Capítulo 2
Lo que aprendí en siete años de urgencias
La grieta era más profunda de lo que parecía desde fuera. Eso fue lo primero bueno del día.
Tenía unos tres metros de fondo, se ensanchaba en el interior y formaba un hueco con el techo bajo, lo bastante alto para sentarse, pero no para estar de pie.
El suelo era de tierra seca, lo cual era un milagro porque fuera todo estaba empapado.
Olía a piedra y a algo dulzón que decidí no investigar.
Apoyé al hombre contra la pared del fondo y me senté a su lado a recuperar el aire.
Me dolía todo. La caída por la colina me había dejado una constelación de cosas: la palma arañada, el codo izquierdo punzante, una rodilla sangrando bajo el vaquero roto, y el hombro derecho que me crujía al moverlo de un modo que mi traumatólogo no aprobaría.
—Vale —dije en voz alta, porque hablar sola siempre me ha funcionado—. Por orden.
El hombre seguía sin moverse y le puse dos dedos en el cuello para comprobar de nuevo que todo estuviese bien. Pulso regular, lento. Le acerqué la mano a la boca. Respiraba. Le tomé la temperatura con el dorso de la mano en la frente y en el cuello: décimas, no fiebre alta. Todavía.
Lo siguiente era inventario.
Hice un montoncito en el suelo con todo lo que tenía encima.
Móvil con cuatro por ciento. Cargador en la mochila, que estaba en algún sitio del campo escocés siendo digerida por una oveja.
Monedero con un billete de veinte libras, tres tarjetas y una de fidelización del Mercadona que en ese momento me pareció el objeto más absurdo del mundo.
Llaves de casa. Un chicle. Un paquete de pañuelos de papel medio usado.
Una barrita de cereales que llevaba en el bolsillo desde el aeropuerto. Un bolígrafo del hotel. Un coletero.
Y, en el bolsillo interior del abrigo, un mini-botiquín de viaje.
El botiquín.
Si yo creyera en Dios, en ese momento habría dicho gracias. Como no creo, dije:
—Gracias, yo de hace seis días.
Yo de hace seis días había metido en mi bolsillo interior un botiquín ridículo porque mi hermana me había dicho llévate cosas por si te clavas alguna espina o te duele la cabeza, que en un país ajeno luego nadie sabe dónde encontrar nada.
Tenía dentro: paracetamol, ibuprofeno, un sobre de povidona yodada monodosis, dos parches grandes, gasas estériles, esparadrapo, una pinza de cejas, tijeras pequeñas, suero fisiológico vacío, porque debió abrirse el botecito en algún momento y nunca me di cuenta, hilo dental, y una crema antibiótica que un farmacéutico me había vendido para una quemadura del verano pasado y que no había abierto.
Miré la tela cuadriculada de Cailean. El tipo de tejido, los colores, la manera en que estaba cosido.
Sin cremalleras. Sin sintéticos. Sin nada que no pudiera hacerse a mano.
La espada que llevaba era de un tipo concreto, no un sable, una espada larga de doble filo.
Había visto espadas así en museos. En libros de historia.
Probablemente siglo XV o XVI, calculé. Probablemente Escocia, que eso al menos lo tenía claro. El resto era estimación.
Era poco. Era poquísimo para lo que tenía delante. Pero era infinitamente más de lo que tendría dentro de diez minutos si no lo usaba con cabeza.
Pensé en sacar el agua.
Y aquí dije mi primer taco de la nueva era.
No tenía agua. El agua estaba en la mochila. La mochila estaba con la oveja y la oveja estaba en algún lugar de Escocia, posiblemente en otro siglo distinto al mío.
—Bueno —dije.
Fuera había parado de llover. Eso significaba dos opciones: salir a buscar agua y arriesgarme a que volvieran los cuatro hombres del caballo, o dejarle sin lavar la herida y arriesgarme a que el hombre se muriera de séptico en menos de cuarenta y ocho horas.
Salí.
Asomé la cabeza con cuidado, como si yo supiera asomar la cabeza con cuidado, que no.
Yo asomo la cabeza como una persona que ha visto películas.
No oí cascos. No oí voces. Solo el viento y, muy lejos, lo que podía ser un río o podía ser el rumor de la sangre dentro de mis propios oídos, que llevaba latiendo fuerte desde hacía un rato.
Bajé por el barranco hasta un sitio donde el suelo se ablandaba.
Había un hilo de agua corriendo, no un río, ni siquiera un arroyo, solo agua de lluvia bajando por una grieta del terreno, pero se veía limpia.
Suficiente. Saqué un pañuelo de papel, lo puse en el hilo hasta que empapó, lo metí en el envase vacío del suero fisiológico para usarlo de cantimplora improvisada, lo cerré, y subí el barranco lo más rápido que pude sin resbalar otra vez.
Total: tres minutos. En tres minutos podían pasar muchas cosas, pero no pasaron.
—No te he echado de menos —le dije, mientras me arrodillaba a su lado—. Pero he vuelto. Eso cuenta.
