Capítulo 4
El plan que no era un plan
Tardamos dos días en salir de la grieta. Dos días largos en los que aprendí que el aburrimiento medieval era una experiencia completamente nueva para mí.
En mi siglo, el aburrimiento se solucionaba con el móvil. Aquí, el aburrimiento se solucionaba mirando una pared de piedra y esperando a que pasara algo, y lo único que pasaba era que se te ocurrían cosas en las que llevabas años sin pensar.
El primer día pensé en mi abuela. La materna, la de Lugo, que murió cuando yo tenía nueve años. Me acordé del olor de su casa, una mezcla de leche caliente y de orujo, y de cómo me daba terrones de azúcar a escondidas cuando mi madre no miraba.
El segundo día pensé en cosas peores. En la última conversación con Marcos.
En la cara de mi jefa cuando le pedí las vacaciones.
En un paciente que se me murió en marzo, un hombre de cincuenta y dos años con un infarto, y al que no le sostuve la mano cuando se le fueron las constantes porque tenía las dos manos ocupadas haciendo otra cosa.
Aquello me había perseguido durante semanas.
Aquí me persiguió otra vez, con la misma intensidad.
Las cosas no resueltas no se quedan en tu siglo. Se vienen contigo.
También pensé, en momentos menos elevados, en mi cama.
En mi cama concretamente, no en una cama en general.
En el edredón nórdico que me había comprado en El Corte Inglés en octubre, en oferta.
En la almohada viscoelástica. En lo que daría por meterme veinte minutos.
También en una ducha caliente, larga, con un chorro a presión decente.
Y en un café. Un café con leche, sin más, ni siquiera de los buenos, uno de máquina de gasolinera me valía.
Cailean no me ayudaba a distraerme porque Cailean apenas hablaba. Y cuando hablaba era en una lengua que yo no entendía. Lo cual reducía bastante las opciones.
Lo que sí hicimos los dos días fue lo siguiente.
Curarle. Le cambié el vendaje tres veces.
La herida tenía buen aspecto, mejor del que yo esperaba; los bordes habían dejado de estar inflamados y empezaba a cerrarse de una manera sana.
Le iba a quedar una cicatriz fea, pero estaba claro que no iba a ser la primera ni iba a destacar mucho en la colección.
Comer. Cailean me hizo entender, mediante una serie de gestos que en otro contexto habrían sido cómicos, que él podía intentar algo en el barranco.
Salió al amanecer del segundo día contra mi opinión profesional.
Yo negué con la cabeza, le toqué el vendaje, le señalé el suelo.
Quédate. Él consideró el mensaje un segundo y salió igualmente, cojeando.
Volvió media hora después con dos conejos.
Levanté las cejas. Él levantó una trampa que se había hecho con un trozo de tela rota y una rama, con el aire de alguien que ha hecho esto desde los cinco años.
Los desolló. Yo lo miré porque no podía evitarlo.
Soy enfermera, no tengo asco a la sangre, pero el proceso de un conejo entero a algo que pudiera comerse fue, debo reconocerlo, uno de los espectáculos antropológicos más impresionantes que había visto.
Cailean lo hizo con dos movimientos. Le sacó la piel como quien le saca el calcetín a un niño.
Encendió un fuego pequeño, dentro de la grieta, en un agujero que cavó en el suelo para que el humo no se viera mucho desde fuera.
Lo hizo con dos piedras y un puñado de musgo seco.
Lo hizo en tres minutos. Yo había estado veinte la noche anterior intentando lo mismo y no había conseguido más que un poco de humo decepcionante.
Le di un golpecito en el brazo y le señalé el fuego. Después me señalé a mí y negué con la cabeza, indicando yo no sé.
Levantó las cejas un milímetro. Después se encogió de hombros, como si eso explicara alguna cosa muy obvia sobre las mujeres del sur.
Comimos conejo asado con las manos. Estaba bueno.
Llevaba tanto sin comer comida de verdad que en cualquier otro contexto me habría parecido un manjar; aquí, con la sal que no tenía y la pimienta que tampoco, era simplemente algo caliente, salado de manera natural por la propia carne, y que me llenó el estómago por primera vez en lo que parecía una semana.
Cailean comió más despacio que yo. En mitad de la comida dijo algo y señaló mi brazo.
Me miré. Tenía un moratón enorme, morado y amarillo en los bordes, desde el codo hasta media muñeca. De la caída por la colina. No me dolía ya. Se me había olvidado que estaba ahí.
Me encogí de hombros. No es nada.
