XLII
Quijada había llegado al final del aparcamiento sin encontrarse a nadie, así que intentó llamar a su jefe para darle la noticia y pedir instrucciones.
Sin embargo, por suerte en muchos casos, y por desgracia en este, en los garajes subterráneos no suele haber cobertura.
Decidió que lo mejor era volver sobre sus pasos para encontrarse con Chinto y con Inma.
El camino de vuelta se le hizo mucho más largo que el de ida. Cuando llegó al punto en el que se habían separado y vio que allí no había nadie, tuvo un mal presentimiento. ¿Por qué no han vuelto? ¿Les habrá pasado algo? ¿Estarán todos muertos?
Dobló su espalda y se apoyó en sus rodillas para tratar de tranquilizarse.
Se tomó varios segundos para intentar recuperar el control de su respiración.
Es mejor ser optimista, pensó. Ya habrá tiempo para lamentarse, si es el caso.
Siempre hay tiempo para lamentarse. De momento, voy a suponer que han encontrado al niño y está vivo.
Y aceleró la marcha, decidido a comprobar si su deseo era cierto.
Unos cuantos pasos después se los encontró.
Alfredo estaba inmóvil en el suelo y Águeda lo apuntaba con una pistola.
A unos metros de ellos estaban Inma y Chinto suplicándole tranquilidad.
Estaba demasiado lejos para oír lo que decían, pero los gestos los delataban.
La buena noticia era que el niño no debía de estar muerto, porque, de estarlo, la fiscal no lo apuntaría con el arma.
¿De dónde la habría sacado? ¿Vendría en el mismo pack que las esposas con las que ató a Jacinto, o eran de agentes diferentes?
¿A cuántos policías se había follado esta mujer?
Quijada valoró si sería preferible seguir avanzando o detenerse.
Temía que si Águeda lo veía se pusiese nerviosa y apretase el gatillo.
Podía intentar dispararle a ella desde allí, aunque estaba demasiado lejos.
Él era muy buen tirador, pero era excesivamente arriesgado.
Si fallaba, adiós a la criatura. Finalmente, decidió que la mejor opción era acercarse muy despacio, poco a poco, tratando de esconderse entre los coches hasta conseguir una posición de tiro más favorable.
Rogó a los dioses del Olimpo que le fueran propicios.
Inma estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano de contención para no lanzarse a socorrer a su hijo.
Cuando lo vio caerse, su primer impulso fue arrojarse a por él; sin embargo, Jacinto no se lo permitió.
En cuanto sintió su mano sujetándola, rápidamente entendió que tenía que controlarse.
Pero costaba tanto hacerlo. Su pequeño tirado en el suelo, con una loca apuntándolo con una pistola y ella sin poder hacer nada.
Si se movía rápido, quizá podía darle tiempo a interponerse entre Alfredo y la pistola.
Con eso era suficiente. Que le disparase a ella era lo de menos.
Lo importante es que su hijo se salvase.
Lástima que las balas y los dedos apretando gatillos sean tan rápidos. El plan era excesivamente arriesgado.
Jacinto estaba a punto de infartar y de que le estallase la cabeza.
Varias variables le impedían centrarse en salvar a Alfredo.
La primera era Inma, a la que tenía que mantener agarrada para que no cometiese una imprudencia.
Aunque parecía controlada, podía arrancarse en cualquier momento.
Es muy difícil para una madre ver a un hijo en el suelo, amenazado de asesinato, y no hacer nada.
La segunda era Miguelito. Aunque se movía con mucho sigilo y cuidado, él ya lo había detectado, así que también podía ser detectado por Águeda.
Y la tercera, la más impredecible y peligrosa era, evidentemente, la propia fiscal.
¿Qué estaría pensando esa mente tan enferma?
Al igual que Inma, Jacinto también se planteó lanzarse sobre su hijo para protegerlo.
Sin embargo, lo más probable era que no le diese tiempo a hacerlo antes de que Águeda disparase a su vástago.
Y si le daba tiempo, el disparo se lo llevaría él, por lo que no podría evitar que la fiscal siguiese disparando, primero a Alfredo y después a Inma, o al revés. Era excesivamente arriesgado.
Quizá la mejor opción fuese dejar hacer a Quijada. Era un buen tirador. A la distancia adecuada podía acertar. El inconveniente era llegar a esa distancia sin que Águeda lo viese. Y después, acertar con el tiro, claro, que no era fácil con todo lo que estaba en juego. Era excesivamente arriesgado.
Él también tenía una pistola. Y estaba más cerca que Quijada.
Podía sacarla rápidamente del estuche y disparar, como en un duelo al sol en el salvaje oeste que aparece en las películas.
¿Le daría tiempo? ¿Sería capaz de hacerlo limpiamente sin que se le atascase? Seguía siendo excesivamente arriesgado.
¿Entonces? Puede que la solución fuese hablar con Águeda, intentar convencerla de que, llegados a este punto, lo más razonable era dejarlo estar así.
Ya había ajusticiado a dos niños, no era necesario hacer lo mismo con un tercero, que, además, era su hijo.
Por los recientes viejos tiempos, por los momentos de placer que se habían procurado mutuamente, por las tristezas post coitum compartidas, y porque, joder, no se mata a los niños.
Águeda también estaba valorando la situación.
Las opciones eran simples: matar a Alfredo, o no matarlo.
A estas alturas, toda la policía debía de saber que ella era la que había hecho lo de Gabriel y Luciano, así que no iba a poder seguir con la vida que llevaba.
Muy bien, cambio de vida asegurado en los dos casos. Un punto para cada uno. ¿Qué más?
Estaba muy nerviosa y le estaba costando mucho pensar, tenía que centrarse. A ver, en la condena no iba a haber mucha diferencia, prisión permanente revisable, tanto con dos, como con tres. Punto para la primera opción .
Aunque tampoco podía olvidarse de la posibilidad de pedir el indulto.
El gobierno seguro que entendería su proceder, únicamente motivado por el ansia de justicia.
Ella solita había librado a la sociedad de tres potenciales violadores.
¿Cómo se llamaba aquella chica que le cortó el rabo a su marido y no la condenaron porque él le pegaba?
Ella también lo había hecho en defensa propia.
En defensa propia de todas las mujeres. La culpa era de esta mierda de sociedad heteropatriarcal.
En cualquier caso, lo dicho, punto para la primera.
Si no lo mataba, tenía más opciones de escapar.
Brañas e Inma se irían a por su hijo y la dejarían marcharse tranquilamente.
Punto para la segunda. Lo cierto es que también podía disparar primero al policía y a su mujer, y después al violador.
Era más arriesgado, sí, un poco más difícil.
No imposible. Medio punto para la primera.
Y, por último, estaba el gustazo de cumplir su plan. En esta ocasión no iba a poder hacer la ceremonia y la parafernalia completa, pero el objetivo principal, que hubiese un violador menos, sí podía conseguirlo. Un punto más para la primera.
Águeda había perdido la cuenta exacta de su cuenta macabra. Lo que sí sabía era que ganaba la opción de matar a Alfredo. Bueno: primero a Brañas; después, a Inma; y, por último, al adolescente. La fiscal apuntó con el arma al policía y disparó.