Capítulo 3
Idiomas que no hablo
Pasé la noche sin dormir, lo cual era razonable considerando que estaba en una cueva en algún año imposible con un desconocido que pesaba el doble que yo y que podía despertarse en cualquier momento creyéndome enemiga.
No dormí, pero hice cosas útiles. Repasé lo que sabía de medicina de campo, que era más de lo que pensaba.
Repasé lo que sabía de historia de Escocia, que era poco y casi todo proveniente de Braveheart, una película que mi padre veía una vez al año llorando en la parte en que el caballo se moría.
Decidí que de momento iba a fingir que no había visto Braveheart.
El hombre durmió mal. Tuvo fiebre alta a eso de las dos de la mañana, según mi cálculo, porque el móvil ya lo había apagado del todo y solo me quedaba el reloj interior de la persona que no duerme.
Le bajé la fiebre con paños mojados en el hilo de agua del barranco, lo cual me obligó a salir tres veces en plena oscuridad como una idiota.
La primera vez tropecé con una piedra y me hice una herida nueva en la espinilla. Felicidades a mí.
A eso de las cinco se le quitó la fiebre.
Lo noté porque al ponerle la mano en la frente la noté tibia en vez de ardiente, y porque dejó de moverse y empezó a respirar más hondo.
Me quedé un rato contándole las respiraciones como contaba las de los pacientes graves en el turno de noche, y cuando llegué a doce por minuto sin variaciones me permití cerrar los ojos un momento.
Por fin me dormí. No mucho. Una hora quizás.
Lo que me despertó fue una mano.
Una mano grande, callosa, que se cerró alrededor de mi muñeca con la fuerza exacta de alguien que está midiendo si te puede partir el brazo y todavía no lo ha decidido.
Abrí los ojos.
Él me estaba mirando. Despierto del todo, con las pupilas enfocadas, la cabeza levantada unos centímetros del suelo, y la mano alrededor de mi muñeca como un cepo.
No dije hola. No dije nada. Me quedé quieta porque era lo único que tenía sentido hacer cuando un hombre que duplicaba tu peso te tenía cogida por el brazo.
Pasaron tres o cuatro segundos así.
Después dijo algo. Una sola palabra, corta, áspera. La dijo como una pregunta. Como un quién eres, o un qué haces aquí, o un dónde estoy. No tenía manera de saber cuál.
—No te entiendo —dije.
Lo dije bajo, sin moverme. Como cuando hablas con un perro que está enseñando los dientes y no quieres asustarlo más.
Soltó una frase entera ahora, con tono áspero y algo de aviso.
Negué con la cabeza muy despacio. Era todo lo que tenía. Negar con la cabeza significa lo mismo en todas partes, eso lo había leído en algún sitio. O quizás no, quizás era justo lo contrario en su mundo y le estaba diciendo atácame. Era tarde para preguntar.
Algo en su expresión cambió. Quizás vio que yo no llevaba armas. Quizás se dio cuenta de que tenía vendajes sobre la herida. Quizás oyó el tono. La gente sabe distinguir los tonos. Es una de las cosas más útiles que tienen los humanos.
Aflojó la mano. No la quitó. La aflojó.
—Gracias —dije, frotándome la zona.
Me incorporé despacio. Él me seguía con los ojos. Eran grises. Lo confirmé. Grises con un círculo más oscuro alrededor del iris.
Cogí el envase del suero, que había vuelto a llenar con agua del barranco, y se lo enseñé. Después señalé su boca. Después el agua. Después su boca otra vez.
Miró el frasco. Me miró a mí. Cerró los ojos un segundo y los abrió.
Le pasé el brazo izquierdo por debajo de la cabeza, intentando sostenerle el peso, y le acerqué el frasco a los labios con la mano derecha.
—Poco —dije, aunque no me iba a entender—. Despacio.
Le toqué los labios con el borde del frasco. Apretó la mandíbula. Después abrió la boca.
Bebió tres sorbos y cerró los ojos un segundo, como mareado. Le dejé la cabeza otra vez en el suelo con todo el cuidado del mundo, porque pesaba como pesaba.
Volvió a abrir los ojos. Levantó la mano, despacio, y se la llevó al costado. Tocó el vendaje con dos dedos. Frunció el ceño. Miró su mano. Miró el vendaje. Me miró a mí. Esa secuencia exacta. Como si estuviera reconstruyendo qué había pasado y necesitase confirmarlo conmigo.
Asentí.
Asintió.
Y entonces hizo algo que no me esperaba. Se llevó la mano al pecho, sobre el corazón, y la dejó ahí un momento. Después la giró hacia mí, palma arriba, con los dedos abiertos.
No sé qué significaba exactamente. Pero entendí la versión general.
Le devolví el gesto. Mal, seguramente. Pero lo hice.
* * *
A las siete u ocho de la mañana, calculando por la luz, ya no tenía sentido seguir fingiendo que nos íbamos a entender hablando.
Decidí intentar lo de los nombres. Por necesidad práctica. Si íbamos a estar en la misma grieta unas horas más, prefería que cada uno tuviera con qué llamar al otro en caso de urgencia.
Me señalé a mí misma.
—Aurora —dije.
Él me miró sin reaccionar.
—Au-ro-ra.
Frunció el ceño. Como cuando alguien te dice una palabra y tú intentas decidir si la ha pronunciado bien.