Señaló mi rodilla. El vaquero roto, la rodilla seca de sangre y costra.
Volví a encogerme de hombros.
Señaló su propio costado, vendado. Después me señaló a mí entera, con un gesto amplio. Después abrió las manos en el aire en una pregunta clara.
—Pues yo —dije—. Yo me curo a mí.
No me entendió las palabras, pero algo en mi cara debió de decirle suficiente, porque se levantó despacio, fue hasta el rincón donde teníamos el botiquín, y volvió con la povidona, la última gasa y el esparadrapo. Se sentó delante de mí.
Y me cogió la mano.
Con esa misma palma callosa de la primera mañana, pero esta vez no me apretaba. Me cogió la mano, le dio la vuelta, y se quedó mirando la palma arañada como si estuviera leyendo el mapa de algo.
—Cailean, no hace falta.
Levantó la vista. Me sostuvo la mirada un par de segundos. No respondió. No había nada que responder.
Limpió la palma con agua. Después con povidona, con muy poquita cantidad porque sabía perfectamente que era importante y que quedaba lo justo. Me la limpió alrededor con cuidado, sin tocar el centro. Me puso un trozo de gasa. La sujetó con un pedazo pequeño de esparadrapo.
Lo hizo bien. Lo hizo como si llevara haciéndolo toda la vida, y probablemente algo de eso había hecho toda la vida, sobre soldados, sobre amigos, sobre él mismo. Tenía las manos firmes, pero no rudas. Sabía dónde apretar y dónde no.
Yo me quedé quieta mientras él me trabajaba la palma. Quieta y sin hablar, que era una novedad importante. Me miré las manos. Tenía las uñas rotas. Una se me había arrancado entera. Los nudillos pelados.
Cuando terminó no me soltó la mano enseguida. La sostuvo un momento más, con el pulgar sobre la muñeca, como cuando tomas un pulso. Quizás eso fue exactamente lo que hizo.
Después la soltó.
—Tapadh leat —dije.
Lo dije mal. Lo había oído dos veces durante la mañana y lo dije como se me había quedado. Gracias, había deducido yo. Por el tono que ponía él al usarla.
Levantó las cejas. Algo se movió en su cara y asintió una sola vez.
* * *
Al tercer día decidimos salir. Mejor dicho: él decidió. Yo me adapté.
Llevaba unas horas más callado que de costumbre, lo cual era ya un nivel de silencio considerable. Se asomó por la grieta varias veces. Olfateó el aire como un animal, lo hizo literalmente, levantando la cabeza y aspirando hondo. Volvió a entrar.
Cogió el bolígrafo del hotel, que ya había adoptado como herramienta normal sin preguntarse de dónde venía, y un trozo de cartón. Dibujó.
Dibujó una casa. Una casita simple, con tejado en pico, y dentro varios palitos que eran personas. Al lado de la casa, un círculo grande. Me señaló a mí y al círculo. Movió la mano del círculo a la casa.
Asentí.
Dibujó al lado un sol y una luna. Después otro sol y otra luna. Después un tercer sol. Tres días.
Eso lo entendí sin necesidad de más dibujo.
Le quité el bolígrafo de la mano. Dibujé los cuatro hombres a caballo. Me encogí de hombros, preguntando dónde estaban.
Cailean hizo una cara como si le hubiera pisado algo, y dibujó al lado un círculo con una equis encima. No. Después dibujó una flecha desde nuestra grieta saliendo en una dirección, otra flecha en otra dirección distinta, y los cuatro caballos por la segunda.
Asentí.
Dibujé después una flecha desde la grieta que no salía. Que se quedaba dentro. Me señalé a mí, le señalé a él, y junté los dedos índices dentro de la grieta dibujada. Aquí. Quedarnos.
Negó con la cabeza.
Se señaló el costado. Hizo un gesto a su alrededor que entendí como esto no aguanta. Después me señaló a mí y volvió a hacer el gesto, esta vez añadiendo algo. Ni tú.
Eso lo entendí sin necesidad de dibujo.
Recogimos. Recogimos era una palabra grande para lo poco que teníamos.
Yo metí el botiquín en los bolsillos del abrigo y el móvil apagado.
Cailean se ajustó la tela cuadriculada de manera que el vendaje quedara bien sujeto sin presionar.
Cogió un cuchillo que había sacado de algún sitio durante los dos días que llevábamos juntos y que yo, a estas alturas, había decidido no preguntarle de dónde había salido.
Salimos en silencio. Justo después del amanecer.
