líquido claro con hilos de sangre. Limpio. Vacío.

Cogí el tubo de pomada antibiótica. Apreté una cantidad pequeña sobre el corte y la introduje un poco con la punta del dedo. Pomada por dentro, pomada por fuera.

Tapé con un paño limpio.

Me incorporé. Tenía las manos llenas de sangre y de pus y de la transpiración que se me había bajado por la frente sin que yo me hubiera dado cuenta.

Cailean dejó de sujetar a la niña. Mòrag también.

La niña, agotada, cerró los ojos del todo y se quedó dormida casi inmediatamente. Le tomé el pulso. Seguía rápido. Pero ya no acelerado de la misma manera. Era el pulso de un cuerpo agotado, no de un cuerpo en sepsis.

Le hice a Eilidh el gesto de beber, señalando a la niña. Eilidh salió.

Volví la cabeza hacia el jefe del clan, que seguía en su rincón sin haberse movido durante toda la operación y me sostuvo la mirada.

No sonrió. No habló. No hizo ningún gesto, solo salió de la habitación.

Salí de la casa cinco minutos después.

Necesitaba aire.

Fuera era casi de noche. La aldea seguía despierta. Había gente esperando a que saliera alguien con noticias. Cuando me vieron, se hizo una quietud completa. Como cuando entras en una clase de niños y todos paran a la vez.

Eilidh salió detrás de mí. Dijo una sola palabra a la gente que esperaba. Los aldeanos rompieron en murmullos.

Me alejé. No mucho. Lo justo para llegar al cercado de las cabras y apoyarme en la valla. Necesitaba estar quieta sin que me mirase nadie.

Las cabras me miraron, eso sí, pero las cabras no cuentan.

Y entonces, sin previo aviso, me empezaron a temblar las manos.

Me las miré. Temblaban como tiemblan las manos de alguien que acaba de soltar un peso muy grande y le viene de golpe todo lo que no se había permitido sentir. No era frío. No era miedo. Era la descarga.

Me agarré a la valla con las dos manos. Me agaché y apoyé la frente en la madera.

No lloré. Eso me sorprendió. Llevaba dos días llorando por todo y ahora, después de hacer la cosa más arriesgada de mi vida profesional con un cuchillo de cocina hervido y un tubo de Bactroban caducado, no me salía una lágrima.

Solo el temblor.

Me quedé así un rato. No sé cuánto. Cinco minutos, diez. Hasta que el temblor se fue como se va una marea pequeña, dejando solo un cansancio espeso por todo el cuerpo.

Cuando levanté la cabeza, Cailean estaba a tres metros de mí, mirándome. No sé cuánto llevaba ahí. No me había hecho notar su llegada.

Se acercó, quedándose a un metro. No me tocó.

Habló en gaélico. Despacio. Cinco o seis palabras.

No entendí nada. Y por el tono no eran palabras de felicitación. Eran palabras de algo más complicado.

Levanté las cejas. ¿Qué?

Cailean miró al suelo un momento. Después levantó una mano y la movió despacio en el aire, horizontal, como quien aplana algo.

—Stay —dijo.

—¿Me quedo?

Asintió.

Levanté tres dedos y las cejas.

Negó con la cabeza. Hizo el gesto de aplazar con la mano y señaló hacia la casa grande de piedra, la del jefe.

Eso lo entendí.

El jefe decidía.

—Vale.

Cailean no se movió.

Algo cruzó su cara que no era exactamente incomodidad sino algo más cercano al peso de quien sabe algo que no quiere decir.

Sacó el cuchillo del cinto. Lo sostuvo un momento. Después lo volvió a guardar.

Yo me quedé mirando el cinto donde había vuelto el cuchillo.

—Ah —dije.

Buscó la palabra. No la encontró en inglés. Probó otra cosa.

—Bean-shìth —dijo, y al ver que no me llegaba—. Witch.

Esa palabra sí la conocía.

—Bruja.

Asintió.

Me eché a reír. Una risa corta, sin alegría, que sonó rara saliendo de mi garganta.

—Lógico. Llego de la nada, vestida raro, hablando raro, con cosas raras, y la primera vez que abro la boca propongo cortarle el cuello a una niña. Yo también pensaría que soy bruja. Es la opción más razonable, en realidad.

Cailean no se rio.

—Aurora —dijo.

Era la primera vez que decía mi nombre desde la grieta. Lo dijo entero. La erre redonda, sin arrastrarla como otras veces.

—¿Qué?

Hizo un gesto. Un gesto muy concreto. Llevó la mano al cuello con dos dedos, abriéndolos y juntándolos, como una soga.

Me quedé mirándolo.

Después abrió la mano. La cerró. La abrió otra vez con los dedos rectos en el aire, encendidos.

Fuego.

—¿Me quemarían? —dije, en voz baja.

Probablemente no entendió la palabra exacta. Entendió la frase.

Asintió.

Asintió y se quedó mirándome con esa cara suya que no era exactamente preocupación sino algo más áspero, algo que tenía que ver con la información que estaba dándome y con su incapacidad para protegerme de esa información.

Yo me agarré otra vez a la valla.

Esta vez no tembló nada. Esta vez se quedó todo muy quieto por dentro, en un sitio frío que conocía bien de las noches malas en urgencias.

—Bueno —dije al cabo de un momento—. Bueno.

—Aurora...

—Estoy bien.

No estaba bien.

Cailean dio un paso. Levantó la mano. La dejó a medio camino, sin tocarme, como si se lo hubiera pensado mejor. La bajó.

Señaló hacia la casa grande del jefe. Después juntó las palmas a un lado de la cara, en gesto de dormir, y movió la mano otra vez aplanándola en el aire.

—Tomorrow —dijo.

—Mañana decide.

—Yes.

—¿Y tú?

Tardó un momento en contestar.

Levantó dos dedos. Los señaló a sí mismo. Después al jefe imaginario, en la dirección de la casa de piedra. Hizo un gesto de inferioridad, los dos dedos por debajo de otra mano abierta.

—Mac... bràthair. Nephew.

—Sobrino.

Asintió.

—Pero no eres tú.

Negó con la cabeza.

Me aparté de la valla. Las cabras seguían mirándome, ofendidas por algo que no era mío.

—Vale —dije.

Pasé por delante de él. No le miré. Caminé hacia la casa de Eilidh con un paso que intentaba ser firme.

A medio camino, sin volverme, dije en voz alta y en español:

—Si me condenan, no quiero que vengas a despedirte. No me sirve. Y a ti tampoco te va a servir.

No me entendió. Y no me importó. Lo había dicho para mí.

Entré en casa de Eilidh.

Ella ya tenía preparado un jergón en el suelo, junto al fuego.

Estaba sentada en el banco esperándome. Cuando me vio entrar se levantó.

Me miró la cara. Miró mis manos, que seguían con rastros de sangre seca entre los dedos aunque me las había limpiado.

Se acercó despacio y me puso una mano en el hombro, torpe, con la rigidez de alguien que no sabe si tiene permiso.

Yo no me moví. No me salió ni acercarme ni apartarme.

Me quedé quieta con su mano en el hombro, mirando el fuego, y se me cayeron dos lágrimas que no tenían ningún sitio mejor donde caer, mientras fuera, en la noche de las Highlands, alguien empezaba a cantar algo lento y triste en una lengua que no era la mía y que no sería nunca la mía aunque viviera ahí cien años.