Atlántico Oscuro XLI
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Quijada ignoraba qué ventaja le podía haber sacado Chinto en la carrera, pero tenía que ser de varios segundos; no creía que superase el minuto. Bueno, ponle dos minutos, como mucho. No podía estar muy lejos. Aunque había tanta gente…

Cuando estaba llegando a la fuente, le pareció ver a una mujer y a un hombre sentados el uno frente al otro, en una especie de claro en medio de la multitud.

Al acercarse más lo confirmó, sí, eran Inma y Chinto.

¿Qué hacían allí parados? ¿Habrían localizado ya a Alfredo?

Sus cuerpos no trasmitían eso. No era una postura de alivio, sino de derrota.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Alfredo?

Jacinto le respondió sin levantar la cabeza del suelo.

—No lo sabemos, se lo ha llevado Águeda.

Quijada nunca pensó que podría llegar a ver a Inma y a Chinto de esa manera, con esa actitud, hundidos, colapsados, rendidos. Eran las personas más fuertes que conocía.

—¿Cómo ?

—¿Qué más da? Se lo llevó y yo dejé que se lo llevase —la voz de Inma sonaba muy débil; a Quijada le costó oírla entre tanto barullo.

—Chinto, algo podremos hacer, vamos a buscarlos.

—Ya he llamado a comisaría para que avisen a todas las unidades. Poco más podemos hacer. Yo me quedo aquí con Inma para que tenga cerca a alguien a quien culpar. —Jacinto le volvió a responder sin levantar la cabeza un solo centímetro; parecía que le pesase una tonelada de vergüenza.

Quijada empujó a su jefe para sacarlo de su letargo y hacerlo reaccionar.

—¿Qué coño dices? ¿Algo más podremos hacer que estar aquí sentados? Vamos al Obelisco, ¿no decías que el tercer crimen iba a ser allí?

El empujón y las palabras de su compañero hicieron espabilar a Jacinto.

Miguelito podía tener razón. Esa tía estaba tan loca que es posible que quisiese terminar su obra, su macabra trilogía, tal y como la había planificado inicialmente.

Total, a estas alturas, demasiada gente ya debía de haber descubierto que la asesina era ella, así que iba a darse el gustazo de ejecutar su venganza contra la masculinidad adolescente de acuerdo con su plan maestro.

—Vamos para allá —Jacinto se incorporó de un salto— vamos, Miguelito .

El Obelisco estaba a poco más de un kilómetro, pero Quijada dudaba si iba a poder meterse otra carrera tan pronto.

Si lo llega a saber, se pone a entrenar unos meses antes.

Afortunadamente, Jacinto no quería perder más tiempo y le quitó la moto a un imbécil que estaba intentando pasar por una zona restringida al tráfico.

—Disculpe, por aquí no puede circular —le dijo después de enseñarle la placa—. Bájese de la moto ahora mismo y enséñeme la documentación.

—Yo también quiero ir —Inma tardó un poco más en activarse—. No puedo con esta angustia.

En ese momento, Jacinto ya se había hecho con la moto —a pesar de las protestas del dueño, que le decía que no podía quitársela por muy policía que fuese— y estaba esperando a que se montase Quijada.

Con lo que no contaba era con que también quisiese ir Inma.

Sin embargo, no tuvo fuerzas ni ganas para decirle que esperase allí.

—Pues venga, nos vamos los tres en la moto. Rápido.

Quijada se pegó a su jefe para dejarle el máximo espacio a Inma, que se subió a continuación de él. Y así se fueron los tres, como en un país subdesarrollado más.

Llegaron al Obelisco en menos de tres minutos, después de sortear enjambres de borrachos, columnas de humo e improvisados hornos de sardinas. En esa parte de la ciudad no había demasiada gente a esa hora; llegarían al finalizar la fiesta en la playa, los que la sobreviviesen.

Jacinto paró la moto al lado del Obelisco y esperó a que su compañero y su novia se bajasen.

—Aquí no están —Inma quería llorar, pero no tenía fuerzas para hacerlo.

Entonces a Quijada se le ocurrió que, por muy loca que estuviese la fiscal y por muchas ganas que tuviese de cumplir su plan, no podía matar al crío a plena luz del día en el centro de la ciudad. Tenía que hacerlo en un sitio más discreto.

—Al parking, a ver si están en el parking.

Debajo del Obelisco había un aparcamiento subterráneo, uno de los muchos que perforan la ciudad a modo de madrigueras de ratones. Aparcamiento Cantones, se hacía llamar este.

