XLIII
El tiempo es relativo, ya lo dijo Einstein.
Depende de la velocidad del observador. Y aquí, hasta el momento del disparo, estaban todos quietos.
Todos, excepto una sombra que salió de la nada y que se interpuso entre la pistola y Jacinto.
Pero ¿qué fue antes? ¿Los disparos o el movimiento de la sombra?
Al inspector le pareció que primero fue la sombra, y después el disparo. Sin embargo, también se sabe que la luz es mucho más rápida que el sonido. Y que el rayo y el trueno son lo mismo, aunque el trueno intente disimular.
¿Por qué el mundo se movía a cámara lenta?
¿Cuántos microsegundos habían pasado? Todos los que caben en un instante, en una vida.
¿No sentía dolor porque la bala aún no había llegado a su cuerpo, o porque nunca iba a llegar?
¿Estaba o no estaba herido? ¿Estaba experimentando el mundo cuántico en sus propias carnes?
¿Estaba en un estado herido-no herido, esperando a que alguien abriese la caja?
Mierda para Schrödinger y para su cansino gato equidistante.
Einstein no se atrevió a ir tan lejos. Dios no juega a los dados, o algo así dijo.
Herido o no, tenía que reaccionar, así que se lanzó a por Águeda antes de que volviese a disparar.
Juntos cayeron al suelo y la fiscal se golpeó la cabeza contra la colorida superficie antideslizante.
Aún me va a denunciar por maltrato, pensó Jacinto.
El impacto debió de dejarla aturdida, porque el policía pudo reducirla con relativa facilidad.
Mientras le ponía las esposas que unos minutos antes había llevado él, pudo ver cómo Inma socorría a su hijo y cómo Quijada salía de su escondite y corría hacia ellos con la pistola en las manos.
Entonces, ¿la sombra no era Miguelito? ¿Quién era el que yacía en el suelo y del que comenzaba a brotar un importante reguero de sangre?
Joder, no podía ser. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.
El maltrecho cuerpo que se desangraba era de su padre, su puto padre.
Al final no iba a dejarle cumplir su promesa.
—Miguelito, llévate a esta pájara.
En cuanto su compañero se hizo con la asesina, Jacinto se apresuró a reunirse con Inma y con su hijo.
El niño respiraba, estaba dormido, pero respiraba, con dificultad, pero respiraba.
Posiblemente le había dado algún calmante, algún anestésico.
Seguro que había sido una buena dosis. Tenían que llevarlo urgentemente a un hospital. Al menos, respiraba.
—No hay cobertura —se lamentó Inma.
—Sal y llama a una ambulancia. Yo me encargo de sacar al niño.
—¿Ese era Pascual ?
—No te preocupes por él, corre.
Inma salió disparada y Jacinto cargó a su hijo en brazos para intentar llegar al Obelisco lo antes posible. Pesaba más de lo que se imaginaba. Normal, con todo lo que comía. En algún sitio tenía que meterlo.
—¿Puedes? Es que no quiero soltarla.
—Tranquilo, Miguelito. Agárrala bien, que no se te escape la pájara. Dale.
Esposada y en estado de shock, emocionalmente atrapada en el laberinto mental de no creerse lo que le estaba pasando, Águeda no ofrecía resistencia: caminaba sin rechistar al paso ligero que marcaba Quijada. Uno, dos, uno, dos, uno, dos…
Jacinto hacía lo que podía, que no era poco, teniendo en cuenta los kilos que transportaba. Afortunadamente, cuando llegó a las escaleras, su compañero estaba de vuelta con Inma.
—¿Cómo está? —preguntó la madre.
—Bien, sigue respirando. ¿Y la Vicuña?
—Tranquilo, está con López y con Vázquez. Se la llevan a comisaría. Las ambulancias están en camino. Venga, que entre los tres es más fácil .
Cuando consiguieron salir al Obelisco, una UVI móvil ya estaba allí.
—Nos han informado de que es una intoxicación.
—Sí, pero no sabemos con qué. Yo fui quien llamó. Soy la madre.
—De acuerdo, no se preocupen.
Los sanitarios subieron a Alfredo a la camilla y lo metieron en la ambulancia.
—Si quiere, puede acompañarnos.
—¿Y yo? —preguntó Jacinto con tono suplicante.
—Lo siento, sólo se permite un acompañante.
—Chinto, lo mejor es que vayas con Pascual mientras no llega la otra ambulancia.
—Pero, Inma…
—Por Dios, nadie merece morir así, en un parking subterráneo, solo. Nos ha salvado, ha salvado a nuestro hijo. Ve, por favor… Después nos vemos en el hospital. El niño ya está en buenas manos. Si se salva, es gracias a él. Venga, después nos vemos en el hospital, por favor.
Las puertas de la ambulancia se cerraron y el vehículo sanitario se puso en marcha. Jacinto hizo lo mismo: se puso en marcha hacia el agonizante final de su padre. Sabía, estaba completamente convencido, que el asesino de su madre no iba a salir de esta. Era imposible que sobreviviese.
