Capítulo 5
La pelirroja
La mujer llegó a nosotros corriendo y se lanzó a los brazos de Cailean con tanta fuerza que casi lo tira al suelo.
Él la abrazó con el brazo bueno y le dijo algo suave contra el pelo.
Ella le contestó con la voz rota y le golpeó dos veces el pecho con el puño cerrado, como se golpea a alguien con el que estás muy enfadada por haberte hecho preocupar.
Yo me quedé tres pasos atrás. Aparté la vista hacia el valle, porque me pareció lo más educado. También porque no quería que se me viera la cara mientras procesaba lo que estaba pasando.
Yo no era nadie. Yo había pasado dos días en una grieta con un hombre al que había encontrado moribundo, eso era todo.
Yo no le había hecho ningún tipo de pregunta personal, entre otras cosas porque no sabía hacerle preguntas en su idioma.
El hombre podía tener mujer, hijos, suegros, perro y dos amantes en pueblos vecinos, y yo no tenía ningún derecho a sentir nada al respecto.
Miré una nube que se movía sobre el valle. Era una nube interesante. Tenía forma de algo.
—Es preciosa —dije, hacia la nube—. Me alegro mucho por ti, Cailean.
No me oyó porque seguían hablando. Ella le tocó la cara, le miró el corte de la ceja, le levantó un poco la tela para mirarle el costado y soltó una palabrota que sonó a palabrota incluso sin entenderla. Lo regañó. Cailean asintió, paciente, como un niño grande que sabe que se ha portado mal.
Entonces ella me vio.
Su cara cambió de manera muy interesante. Pasó por tres expresiones en menos de un segundo: sorpresa, evaluación, decisión. Lo último fue una sonrisa amplia, abierta, de las que se ofrecen cuando una mujer ha decidido que otra mujer no es enemiga hasta que se demuestre lo contrario.
Me extendió la mano.
—Fàilte —dijo.
—Aurora —contesté—. Soy Aurora.
—Aurora —repitió—. Eilidh.
—Eilidh.
Cailean dijo algo, presentándonos formalmente o intentando hacerlo.
Habló rápido, señaló mi vendaje en la palma, después su costado, después miró a Eilidh con una cara que pedía que comprendiera.
Eilidh me miró con renovado interés. Después dijo algo y se llevó la mano al pecho, igual que había hecho Cailean en la grieta el primer día.
Hice lo que pude con el gesto. Eilidh me cogió del brazo.
Del brazo bueno, con cuidado, como si supiera ya que tenía el otro mal sin que se lo hubieran dicho.
Tiró suavemente y empezamos a bajar los tres juntos.
Yo entre los dos. Ella hablando sin parar con Cailean por encima de mi cabeza y Cailean contestando con monosílabos.
A los tres minutos de caminar, Eilidh giró la cara hacia mí y me dijo algo, sonriendo, señalándolo a él y después a sí misma.
—Piuthar.
—No te entiendo.
Lo dijo otra vez, más despacio.
—Piuthar —repitió, y se tocó el pecho. Después tocó a Cailean en el brazo—. Bràthair.
Volví a negar, esta vez con una sonrisa de derrota, las dos manos arriba.
Eilidh resopló de buen humor. Soltó mi brazo, juntó las palmas en un gesto de niños en hilera, después separó los dedos pulgar e índice en dos alturas, una más alta y otra más baja, y los señaló a los dos.
Ah.
Hermanos.
Tardé en procesarlo porque tardé en mirarla bien. Le miré el pelo rojo, la cara joven, los ojos del mismo gris que los de Cailean. Tenían la misma forma de boca. Cómo no me había dado cuenta. Eran iguales con varios años de diferencia y 50 kilos.
—Hermana —le dije, en español y Eilidh ladeó la cabeza, sin entender.
Junté las palmas otra vez, como ella había hecho, y la señalé a ella y después a Cailean.
Le brilló algo en la cara.
Algo en mi pecho, en el sitio donde se me había apretado todo hacía cinco minutos, hizo el ruido contrario.
Cailean caminaba a mi otro lado y, sin volver la cara, sin perder un paso, soltó una palabra muy corta en gaélico. No la entendí. Pero por el tono y por lo deprisa que apartó la vista cuando lo miré, le entendí lo suficiente.
Le di un golpecito en el brazo, sin mirarlo. Era el equivalente más cercano que tenía a cállate.
Eilidh nos miró a los dos con la cara de la persona que no entiende nada, pero intuye que hay subtexto. Sonrió otra vez. Era una sonrisa de hermana mayor, no de chica enamorada. La iba a empezar a querer en breve, lo veía venir.
* * *
La aldea era más grande vista desde dentro.
Había unas doce o quince casas, más algunas construcciones que no eran casas.
Cobertizos, lo que parecía un horno comunitario, un edificio bajo del que salía un olor fuerte y picante que decidí no investigar.
Había niños. Eso me sorprendió, no debería haberme sorprendido, pero hasta ese momento yo solo había visto hombres armados y una sola mujer.
Había niños corriendo entre las casas, perros pequeños siguiéndolos, gallinas, un par de cabras atadas a un palo.