Inma quiso bajar la primera, pero Jacinto se lo impidió porque pensaba que podía ser peligroso. Quijada sí la dejó pasar porque así protegía la retaguardia.

El parking, muy bien iluminado para ser un garaje, y pintado de blanquiazul, como los colores del Deportivo, constaba de cuatro hileras de coches delimitadas por dos pasillos: una hilera, un pasillo, dos hileras, un pasillo y una hilera.

Los pasillos eran muy largos, tanto a izquierda como a derecha.

El aparcamiento estaba lleno de coches y vacío de gente.

Demasiado vacío. Los que venían a la fiesta habían llegado hacía rato e iban a tardar varias horas en irse.

—Miguelito, tú tira para la derecha, yo voy a la izquierda —Jacinto no le dijo nada a Inma, no hacía falta. Sabía que iría con él. Asignadas las rutas, los tres salieron corriendo en sus respectivas direcciones. Ojalá dividirse no fuese un error.

Al fondo, muy al fondo, a Jacinto le pareció ver a una pareja caminando en dirección contraria a ellos.

Se movían muy despacio. Sí, definitivamente, eran un hombre y una mujer.

No estaba seguro porque estaban muy lejos, pero parecía que el hombre caminaba con dificultad.

Se tambaleaba. Instintivamente, por precaución para no llamar la atención, redujo la marcha.

Inma, en cuanto los vio, reconoció a su hijo.

Estuvo a punto de llamarlo, de gritar, aunque un momento de lucidez le permitió controlarse.

—Es Alfredo —susurró—. Es él.

—No anda bien —añadió—. Algo le han hecho.

Águeda no entendía lo que le estaba ocurriendo.

Presumía de ser una persona extremadamente meticulosa, por lo que le parecía imposible no poder recordar dónde había aparcado el coche.

Las prisas y los nervios le estaban afectando.

Y, también, los miedos. Porque era consciente de que no podía salir impune después de lo de esta noche.

Jacinto, Inma… a estas alturas ya todos debían de haberse dado cuenta de que ella era la persona que estaba impartiendo justicia en Coruña.

Porque eso era lo que estaba haciendo: justicia.

Nada más. Nada menos. La justicia que no hubo cuando de niña la violaron aquellos tres salvajes de su clase.

Aquellos criminales que, al ser menores de catorce años, no pudieron ser declarados penalmente responsables.

¿Cómo se puede tener la edad suficiente para violar a una niña y no ser lo suficientemente mayor para responder por ello?

Al final, la castigada fue ella, que, además de violada, tuvo que irse del pueblo.

Eso fue lo que la empujó a ser fiscal: perseguir a los criminales para poder resarcir a las víctimas.

Hay daños que nunca se restituyen, por mucha indemnización que se perciba.

Hay traumas que nunca se curan, por muchas sesiones de psicólogo que se reciban.

Hay dolores que nunca desaparecen, por muchas pastillas que se tomen.

Pero, si se castiga al criminal, al menos se siente un cierto consuelo, un cierto alivio, una cierta paz. Su sufrimiento calma el tuyo.

En cambio, cuando no hay castigo, cuando no hay justicia, tu mundo se desmorona.

Tus creencias, tus valores, tus esperanzas, tus sueños, desaparecen.

El edificio que sostiene tu alma se derrumba, y es imposible reconstruirlo.

Puedes poner alguna piedra, levantar alguna pared, cubrirlo con una especie de tejado.

Pero hay algo que se ha roto, que ha dejado de funcionar, y nunca más va a volver a hacerlo.

Con fortaleza y venlafaxina, Águeda había podido subsistir, aunque volver a vivir le fue imposible.

La mudanza a Coruña le vino bien. Había algo en esta ciudad —no sabía si era el mar, el viento o la lluvia— que hacía que se sintiese mejor.

Los primeros años fueron más o menos aceptables.

Los antidepresivos y el océano hacían la vida soportable.

Hasta que el azul Atlántico se volvió negro. Hasta que intimó con Fidalgo.

Cuando lo conoció, la conquistó su educación, sus profundos conocimientos, su vasta experiencia y, sobre todo, el respeto con el que la trataba, siendo ella una recién iniciada, y él un admirado y reconocido magistrado. El más admirado y reconocido de Coruña.

Sus primeros encuentros sexuales también se caracterizaron por el respeto y por el deseo de complacerla.

Buscaba su mirada sondeando su aprobación.

La acariciaba con suavidad, esperando que ella pidiese más.