Le levanté la tela cuadriculada con dos dedos.
La herida estaba peor de lo que me había parecido fuera.
Le habían dado con algo afilado, probablemente una espada, en diagonal desde el lateral del costado hacia el ombligo.
El corte tenía unos veinte centímetros. No era profundo de manera uniforme, lo cual significaba dos cosas: una buena, no le habían tocado nada vital; una mala, los cortes irregulares cuestan más de cerrar.
Los bordes estaban inflamados y había suciedad, hilos de la tela, tierra, una hojita seca pegada a la sangre.
—Esto va a ser feo —dije.
Le aparté la tela del torso. Lo cual implicó descubrirle el torso entero.
Lo cual implicó descubrir que el hombre tenía el cuerpo de alguien que se ganaba la vida haciendo algo muy físico, probablemente algo violento.
También implicó descubrir que la tela cuadriculada no llevaba absolutamente nada debajo. Absolutamente nada.
Me quedé tres segundos mirando lo que tenía que mirar y un segundo entero mirando lo que no tenía que mirar, porque el cerebro es un órgano traicionero.
Después le bajé la tela un palmo, profesionalmente, hasta donde podía trabajar sin distracciones, y me prometí a mí misma que esto no se lo iba a contar a mi hermana jamás.
(Se lo iba a contar a mi hermana en cuanto pudiera).
Tenía cicatrices viejas. Una en el hombro, otra atravesándole la clavícula, una pequeña debajo del pecho izquierdo. Un mapa de las cosas que le habían pasado y de las cosas que había sobrevivido.
—Me temo que tú no eres figurante… —dije, ya casi sin convicción y empecé a trabajar.
Limpié la herida con el pañuelo mojado, suave, sacando todo lo que estaba donde no debía estar.
La hoja seca. Dos hilos de tela. Un pegote de algo que prefería no identificar.
Él gimió una vez, bajo, pero no abrió los ojos.
Le agradecí mentalmente que no los abriera porque no estaba segura de cómo iba a explicarle, en ningún idioma, lo que estaba haciendo y por qué.
Cuando estuvo limpia, abrí el sobre de povidona.
Ese líquido marrón que pica como mil demonios y que en urgencias usamos sin pensar.
Le eché un chorrito a lo largo del corte.
Él gimió más fuerte. Casi un gruñido. Le puse la mano en el hombro y aposté que el contacto humano calmara algo aunque estuviera inconsciente, porque eso también lo he llegado a ver.
Le sequé alrededor con un trozo de gasa.
Acerqué los bordes de la herida con los dedos.
Pensé en suturas y descarté la idea inmediatamente: no tenía hilo apto, no tenía aguja, no tenía anestesia, y aunque las hubiera tenido, suturar a alguien que puede despertar en mitad del proceso y reaccionar como un animal de ciento veinte kilos es una decisión que solo se toma cuando no queda otra. Quedaba otra. La otra era esparadrapo.
Abrí los parches grandes. Junté los bordes de la herida lo mejor que pude.
Cerré con tiras de esparadrapo en diagonal, como puntos de aproximación, presionando hasta que aguantaron.
Encima puse los dos parches de gasa. Funcionaría si no hacía esfuerzos.
No iba a hacer esfuerzos porque estaba inconsciente, así que de momento bien.
Después le miré la cabeza. El corte de la ceja era superficial. Le limpié la sangre con otro pañuelo, le puse un poco de povidona y lo dejé al aire. La nariz no parecía rota, solo había sangrado en algún momento.
Le revisé el resto. Brazos: contusiones varias, sin fracturas obvias.
Le moví el codo derecho y respondió. El izquierdo igual.
Le palpé las costillas con las dos manos, suave.
Una le hizo gemir cuando la toqué. Probablemente fisurada.
Nada que pudiera hacer yo por ahí, salvo intentar que no se moviera.
Las piernas las miré por encima. La derecha tenía un corte en el muslo que ya estaba coagulado y no parecía importante. La izquierda nada.
Me senté sobre los talones. Me limpié las manos en los vaqueros.
—Vas a vivir —le dije—. Probablemente.
Me sorprendí a mí misma con la voz. Sonaba normal. Sonaba como cuando le decía a los pacientes de urgencias esto está controlado, te van a subir a planta en una hora. Esa voz que usaba en el trabajo y que durante los últimos meses con Marcos había desaparecido sin que yo me diera cuenta.
Llevaba mucho tiempo sin oírla.
Me asusté un poco. No del lugar, no del momento, no del hombre. De la voz.
* * *
Saqué el móvil para mirar la hora.
Tres por ciento.
Las cuatro y veinte de la tarde, según el reloj.
Eso era hora española, pero como hasta ese momento yo había estado en hora española, debía de coincidir más o menos con la hora local de Escocia.
Lo cual significaba que llevaba allí quizás una hora desde la caída, quizás algo más.
La luz fuera empezaba a bajar. En noviembre, en Escocia, el sol se ponía pronto.
Iba a oscurecer en una hora, dos como mucho.