Atrapada en las Highlands Capítulo 1
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Atrapada en las Highlands

Atrapada en las Highlands

Por Pandora Zeta

© inepub.com

Capítulo 1

La oveja no tenía mi mochila

A los treinta y un años descubrí dos cosas en el mismo día: que las ovejas escocesas son más rápidas de lo que parecen, y que mi seguro de viaje no cubría "incidentes paranormales". Lo segundo lo supe más tarde. En el momento solo estaba mojada.

La ruta se llamaba Mystic Highlands Experience y costaba cuarenta y siete libras.

La había reservado a las tres de la mañana en un Airbnb de Inverness, llorando, mientras me comía una bolsa de patatas fritas sabor cordero asado, que es sin duda el sabor más raro que ha producido la humanidad.

Tres días antes había dejado a Marcos. O Marcos me había dejado a mí.

Después de cuatro años juntos, la ruptura no fue una explosión, sino algo mucho peor: dos personas demasiado cansadas para seguir fingiendo que aquello funcionaba.

—Necesito espacio —dijo él.

—Yo necesito que dejes de comprar yogures de soja sin avisar, que sé que son tuyos y aun así me los como, así que cada uno con sus duelos —dije yo.

Y así, más o menos, terminó.

El viaje a Escocia lo tenía planeado para los dos.

Lo hice sola porque devolver el billete era más caro que ir, y porque a esas alturas cualquier cosa parecía mejor que quedarme en Madrid explicándole a mi madre por qué no íbamos a tener nietos rubios.

Mi madre tiene una idea muy concreta de los nietos.

Marcos es moreno. Yo soy morena. Los nietos rubios eran una fantasía suya y a estas alturas creo que era más suya que mía.

El autobús tenía catorce personas. Trece eran jubilados ingleses con anoraks impermeables idénticos y la decimocuarta era yo. El guía se llamaba Hamish, tenía un acento que necesitaba subtítulos y olía a queso. No a queso malo. A queso real, de tabla.

—¿Primera vez en las Highlands, lass?

—Primera y probablemente última.

Se rio como si yo hubiera dicho algo encantador. Tomé nota: aquí el sarcasmo no se reconoce.

Llevábamos dos horas conduciendo cuando el cielo se puso del color de un moratón viejo.

Hamish dijo algo sobre que las tormentas en las Highlands eran "parte de la experiencia mística" y una señora de Leeds llamada Beverly se puso a aplaudir.

Beverly tenía la energía de alguien que había sobrevivido a un cáncer y ahora aplaudía todo. Me caía bien, Beverly.

Llegamos al sitio que Hamish llamó The Whispering Stones después de una parada para que Beverly se comprara un imán.

Bajamos del autobús. Yo bajé la última porque estaba terminando un audio de WhatsApp a mi hermana en el que le explicaba con detalle por qué Marcos era un cobarde emocional, y necesitaba un final digno para el audio.

Las piedras eran cinco rocas grises en un círculo mal hecho, en medio de un campo de barro y ovejas. Hamish empezó la historia de una doncella desaparecida en mil trescientos y pico y Beverly tomaba notas como si fuera a haber examen.

Me alejé un poco para hacer fotos. Y para fumar mentalmente, que es lo que hago desde que dejé de fumar de verdad hace tres años.

Saqué la mochila para coger el móvil. Era una mochila azul, pequeña, blanda, de esas que se doblan en nada.

Saqué también el monedero porque no me fiaba de dejarlo en el autobús.

Y entonces, porque soy yo, dejé la mochila abierta en el suelo mientras me agachaba para hacer una foto de las piedras desde abajo, que es como queda bien en Instagram.

Y entonces noté el tirón.

Levanté la cabeza y vi a una oveja, una oveja de tamaño mediano, alejándose con mi mochila azul colgando de la boca como si fuera un trapo.

—Eh.

La oveja siguió andando.

—Eh, eh, eh.

Empecé a caminar hacia ella y la oveja aceleró. No corría. Iba a un paso tranquilo, de animal que ha tomado una decisión. Yo tampoco corrí al principio porque pensé, ingenuamente, que con caminar rápido bastaba.

No bastaba.

—Devuélveme eso. Tengo el pasaporte ahí.

Esa era la parte importante. Lo demás daba igual: una botella de agua, una barrita, el cargador, el libro de Sally Rooney que llevaba sin abrir tres días. Pero el pasaporte estaba en el bolsillo interior con cremallera y me aterraba quedarme sin él en Escocia.

Eché a correr.

La oveja también.

Detrás de mí, lejos, oí a Hamish decir mi nombre con cierta alarma, y a Beverly decir oh, dear, pero no me giré. No iba a perder de vista a la oveja.

Bajamos por la pendiente. Resbalé dos veces y la segunda me arañé la palma contra una piedra, y aun así seguí.

La oveja había metido un cambio de marcha.