La dejaba hacer cuando adivinaba que ella quería hacer…

Hasta que una tarde el respeto se acabó.

Fidalgo había tenido un mal día en el juzgado porque se había visto obligado, por un defecto en el procedimiento, a declarar nulo un juicio contra un criminal que sabía que era culpable.

Águeda estaba esperándolo en su nidito de amor.

Era una tarde un poco especial porque justo se cumplían seis meses desde su primer encuentro.

Había comprado una botella de un vino bueno y caro para celebrarlo.

Se había imaginado unas copas previas, una charla alegre sobre estos seis meses y algún brindis de deseos en un futuro común.

Sin embargo, el juez llegó sin ganas de prolegómenos.

Vaya día de mierda , es todo lo que dijo.

Después, la agarró como si fuese una muñeca de trapo, la desnudó lo justo y necesario y la penetró.

Se fue la ternura y vino la violencia, se fue la petición y vino la exigencia, se fue la admiración y se quedó, para siempre, el desprecio…

y el odio. Y volvió otra vez la impotencia, la paralización, el no saber qué hacer.

Y volvieron otra vez las ganas de morirse y el ansia de justicia.

—Menudo polvazo —dijo él al terminar, y se marchó todo lo rápido que pudo.

Y entonces Águeda descubrió que todos los hombres llevaban un violador en su interior y que, tarde o temprano, se acababan comportando como tal. Después de llorar y de lamentarse durante unos minutos, comenzó a planificar su venganza, o, mejor dicho, su justicia.

Sabía que denunciar a Fidalgo no era la solución.

No lo había sido antes, cuando le ocurrió de niña, y no iba a serlo ahora.

Tampoco quería cortar con él porque, para poder castigarlo, necesitaba tenerlo cerca.

Concluyó que lo más práctico era cambiarse los papeles y que ella pasase a ser la dominante.

Así que empezó a leer y a ver todo lo relacionado con ese tema.

Desde textos y vídeos de iniciación, en los que se explicaba cómo construir un rol dominante ético, cómo tener una comunicación clara con la parte sumisa o la diferencia entre autoridad y abuso, hasta otros bastante más depravados que, en algunos casos, bordeaban la legalidad y, en otros muchos, la superaban.

En su siguiente encuentro, recibió al magistrado embutida en un traje de cuero negro, con una cuerda en una mano y una fusta en la otra.

Fidalgo, después de la sorpresa inicial, se abandonó a la curiosidad y acabó descubriendo que disfrutaba dejándose dominar y humillar.

Águeda también encontró satisfacción en este tipo de prácticas.

Gozaba infligiendo castigos a los violadores.

Una vez que descubrió el placer que le causaba maltratar hombres, pasar a matar niños lo vivió como un proceso natural.

Sobre todo cuando conoció a Gabriel un día que había ido a ver a su padre a los juzgados.

Su belleza adolescente, su seguridad en sí mismo, su falsa inocencia y su aparente bondad impostada, inmediatamente le recordaron a aquel otro delincuente que la había violado veinte años atrás. El jefe del grupo, el que empezó todo.

No le resultó difícil intimar con él y ganarse su confianza. A las dos semanas de conocerse, ya lo había desvirgado. Hasta llegó a decirle que la quería y que estaba enamorado de ella. Palabrería de falso adulador. Los violadores no se enamoran .

Finalizado lo de Gabriel, lo de Luciano también fue muy fácil.

Los había pillado juntos una vez que había seguido a su amigo, que no quería decirle a dónde iba.

Así que cuando se le acercó haciéndose la novia plañidera, él trató de consolarla como buen caballero trasnochado.

Se lo tiró esa misma tarde. Otro violador más.

Bueno, ahora, gracias a ella, uno menos.

Al hijo de Brañas, Alfredo, no le dio tiempo a follárselo, aunque seguro que también era otro agresor sexual como los demás.

Todo se había precipitado cuando se enteró de que iban a dejar la ciudad.

Esas prisas eran las que ahora le estaban pasando factura.

Cuando el niño empezó a hacer demasiadas preguntas, tuvo que administrarle el anestésico para que se relajase.

Tendría que haberle dado tiempo a llegar al coche antes de que el pequeño violador se durmiese completamente, pero al no recordar dónde lo había aparcado estaba tardando más de lo previsto.

No podía retrasarse mucho más porque Alfredo pesaba demasiado para poder moverlo ella sola y porque no podía arriesgarse a que alguien la viese arrastrarlo.

Joder, si antes lo piensa… Al fondo del pasillo hay una pareja que se dirige hacia ella.