Hacía frío. Mucho. Yo iba con un abrigo que en Madrid me había parecido suficiente pero que en las Highlands era el equivalente a una camiseta mojada.
Cailean me vio tiritando y, sin decir nada, se quitó una capa de tela que llevaba sobre los hombros, una especie de manta cuadriculada larga, y me la echó por encima.
Negué con la cabeza e incluso hice ademán de devolvérsela, pero me sostuvo la mano un segundo, apartándola, sin mirarme.
Empezamos a caminar.
* * *
Caminamos cuatro horas seguidas.
No hablamos. Yo porque no podía permitirme el aire; iba detrás de él, intentando seguirle el paso, y aunque él iba más despacio por la herida, seguía siendo un paso de hombre acostumbrado a moverse por terreno escocés desde los cinco años.
Yo era una enfermera de Madrid que iba al gimnasio dos veces al mes en sus mejores semanas.
El paisaje era impresionante: colinas verdes oscuras, lagos pequeños de agua casi negra, brezo morado en zonas que parecían pintadas, y un cielo enorme, con tres tiempos meteorológicos distintos visibles al mismo tiempo.
Llovía a la izquierda. Salía el sol a la derecha.
Por delante, nubes bajas pegadas a las montañas.
Cailean caminaba con un ojo en el horizonte y otro en mí. Cada veinte o treinta minutos paraba sin previo aviso. Yo casi me chocaba con él. Él escuchaba. Olía. Volvía a caminar.
A media tarde paramos en un arroyo. Bebimos. Cailean sacó de un bolsillo interior de la tela algo que parecía carne seca, una tira larga y oscura. La partió en dos y me dio la mitad.
Hizo el gesto de animal con cuernos.
Asentí. Ciervo. Otra cosa que probar.
Estaba dura como una suela y tenía un sabor muy fuerte, ahumado, pero me llenó. Mastiqué un buen rato.
Cailean me miraba mientras yo masticaba. Tenía una sombra de algo en la cara, no exactamente preocupación, más bien valoración. Como si me estuviera calibrando.
Levanté las cejas. ¿Qué?
Negó con la cabeza y después dijo algo en gaélico. Tres frases. Habladas con tranquilidad.
—Cailean, ojalá supiese lo que me estás diciendo —dije, en español, porque era lo único que tenía y algo en mi voz le hizo apartar la vista.
Cuando creía que la conversación había terminado, me tendió la mano.
No era el gesto del corazón. Era otro. La mano abierta hacia mí, los dedos relajados, ofrecida como se ofrece la mano a alguien para ayudarla a levantarse.
Yo estaba sentada en una piedra. No necesitaba ayuda. Pero entendí que la mano no era para levantarme.
La cogí.
Era cálida. Grande. La piel áspera por el lado de la palma y suave por el dorso. Me apretó los dedos una vez, suave, y los soltó.
Dijo una palabra que sonó a vamos y nos levantamos.
* * *
Llegamos al alto de una colina al atardecer.
Cailean se detuvo en lo alto y miró hacia abajo. Yo llegué jadeando dos pasos por detrás y me detuve a su lado.
Abajo, en el valle, había humo. Varias columnas, finas, subiendo en línea recta. Una aldea. Una decena de casas bajas, con tejados de paja, dispuestas alrededor de un edificio más grande de piedra. Había gente moviéndose entre las casas, pequeñas desde aquí, y caballos en un cercado.
Lo entendí. Cailean no se movió.
Me miró. Tenía la cara muy seria. Más que en los últimos dos días, en los que él, por defecto, había sido un hombre serio. Esta era otra cosa.
Dijo algo. Una frase corta y negué con la cabeza despacio.
Probó otra vez. Más despacio. Señalándose a sí mismo, señalándome a mí, señalando hacia abajo. Y haciendo después un gesto con las dos manos que yo no supe interpretar, pero que tenía el aire de cuidado.
—Vale —dije, aunque no me iba a entender—. Vale, cuidado.
Empezamos a bajar.
A medio camino, cuando ya se nos veía desde abajo, una figura grande salió de la casa más grande de piedra. Una mujer, por la silueta. Se quedó muy quieta mirándonos bajar. Después echó a correr hacia nosotros.
Cailean se paró en seco.
Murmuró algo. Una sola palabra. Y la dijo de una manera que me hizo entender que esa palabra cambiaba todo lo que yo me había imaginado en los últimos dos días.
La mujer ya estaba a treinta metros de nosotros. Veinte. Diez… Tenía el pelo rojo. Largo, suelto. Era joven. Era preciosa. Y corría hacia él con los brazos abiertos.