Empezó a trotar en serio. Y yo, que llevaba el abrigo desabrochado y unas botas que eran cómodas para andar, pero no para correr campo a través, fui detrás.

Empezó a llover. De golpe, como llueve allí, sin cortesía.

—¡Para! ¡Para, por favor!

La oveja no paró. Las ovejas no paran porque tú se lo pidas. Las ovejas, descubrí entonces, viven en su propio plano existencial.

Llegamos al borde de una colina y la jodida oveja se metió por un camino estrecho que bajaba a un barranco. Dudé medio segundo. Lo justo para que el pie se me fuera en el barro, y entonces ya no fue una decisión, fue una caída libre.

Rodé. Bastante. Intenté agarrarme a un helecho y me lo llevé en la mano. Choqué con algo duro en el hombro. Seguí. Terminé boca arriba en el fondo del barranco con un dolor punzante en el codo y la cara mirando un cielo del color de los moratones.

Me quedé quieta unos segundos e hice el inventario que se hace después de una caída: dedos de los pies, sí; rodillas, dolían, pero respondían; brazos, uno bien, el otro a ver; cabeza, no me había dado en la cabeza; cuello, intacto.

Me incorporé despacio.

La oveja había desaparecido. Mi mochila había desaparecido con la oveja. Mi pasaporte había desaparecido con la mochila con la oveja. Esto, pensé con la claridad mental que solo dan las situaciones absolutamente imposibles, iba a ser difícil de explicar en el consulado.

—Esto es ridículo —dije, en general, al campo escocés.

Saqué el móvil del bolsillo del abrigo. Tenía un mensaje de mi hermana que decía bebe agua y duerme, que es lo que mi hermana dice siempre y que rara vez aplica al problema en curso.

No tenía cobertura.

Empecé a caminar de vuelta hacia donde creía que estaba el autobús, mirando hacia arriba, intentando reconocer la pendiente por la que había bajado, sin embargo, no la reconocía.

Todo en las Highlands se parece a todo, y bajo la lluvia se parece todavía más.

Caminé dos minutos, tres. Me metí entre dos rocas grandes buscando refugio porque la lluvia se había puesto seria.

Y entonces vi la grieta.

No una grieta normal. Una grieta entre dos piedras altas, con grabados. Espirales raros, círculos que parecían hechos por alguien con la mano floja. Como los del folleto que Hamish nos había enseñado en el autobús, el folleto que yo había mirado por encima y dejado en el asiento.

Me acerqué porque pensé que dentro estaría seca.

Esa fue la primera razón. La segunda fue que las piedras eran lo bastante altas como para resguardarme del viento.

La tercera, si soy honesta, fue que tenía el día que tenía y una grieta druida me pareció en ese momento un sitio razonable donde meterse a esperar a que escampase.

Metí la cabeza. Olía a piedra mojada y a humo viejo, lo cual no tenía mucho sentido porque allí no había nada que hubiera ardido en años. Di un paso. Otro. Apoyé la mano en la pared para no resbalar y mi palma cubrió uno de los grabados, el espiral grande.

Algo vibró. Como cuando agarras un altavoz que está sonando muy bajo y después la cabeza se me llenó de un sonido igual que el de una bombilla rompiéndose.

Cuando volví en mí seguía boca arriba, pero algo había cambiado.

El olor.

El de antes era piedra mojada. Este era distinto.

Caballos. No caballos de paseo turístico.

Caballos reales, con todo lo que eso implica olfativamente.

Humo de madera, este sí, ardiendo de verdad en algún sitio.

Y un tercer olor que tardé en identificar porque no esperas identificarlo en mitad del campo.

Sangre.

Abrí los ojos. El cielo estaba más gris y más bajo y ya no llovía. Me dolía la cabeza con un palpitar feo muy parecido al de las resacas, pero no era eso.

Me incorporé sobre los codos. Seguía en el barranco. Pero el barranco ya no era exactamente un barranco. Las rocas estaban en el mismo sitio. Los helechos no. Y donde antes había plantas, ahora había un hombre tirado en el suelo.

—Vale —dije.

Me quedé quieta. El hombre también. Mi primer pensamiento, porque mi cerebro estaba intentando que esto tuviera sentido, fue que era uno de los jubilados del autobús que también se había caído.

Pero no era ninguno de ellos. Era enorme.

Eso lo vi enseguida. Estaba boca abajo, con los brazos en una postura rara, y llevaba una tela cuadriculada manchada de barro y de algo oscuro.

Tela cuadriculada.

Mi cerebro hizo el ruido de un módem antiguo intentando conectarse.

—Estás de cosplay —le dije al hombre desmayado—. Por favor dime que estás en una concentración de cosplay y te has quedado aquí dormido por la borrachera.

No me respondió, porque estaba inconsciente, y también, lo deduciría después, porque no hablaba español.

