Capítulo 2 #2
No iba a salir a buscar al autobús ahora. Eso lo tenía claro. Tampoco iba a moverlo a él. Eso también lo tenía claro. Es decir: iba a pasar la noche en una grieta de piedra con un guerrero escocés inconsciente y posiblemente ilegal en mi siglo.
Bueno.
Apagué el móvil para ahorrar batería y lo guardé. Miré alrededor con la idea, ahora un poco más serena, de organizarme.
La grieta tenía una entrada y eso era un problema. Si entraban, no había escapatoria. Pero también era una ventaja, porque si los oía bien podía taparlo a él, taparme yo, y rezar lo que supiera, que no era mucho.
Tenía que solucionar el frío.
Salí otra vez. Esta vez con un objetivo: leña, ramas, algo.
Encontré bastante. La lluvia lo había mojado todo por fuera, pero había trozos secos debajo de las piedras.
Recogí lo que pude, lo metí en la grieta, hice un montón.
Recogí también musgo seco, de eso había mucho, para empezar la lumbre y aquí llegó el problema.
No tenía mechero.
Había sobrevivido a turnos de doce horas en Navidad, había tratado heridas de arma blanca, partos en ascensores, intoxicaciones varias, y nunca, en toda mi puta vida, había encendido un fuego sin mechero. Mi conocimiento se limitaba a cosas que había visto en documentales mientras hacía otra cosa.
—Bueno —dije, mirando el montón de leña con bastante odio—. Vale.
Probé con las llaves. Frotando el metal contra una piedra.
No salió ni una chispa. Probé con el bolígrafo del hotel.
El bolígrafo del hotel se rompió. Probé con dos piedras.
Ningún resultado. Probé con dos ramas frotadas como había visto en Survivor o donde fuera.
Las ramas se calentaron un poco y eso fue todo.
Estuve veinte minutos y no conseguí fuego.
Lo dejé.
—No pasa nada —dije, otra vez en voz alta—. Hace fresco, pero no frío de morirse. Le pongo la tela encima y a él me lo pego a la espalda como si fuera una bolsa de agua caliente humana y de paso compruebo si tiene la fiebre estable. Planazo.
Hice exactamente eso.
Me senté en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, y lo arrastré con mucho cuidado para que la cabeza le quedara apoyada en mi regazo.
Le puse la tela cuadriculada por encima, le tapé bien el costado, le coloqué un brazo a un lado y otro al otro.
Le puse la mano en la frente. La fiebre seguía ahí.
Estable. No subía. Eso era lo único que me importaba.
Me quedé mirándole la cara desde arriba.
Tenía las pestañas largas. Eso fue lo que más me hizo gracia.
Hombres así no deberían tener las pestañas largas, deberían tener el mínimo legal de pestañas y dedicarse a sus asuntos.
Tenía una pequeña cicatriz vertical en la barbilla, partiéndole la barba en dos a la altura del mentón.
La barba era oscura, con dos hebras grises que no le quedaban mal, le añadían un par de años y le quitaban tres a la sensación general.
—¿Quién eres tú? —le pregunté en voz baja.
No me contestó. Por supuesto.
—¿Y por qué hueles bien? Eso es lo que no entiendo. Hueles a hoguera y a algo verde. Casi me ofende.
Le aparté un mechón de pelo de la frente, sin pensar. Lo aparté como aparto el pelo a mi sobrino cuando se duerme en el sofá. Un gesto de oficio. Quité los dedos enseguida y los apoyé en la pared.
Tenía las manos manchadas de sangre. La suya. Y un poco de la mía, de la palma arañada.
Y entonces, sin previo aviso, me eché a llorar.
No fue un llanto bonito. Fue de los feos, con hipo, con la boca abierta y la cara descompuesta, el llorar de gente que se ha aguantado mucho rato.
Lloré por la caída. Lloré por Marcos. Lloré por mi mochila.
Lloré por mi madre, que iba a recibir una llamada del consulado británico en algún momento de la próxima semana y se iba a poner imposible.
Lloré por el botiquín, que no me iba a durar ni dos curas más.
Lloré por los cuatro hombres del caballo, que iban a volver tarde o temprano. Lloré porque tenía hambre.
Sobre todo, lloré porque no era idiota y sabía perfectamente lo que estaba pasando, llevaba sabiéndolo desde el sonido de la bombilla rota, y no había querido decirlo en alto porque decirlo lo hacía verdad.
—He viajado en el tiempo —dije.
Lo dije bajo, casi sin voz, mirando al techo de la grieta.
Esperé a que la frase me hiciera reír. Pensé que iba a hacerme reír. Pensé que diciéndola se rompería el hechizo y volvería a estar arriba con Beverly y los jubilados aplaudiendo otra cosa.
No me hizo reír.
—He viajado en el tiempo —repetí—. Joder. Mi madre se va a morir.
El hombre, debajo de mi mano, hizo un ruido. Un suspiro. Movió la cabeza una vez, hacia un lado, como hacen los que están saliendo de una anestesia y todavía no saben dónde están y me quedé muy quieta.
Abrió los ojos.
No del todo. Una rendija. Lo justo para mirarme desde abajo, con las pupilas todavía perdidas, intentando enfocar. Eran grises. No de un gris bonito, descriptivo. De un gris útil, como el de los días en que va a pasar algo.
Y dijo tres palabras.
En esa lengua rasposa que yo no entendía. Dichas con una voz baja, ronca, que sonaba a piedras frotándose unas con otras.
Después cerró los ojos otra vez y se quedó quieto.
Yo me quedé sin moverme, con la mano en su frente y el corazón haciéndome ruido en la garganta.
—Vale —dije bajito, sobre todo para mí.
Fuera ya empezaba a oscurecer.