Mientras se dirigía a su encuentro, no tenía claro qué prefería encontrarse.
Quizá fuese todo más fácil si ya estaba muerto.
Aunque Inma había dicho lo contrario, sí merecía morir solo en un parking subterráneo.
Claro que sí. Eso y más. Sin embargo, también quería llegar a tiempo para decirle algo. No tenía muy claro qué, pero algo.
—¿Has vuelto?
Pascual se había medio incorporado y estaba sentado, con la espalda apoyada contra un coche blanco, que contrastaba con su barriga roja, a la que se agarraba intentando taponar la sangre que escapaba de su cuerpo.
—Pensaba que me moría aquí, solo.
—No mereces otra cosa.
Pascual esbozó una sonrisa tenue, casi invisible.
—No te digo que no, pero bueno, lo que uno merece y lo que quiere, no suele coincidir. ¿Cómo está mi nieto?
La palabra nieto en la boca de su padre para referirse a su hijo seguía causando un profundo malestar en Jacinto .
—Se lo ha llevado una ambulancia. No lo sé. Respiraba.
—Eso es bueno. Respirar es bueno. Yo también respiro, aunque por poco tiempo, me temo.
—Viene otra ambulancia en camino. Debe de estar a punto de llegar.
—Diles que no hace falta, que den la vuelta, que no hagan el gasto. Yo no salgo de esta. Creo que me han dado en el hígado, o en el bazo, no sé, en alguna parte jodida. Sangro mucho —a Pascual cada vez le costaba más trabajo hablar.
Jacinto se dio cuenta de que su padre tenía razón y que no le quedaba mucho tiempo.
—¿Qué hacías aquí?
—El otro día en la Torre ya te dije que tenía muchas ganas de ver a mi nieto. He estado siguiéndolo. Al ver que se lo llevaba la rubia esa, fui tras ellos.
—Pero ¿cómo lo has hecho? ¿De dónde has salido? ¿Cómo es posible que ni ella ni nosotros te viésemos?
Pascual sonrió, tosió un poco y con la tos expulsó un poco de sangre por la boca.
—Es más fácil de lo que parece. Cuando todo el mundo aparta su mirada, es inevitable volverse invisible —Pascual se miró la barriga, le dolía mucho, la notaba muy caliente, y, a la vez, sentía un sudor frío. Estaba empezando a marearse—. ¿Por qué has vuelto?
—Inma me lo pidió.
—La buena de Inma, qué gran mujer. Tienes una familia maravillosa.
Cuídala mucho, no hagas como yo. El otro día te dije que quise mucho a tu madre, y es cierto.
Y a ti, también. Mi cabeza defectuosa lo estropeó todo.
Te confieso que tenía una mínima esperanza de que, al verme así, tan demacrado y tan viejo, pudieses perdonarme un poco.
La fragilidad y la vejez se hacen perdonar los pecados.
—Yo no puedo perdonarte. Me quitaste demasiado. Te odio demasiado.
—No deberías. El odio es muy malo, sobre todo, para el que lo siente.
Consume mucha energía, muchos pensamientos, mucho tiempo.
A veces es útil porque también es una fuerza motriz, impulsa a hacer cosas, ayuda a seguir en los malos momentos, pero siempre acaba siendo perjudicial.
Quita más de lo que da. Y te lleva a hacer estupideces.
A arriesgar demasiado. No me odies, no mereces sentirte así.
Pascual estaba totalmente cubierto de sangre.
Tenía la cabeza de lado porque le faltaban fuerzas para mantenerla erguida.
Tampoco era capaz de sostener su espalda, que, poco a poco, se había ido deslizando hasta dejarlo prácticamente tumbado.
La sangre de su boca y de su garganta le impedía hablar, incluso respirar. Se ahogaba.
Jacinto fue hacia él y le ayudó a incorporarse.
Lo suficiente para que pudiese introducir un poco de oxígeno en sus pulmones.
Lo hizo de forma instintiva, automática, sin pensar.
Movido por un generoso impulso humanista que no reconocía a su odiado padre, sino a un simple ser humano que sufría.
Pascual agradeció el gesto con una esforzada mueca que pretendía ser una sonrisa.
Utilizó las pocas fuerzas que le quedaban para dirigir sus ojos hacia los de su hijo y para expresarle un último y sincero arrepentimiento.
—Lo siento muchísimo.
La escena parecía una escultura de la Piedad, cambiando a Jesús por su padre, a la Virgen por él y al Gólgota por un parking subterráneo de Coruña, una de sus múltiples catacumbas.
Jacinto no podía perdonar a Pascual. Había matado a su madre, y eso no se perdona, es imposible.
Por muchos años que pasasen y por mucha esquizofrenia paranoide que se alegase. Le había hecho sufrir demasiado.
Sin embargo, por primera vez en su vida o, al menos, por primera vez en su memoria, estaba sintiendo un sentimiento parecido a la lástima hacia su padre. No era cariño, no era comprensión, no era empatía: era un poco de compasión, un poco de misericordia, un poco de piedad.
Una bella muerte honra toda una vida.