XL
Cuando Quijada entró en la habitación, la imagen que vio ante sus ojos lo sobrecogió. Su jefe, clavado al cabecero de la cama, sangrando por las muñecas como un Cristo postmoderno, crucificado, no por los pecados de la humanidad, sino por los suyos propios. Un Cristo de Monte Alto.
—Miguelito, gracias a Dios. Suéltame cuanto antes.
—¿Cómo has…?
—Miguel, joder, suéltame de una puta vez. Ya tendremos tiempo después para las explicaciones.
En cuanto se vio libre de las esposas, Jacinto se abalanzó sobre su móvil y llamó a Inma. Su mujer no respondió. Puede que no lo hiciese porque no oyó la llamada, o, como temía el inspector, porque estaba enfadada con él.
—No contesta. Me cago en mi puta polla. Como le pase algo a mi hijo, me la corto. Juro que me la corto.
Quijada nunca había visto a su jefe tan nervioso. Estaba realmente desesperado. Intentó calmarlo .
—Seguro que Alfredo está bien. Lo más probable es que Inma no oiga la llamada por el ruido de la fiesta. Vístete y nos vamos a buscarlos.
Jacinto asintió. Para no perder tiempo, y porque no los encontraba, se puso el pantalón sin los calzoncillos. Después, la camisa, y por último, los zapatos, también sin los calcetines. En cuanto estuvo más o menos listo, salieron apresuradamente de la casa.
—¿Cómo me has encontrado?
—De casualidad. Estaba vigilando a la fiscal y te vi entrar en el portal.
—¿Qué? ¿Por qué la vigilabas? —Jacinto se temía que su compañero hubiese llegado a la misma conclusión que él.
Mientras bajaban las escaleras corriendo, Quijada respondió:
—No sabría decirte: había algo en ella que me hacía desconfiar. Su interés en el caso, su lío con Fidalgo, después contigo…, su mirada…
No hizo falta que Jacinto le preguntase qué le pasaba a la mirada de Águeda para que su compañero se explicase.
—Es una mirada dulce y atormentada a la vez. Parece inocente, pero está llena de desconfianza. Es más oscura que limpia. Transmite un gran dolor y un deseo de venganza aún mayor .
Al llegar a la calle, Jacinto miró a su compañero, que señaló hacia la avenida de Hércules.
—Tengo el coche muy cerca. Llegaremos enseguida.
De camino al vehículo, casi entre jadeos porque iban andando muy rápido, le preguntó desde cuándo lo sabía.
—No sé exactamente en qué momento empecé a sospechar de ella.
Después de enterarme de que estaba con Fidalgo…
, no, más tarde, después del asesinato de Luciano…
, no estoy seguro. Puede que antes de que empezase a salir contigo…
Es que no sabría decírtelo, fue acumulativo.
Empezó como un pensamiento extravagante, y poco a poco me fue pareciendo más verosímil.
Jacinto emitió un sonido de desaprobación.
—Te lo iba a comentar, pero después empezaste a verte con ella y ya no lo hice para que no pensases que te lo contaba para que la dejases. Y no tenía nada que pudiese sostener mi intuición. Prefería tener una base un poco más sólida para que me tomases en serio.
—Joder, Miguelito.
—En realidad, hasta hoy era más una infundada y loca suposición que otra cosa. Pero hoy…
—¿Qué coño ha pasado hoy ?
A Quijada empezaba a temblarle la voz. La verdad es que no había sido buena idea no confesarle sus sospechas a su jefe.
—Es que hoy, justamente hoy, he descubierto un detalle de la vida de Águeda. Me costó encontrarlo porque se cambió el nombre hace unos años. Antes se llamaba Rosa Maldonado. Vicuña es el segundo apellido de su madre. Y lo de Águeda, supongo que es por la virgen.
A Jacinto, el nombre de Rosa Maldonado no le decía nada. No lo había oído en su vida. Y eso lo inquietó más.
Habían llegado al coche, y Quijada prefirió continuar la historia dentro, para que su jefe se sentase.
—El nombre es posible que no te suene porque se intentó ocultar, pero del caso seguro que te acuerdas. Una niña de trece años violada por tres compañeros de clase en un pueblo de Zamora.
El primer impulso de Jacinto al oír la historia fue agarrar a Quijada por el cuello con una mano, mientras con la otra lo amenazaba con un puñetazo.
—¿Y cuándo tenías pensado contármelo? Como le pase algo a mi hijo, también te corto la polla a ti.
—Te llamé en cuanto me enteré —respondió con dificultad, porque la presión en su cuello era elevada—.
Después me vine a su casa para tenerla vigilada mientras no me devolvías la llamada.
Al verte entrar, volví a llamarte. Cuando vi que salía sin ti, en lugar de seguirla, decidí entrar.
No se lo he dicho a nadie más porque no sé cómo quieres manejar la situación.