Me arrastré hasta él. La rodilla me empezó a sangrar y eso me devolvió a mi cuerpo de manera práctica. Soy enfermera. Llevo siete años en urgencias del 12 de Octubre. Sé qué hacer cuando hay una persona tirada en el suelo, y lo hago en automático aunque la cabeza la tenga en otro sitio.

Le toqué el cuello buscando el pulso. Lo tenía. Lento, pero ahí estaba. La piel fría, no congelada. Le giré la cabeza con cuidado para verle la cara, y dije, en voz alta y muy clara:

—Joder.

Era el hombre más guapo que yo había visto en mi vida.

No es una exageración literaria. Tengo treinta y un años y he visto a hombres en circunstancias muy ventajosas para ellos.

Este los superaba a todos. Estaba sucio, ensangrentado, con un corte feo en la ceja y otro peor en el costado, y con la nariz que le había sangrado y se le había secado la sangre en la barba. Y aun así era impresionante.

—Esto es una cámara oculta —dije.

Miré por encima del hombro esperando ver la cámara escondida entre las rocas, o a Hamish riéndose, pero no había nada. Solo más roca, más cielo gris y, a lo lejos, un sonido que tardé tres segundos en reconocer como cascos de caballos. Varios.

—Eres figurante de alguna peli y te están buscando —le dije, ya con menos convicción—. Eso es. Eso ha pasado.

Le levanté la tela del costado y aquí mi profesión hizo lo que tenía que hacer: dejó de importarme todo lo demás.

El corte era largo, irregular, no demasiado profundo, pero suficiente para ser un problema serio si no se limpiaba pronto.

Tenía los bordes inflamados. Llevaba horas así. Posiblemente más.

—Esto no es atrezo —dije, casi para mí.

Toqué la sangre. La froté entre los dedos. Era sangre. Seca por fuera y húmeda por dentro, esa textura que tiene la sangre que lleva un rato, pero no demasiado. Me senté sobre los talones.

Miré alrededor. Lo miré a él. Miré la grieta por la que había entrado y volví a mirarlo.

—No me jodas —dije.

Los cascos se acercaban.

Y aquí fue donde tomé la primera decisión inteligente del día, posiblemente del año: no salir corriendo a saludar. Alguna parte vieja y prudente, que había estado dormida durante toda mi vida presente y la anterior, me dijo quédate quieta y por suerte la escuché.

Me agaché. Le pasé el brazo por debajo de los hombros al hombre desmayado, que pesaba lo que pesa un buey pequeño, y tiré.

Tiré, gemí, le pedí perdón en voz baja por las cosas que le estaba haciendo a las heridas y tiré más.

Mis pacientes pesan entre sesenta y ochenta kilos.

Este pesaba ciento veinte o no me llamo como me llamo.

Avanzamos diez centímetros. Veinte. Cincuenta…

Y conseguí meterlo en la grieta justo cuando los caballos asomaron por el borde del barranco.

Eran cuatro. Cuatro hombres a caballo. Llevaban telas parecidas a la de él, pero de otros colores, y armas.

De verdad. Espadas largas, hachas. Uno tenía un arco.

Hablaban entre ellos en una lengua que no era inglés, que no era ninguna lengua que yo hubiera oído, una mezcla rasposa de consonantes que sonaba a algo a punto de partirse.

Me quedé quieta dentro de la grieta. Le tapé la boca con la mano por si se le ocurría volver en sí y hacer ruido. Estaba inconsciente. No iba a hacer ruido, pero por si acaso.

Los hombres bajaron al barranco. Miraron el suelo, donde había manchas de sangre.

Uno se bajó del caballo y se agachó y tocó la sangre con dos dedos, igual que había hecho yo cinco minutos antes, y dijo algo que hizo que los otros tres se pusieran tensos.

Después miró alrededor y cuando sus ojos alcanzaron la grieta, cerré los míos como si eso fuera a servir de algo.

Pasaron unos segundos largos.

Después oí cómo el hombre volvía a montar, cómo daba una orden, y cómo los cuatro caballos se ponían en marcha y subían por el otro lado del barranco. Los oí alejarse. Los oí hasta que dejé de oírlos.

Solo entonces me moví.

El hombre que tenía debajo del brazo emitió un quejido bajo, animal. No despertó, pero hizo el ruido suficiente como para que yo le pusiera la mano en la frente y notara que tenía fiebre. No alta. Pero tenía.

—Vale —le dije, en voz baja, al hombre inconsciente que no me entendía y al que acababa probablemente de salvar la vida sin saber muy bien por qué—. Tienes un corte feo y yo soy enfermera. Vamos por partes.

No contestó, como era evidente y me quedé sentada en una piedra en algún lugar de las Highlands, con un desconocido enorme y herido apoyado en mi pierna, mientras se ponía a llover otra vez, con más fuerza.

Saqué el móvil del bolsillo del abrigo. Cuatro por ciento de batería y sin cobertura.

—Joder —dije, otra vez, y me cubrí la cara con las manos.