Olía a humo de chimenea, a animales, a comida que se estaba cocinando en algún sitio, a humanidad concentrada.
La gente se asomaba al vernos pasar.
Primero unos cuantos. Después más. Después casi todos. Se quedaban mirando con una mezcla de alivio (Cailean había vuelto) y curiosidad pura (Cailean había vuelto con eso).
Yo intenté pasar como una mujer normal, lo cual estaba lejos de ser posible.
Llevaba un abrigo verde técnico, vaqueros, botas de senderismo, un coletero en la muñeca, y por encima de todo eso la capa cuadriculada que Cailean me había echado por los hombros y que me caía hasta media pierna.
Estaba claro que era yo la que destacaba, no la capa.
Me sentí como cuando vas a un bautizo vestida de viernes informal y tu suegra te ve entrar.
Una mujer mayor, bajita, salió de una de las casas y se vino directa a Cailean.
Le tocó la cara con las dos manos. Le dijo algo.
Le golpeó el pecho exactamente igual que había hecho Eilidh, lo cual indicaba que eso era un protocolo familiar.
Después se giró hacia mí, me miró de arriba abajo durante un segundo muy largo, y dijo una palabra.
Eilidh se rio. Cailean cerró los ojos un momento como pidiendo paciencia.
Quise preguntar qué había dicho. No podía.
Eilidh me cogió del brazo otra vez y me llevó.
La mujer mayor se vino detrás. Y Cailean, sin yo poder evitarlo, fue arrastrado por dos hombres grandes que aparecieron de la nada hacia la casa de piedra.
Le iban dando palmadas en la espalda y le hacían preguntas a las que él contestaba con cabeceos.
Me dejó sin despedirse.
A los dos minutos yo estaba dentro de una casa pequeña, con suelo de tierra y un fuego en el centro, rodeada de cuatro mujeres que tenían toda la intención de meterse en mi vida en los próximos cinco minutos.
* * *
Lo primero que hicieron fue quitarme el abrigo.
Eso no me lo esperaba. Eilidh me lo desabrochó como se le quita el abrigo a un niño, sin pedir permiso, con esa eficiencia que tiene la gente que tiene cosas que hacer.
Me lo colgó de un clavo en la pared. Después una mujer mayor, no la de antes, otra, me tocó la manga del jersey con los dedos.
Frotó la lana entre el índice y el pulgar.
—Mmmh.
Dijo algo a las otras. Las otras se acercaron. Me tocaron la manga también. Cuatro mujeres tocándome la manga de un jersey de H&M de hace tres temporadas.
—Es lana —dije, asintiendo, contenta de poder participar en algo.
No me entendieron, claro. Pero como yo tenía las manos en el jersey y ellas también, y la palabra lana tiene esa cosa onomatopéyica de las palabras de tela, una de ellas asintió como si lo hubiera pillado.
Me sentaron en un banco junto al fuego. Eilidh sacó un cuenco de algo caliente.
Me lo puso en las manos. Yo lo miré. Tenía un color tirando a beige, espeso, con trozos.
Olía a comida de verdad, calentita, con grasa y especias que llevaban siglos en la tierra y a las que mi nariz reconocía sin saber por qué.
Asentí dos veces, todo lo que entendía por gracias en ese momento.
Probé. Estaba buenísimo. Era una especie de potaje, con cebada y carne deshilachada y algo verde, y me entró por la garganta como una bendición.
—Math —dije, recordando la palabra de la barrita.
Las cuatro mujeres se rieron. Pero se rieron amablemente, como ríen las mujeres cuando una extranjera intenta decir algo en su idioma y casi lo consigue.
—Math, math —repitió Eilidh, asintiendo, y dijo algo a las otras que las hizo reír más fuerte.
Mientras comía me observaron en silencio. No incómodo. Concentrado. Como cuando vas a un veterinario nuevo y el veterinario evalúa a tu perro antes de tocarlo.
La mujer mayor que me había tocado la manga se acercó y me cogió un mechón de pelo. Lo miró. Lo soltó. Dijo algo.
Pasé el mechón entre mis dedos imitándola, asintiendo. Negro. Largo. Sí, qué descubrimiento.
Me señaló los ojos.
Me señalé los ojos también, le devolví el gesto.
Me señaló las manos. Las miró. Me cogió la mano del esparadrapo con cuidado y la levantó hacia la luz del fuego. Le dio la vuelta. Pasó el pulgar por mi palma, donde no había nada. Ni callos, ni durezas, ni marcas. Las uñas que habían estado pintadas hasta hacía una semana. Los dedos delgados.
Dijo una palabra. Lo dijo sin acritud, pero sin elogio.
Las manos de Eilidh, en comparación, tenían el dorso ancho, las palmas rojas, una pequeña quemadura blanca en el pulgar de algo que probablemente había sido un caldero.
Me solté de la mujer mayor con cuidado. Me toqué el pecho. Después miré alrededor buscando con qué explicarme. Cogí del banco el cuenco de potaje vacío y lo dejé en el suelo. Lo señalé como diciendo eso no. Después fingí limpiar una herida en el aire, vendarla, ponerle un parche.