Jacinto soltó a su compañero inmediatamente porque se dio cuenta de que trataba de culparlo, cuando el verdadero culpable era él, que se había acostado con una asesina de niños.
Lo único que había hecho Quijada era preocuparse por él, hasta el punto de no revelar su descubrimiento para no perjudicarlo.
—Perdona, tú has hecho lo que tenías que hacer. Te lo agradezco. Yo soy el que ha hecho el gilipollas —el tono no era el habitual de Jacinto, enérgico y contundente. Esta vez sonaba a cansancio y derrota. Quijada se dio cuenta e intentó animarlo.
—Todo va a salir bien. Están en Riazor, ¿verdad?
—Sí, en la Fuente de las Gaviotas.
—Llegaremos enseguida.
Los dos sabían que Quijada mentía porque, aunque era cierto que estaban cerca, las calles estaban cerradas al tráfico y llenas de gente despreocupada con ganas de fiesta.
Después del pequeño acto de contrición, que apenas duró unos segundos, Jacinto recuperó su ordinaria mala leche.
—Miguelito, pon la puta sirena. Y al que no se aparte, le pasas por encima .
Desgraciadamente, las sirenas, las bocinas e incluso la autoridad no sirven contra las muchedumbres desbocadas, alegres y borrachas.
—Que les pases por encima, joder.
—Son demasiados, y no se apartan. ¿Avisamos por radio?
Jacinto cogió la radio del coche e intentó enviar un mensaje a sus compañeros:
—Inspector Brañas a todas las unidades —se detuvo un momento, porque no estaba seguro de que fuese una buena idea decir por radio que sospechaban de la fiscal—.
Inspector Brañas a todas las unidades, es urgente localizar a la fiscal Águeda Vicuña cuanto antes.
La unidad que la localice, debe escoltarla y ponerse en contacto conmigo inmediatamente.
Repito. La unidad que localice a la fiscal Águeda Vicuña, debe escoltarla y ponerse en contacto conmigo inmediatamente.
A Quijada le pareció muy inteligente el mensaje de su jefe. Pedía que se detuviese a la fiscal sin decir que era sospechosa. Lamentablemente, ninguna unidad respondió.
—Mierda, la red debe de estar saturada —se quejó Jacinto.
—¿Qué policías están con Alfredo?
—Souto y Lamas. La 10 —Jacinto volvió a coger la radio y esta vez mandó un mensaje sólo a los escoltas de Alfredo—. Inspector Brañas a la unidad 10, inspector Brañas a la unidad 10.
—Tampoco contestan.
Desde que habían subido al vehículo, tan sólo habían avanzado unos metros. Había tanta gente en la calle que era inútil intentar desplazarse en coche.
—Voy a ir corriendo, que llegaré antes. Hay menos de dos kilómetros.
Jacinto salió del coche y empezó a correr hacia el Paseo Marítimo, por la calle Ramón del Cueto hacia abajo. Quijada dudó un instante qué hacer, pero enseguida decidió que lo mejor era seguir a su jefe. Abandonó el coche en medio de la calle, lo cerró con el mando y fue tras él.
El inspector, que salía a correr habitualmente, estaba más en forma que el subinspector, al que le costaba mucho seguir su ritmo. Poco a poco, la distancia entre ambos fue creciendo. Al llegar al Paseo, ya era de unos cien metros.
A medida que se acercaban a la playa, el número de fiesteros iba aumentando, por lo que cada vez era más difícil avanzar.
En muchos casos, Jacinto tenía que empujar a los sanjuaneros para poder pasar.
Al llegar a la Playa del Orzán, Quijada lo perdió de vista.
Parecía que este año hubiese más gente que nunca .
Jacinto calculaba que, si podía mantener el ritmo, llegaría en algo más de cinco minutos.
Sin embargo, los nervios y el esfuerzo por la carrera estaban llevando al límite a su corazón.
El reloj que le medía el pulso había empezado a emitir alarmas de alta frecuencia cardíaca.
Había superado las 180 pulsaciones. No podría soportarlo mucho más tiempo.
Cuando llegó a la altura del Monumento a los Héroes del Orzán —dedicado, precisamente, a tres compañeros policías que murieron ahogados una noche de San Juan intentando rescatar de las olas a un imprudente estudiante eslovaco que desconocía la crueldad del mar en Galicia— pensó que iba a desfallecer.
Pero siguió corriendo. Si el corazón reventaba, que reventase. Estúpido músculo quejica.
A lo lejos parecía que ya se veía la fuente.
El tráfico seguía cortado y la mayoría de la gente se concentraba en la playa y en el Paseo Marítimo, aunque por la calzada también deambulaba algún grupo rezagado en dirección a la arena.
Y entonces la vio. Sentada en la carretera, con una mano sosteniendo la cabeza y con la otra tecleando desesperadamente un móvil, estaba Inma.