—Aurora —repitió.
Lo dijo arrastrando la erre de una manera que no se parecía a cómo lo decía yo, pero era reconocible. Eso me hizo más ilusión de lo que tenía sentido.
Lo señalé a él.
Me sostuvo la mirada un momento. Después, despacio, dijo:
—Cailean.
—Cailean.
Algo en su rostro confirmó que lo había dicho bien o casi.
Probé a decírselo con la mano sobre mi pecho otra vez. Aurora. Después la mano hacia él. Cailean. Asintió otra vez.
Eso fue todo. Dos nombres en una mañana. En cualquier otra circunstancia me habría parecido un fracaso pedagógico. Aquí me pareció un avance.
Cogí el bolígrafo del hotel, que se había partido, pero todavía pintaba un poco si lo apretabas, y un trocito de la caja del paracetamol que había roto durante la noche para guardar las pastillas, dibujé un sol.
Le enseñé el dibujo.
Él miró el dibujo. Miró el sol que entraba por la grieta, débilmente, en esa luz gris de la mañana escocesa. Volvió al dibujo. Y dijo una palabra.
—Grian.
La repetí.
Hicimos eso un rato sin convertirlo en clase.
Dibujé una luna. Dijo gealach. Dibujé un río.
Dijo uisge. Dibujé una mano. Dijo làmh. Yo intentaba repetir y se me iba la mitad.
Tengo memoria mala para los idiomas, lo cual es una herencia familiar; mi madre llevaba veinte años en Madrid sin perder un solo decibelio de su acento gallego.
Dibujé una espada.
Cailean miró el dibujo. Después me miró a mí. Después al techo de la grieta. Y dijo algo que no era una palabra sino una frase entera.
No insistí.
Lo que sí saqué en claro, en una hora de bolígrafo del hotel y cartón roto, fue tres cosas.
Una: cuando le señalé el cuadro de su tela, lo que en mi cabeza eran los colores del clan, él dijo MacRae. Asintió cuando lo repetí. Vale. Cailean MacRae. Si sobrevivía a esto y volvía a casa iba a buscarlo en Google a ver si existía.
Dos: cuando dibujé cuatro hombres a caballo y los señalé con cara de duda, él se puso tenso de inmediato.
Dijo una palabra muy fuerte y muy clara: Mackenzie.
Después escupió, literalmente, en el suelo a su lado.
Dibujé agua entre dos casas, como había hecho Eilidh semanas después.
Él miró el dibujo, despacio, con la cara del que confirma algo que ya sabía que yo iba a entender tarde o temprano.
Después añadió algo con el dedo en el suelo: una línea recta entre las dos casas, y encima de la línea, una equis.
Un límite que alguien había cruzado. Eso fue muy útil.
No me hacía falta más vocabulario para entender la postura general sobre los Mackenzie.
Tres: cuando le mostré con gestos que los Mackenzie habían bajado al barranco y habían visto su sangre y se habían ido por la otra colina, no dijo nada. Cerró los ojos un momento. Apretó la mandíbula. Abrió los ojos y me miró.
Apartó la vista enseguida.
* * *
La barrita de cereales que guardaba en la chaqueta la partí en dos.
Le di la mitad más grande a él, sin pensar.
Después me di cuenta de lo que había hecho.
Llevaba toda la vida partiendo las cosas para los demás.
Para mi hermana, cuando éramos pequeñas.
Para mi madre, cuando había poco. Para Marcos, durante cuatro años en los que él ni siquiera se molestaba en darme las gracias.
Era un automatismo. Y aquí estaba haciéndolo otra vez, con un escocés del siglo que fuera, al que no le debía nada.
Cogí mi mitad. La miré. La partí y le di un trozo extra. Por supuesto me miró sin entender.
Le puse el trozo en la mano y cerré sus dedos alrededor. Él me dejó hacer. Después abrió la mano otra vez, miró el trozo, partió ese trozo en dos, y me tendió la mitad.
—Cailean.
Movió la mano dos centímetros más hacia mí y yo y tendí los dedos.
Cogí el trocito y algo se me apretó por dentro, en un sitio que llevaba bastante tiempo cerrado, y por suerte tuve la cabeza fría suficiente para no llorar otra vez delante de él, porque dos veces en doce horas habría sido demasiado y yo todavía estaba intentando parecer valiente.
Comimos en silencio. Él masticaba muy despacio, vigilándome como si estuviera intentando descifrar de qué planeta venían las barritas de cereales y yo masticaba mirando al techo de la grieta porque era el único sitio que no le incluía a él.
Cuando terminamos, dijo una palabra.
—Math.
La apunté mentalmente al lado de las otras. Por el tono no era una queja.
Y después, sin avisar, sonrió.
No fue una sonrisa grande. Fue una mueca breve, casi accidental, en un lado de la boca. Duró medio segundo y la barba le tapó casi todo el movimiento. Pero la vi. Y pensé, sin saber muy bien por qué, que iba a estar bien.
Probablemente me iba a morir allí, comida por jabalíes o degollada por un Mackenzie. Pero algo dentro de mí, en alguna parte, se incorporó un poco y dijo eh, estoy aquí.
Y me la quedé escuchando un rato.
Fuera empezaba a salir el sol. Grian, pensé.