Eilidh entendió antes que las otras.
—Cailean? You… heal?
Asentí.
Levanté las manos, mis manos sin callos. Las moví como diciendo estas. Sí.
Eilidh tradujo a las otras. Las otras se volvieron a mirar entre sí. La mujer mayor levantó las cejas.
Y entonces, sin previo aviso, me cogió de la muñeca.
No fuerte. Firme. Y tiró de mí. Me hizo levantarme del banco. Eilidh se levantó también, con cara de no entender muy bien qué estaba pasando, pero dispuesta a seguir.
Salimos de la casa.
* * *
Me llevaron a otra casa, dos puertas más allá.
Dentro había una niña pequeña, de unos cuatro o cinco años, tumbada en una cama estrecha. La madre estaba arrodillada al lado. Cuando entramos, la madre levantó la cabeza con los ojos rojos.
La mujer mayor dijo algo. La madre me miró. Negó con la cabeza, dijo algo a la mujer mayor, y volvió a mirar a su hija.
La mujer mayor le contestó con voz firme. Era claramente una autoridad. Curandera del clan, probablemente. La mujer que sabía de plantas y de fiebres.
La madre me miró otra vez. Después se apartó.
Me acerqué a la cama.
La niña tenía fiebre alta. Lo vi antes de tocarla. Tenía las mejillas encendidas, los labios secos y agrietados, los ojos entrecerrados. Respiraba rápido y poco profundo. Le puse la mano en la frente. Ardía. Le puse dos dedos en el cuello, le tomé el pulso. Demasiado rápido.
Le bajé un poco la manta. Le levanté el camisón. Le miré el pecho, el abdomen, las axilas, las ingles, buscando algo concreto.
Lo encontré en el cuello, debajo de la oreja. Un bulto duro, hinchado, del tamaño de una nuez pequeña. Lo toqué con cuidado. La niña gimió y giró la cara, débilmente.
Un ganglio inflamado. Que con esta fiebre, este pulso y esta deshidratación significaba infección. Bacteriana. Probablemente.
Levanté la cabeza y miré a la mujer mayor. Levanté tres dedos en el aire y los señalé con las cejas arriba.
La mujer mayor entendió la pregunta sin necesidad de Eilidh. Levantó tres dedos también.
No dije nada. Era lo que tenía que hacer, no porque entendiera lo que iba a hacer yo.
Porque sí, era una infección. Era una infección que en mi siglo se trataba con dos pastillas cada doce horas, y en setenta y dos horas la niña estaba en pie. En este siglo se trataba con suerte y con plantas que yo no conocía.
Recordé mi antibiótico de emergencia, esa pomada que un farmacéutico me había vendido para una quemadura del verano pasado, sin abrir, en el bolsillo interior del abrigo. Era una crema, no eran pastillas. No servía para una infección interna. Servía para heridas tópicas.
Salvo que.
Salvo que yo recordaba, de un curso de heridas crónicas que había hecho hacía dos años, que ciertos tipos de pomadas antibióticas podían tener un uso fuera del prospecto en casos de absceso superficial si se hacía un drenaje.
Si yo drenaba ese ganglio. Si yo abría ese bulto del cuello de la niña con algo afilado, sacaba lo que tuviera que salir, y aplicaba la pomada por dentro…
Era una idea terrible. Era una idea que en mi hospital me costaría la carrera profesional.
Era una idea que requería instrumental que no tenía, anestesia que tampoco tenía, y la calma absoluta de una niña de cuatro años que estaba consciente y aterrorizada.
Era también la única que tenía.
Me incorporé.
Miré a la mujer mayor. Señalé el fuego. Junté las manos en cuenco. Hice el gesto de verter.
—Uisge —dije, usando la única palabra que sabía para agua.
Le caí más simpática de golpe. La mujer mayor dijo algo a una de las otras, que salió.
Saqué el abrigo del clavo y lo zarandeé hasta que noté el peso del botiquín en el bolsillo interior. Eso lo saqué a la vista. Eilidh siguió mis manos con la mirada.
Después señalé a la madre. Señalé la puerta. Moví la mano hacia fuera con suavidad. Negué con la cabeza.
Eilidh frunció el ceño. Repetí el gesto. La madre, sin que nadie le tradujera, lo entendió perfectamente, porque las madres entienden cuándo las están echando aunque sea por su bien. Empezó a protestar. Eilidh le puso la mano en el brazo y le habló bajito.
La madre salió llorando.
Lo último era Cailean. Dije su nombre. Señalé el suelo a mi lado, después la puerta, después junté el índice y el pulgar muy pegados. Aquí. Ya.
Esta vez Eilidh entendió sin problema y salió corriendo.
La mujer mayor me sostuvo la mirada un instante muy largo. Después asintió una sola vez, salió por la puerta gritando órdenes y, fuera, oí cómo la aldea entera empezaba a moverse.
También escuché la palabra bana-bhuidseach.
Bruja.
La dijeron bajo, como si el miedo creciera más cuando se pronunciaba fuerte.